domingo, 12 de enero de 2014

«Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.» (Evangelio dominical)



Juan bautiza, Jesús se acerca. Él mismo viene a santificar a aquel por quien es bautizado. Viene a sumergir en las aguas al viejo Adán, y por esto y antes que esto, consagra las aguas del Jordán. Él que es Espíritu y carne quiere perfeccionar al hombre por el agua y el Espíritu (Jn 3,4).

Juan Bautista rehúsa bautizar a Jesús y éste insiste. “Soy yo quien tengo que ser bautizado por ti” dice la lámpara al sol (Jn 5,35), el amigo al Esposo (Jn 3,29), el más grande entre los nacidos de mujer al Primogénito de toda la creación. (Mt 11,11; Col 1,15). El que había saltado en el seno de su madre dice al que había sido adorado en el seno de su madre, el precursor dice al que acaba de manifestarse y que se manifestará al final de los tiempos: "soy yo quien necesito ser bautizado por ti". Podría añadir: "dando mi vida por ti"; en efecto, sabía que recibiría el bautismo del martirio…

Jesús sube de las aguas llevando consigo en esta subida al universo entero. Ve los cielos abiertos, estos cielos que en otro tiempo Adán cerró para él y los suyos, este paraíso que estaba como borrado por la espada de fuego. (Gn 3,24) El Espíritu da testimonio de la divinidad de Cristo. Y una voz se oye desde el cielo, ya que viene del cielo aquel del que da testimonio la voz. Y aparece una paloma ante los ojos de carne para honrar nuestra carne divinizada.  


Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo, diciéndole: «Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?»


Jesús le contestó: «Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.» 


Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. y vino una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto.»

Palabra del Señor




COMENTARIO.



En las Lecturas de este día vemos cómo San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías prometido, esperado por el pueblo de Israel.  El Bautista predicaba la conversión, el cambio de vida. 

El Bautismo que Juan impartía significaba la aceptación de la conversión de aquéllos que, motivados por su predicación, deseaban arrepentirse para  poder optar por el Reino de los Cielos, que Juan anunciaba y que el Mesías vendría pronto a establecer.

Vemos, entonces, cómo el Bautismo que Juan impartía era un Bautismo de conversión.  Los que deseaban cambiar de vida eran bautizados por él con agua y este bautismo no era como el Bautismo que nosotros conocemos y recibimos como Sacramento, sino que era así como la aceptación de ese cambio que ellos estaban dispuestos a hacer en sus vidas.

En efecto, nos dice el Evangelio de San Lucas que la gente al preguntar a Juan qué debían hacer para convertirse, él les recomendaba:  el que tenga qué comer, dé al que no tiene; a los cobradores de impuesto les decía que no cobraran más de lo debido; a los soldados, que no abusaran de la gente y que no hicieran denuncias falsas.  Y así iban llegando a arrepentirse y a bautizarse con San Juan Bautista.

De allí que llama la atención el que Jesús, el Hijo de Dios, que se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado, se acercara a la ribera del Jordán, como cualquier otro de los que se estaban convirtiendo, a pedirle a Juan, su primo y su Precursor, que le bautizara.  Tanto es así, que el mismo Bautista, que venía predicando insistentemente que detrás de él vendría   “uno  que es más que yo, y yo no merezco ni agacharme para  desatarle las sandalias” (Mc. 1, 7), se queda impresionado de la petición del Señor.

Y vemos en el Evangelio que San Juan Bautista le discute:  “Soy yo quien debe ser bautizado por Tí, ¿y Tú vienes a que yo te bautice?”   Sin embargo,  el Señor lo convence:   “Haz ahora lo que te digo, porque es necesario que así cumplamos todo lo que Dios quiere.  Entonces Juan accedió a bautizarlo” (Mt. 3, 14-15).

