domingo, 10 de noviembre de 2013

"...Porque el Señor, es Dios de vivos; porque para él todos están vivos." (Evangelio dominical)







Los saduceos no solían tener mucho trato con Jesús. Eran personajes demasiado importantes, alejados del pueblo, ocupados en conservar su privilegiada posición social y su poder a toda costa. Los interlocutores y oponentes habituales de Jesús eran los fariseos, maestros del pueblo, por tanto, cercanos a él y sinceramente creyentes, aunque su interpretación rígida y estrecha de la ley los llevaba a condenar a los pecadores y a chocar con la forma novedosa, abierta y misericordiosa en que Jesús presentaba la relación con Dios. En los fariseos podía haber ira, desacuerdo, oposición, pero había también relación e interés por la verdad, hasta el punto de que a veces se dejaban convencer por Jesús (cf. Mc 12, 32-34). La hipocresía de la que Jesús les acusa no deja de implicar un reconocimiento de la piedad que “usan” para mostrarse (recordemos a De la Rochefoucauld, que definía la hipocresía como “el homenaje que el vicio rinde a la virtud”).


En los saduceos encontramos una actitud distinta, que asoma en el diálogo del Evangelio de hoy. Su pecado no es la hipocresía, sino el cinismo, que se ríe abiertamente del bien, lo desafía y, en este caso, mira con desprecio y suficiencia la fe religiosa del pueblo y su esperanza en la resurrección. Al abordar a Jesús, usan una técnica similar a la de los fariseos para ponerlo en apuros: plantear una cuestión legal avalada por la autoridad de Moisés, pero en una situación de conflicto. Sólo que lo hacen en tales términos que la conclusión a que da lugar resulta ridícula.

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo XXXII del Tiempo Ordinario - Ciclo "C".


Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

Palabra del Señor    



COMENTARIO




Un día le preguntaron a Jesús si había matrimonios en el Cielo.  La pregunta parece una broma, pero el Evangelio de hoy (cf. Lc. 20, 27-38)  nos trae ese incidente.

Sucedió que unos saduceos (grupo religioso de los tiempos de Cristo que no creía en la resurrección de los muertos), tratando de dejar en ridículo al Señor, le pusieron una de esas “trampas”, de las cuales el Maestro se salía con divina sagacidad.

Le presentaron el caso de una mujer (debe haber sido un caso hipotético, pues esta dama supuestamente sobrevivió a ¡siete! hermanos con los cuales se había casado consecutivamente a medida que iba enviudando de cada uno).  La pregunta era que después de morir la viuda, cuando llegara la resurrección “¿de cuál de ellos sería esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”.  


Jesús les responde con toda paciencia y con mucha claridad:  “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura -los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos- no se casarán ni podrán ya morir, porque serán semejantes a los Ángeles.  Y serán hijos de Dios, pues El los habrá resucitado”.

De esta amplia respuesta podemos sacar enseñanzas muy importantes sobre nuestra futura resurrección. 




1.      Hay una vida futura.  Sí la hay.  La verdadera Vida comienza después de la muerte.  Esta vida es sólo una preparación para esa otra Vida.  Por eso rezamos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

2.      Todos estamos llamados a esa Vida del mundo futuro, en el que viviremos “resucitados”, en una vida distinta a la del mundo presente.  Pero no todos llegaremos a esa Vida: sólo “los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos”.    La voluntad de Dios es que todos los hombres y mujeres nos salvemos y lleguemos a esa Vida del mundo futuro.  Pero como nos advierte el mismo Jesús sobre el momento de la resurrección de los muertos: “Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 28-29).   Todos resucitaremos, pero unos resucitarán para la Vida y otros para la condenación.



3.      En el Cielo no habrá matrimonios: “en la vida futura no se casarán”.  Es cierto que estaremos junto con los demás salvados, incluyendo nuestros seres queridos, pero lo importante en el Cielo será vivir en la plenitud de Dios.

