domingo, 10 de agosto de 2014

"Ánimo soy Yo, no tengáis miedo" (Evangelio dominical)



Hoy, la experiencia de Pedro refleja situaciones que hemos experimentado también nosotros más de una vez. ¿Quién no ha visto hacer aguas sus proyectos y no ha experimentado la tentación del desánimo o de la desesperación? En circunstancias así, debemos reavivar la fe y decir con el salmista: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (Sal 85,8). 

Para la mentalidad antigua, el mar era el lugar donde habitaban las fuerzas del mal, el reino de la muerte, amenazador para el hombre. Al “andar sobre el agua” (cf. Mt 14,25), Jesús nos indica que con su muerte y resurrección triunfa sobre el poder del mal y de la muerte, que nos amenaza y busca destrozarnos. Nuestra existencia, ¿no es también como una frágil embarcación, sacudida por las olas, que atraviesa el mar de la vida y que espera llegar a una meta que tenga sentido?


Pedro creía tener una fe clara y una fuerza muy consistente, pero «empezó a hundirse» (Mt 14,30); Pedro había asegurado a Jesús que estaba dispuesto a seguirlo hasta morir, pero su debilidad lo acobardó y negó al Maestro en los hechos de la Pasión. ¿Por qué Pedro se hunde justo cuando empieza a andar sobre el agua? Porque, en vez de mirar a Jesucristo, miró al mar y eso le hizo perder fuerza y, a partir de ese instante, su confianza en el Señor se debilitó y los pies no le respondieron. Pero, Jesús «le extendió la mano [y] lo agarró» (Mt 14,31) y lo salvó.

Después de su resurrección, el Señor no permite que su apóstol se hunda en el remordimiento y la desesperación y le devuelve la confianza con su perdón generoso. ¿A quién miro yo en el combate de la vida? Cuando noto que el peso de mis pecados y errores me arrastra y me hunde, ¿dejo que el buen Jesús alargue su mano y me salve?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,22-33):


Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. 
Jesús les dijo en seguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!» 
Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.» 
Él le dijo: «Ven.» 
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame.» 
En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?» En cuanto subieron a la barca, amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios.»

Palabra del Señor



COMENTARIO:



El Evangelio de este Domingo nos trae el relato de cuando San Pedro comenzó hacer una cosa imposible para nuestra naturaleza humana: caminar sobre el agua.  ¿Cómo sucedió este milagro y por qué Pedro comenzó a hundirse? (Mt. 14, 22-33)

Sucedió que, enseguida de la multiplicación de los panes y los peces, Jesús ordenó a los discípulos que subieran a la barca y se trasladaran a la otra orilla del Lago de Genesaret.  El Señor despidió a la gente y subió al monte para orar a solas.  Mientras tanto, los apóstoles tenían dificultades en la travesía nocturna, pues las olas eran fuertes y había viento contrario.
Y el Señor se les aparece ya en la madrugada, pero de una forma peculiar: viene Jesús caminando sobre el agua.  Ellos se asustan de tal manera, que daban gritos de terror.  Nos dice el Evangelista Mateo, testigo presencial del hecho, que el susto venía porque creían que Cristo era un fantasma.  Y El los calma diciéndoles: “Tranquilícense y no teman.  Soy Yo”.
San Pedro, como siempre intrépido e impulsivo, le dice: “Señor, si eres Tú, mándame ir a Ti caminando sobre el agua” .   Y el Señor le concede tan atrevida petición.  Pero ¿qué sucede?  Efectivamente, Pedro comienza a caminar sobre el agua, igual que Jesús, pero en un momento dado “al sentir la fuerza del viento, le entró miedo y comenzó a hundirse”.   Dudó y se hundió. 


