domingo, 17 de febrero de 2013

"No tentarás al Señor, tu Dios". (Evangelio dominical)


La tentación no es el pecado, sino la encrucijada en la que podemos elegir a Dios.

La lucha contra el Demonio y demás espíritus malignos es un combate espiritual, pero no por ser espiritual deja de ser real.  Por el contrario, es una “real” batalla la que se libra entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios).  

Y en ese combate estamos incluidos todos los seres humanos, cada uno en su respectivo bando, según estemos en amistad con Dios o en amistad con el Demonio.
Ahora bien, por la verdad contenida en la Sagrada Escritura, ya sabemos cuál será el bando ganador, aunque el Demonio, el Engañador, inventor de la mentira, pretenda hacer creer que será él quien vencerá.

Ya Cristo ha vencido al Demonio:  lo venció en la Cruz y con su Resurrección.  Cristo ya ganó de antemano esa victoria para nosotros, pero debemos alistarnos en el bando ganador, siendo de Dios, obedeciendo su Voluntad, aprovechando todas las gracias que nos otorga para nuestra salvación eterna, que es nuestra victoria.

Cristo, además, quiso someterse El mismo a esta batalla espiritual.  Cristo “no permanece indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido   sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que, a El, no lo llevaron al pecado” (Hb. 4, 15).

 

La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual.  ¿Cuáles son nuestras armas?  ¿Cuáles son nuestros pertrechos?  Entre otros, los medios que nos ofrece la Iglesia en este tiempo cuaresmal:  la oración, la penitencia, los ayunos, las limosnas, medios todos que nos ayudan a la conversión o cambio interior que requerimos para ir ganando este combate.

Los ejercicios del ayuno como respuesta a la sensualidad, de la limosna para atajar la avaricia, y de la oración contra la autosuficiencia, quieren ayudarnos a desprendernos de lo que impide la acción de Dios en nosotros.
 
La Liturgia de Cuaresma se nos abre precisamente con la batalla espiritual que Cristo libró contra el Demonio después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, en preparación para su vida pública de predicación al pueblo de Israel, entregándose a la Voluntad del Padre, en una misión que en poco tiempo lo llevaría a la muerte.
Y ¿qué es el desierto?  Según la Sagrada Escritura, el desierto es el sitio privilegiado para encontrarse con Dios, para dejarse transformar por El.  

Tal fue el caso del pueblo de Israel que vivió cuarenta años en el desierto.  Y el desierto no sólo fue la travesía para llegar a la tierra prometida, sino también fue el sitio donde Yahvé fue moldeando al pueblo escogido para hacerlo depender sólo de El.  

 

Otro ejemplo es el Profeta Elías (1 Rey. 19, 1-18), quien pasó también cuarenta días en el desierto, a donde huyó obligado para salvar su vida.  Después de muchas vicisitudes, se encuentra con Dios en el Monte Horeb, en el mismo sitio que Moisés, y allí Dios lo prepara para la misión que le encomendara. 

Otro habitante del desierto fue San Juan Bautista.  Allí vivió prácticamente toda su vida y allí lo preparó Dios para ser el Precursor de su Hijo y preparar el camino del Salvador de Israel.

Sin embargo, el desierto, que para nosotros puede significar lugar de retiro, de silencio, de oración, no sólo es lugar de encuentro con Dios, sino también de lucha con el Demonio.  Porque, a veces un encuentro privilegiado con Dios puede ir precedido de una lucha fuerte contra el Maligno, que se opone por todos los medios a ese encuentro nuestro con el Señor.  Pero no hay que temer.  Recordemos:  nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas (cfr. 1 Cor. 10, 13).
Jesús, al terminar su retiro, nos dice el Evangelio de hoy, “fue tentado por el Demonio”  (Lc. 4, 1-13). 

  ¡Tal es la soberbia del Maligno:  pretender tentar al mismo Dios!   Lo primero que se nos ocurre es pensar en su tremenda osadía, osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad:  ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!   

 Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos sobre este evangelio para ,este IDomingo del Tiempo de Cuaresma, y en nuestro idioma. 



Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,1-13):

 

 

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo. Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. 

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.»
Jesús le contestó: «Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre".» 

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo: «Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mi, todo será tuyo.» 

Jesús le contestó: «Está escrito: "Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto".»
Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "Encargará a los ángeles que cuiden de ti", y también: "Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras".»

Jesús le contestó: «Está mandado: "No tentarás al Señor, tu Dios".» 

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.


Palabra del Señor





COMENTARIO.




