domingo, 1 de enero de 2012

"Santa María Madre de Dios" (Evangelio dominical)


A una semana del Nacimiento del Niño-Dios, la Iglesia nos presenta para comenzar el nuevo año, la Fiesta de María, Madre de Dios.

Y esta frase “Madre de Dios” se dice muy fácilmente, pero por lo acostumbrados que estamos a oírla y a repetirla tal vez no nos detenemos a pensar en toda su dimensión el significado de que un ser humano, como nosotros, María -una de nuestra raza- pueda ser “Madre de Dios”.

Después de Jesucristo, aunque salvando la distancia entre lo humano y lo divino, entre lo finito y lo infinito, la Santísima Virgen María, Madre de Dios hecho Hombre, es la creatura más grande, más bella, más excelsa que haya existido.

Pero ... ¿qué significa, entonces, para una criatura humana ser Madre de Dios? ¿Cómo puede una creatura humana engendrar a Dios? ¿Hemos pensado en esto alguna vez?

Fijémonos en lo siguiente: todas las madres son madre de la “persona” de su hijo. Y ese hijo es una “persona”, compuesta de alma y cuerpo. ¿Qué aporta la madre al hijo? Aporta, por supuesto, la parte material de esa persona, que es el cuerpo. Ni la madre -ni tampoco el padre- aportan el alma. Dios es Quien infunde el alma, y esto convierte a cada creatura en “persona humana”. Así sucede en la concepción de cada uno de los seres humanos.

Hoy traemos como es ahbitual, lo hacíamos el año pasado y comenzamos este 2012 de igual manera, con tres explicaciones del Evangelio de hoy, de La Palabra de Dios, para ello, recogemos las palabras de tres religiosos en habla hispana o castellana.


Fiesta de Santa María Madre de Dios;

Lucas concluye su relato del nacimiento de Jesús indicando a los lectores que «María guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón». No conserva lo sucedido como un recuerdo del pasado, sino como una experiencia que actualizará y revivirá a lo largo de su vida.

No es una observación gratuita. María es modelo de fe. Según este evangelista, creer en Jesús Salvador no es recordar acontecimientos de otros tiempos, sino experimentar hoy su fuerza salvadora, capaz de hacer más humana nuestra vida.

Por eso, Lucas utiliza un recurso literario muy original. Jesús no pertenece al pasado. Intencionadamente va repitiendo que la salvación de Jesús resucitado se nos está ofreciendo "HOY", ahora mismo, siempre que nos encontramos con él. Veamos algunos ejemplos.

Así se nos anuncia el nacimiento de Jesús: "Os ha nacido hoy en la ciudad de David un Salvador". Hoy puede nacer Jesús para nosotros. Hoy puede entrar en nuestra vida y cambiarla para siempre. Con él podemos nacer a una existencia nueva.

En una aldea de Galilea traen ante Jesús a un paralítico. Jesús se conmueve al verlo bloqueado por su pecado y lo sana ofreciéndole el perdón: "Tus pecados quedan perdonados". La gente reacciona alabando a Dios: "Hoy hemos visto cosas admirables". También nosotros podemos experimentar hoy el perdón, la paz de Dios y la alegría interior si nos dejamos sanar por Jesús.

En la ciudad de Jericó, Jesús se aloja en casa de Zaqueo, rico y poderoso recaudador de impuestos. El encuentro con Jesús lo transforma: devolverá lo robado a tanta gente y compartirá sus bienes con los pobres. Jesús le dice: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa". Si dejamos entrar a Jesús en nuestra vida, hoy mismo podemos empezar una vida más digna, fraterna y solidaria.

Jesús está agonizando en la cruz en medio de dos malhechores. Uno de ellos se confía a Jesús: "Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu reino". Jesús reacciona inmediatamente: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". También el día de nuestra muerte será un día de salvación. Por fin escucharemos de Jesús esas palabras tan esperadas: descansa, confía en mí, hoy estarás conmigo para siempre.

