domingo, 3 de noviembre de 2013

“No hay caso perdido para Jesús” (Evangelio dominical)





Zaqueo era una persona muy mal vista. No daba en absoluto el “perfil” para ser un judío piadoso, ni religioso, ni mucho menos para ir con los que seguían a Jesús. Y es curioso, porque a veces los que no dan el “perfil” son los que acaban dando el “callo” en la sociedad y en la Iglesia (si se les deja), frente a aquellos que son “como Dios manda”, pero no se “mojan”. Zaqueo era un ladrón, recaudador de impuestos, persona impura (porque andaba todo el día tocando dinero), criticado por sus propios paisanos. No se trata de ocultar sus pecados, que los tenía. Lo importante es cómo vemos que se sitúa Jesús en el Evangelio ante ellos. En la primera lectura, el libro de la Sabiduría dice de Dios: “te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan”. Y eso es lo que hace Jesús, provocar el arrepentimiento de Zaqueo, y lo consigue.



Jesús no le entra con acusaciones, ni le recrimina su pecado, sino que le dice: “baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. De esa manera, Jesús nos muestra el rostro misericordioso de Dios, siempre dispuesto al perdón, como dice también la primera lectura: “a todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida”. Ese Dios “amigo de la vida” nos ofrece siempre su amor y su perdón. Así nos lo mostró Jesús en sus parábolas.

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo XXXI del Tiempo Ordinario - Ciclo "C".



Lectura del santo evangelio según san Lucas (19,1-10):

Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús.

Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.»

Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador.

Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: «Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.» Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.»

Palabra del Señor    



COMENTARIO.


La Misericordia de Dios es infinita. Eso se dice y se repite, sin darnos cuenta de su real significación y dimensión. Entre tantos atributos de Dios -todos infinitos- su Bondad y su Misericordia son realmente insospechadas.

¿Cómo recibir al hijo pródigo que se había portado tan mal... y -como si fuera poco- celebrar su recibimiento con una fiesta? (cf. Lc. 15, 11-32) ¿Cómo buscar por todos lados a la oveja perdida? (Lc. 15, 1-10) ¿Cómo defender a la mujer adúltera? (cf. Jn. 8, 1-11) ¿Cómo perdonar a Pedro que lo negó tan feamente? (cf. Mc. 14, 66-72 y Jn. 21, 15-17) ¿Cómo perdonar a los que lo estaban matando en la cruz? (cf. Lc. 23, 32-34).

Y así podríamos seguir enumerando ejemplos de Bondad y Misericordia de Dios, que a nuestro modo de ver humano, resultan -cuanto menos- incomprensibles.

Y refiriéndonos al Evangelio de hoy (Lc. 19, 1-10): ¿Cómo buscar a Zaqueo, corrupto cobrador de impuestos, para alojarse en su casa?

La respuesta a estos interrogantes, producto de nuestra miope visión humana, está en la Primera Lectura (Sb. 11, 23 a 12, 2): “Tú perdonas a todos, porque todos son tuyos”.

Esta frase del Libro de la Sabiduría nos lleva a comprender por qué Dios perdona nuestras faltas para con El: Dios nos perdona porque somos suyos, porque El es nuestro Padre. Y como Padre, infinitamente Bueno que es, nos ama incondicionalmente... como los buenos padres que aman a sus hijos, a pesar del mal comportamiento y de las fallas que como hijos podamos tener. Por cierto, el buen padre no aprueba, ni consiente al hijo en sus faltas, sino que lo corrige –hasta lo castiga- pero lo sigue amando. Porque lo ama, lo corrige y lo castiga.

Entonces… ¡qué consuelo el saber que Dios es “nuestro Padre”! Y el pensar en Dios como “Padre” puede explicarnos sus “incomprensibles” y desmesuradas actitudes de perdón, de bondad, de amor.

El Dios Verdadero, que se ha revelado a los seres humanos y a Quien los cristianos adoramos y amamos, es infinitamente Bueno y Misericordioso. No así otros “dioses” por cierto. Hay otros “dioses” a los que no se le puede llamar padre, pues eso es considerado una blasfemia (!!!???)

Sin embargo, nuestro Dios sí que es Padre. Y es Padre infinitamente Misericordioso. Pero esa Misericordia Infinita del Dios Verdadero no significa complacencia por nuestros pecados, aceptación de nuestras faltas, o alcahuetería con nuestros comportamientos inmorales. Cuando Dios, como dice el Libro de la Sabiduría aparenta no ver los pecados de los hombres, no es para consentirnos en nuestras faltas, sino para darnos ocasión de arrepentirnos (Sb. 11, 23).

Y llega un momento que nos corrige…nos reprende y nos trae a la memoria nuestros pecados (Sb. 12, 2). ¿Para qué todo esto? Para poder ejercer de veras su Misericordia, al perdonarnos porque nos hemos arrepentido.

El Dios Verdadero no es excluyente, pues ama a todos, buenos y malos, cumplidores e infractores, creyentes e incrédulos, hombres y mujeres. Todos somos amados por el Dios Verdadero. Pero ese Amor Infinito de Dios no significa que Dios nos quiere viviendo en pecado.

De allí que cantemos en el Salmo 144: “Bueno es el Señor para con todos y su Amor se extiende a todas sus creaturas”.

Y continúa el Salmo: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento para enojarse y generoso para perdonar” (Sal. 144, 8). Ytodos podemos ser perdonados por el Dios Verdadero… si nos arrepentimos. Y ésa sí es una exigencia de su Misericordia Infinita.

Mucho se escucha decir: Dios es Misericordioso. Y eso está bien dicho así. El problema está en que, muchas veces al decir eso, estamos pensando que, porque es Misericordioso, Dios acepta todos nuestros pecados. No. Dios no es alcahuete. El es Misericordioso porque perdona los pecados al pecador que, arrepentido de veras, los confiesa en la Confesión Sacramental.

Cuando Dios nos busca, no es para consentirnos en el pecado, sino para que nos arrepintamos y cambiemos de vida. Más aún: Dios busca muy especialmente al infractor, al incrédulo, al pecador, no para consentirlo en su falta, sino para que se arrepienta y para sanarlo, perdonarlo y hacerlo nuevo.

¡Qué Bueno es nuestro Dios, que no sólo nos perdona sino que nos transforma de tal manera que nos hace creaturas nuevas!

Así hizo con Zaqueo. De tal forma lo renovó, que lo transformó en un hombre nuevo. Caritativo: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes”. Restaurador del mal hecho a los demás: “Y si he defraudado a alguien, le restituiré cuatro veces más”.

El Dios Verdadero no sólo obra perdonando al pecador que, arrepentido, confiesa su falta, sino que va más allá: crea en él un corazón puro y le otorga un espíritu nuevo, renueva interiormente a la persona y la prepara para alabar a Dios ypara dar testimonio de su conversión. (cf. Salmo 50, 12-19).


Y, aunque nuestros pecados fueran negros como la noche, la Misericordia Divina es más luminosa que nuestra negrura. Sólo hace falta que, como Zaqueo, quien se subió a un árbol para poder divisar a Jesús, nos subamos -al menos un poquito- por encima de nuestra miseria, para ver pasar al Señor.

Sólo hace falta que el pecador al menos abra la puerta de su corazón, y reconozca arrepentido que ha ofendido a Dios y luego se confiese. Dios hace el resto.