Hace pocos días celebramos el Nacimiento del Hijo de Dios.  Y enseguida nos llega esta Fiesta de su Bautismo.  Pero ¿cómo puede ser esto de un Dios bautizado?  Pues bien, el objeto de su Bautismo es el mismo que el de su Nacimiento:  identificarse con la humanidad pecadora. 
No nos parece adecuado que Dios sea bautizado, pero en realidad esto calza con el propósito de su venida a la tierra.  Jesús no estaba en el Jordán a título personal , sino que nos estaba representando a todos y cada uno de nosotros, a la humanidad pecadora.

En El no había pecado alguno:  por esto la objeción de San Juan Bautista.  Pero si Jesús se iba a identificar con la humanidad a tal punto como para llamarse “Hijo del Hombre”, tenía entonces que compartir nuestra culpa.  Por eso es que vemos a Dios bautizado.  
       
Cierto entonces que Jesucristo, el Dios Vivo, no tenía necesidad de bautismo.  Pero en el Jordán quiso presentarle al Padre los pecados del mundo y asumirlos El  ¡Todo un Dios, en Quien no puede haber pecado alguno, se pone en lugar de la humanidad pecadora, haciéndose bautizar!

Y esos pecados, los pecados del mundo, El los toma sobre sí en la Cruz y nos redime de ellos.  Es por ello que desde el Jordán, San Juan Bautista, al ver a Jesús acercarse, lo reconoce como el nuevo Cordero que sustituiría al cordero que se sacrificaba en cada cena de Pascua, y dice esto de El:  “Ahí viene el Cordero de Dios, el que carga con el pecado del mundo”  (Jn. 1, 29).

En el Jordán Jesús desea mostrarnos el sentido y la necesidad del arrepentimiento.  En eso consistía el Bautismo de Juan: arrepentirse de los pecados primero.  Luego el agua venía a confirmar ese arrepentimiento.

Y la significación del Bautismo de Cristo no queda allí:  al entrar Dios a las aguas del Jordán, le dio significación especial al agua.  De allí que el agua sea la materia del Sacramento del Bautismo.

“La voz del Señor sobre las aguas”, repetimos en el Salmo 28.  En efecto, nos cuenta el  Evangelio  que “al salir Jesús del agua, una vez bautizado, se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que descendía  sobre El en forma como de paloma  y se oyó una voz desde el cielo”, la voz  del  Padreque  lo identificaba   como su Hijo, el Dios-Hombre. (Mt. 3, 16-17)

Y esta manifestación de “la voz del Señor sobre las aguas” se da precisamente al cumplir Jesús y Juan todo lo que Dios quería.  En ese momento, el Espíritu de Dios baja del cielo aleteando cual paloma y se posa sobre Jesús, y Dios Padre revela a Jesucristo como su Hijo muy amado, en quien se complace.  Es decir, a San Juan Bautista le es revelado quién es Jesucristo y éste lo da a conocer como el Hijo de Dios y el Salvador del mundo.

Ahora bien, los que acudían al Jordán se arrepentían y luego se sumergían en el agua.  El Sacramento del Bautismo no es igual al Bautismo del Jordán.  Es mucho más.  Juan ya lo dijo: “Yo los bautizo con agua, pero ya viene el que es más poderoso que yo … El los bautizará con el Espíritu Santo” (Lc. 3, 16).

En el Bautismo, por obra del Espíritu Santo –del Espíritu de Dios- el ser humano, nacido en el pecado heredado de nuestros primeros progenitores, recibe la vida de Dios que es la Gracia, la cual borra el pecado original. 

Además, por medio del Bautismo Sacramento, somos hechos -nada menos- que hijos de Dios y pasamos a formar parte de la Iglesia que Cristo estableció
.
 Pensar en el Bautismo de Jesucristo, el Dios-hecho-hombre, nos debe llenar de gran humildad:  si todo un Dios se humilla hasta pedir el Bautismo de conversión que San Juan Bautista impartía a los pecadores convertidos, ¿qué no nos corresponde a nosotros, que sí somos pecadores de verdad?


La Fiesta del Bautismo del Señor nos invita, entonces, a reconocernos pecadores, a arrepentirnos y a renovar esa vida de Dios que recibimos en nuestro Bautismo, para poder optar por el Reino de los Cielos.  Que así sea.