4.      Llegaremos a ser inmortales: “no podrán ya morir y serán semejantes a los Ángeles”.  La vida en el mundo futuro no significa que volveremos, a esta vida terrenal.  Resucitar no significa que volveremos a esta vida como Lázaro, el hijo de la viuda de Naím o la hija de Jairo, a quienes Cristo volvió a esta vida, los cuales en algún momento tuvieron que volver a morir.  Tampoco significa que vamos a re-encarnar; es decir, volver a nacer en otro cuerpo que no es el nuestro.  La re-encarnación, además de ser imposible, es un mito negado en la Biblia y herético para los cristianos.  Más bien seremos como los Ángeles, que son bellos, inmortales, refulgentes, etc.  Lo que sucederá cuando resucitemos será ¡una maravilla!,  pues tendrá lugar la reunificación de nuestra alma inmortal con nuestro cuerpo mortal, pero éste glorificado en ese mismo momento ... como el de Cristo después de resucitar, como el de la Santísima Virgen, asunta al Cielo en cuerpo y alma.



5.      Seremos verdaderamente “hijos de Dios, pues El nos habrá resucitado”.   Y ¿es que no somos ya hijos de Dios?  Sí lo somos, pero seremos entonces plenamente hijos de Dios, pues seremos como El, a partir del momento de nuestra resurrección, ya que estaremos purificados totalmente del pecado y de todas sus consecuencias.  A esto se refiere San Juan cuando nos habla de nuestra nueva condición: “Amados: desde ya somos hijos de Dios, aunque no se ha manifestado lo que seremos al fin... seremos semejantes a El, porque lo veremos tal como es”  (1 Jn. 3, 2).




Adicionalmente, para demostrar a los Saduceos que la resurrección es verdad, Jesús utiliza palabras de Moisés, a quien los Saduceos sí aceptaban.  Le dice así: “Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob.  Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para El todos viven”.

En la Segunda Lectura (2 Tes. 2, 16-3, 5)  queda implícita nuestra futura resurrección: “Dios nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza... esperen pacientemente la venida de Cristo”.

Importante notar que la firme esperanza de nuestra resurrección es gratuita, no la merecemos, es un regalo de Dios.  Para eso nos creó, para gozar de esa felicidad eterna para siempre con El y en El.



La creencia en la resurrección es muy antigua.  En efecto, en la Primera Lectura del Libro 2 de los Macabeos (2Mac. 7, 1-2 y 9-14)  vemos como aquellos hermanos que estaban siendo torturados, descuartizados y muertos delante de su madre, se sentían consolados y fortalecidos en la seguridad de su futura resurrección, diciendo:  “Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará”.

Este pasaje impresionante, nos muestra una cosa importante para efectos de comprender la resurrección.  ¿Qué sucede con los cuerpos que han sido mutilados o que han desaparecido volatilizados en gases o que han sido consumidos por un animal?  Lo responde uno de los hermanos: “De Dios recibí estos miembros  y de El espero recobrarlos”.


Así será la resurrección:  recuperaremos todos los miembros perdidos de nuestro cuerpo... pero con la ventaja que ya no será un cuerpo decadente, mortal, que se enferma y se envejece, como el que ahora tenemos, sino que será un “cuerpo espiritual”.  Como dice el Evangelio:  ya los seres humanos no nos casaremos, ni moriremos, sino que seremos como los Ángeles, pues Dios nos habrá resucitado.

También queda expuesto desde este libro del Antiguo Testamento lo que San Juan nos dice posteriormente: unos resucitarán para la Vida y otros no: “El Rey del universo nos resucitará a una Vida Eterna ... Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.

Otro asunto importante es cómo van a ser nuestros cuerpos resucitados.  ¿Por qué importa esto?  Parece trivial esta consideración, pero como tanta gente anda tan encantada con el mito de la re-encarnación, es bueno afianzar nuestra fe y nuestra esperanza al considerar la ¡maravilla! que será nuestra resurrección y la mentira que es la re-encarnación.  Ver “Pregunta de la Semana”: ¿Cómo seremos al resucitar?



Otro asunto a considerar es ¿cuándo será nuestra resurrección?  Hay gente que cree que es enseguida de la muerte.  Y no es así.  Al morir nuestra alma se separa de nuestro cuerpo.  El alma va al Cielo, al Infierno o al Purgatorio, según sea su estado.  En el momento de la resurrección se reunifica con el cuerpo.  Y ese momento será, entonces, en el “último día”; “al fin del mundo”, cuando vuelva Cristo en su Segunda Venida: “Cuando se dé la señal por la voz del Arcángel, el propio Señor bajará del Cielo, al son de la trompeta divina.  Los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar” (1 Tes. 4, 16).

Es el momento que aguardamos, el de nuestra resurrección, el cual cantamos en el Salmo 16: “Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro”.   Que así sea.