domingo, 17 de noviembre de 2013

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (Evangelio dominical)






Al final del año litúrgico y antes de proclamar la definitiva victoria de Jesucristo, Rey del Universo, la Palabra de Dios nos enfrenta con la dimensión escatológica de nuestra fe: el problema del fin del mundo. Lucas, igual que los otros evangelistas, insiste en no dar importancia a la hipotética fecha de ese fin del mundo, que ni sabemos, ni, al parecer, podemos saber.  Subraya, en cambio, la finitud y caducidad de las realidades de este mundo, y nos invita a fijar nuestra atención en las dimensiones permanentes y definitivas que ya están operando en nuestra vida, y hacer la elección correspondiente.

Decía Chesterton que cuando los hombres son felices crean instituciones. Con su peculiar perspicacia, hacía notar que los seres humanos tratamos de atrapar, conservar y prolongar por este medio nuestras experiencias afortunadas, nuestros momentos de dicha. Es una gran verdad. El problema es que también las instituciones envejecen y acaban pereciendo. Por ello, el esplendor, la fuerza, la belleza que adornan ciertos logros del ingenio del hombre, pese a su indudable valor, están también afectados por la caducidad de todo lo humano. 



Jesús lo constata hoy a propósito de la admiración que el lugar más sagrado de Israel suscita en sus discípulos. La piedra y los exvotos del templo, su esplendor externo, no están llamados a perdurar, todo está condenado a la destrucción. En esta profecía de Jesús se refleja muy probablemente la traumática experiencia de la destrucción del templo de Jerusalén en el año 70. Incluso lo que nos parece más sagrado y firme está sujeto a la desaparición, por lo que hemos de fijar nuestra mirada más allá de las apariencias externas, como las piedras y los exvotos.



Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario - Ciclo "C".




Lectura del santo evangelio según san Lucas (21,5-19):

En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo, por la calidad de la piedra y los exvotos.
Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.»
Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?»
Él contestó: «Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usurpando mi nombre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida.»
Luego les dijo: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa mía. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

Palabra del Señor    


 COMENTARIO.




Las Lecturas del Domingo pasado nos hablaban de nuestra resurrección, haciéndonos reflexionar sobre lo que nos espera después de esta vida terrena. Las Lecturas de hoy continúan esa línea y nos hablan de un tema que interesa, pero que no nos gusta mucho: el Fin de los Tiempos y la Segunda Venida de Cristo. 

Las imágenes del Evangelio de hoy tal vez nos resultan un poco incómodas... hasta podrían darnos un poco de miedo. Pero notemos que es el mismo Jesucristo quien nos las presenta, no para asustarnos, sino para alertarnos, para que estemos siempre preparados. 

Y la Iglesia, para recordarnos esa preparación tan necesaria, nos presenta estos textos escatológicos en estos domingos con los que concluye el Año Litúrgico, y continúa con ellos en los primeros domingos de Adviento, con los que comienza en nuevo Año Litúrgico. 

Sobre nuestra preparación, San Francisco de Sales recomienda que vivamos cada día como si fuera el último día de nuestra vida. Así no tendremos nada que temer cuando nos venga ese día. Y ese día nos puede venir, bien porque morimos, o bien porque vuelve Jesucristo en gloria “para juzgar a vivos y muertos”, tal como rezamos todos los Domingos en el Credo.

La Segunda Venida del Señor no tiene que atemorizarnos, sino que más bien debe llenarnos a todos de una gran esperanza. En primer lugar, porque Cristo vendrá a poner las cosas en su lugar. En la vida presente -y sobre todo en nuestro mundo actual- pareciera que el Mal venciera sobre el Bien, pareciera que los que no viven de acuerdo a Dios viven más tranquilos... y hasta más felices. ¿Por qué parece que los malos siempre triunfan?, se preguntan muchos. 

Pero veamos la Primera Lectura del Profeta Malaquías (Mlq. 3, 19-20): al final a cada uno le tocará lo que haya merecido con su conducta en esta vida. Dice el Profeta: “Ya viene el día del Señor ardiente como un horno”. Para unos ese horno “los consumirá como paja”. Pero para “los que temen al Señor, brillará el Sol de Justicia y les traerá la salvación en sus rayos”. Es decir, el día final para unos será de una manera y para otros será diferente, todo dependiendo de cómo haya sido nuestra vida en la tierra.

En el trozo que hemos leído del Evangelio de San Lucas (Lc. 21, 5-19) se mezclan anuncios del fin del mundo con la caída de Jerusalén y la destrucción del Templo –hechos que ya sucedieron 40 años después de la muerte de Jesucristo. 

