sábado, 4 de junio de 2011

"Id y haced discípulos de todos los pueblos" (Evangelio dominical)

“Id y haced discípulos en todos los pueblos. bautizandolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñandoles a guardar todo los que os he mandado, y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” . (san Mateo 28, 16-20)

La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿Dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿Qué es lo importante en estos momentos? ¿Qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿Hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?

Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos.

Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?

El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo.

Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

Mateo entiende la comunidad cristiana como una "escuela de Jesús". Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

Día de la Ascensión del Señor

1. Y subió al cielo

Jesús ha acabado la misión encomendada. Como en la cruz, nos repite: “Todo está cumplido”. El Padre del cielo puede estar contento. Ha citado a los suyos en Galilea, antes de subir el cielo.

Hoy es el Día de la Ascensión del Señor. En el fondo, Resurrección, Ascensión y Pentecostés son el mismo misterio. Ascender evoca la cosmología de la época, la cosmología de las esferas. La bóveda del cielo, con su luz y su inmensidad, es una imagen expresiva de la morada de Dios. Los cristianos sabemos que no se trata de cambiar de lugar. Es el cambio de un modo de existencia. Jesús acaba su vida terrestre, y vuelve al Padre. Es la fe que profesamos cada domingo: “Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre”. Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre.

Desde aquel día, los seguidores de Jesús conocemos nuestra meta final: estar donde está Jesús. Los hombres, también hoy, tenemos nostalgia de cielo. “Soy un poquito de tierra que tiene afanes de cielo” (Pemán).

2. Palabra

La Ascensión completa el círculo de la vida de Jesús. (Como en algunas películas, el final ilumina toda la historia anterior). Son las últimas palabras de Jesús, el mensaje definitivo. La cosa sucede en Galilea, no en Jerusalén. Dios se hace presente en el espacio de cada día, no en el templo; no en un lugar, sino en la persona de Jesús resucitado. No se nos dice su nombre, pero es un monte. Cristo nos descubre su persona en el monte Tabor; su mensaje, en el monte de las Bienaventuranzas y su misión, en el monte de Galilea.

Jesús se despide de sus apóstoles y les recuerda la síntesis del su Evangelio. Hay una afirmación: él es el Señor, con pleno poder en el cielo y en la tierra; claro que es el poder del siervo humillado y doliente. Viene luego el mandato: id y haced discípulos. Y acaba con una promesa: yo estoy con vosotros. Comenzó su vida como Enmanuel-Dios con nosotros y la acaba prometiendo quedarse con nosotros; acentuando con firmeza: todos los días y hasta el fin del mundo. No puede ser más contundente.

Y los discípulos quedan marcados. Al llegar a Galilea y ver a Jesús, nadan entre la duda y el gozo, entre la vacilación y la adoración. Seguían siendo muy humanos. Como tantos hombres y mujeres de hoy: con tantas ganas de Dios, y tan metidos en la incertidumbre y los porqués. Con todo, los apóstoles pasan del Maestro escuchado al Señor adorado; todo era muy nuevo, tras la resurrección. Por eso, Jesús les mandó: “Seréis mis testigos”. Es que en ellos seguían, sí, muchas dudas, pero les acompañaba una garantía segura: “Estoy con vosotros”.

3. Vida

Las Ascensión del Señor nos colma de esperanza. Si Cristo, que es la cabeza, entra en el cielo, ¿qué otra cosa podemos esperar los que somos miembros de su cuerpo? Jesús nos abre camino para el cielo. Lo decimos de los nuestros que se nos van: “Se fue a la casa del Padre”. Por la muerte, volvemos al polvo, pero polvo “enamorado, según Quevedo. “Al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo” canta la liturgia. Con audacia y realismo nos preguntamos: ¿Pero nos lo creemos? Pues que se note que nos encandilan más los bienes de arriba que las humanas vanidades de riquezas, de deleites, de poderío.