Hoy comenzamos un año nuevo. Pero, ¿qué puede ser para nosotros algo realmente nuevo y bueno? ¿Quién hará nacer en nosotros una alegría nueva? ¿Qué psicólogo nos enseñará a ser más humanos? De poco sirven los buenos deseos. Lo decisivo es estar más atentos a lo mejor que se despierta en nosotros. La salvación se nos ofrece cada día. No hay que esperar a nada. Hoy mismo puede ser para mí un día de salvación. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


UN AÑO NUEVO

Meditándolas en su corazón- Lc 2, 16-21

Hemos dejado ya atrás un año más y nos disponemos a comenzar un año nuevo. En estos momentos nace casi espontáneamente en nosotros la reflexión. Tomamos conciencia más lúcida del tiempo, de esa curiosa realidad que vamos gastando sin tomarla demasiado en cuenta.

Son momentos idóneos para realizar un balance del pasado y proyectar también nuestra mirada hacia el porvenir.

Muchas cosas que nos angustiaban y nos parecían casi insuperables ya han pasado. Hoy nos parecen insignificantes y sin importancia. Mirando hacia atrás, los días que fueron duros tienen un aspecto diferente. Ahora nos sentimos más tranquilos y serenos, incluso, ante lo que ahora nos agobia y que también un día pasará.

Al mismo tiempo, sentimos nostalgia. Nada permanece. Con el viejo año se van no sólo las cosas difíciles y duras sino también las hermosas y buenas. Y cuanto más avanza uno en edad tanto mayor es la fuerza con que percibe el paso inexorable del tiempo.

Este año que ha pasado nos deja también sabor agridulce. No hemos sido lo que deseábamos ser. No hemos hecho lo que nos habíamos propuesto. No hemos sido fieles a nosotros mismos. Un año más que se va sin que hayamos crecido en verdad, en generosidad, en amor.

Hoy comenzamos un año nuevo. Dice H. Hesse que «en cada comienzo hay algo maravilloso que nos ayuda a vivir y nos protege».

Qué verdad se encierra en estas palabras cuando uno mira todo comienzo con ojos de fe.

De nuevo se nos ofrece un tiempo lleno de esperanza y de posibilidades intactas. iQué haremos con él!

Las preguntas que podemos hacernos son muchas. Aumentaremos nuestro nivel de vida y nuestro confort quizás, pero, ¿seguirá empequeñeciéndose nuestro corazón? Tendremos tiempo para trabajar, para poseer, para disfrutar, ¿lo tendremos también para crecer como personas?

Este año será semejante a tantos otros. ¿Aprenderemos a distinguir lo esencial de lo accesorio, lo importante de lo accidental y secundario? Tendremos tiempo para nuestras cosas, nuestros amigos, nuestras relaciones sociales. ¿Tendremos tiempo para ser nosotros mismos? ¿Tendremos tiempo para Dios?

Y sin embargo, ese Dios al que arrinconamos día tras día entre tantas ocupaciones y distracciones es el que sostiene nuestro tiempo y puede infundir a nuestra existencia una vida nueva.



LA MADRE

A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios. Y sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos tratado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero, ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecernos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es sólo Madre de Jesús. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (2,16-21):


En aquel tiempo, los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.

Palabra del Señor



COMENTARIO.