“En el desierto”

 

“Clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra opresión…Nos sacó de Egipto con mano fuerte. Nos introdujo en este lugar y nos dio esta tierra”. Esa secuencia de cinco verbos resume la fe de Israel, que los fieles confiesan al ir a presentar en el templo las primicias de los frutos de esa tierra.
Ahora bien, en la profesión del “credo” de Israel, los creyentes no proclaman verdades abstractas, sino que cuentan una historia. Una historia en la que se menciona el recuerdo de la opresión que sufrieron en Egipto. Y en la que se hace memoria, sobre todo de la intervención liberadora de Dios (Dt 26,4-10).

Además, esta profesión de fe no se limita a evocar el pasado. Aquel “credo”, incluido en el libro del Deuteronomio miraba ya al futuro. De hecho pedía a los hebreos que acudieran al templo a presentar sus ofrendas al Señor. El don de Dios requería una respuesta de gratitud. Y una actitud de adoración al Señor su Dios.

Por cierto, la meditación sobre la fe, retorna en la segunda lectura de la misa. San Pablo escribe a los Romanos que “por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación”. La fe en el Señor Jesús, resucitado de entre los muertos continúa para nosotros la salvación experimentada por Israel.

LAS PRUEBAS DEL DEMONIO

 

Este primer domingo de cuaresma volvemos todos los años al desierto. Allá fue llevado Jesús por el Espíritu. Y allí permaneció durante cuarenta días, como hicieran en otro tiempo Moisés y Elías. El desierto es para el creyente la metáfora del encuentro con la verdad de sí mismo. Es el símbolo de la prueba de la fidelidad a esa verdad (Lc 4, 1-13).

• En la primera prueba, Jesús se enfrenta con la necesidad de subsistir. Pero él sabe que esa necesidad no puede ni debe solucionarse con el recurso a la magia. El sustento se debe al trabajo humano, no a fáciles milagros.

• En la segunda prueba, Jesús se enfrenta con la falsa ilusión de reducir la dignidad humana al dominio sobre los demás o sobre el ambiente. Pero él sabe que el demonio miente al ofrecer algo que no tiene. El poder es demoníaco cuando no es justo.

• En la tercera prueba. Jesús se enfrenta con el ansia de la apariencia y del triunfo fácil sobre las situaciones. Pero él sabe dónde se sitúan los límites del ser humano y los acepta. Los mensajeros de Dios no son enviados para alimentar la ostentación humana. 

LA PALABRA DE DIOS

 

Las tentaciones de Jesús son las pruebas a las que fue sometida una y otra vez su dignidad de Hijo de Dios. Y resumen también las pruebas a las que es sometida cada día la fe de los creyentes, que tratan de seguirlo por el camino. También ellos han de apelar a la palabra de Dios:

• “No sólo de pan vive el hombre”. Es preciso buscar lo esencial. “Tener” más medios o recursos no significa ser más felices.

• “Al Señor tu Dios adorarás y a él sólo darás culto”. Sólo Dios es Dios. Adorar a los hombres, las instituciones o las cosas es una burda idolatría.

• “No tentarás al Señor tu Dios”. Sólo Dios es el Señor. Hemos sido llamados a aceptar su voluntad. Tratar de imponerle nuestra voluntad es tentar a Dios.

- Señor Jesús, queremos repetir con fe las palabras que tú nos enseñaste: “No nos dejes caer en tentación y líbranos del mal”. Amén


La fe y las tentaciones

 

Da que pensar el que las lecturas que enmarcan el Evangelio de hoy sean dos profesiones de fe: la profesión de fe de Israel en la intervención de Dios en la historia, para formar y salvar a su pueblo; y la profesión de fe del cristiano en la muerte y resurrección de Jesucristo.

La fe que profesamos se plasma en el sacramento del Bautismo. Y es en la experiencia del Bautismo de purificación en donde Jesús hace su experiencia religiosa central: la de saberse el Hijo amado de Dios Padre y ungido por el Espíritu. Pero los símbolos que expresan nuestra fe, nuestras convicciones e ideales fundamentales, aquello por lo que estaríamos dispuestos a darlo todo, tiene que ser probado por la misma vida, que plantea múltiples dificultades y obstáculos a nuestras buenas intenciones. Por eso, el rito de purificación que es el bautismo pide la purificación real que supone ser puesto en cuestión en lo profesado en el rito. Y así, también Jesús, como hombre que es, «al volver del Jordán», es sometido a la tentación y a la prueba. Ahora debe responder a elección paterna eligiendo él a Dios. Y es el Espíritu del que estaba lleno quien «lo fue llevando por el desierto». El Espíritu de Dios es el Espíritu de la verdad, de la autenticidad, que no lleva por caminos fáciles y trillados, ni evita de manera mágica las dificultades, sino que guía (inspira, orienta) sin forzar la libertad para poder afrontarlas. Las que padeció Jesús en el desierto y en toda su vida se expresan aquí en dos palabras que resumen a la perfección la condición del ser humano: «sintió hambre». El hambre es la cifra de todas las carencias humanas, de su condición menesterosa y dependiente. El hambre básica es la del alimento del cuerpo, pero existen otras muchas necesidades humanas: calor y acogida, reconocimiento, autoestima, seguridad, sentido… El hambre, en todas sus formas, nos hace vulnerables a la tentación: la misma necesidad reclama su remedio, a veces compulsivamente, a toda costa, a cualquier precio.