Las palabras de Jesús son terminantes: Id por el mundo, haced discípulos míos, sed mis testigos. Porque aspiramos al cielo nos comprometemos con la tierra. La misión de la Iglesia es evangelizar (Pablo VI). No podemos quedarnos en el templo repitiendo rutinariamente las mismas cosas. Jesús nos manda, más que a explicar doctrinas, a hacer discípulos que sean como él: buenos, sencillos, servidores, prontos a dar la vida por otros, incluso por los enemigos. Cierto que, muchas veces, nos puede la flaqueza. Pero contamos con una gracia: la presencia indefectible de Jesús. ”Mientras él está allí, sigue estando con nosotros. Mientras nosotros estamos aquí, podemos estar allí con él” (S. Agustín). No lleva razón Fray Luis: “Cuán pobres, ay, nos dejas”. Aun conociendo nuestra debilidad, Jesús tiene confianza en nosotros, por eso nos envía.

Finalmente, por un impulso elemental de discípulos de Jesús, también nosotros queremos ascender siempre. Ascender es crecer, ir hacia arriba. Es huir de lo vulgar, de lo mediocre, de lo frívolo, para llenarnos de ideales, de sueños, de utopías. Es aspirar a la plenitud humana de la verdad, de la libertad, de la belleza. Sólo en el cielo encontraremos esta plenitud; mientras tanto, mirar al cielo, donde está Jesús, tira de nosotros hacia lo más noble, lo más humano, lo más divino.


Conclusión del santo evangelio según san Mateo (28,16-20):

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.


Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»



Palabra del Señor


COMENTARIO.


"Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado" (Mt 28, 16)

Si quieres gozar la Sabiduría para conocer a Dios, tienes que ir a Galilea; si quieres que los ojos de tu corazón se iluminen para comprender cuál es la esperanza a la que Dios te llama, tienes que ir a Galilea; si quieres pregustar la gloria a la que Dios te convoca, tienes que ir a Galilea; si quieres experimentar la grandeza del poder de Dios que resucita a Jesús de entre los muertos, tienes que ir a Galilea; si quieres encontrarte con Dios que está detrás de ti a cada instante, tienes que ir a Galilea; si quieres descubrir el sabor de la vida que plenifica y realiza al ser humano, tienes que ir a Galilea. ¡Galilea!, donde todo comienza a ser posible, ¡de nuevo!

Si ya estuviste en Galilea y todo se te queda como muy irreal y lejano, como muy abstracto e imposible, como muy viejo y vacío, como muy iluso e impersonal, como muy sabido y pasado, como muy repetitivo y manido... hoy puedes decidirte a volver a Galilea; ¡allí estamos convocados de nuevo! Pero tendrás que dejar Judea y el templo, con su poder y su culto, con su seguridad, para vivir la novedad de lo de siempre, que aún no conoces. Se te regalarán nuevas gracias para subir a todos los montes de nuestra historia: te volverás a desposar con la voluntad de Dios en el Sinaí, adquirirás una "visión" (los ojos de Dios en tu corazón) divina con el sacrificio de tu nuevo hijo en Moria, aprenderás a proclamar con tu vida la Buena Noticia en el Monte de las Bienaventuranzas, verás en el Tabor la presencia de Dios que se te desvela, se te pedirá de nuevo la entrega de tu vida en el Gólgota... Por el camino, en los encuentros, irás realizando la Misión, y la Luz de los ojos de tu corazón te concederá palabras para convocar a todos a Galilea y te dotará de fuerzas para subir una y otra vez al monte, al encuentro con Dios, junto con todos los que te acompañan.


Si lo prefieres, quédate ahí, plantado, mirando al cielo, hasta que pierdas el criterio del tiempo que va a hacer mañana, hasta que confundas el juicio sobre lo que hay que hacer hoy. Pero recuerda "los discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado".









Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Creespo Arias
Conrado Bueno, cmf
Ángel Corbalán