La plenitud de los tiempos


Al estrenar una nueva “porción” de tiempo, un nuevo año, es casi inevitable preguntarse por esta cotidiana y misteriosa dimensión de nuestra vida. Tal vez nadie hizo nunca esta pregunta de manera más inteligente y profunda que San Agustín: “¿Qué es el tiempo? Si nadie me pregunta yo lo sé. Pero si quiero explicarlo al que me pregunta, entonces no lo sé” (San Agustín, Confesiones, XI, 14. Quid ergo est tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerente explicare velim, nescio.) El tiempo es ese eterno fluir en cuyo seno suceden y se suceden todos los acontecimientos de la naturaleza y de la historia, pero que nos parece que seguiría fluyendo aun en el caso de que nada sucediera. El ser humano se las ha ingeniado para racionalizar y, en cierto modo, dominar esta misteriosa dimensión y situarse en ella dividiéndola, clasificándola y asignándole números. Es verdad que para ello se ha apoyado en los ciclos naturales que se repiten de manera constante: el día y la noche, el invierno, la primavera, el verano y el otoño. Pero la historia humana, a diferencia de los ciclos naturales, añade novedad a ese eterno fluir temporal, y hace que la rueda del tiempo se distienda como una línea abierta. Y, sin embargo, aquel “eterno retorno” se refleja en cierto modo también en nuestra historia: los problemas, los conflictos, las limitaciones, los sufrimientos, las injusticias… el mal en suma, con sus múltiples rostros, forman parte de la herencia que cada año que termina le pasa al siguiente. Pero el corazón humano no se resigna, y no cesa por ello de esperar que el año nuevo, la porción de tiempo que estrenamos al asignarle una nueva cifra, sea mejor, más propicio, esté menos gravado por la maldición el mal, y venga, en suma, cargado de mayores bienes, de bendiciones.
La hermosa bendición del libro de los Números, que la Iglesia lee en los umbrales de cada nuevo año, expresa con fuerza y profundidad los anhelos más o menos escondidos en el corazón del hombre: “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.” Y es que la Iglesia, haciéndose eco de los deseos y las esperanzas en un mundo mejor, celebra cada 1 de enero la jornada mundial de la paz.
La paz, bien entendida, es el fruto que sintetiza todos los bienes a los que aspira permanentemente el corazón humano y que son como las condiciones necesarias de aquella: la verdad, la justicia, el amor y la libertad, como afirmó Juan XXIII en su encíclica Pacem in terris.


Ahora bien, la Iglesia y todos los cristianos celebramos esta jornada apoyados no sólo en buenos deseos, que pueden revelarse, por lo demás, deseos hueros, sino en una realidad firme, concreta, encarnada: la bendición de Dios se ha hecho tiempo, historia humana, carne por medio del nacimiento del Hijo de Dios. Por él, la bendición del libro de los Números no es sólo un buen deseo (“que el Señor te bendiga…”), sino un acontecimiento histórico: el Señor nos ha bendecido, ha hecho brillar su rostro sobre nosotros, nos ha concedido su favor, se ha fijado en nosotros, nos ha dado la paz, “él es nuestra paz” (Ef 2, 14).


El tiempo, ese eterno fluir, en apariencia indiferente, ha conocido su plenitud cuando ha sido visitado por el Dios eterno, por el Señor y creador del tiempo y de la historia, nacido de una mujer. La jornada mundial de la paz se celebra bajo la protección y el patrocinio de “una mujer”, María, Madre de Dios. En ese título, “Madre de Dios”, la Iglesia confiesa quién es ese que ha nacido de ella: el Hijo, el Verbo eterno de Dios, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, el Mesías y salvador, que eso significa el nombre que le pusieron, según la ley, a los ocho días: Jesús, “Dios salva”.

Con el título de Madre de Dios la Iglesia expresó (en el Concilio de Éfeso, año 431) su fe en que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. Por medio de María, madre de Dios, se nos ha abierto la posibilidad de ser libres, de ser hijos en el Hijo, de que el Espíritu clame en nosotros “¡Abba! ¡Padre!”. Y si somos hijos de Dios, quiere decir que somos hermanos, y si todos estamos llamadas a ser hermanos, significa que podemos y debemos vivir en la paz de la fraternidad.
Pero, seamos sinceros, ese mismo corazón nuestro que anhela la bendición de la paz, sabe, en el fondo, que en el nuevo año todo seguirá en nuestro mundo más o menos igual… Si Dios nos ha bendecido con el nacimiento de Jesús, ¿por qué no tenemos paz (verdad, justicia, amor y libertad)? Tal vez porque al don de la bendición hay que responder de forma adecuada, y eso es lo que probablemente nos falte. Esto es lo que nos enseñan los pastores: ir al portal y adorar al niño; y, sobre todo, María, que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón.” Vivimos demasiado agobiados, demasiado deprisa, pensando que todo depende de nosotros. Pero el don de la paz, que es fruto de una bendición, la que se ha producido con el nacimiento de Jesús, es ante todo un don que nos pide correr a Belén, y allí pararnos, contemplar, adorar, acoger en silencio la Palabra, meditarla y conservarla en nuestro corazón. Si dedicáramos más tiempo a la adoración y a la contemplación, esas actividades tan “inútiles”, empezaríamos por pacificarnos a nosotros mismos, a convertirnos desde dentro en agentes de esa paz que no se consigue ni sólo con pactos ni con imposiciones, ni con puro voluntarismo. Es verdad que hay que trabajar por la paz. Pero para ello hay que acoger primero la bendición del Señor, acoger al Señor del tiempo, a la Palabra encarnada, y dejar que eche raíces en nuestro corazón.
Pero ahora, en el umbral del nuevo año, contemplando al niño en brazos de María, madre de Dios, dejemos que la bendición de Dios descienda sobre nosotros como un rocío benéfico: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor se fije en ti y te conceda la paz.”