Los Apóstoles le preguntan cuándo iban a suceder estas cosas. Y el Señor les da algunas señales: 



Primero les dice que vendrán muchos usurpando su nombre, diciendo que son el Mesías. “No les hagan caso”, nos dice el Señor. A veces se oye de alguno que se cree el Mesías y que enseña doctrinas falsas y sumamente peligrosas. Por eso el Señor nos advierte que no les hagamos caso. 

Se refiere esta advertencia también a todas esas falsas doctrinas que contradicen la Sagrada Escritura y la enseñanza de la Iglesia y que se promueven por todos lados, para tratar de hacernos perder la Fe en la única Verdad, que es Jesucristo. 

Por eso tratan de disfrazarse como Mesías y de disfrazar sus enseñanzas como si fueran cristianas. No les hagamos caso, porque tratarán de debilitar nuestro amor por la Verdad, lo cual puede muy bien llevarnos en última instancia a la condenación (cf. 2 Tes. 2, 9-11). Se va debilitando la fe al ir anexando mitos y teorías falsas y heréticas, y terminamos por perderlo todo.

También nos habla el Señor de guerras y revoluciones, pero nos advierte no dejarnos dominar por el pánico. Estas guerras y revoluciones no son aún el fin. 

También habla de grandes terremotos, epidemias, hambres, y señales prodigiosas y terribles en el cielo. 

También habla de persecuciones religiosas; es decir, nos advierte que seremos perseguidos y hasta traicionados por miembros de nuestra propia familia. Y todo esto por el delito de seguirlo a El. 




Pero si nos mantenemos fieles a El, a sus enseñanzas, a su Voluntad ... si nos mantenemos firmes, conseguiremos la Vida Eterna.

Volviendo a lo que nos dice el Profeta Malaquías en la Primera Lectura: la Segunda Venida de Jesucristo será para aquéllos que permanezcamos fieles hasta el final como “la Venida del Sol de Justicia que nos traerá la salvación en sus rayos”. 

Señales adicionales que completan el cuadro final aparecen en otros textos de la Sagrada Escritura: 




1.) El Evangelio habrá sido predicado en todo el mundo. 

2.) La mayor parte de la humanidad habrá perdido la fe y estará imbuida en las cosas del mundo.

3.) La humanidad estará muy parecida a los días de Noé. 

4.) Se manifestará el anti-Cristo, que con el poder de Satanás realizará prodigios con los que pretenderá engañar a toda la humanidad.

Otros textos nos hacen saber cómo volverá Jesucristo: primeramente aparecerá en el cielo su señal -la cruz-; vendrá acompañado de Ángeles y aparecerá con gran poder y gloria. No así el impostor, el anti-Cristo (cf. Hch. 1,11y Mt. 24, 30-31).

El final de este pasaje del Evangelio de San Lucas no aparece en el texto de hoy, pero el Señor completa su discurso así: “Fíjense en la higuera y en los demás árboles. Cuando ustedes ven los primeros brotes, saben que está cerca el verano. Así también cuando vean las señales que les dije, piensen que está cerca el Reino de Dios... Estén alertas para que no les sorprenda este día... Por eso estén vigilando y orando en todo tiempo, para que se les conceda escapar de todo lo que debe suceder”. 

Oración y vigilancia es lo que nos pide el Señor. Orar y actuar como si hoy -y todos los días- fueran el último día de nuestra vida terrena.




San Pablo nos advierte en la Segunda Lectura (2 Tes. 3, 7-12) sobre el actuar, porque “algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada y, además, entrometiéndose en todo”. Esto debe poner en guardia a los que pensando que el final de los tiempos pudiera estar cerca, decidieran cruzarse de brazos y simplemente esperar. También la advertencia sirve para cualquier holgazán que quiera vivir sin “ganarse con sus propias manos la comida”. 

En resumen: hay que trabajar como si nada fuera a suceder. Y orar como si en cualquier momento pudiera llegarnos el final, bien porque nos llegue el día de nuestra muerte, o porque llegue Cristo en su Segunda Venida.

Ahora bien, lo importante no es saber el cómo. Lo importante no es saber el cuándo. Lo importante es estar siempre preparados. Lo importante es vivir cada día como si fuera el último día de nuestra vida en la tierra.

El Salmo 97 nos lleva a regocijarnos con la venida del Señor. “Alégrense todos los habitantes del mundo ... porque ya viene el Señor a gobernar el orbe”. Y, por fin, la maldad no seguirá triunfando, pues la norma será “la justicia y la rectitud”.