 

Es importante recordar que la tentación no viene de Dios: «Ninguno, cuando se vea tentado, diga: “es Dios quien me tienta”; porque Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie» (St 1, 13). La condición básica de la tentación es nuestra condición menesterosa, que Jesús ha hecho suya. Pero su esencia consiste en la incitación malévola al remedio de aquella a precios que no se deben pagar. Por eso aparece el diablo, personaje inquietante que, aprovechándose de la situación de fragilidad representada en el hambre, hace propuestas que, siendo inaceptables en condiciones normales, pueden hacer mella en la voluntad humana cuando la necesidad aprieta.

Las tentaciones experimentadas por Jesús son las tentaciones fundamentales que, de múltiples modos, puede experimentar cualquier ser humano. Veámoslas brevemente:
«Que esta piedra se convierta en pan». Es importante la apostilla inicial: «Si eres el hijo de Dios». Es decir, usa tu poder en beneficio propio, aprovéchate, el poder que se te ha dado es tu privilegio, tienes deseos y necesidades (hambres), y tienes poder, la cosa es clara. El poder… Todo el mundo tiene algún poder, algún ámbito de responsabilidad, de autoridad. No importa que sea mucho o poco. Jesús tenía el poder de hacer milagros. Otros tienen el poder de decidir, de disponer, de repartir, de la información o del saber o, simplemente, una llave… Y la tentación es hacer de ese poder un privilegio, usarlo no para servir, sino para servirse, para sacar provecho y beneficios que no nos corresponden. Un ejemplo muy claro es el soborno, la «mordida»…

 

No se dice que no debemos esforzarnos por el pan. Eso es no sólo legítimo, sino debido: «danos hoy nuestro pan de cada día», nos enseña a orar Jesús. La tentación consiste en que «la piedra» se haga pan, en sacar partido de donde no se debe, abusando de la propia posición. Esta tentación revela sobre todo nuestra debilidad, el hecho de que estamos sometidos a muchas necesidades y a nuestra limitación para satisfacerlas, y son aquellas las que nos empujan a hacer que las piedras se conviertan en pan. ¿Cómo vencer la tentación?: «No sólo de pan vive el hombre (sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios)». La Palabra de Dios nos fortalece contra la tentación, pues nos abre a dimensiones (verdad, justicia, generosidad, servicio, sentido) que están por encima de nuestras necesidades materiales, y nos hace comprender que sólo atendiendo a aquellas es posible atender legítimamente a éstas.

« 

Todo esto te daré si te arrodillas delante de mí». La segunda tentación es muy radical. Porque realmente Jesús quería «todo esto», todos los reinos del mundo, pues lo que quería (y era su misión) era extender por todo el mundo el reinado de Dios. Y es que los reinos de este mundo se hallan alienados del reinado de Dios y en gran medida (no del todo, tal vez, el diablo exagera y miente) bajo el poder del mal. «Es lo que quieres, es mío, yo te lo doy». Así de fácil. El precio es inclinarse ante el mal, ante el diablo, reconocer su poder. Es un camino rápido y cómodo para el éxito (el éxito de una buena misión). Pero enseguida comprendemos la trampa y la contradicción. ¿Cómo extender el reinado de Dios adorando al diablo? No es posible servir a dos señores... Y, sin embargo, no siempre lo vemos tan claro: es la tentación de alcanzar buenos fines por medios malos: extender el Reino de Dios por medio de la violencia, servirse de la mentira, de la injusticia... Es la tentación de la eficacia a cualquier precio, diciéndonos que es inevitable, que todo el mundo lo hace, que si no cedes no estás en este mundo, que no se puede ser ingenuo... Los mismos apóstoles sintieron con fuerza esta tentación: hacer que baje fuego del cielo (cf. Lc 9, 54), tomar la espada (cf. Lc 22, 38), pugnar por ser el «mayor» (cf. Lc 9, 46), elegir los mejores puestos junto al Maestro (cf. Mc 10, 37). También la Iglesia la siente de múltiples formas y no puede ser de otro modo, pues la sintió el mismo Jesús. Pero la respuesta de Jesús es clara: «Está escrito: “Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.» El bien sólo se puede promover por buenos medios, y no admite componendas. Y eso significa en muchas ocasiones saber perder, renunciar a la eficacia inmediata. No postrarse ante el mal, ante el diablo y los poderes de este mundo (la violencia, la mentira, la injusticia) y adorar sólo a Dios significa no doblegarse, ser libre, pero también elegir el camino estrecho y empinado que eligió Jesús, que lleva a Jerusalén, al fracaso humano de la muerte en la Cruz.