Santa María Madre de Dios, Día de la Paz


En este primer día del año, por iniciativa del papa Pablo VI, celebramos la Jornada Mundial de la paz. No es un día para multiplicar los discursos ni la firma de los tratados. En la mayor parte del mundo, se comienza el año civil. No es extraño que evoquemos una bendición al inicio de nuestro caminar.

La bendición litúrgica de hoy se encuentra en el libro bíblico de los Números (Núm 6, 22-27). Como se sabe, fue adoptada también por San Francisco. Y debería formar parte de nuestros mejores deseos para los demás: “El Señor te bendiga y te proteja. Ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz”.

Bendición y protección, luz y favor, mirada y paz. Todo forma parte del don de Dios. ¿Qué más puede pedir el hombre? Cuando Dios mira a sus hijos les otorga su bendición. Sin despreciar los esfuerzos del no creyente por construir un mundo mejor, los creyentes saben y creen que pueden confiar en una presencia divina que ilumina la existencia humana.

EL NOMBRE DE JESÚS


Por otra parte, este primer día del año civil está dedicado a venerar a Santa María, la Madre de Dios. Pero la Madre no puede ser recordada sin el Hijo. Como escribe San Pablo a los Gálatas (Gál 4, 4-7), el Hijo de Dios nació de una mujer y nació bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley.

También el evangelio que hoy se proclama (Lc 2, 16-21) nos recuerda que a los ocho días de su nacimiento, Jesús es circuncidado. Con aquel rito se incorpora al pueblo de la Ley y de la alianza. Los ritos sagrados son signos que transforman la realidad. Aquel rito nos recuerda algo que hoy echamos de menos: la conciencia de una pertenencia a una comunidad de fe.
El evangelio dice algo más. El hijo de María recibe el nombre de Jesús, que ya había anunciado el ángel. Los padres eligen para su hijo un nombre que para ellos significa algo importante. En este caso, el mismo Dios ha elegido para su Hijo el nombre de “Jesús”, que significa “Dios salva”. Ese nombre revela el ser y la voluntad de Dios: la salvación del hombre.

En nuestros días hay nombres que no significan nada. El nombre de Jesús revela su misión. Nos habla de Dios y nos habla del hombre. Según san Bernardo, el nombre de Jesús es como el aceite, que alumbra en las lámparas, alivia en las heridas y alimenta en las comidas. “Jesús es miel en la boca, melodía en el oído y júbilo en el corazón”


LA MEDITACIÓN DE MARÍA


Además de hablar del hombre y del Dios que nos envía a Jesús, la liturgia de hoy nos habla de María. Como escribe San Agustín, María acoge la palabra de Dios en su mente y ésta se hace realidad en su vientre. En su vientre y en su vida entera.

• “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. La palabra de Dios se ha hecho historia en Jesús. De ahora en adelante, escuchar la palabra de Dios habría de llevar a María a contemplar a su Hijo.

• “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. La información actual nos hace testigos de los mil acontecimientos que se suceden cada día. La Iglesia entera, como María, ha de prestar atención a la presencia de Dios en el mundo.

• “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón”. Cada uno de los creyentes está llamado a observar el paso de Dios por su propia vida y a contemplar su presencia. Vivir la aventura de la fe más que el saber suscita en nosotros el sabor de lo divino.

- Santa María Madre de Dios, te damos gracias por haber acogido la Palabra de Dios. Enséñanos tu silencio y tu fe. Que contigo caminemos junto a Jesús, como testigos de la salvación de Dios. Amén.












Fuentes:
Iluminación Divina
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Catholic net.
Ángel Corbalán