 

«Encargará a los ángeles que cuiden de ti». La última tentación eleva el tiro y se dirige a Dios. Si no quieres inclinarte ante el diablo, de acuerdo, pero al menos recurre a Dios, esto parece que sí puede hacerse, y es acorde con la pureza de la religión. Pero esta tentación sutil no es menos malvada, pues no se trata de someterse a Dios, sino de manipularlo, de «usarlo» en beneficio propio: la religión como espectáculo, como magia, que invita a la fe «para que todo te vaya bien y florezcan tus negocios»; es la relación comercial con Dios. Y parece que esta tentación era particularmente fuerte para alguien como Jesús: no usar su poder en beneficio propio (la primera tentación), y no inclinarse ante el poder del mal (la segunda), sino usar su poder para convencer: hacer milagros (signos sorprendentes y maravillosos) para inducir la fe, en vez de pedir la fe para realizar signos de salvación. Se comprende que Jesús no ceda tampoco a esta tentación: el milagro como magia y espectáculo sólo suscita la credulidad, que no toca las fibras profundas del ser humano; mientras que él llama a la fe como confianza y apertura para salvar por medio del amor.

La cortante respuesta de Jesús está llena de sentido: «No tientes al Señor». ¿Cómo se puede atrever el diablo a tentar al mismo Dios? Porque Dios ha asumido la fragilidad humana. Y, entonces, también sobre él se ha de cumplir la ley, que tantos repiten a diario y el diablo (el separador) hace suya, de que «todo el mundo tiene un precio», todo el mundo acaba por venderse, por ceder a la tentación. Es decir; no existe de verdad el bien, la verdad, la justicia y la honestidad: lo que parecen ideales y valores son sólo intereses, inclinaciones egoístas y estrategias disfrazadas. Si todo hombre tiene un precio, Jesús, verdadero hombre, tiene que tenerlo también, y por eso siente las punzadas del diablo que lo empuja a aprovecharse, a buscar la componenda.

 

Tras las palabras de Jesús («no tientes al Señor») suenan de nuevo éstas: «Escúchalo». Y es que tentar al hombre Jesús es tentar al mismo Dios. Pero no por eso deja de ser significativa la victoria de Jesús sobre el tentador. Lo vence como hombre, pues como hombre es tentado, mostrando que no es cierto que todo hombre tenga un precio, ni que sea imposible ser justo, o que todos los ideales sean falsos. La tentación nos pone a prueba, es verdad, en ella podemos experimentar nuestra debilidad, pero podemos vencerla: escuchando su Palabra, inclinándonos sólo ante Dios, acogiendo el Espíritu de filiación que nos hace, en Cristo, hijos del Padre celestial.

Comprendemos ahora mejor, por qué el marco de este episodio de las tentaciones de Jesús (y de las nuestras), son esas dos confesiones de fe. La fe profesada, expresada en el Bautismo, alimentada en la escucha de la Palabra y en la adoración del único, Dios nos ayuda a no ceder ante las insidias del mal, a elegir bienes mayores que cualquier riqueza material, a vivir en la libertad de no inclinarnos ante el mal, a renunciar a manipular a Dios.

 

Las tentaciones de Jesús, que él experimenta no sólo en el desierto, sino en todo su ministerio (de ahí las últimas y enigmáticas palabras del evangelio de hoy: “el demonio se marchó hasta otra ocasión”), son las tentaciones que de múltiples formas todos experimentamos por nuestra condición humana. Por ello, debemos mirarlas con prudencia, pero también con esperanza y confianza: Jesús las ha vencido, nosotros “por Cristo, con Él y en Él” podemos vencerlas también. En Cristo, en su palabra, nos hacemos fuertes y nos sometemos sólo al Espíritu de la verdad, el amor y la libertad, para servir, para entregarnos sin componendas, para creer con confianza.

La tentación no es el pecado, sino la encrucijada en la que podemos elegir a Dios.