¡Cómo nos parecemos nosotros a los Apóstoles! Nuestra vida espiritual está llena de pasajes como éste de Pedro.  Comencemos por el principio.  ¡Cuántas veces Jesús pasa por nuestra vida, Jesús toca nuestra puerta... y no lo reconocemos o no le respondemos ... y hasta podemos creer que no es Dios quien nos llama, sino “quién sabe quién”!  Nos cegamos y no vemos a Dios donde Dios está.  ¿Por qué nos sucede esto?  Es que andamos tan perdidos que lo que Dios nos propone, o no nos gusta o creemos que no nos conviene.
Lo segundo es la desconfianza.  San Pedro duda y comienza a hundirse.  Luego el Señor lo rescata dándole la mano.  Hay que confiar plenamente, para no hundirse.  La seguridad nos viene, no porque no hayan tormentas ni turbulencias en nuestra vida, sino porque confiamos ciegamente en que Dios no nos dejará hundir. 


No es la ausencia de tempestades lo que me da paz, sino la confianza plena de que -en tierra firme o sobre las aguas, en tormenta o en calma- el Señor está conmigo.  Y todas las tormentas son ¡nada! ante su Poder infinito. 


La confianza no consiste en no tener tormentas alrededor, sino en saber que Dios está allí, tanto en la tormenta, como en la calma, tanto en la luz, como en la oscuridad.
Lo que sucede a los  hombres  y mujeres de hoy es que confían más en sus propias fuerzas y en sus propios recursos, que en Dios y en lo que Dios hace en nosotros.  Creemos que lo que logramos son logros nuestros, olvidándonos que ¡nada! podemos si Dios no lo hace en nosotros.   


Lo que llamamos “nuestra” inteligencia, “nuestras” capacidades, “nuestras” habilidades... ¿son realmente “nuestras” o nos vienen de Dios?  Entonces... los logros ¿de Quién son?  Ciertamente, hay un esfuerzo por parte nuestra.  Pero hasta el poder hacer ese esfuerzo es gracia de Dios.  Si hasta cada latido de nuestro corazón depende de Dios, ¿cómo podemos creer que los logros son nuestros?


Si confiamos en nosotros mismos y no en Dios, si confiamos más en nosotros que en Dios, estamos en peligro de hundirnos... si es que ya no nos hemos hundido.  Sea en tierra o en mar, en calma o en tempestad, podremos ir en paz y con seguridad si tenemos toda nuestra confianza puesta en Dios.


La Primera Lectura nos trae el pasaje del Profeta Elías en el Monte Horeb cuando Dios se le revela en el murmullo de una suave brisa. Estas son laspalabras utilizadas en la mayoría de las actuales traducciones. 

Sin embargo, para entender mejor este suceso un poco misterioso, debemos recurrir a los más recientes estudios lingüísticos que nos dan una  traducción un poco diferente: "la voz de silencio sutil”.  Esta nueva expresión facilita la comprensión de este pasaje enigmático.
Primero debemos ver qué fue a hacer Elías en esa larga peregrinación que lo llevó al Monte Horeb -que es el mismo Monte Sinaí.  En realidad Elías estaba huyendo de la reina Jezabel que lo buscaba para matarlo.  Pero ¿por qué se fue tan lejos?


En el Monte Horeb, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob se había revelado bajo el nombre de Yavé (Ex 3, 6); el Horeb había sido el monte de las instrucciones de Yavé a Moisés (Ex 33, 18-34,9); en el Horeb se había sellado la Antigua Alianza (Ex 19-24).
Sabemos que Yavé se había revelado a Moisés y al Pueblo de Israel en medio de"truenos, relámpagos, densa nube sobre el monte y fuerte sonido de trompetas" (Ex 19,16).
Así que, además de huir, Elías había ido específicamente al Horeb  para encontrar a Dios como al principio lo había hecho el Pueblo de Israel. Pero allí en el  Horeb Elías vivirá una experiencia desconcertante: no encuentra a Dios ni en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego, que eran formas en que Dios se había manifestado antes.


Nos dice el texto que luego vino una “voz de silencio sutil”.  Y allí sí que estaba Dios.
Elías aprendió, como debemos aprender nosotros, que Dios es imprevisible.  Unas veces se manifiesta de ciertas maneras y otras veces de otra.  El es libérrimo para manifestarse o no, y para escoger la manera de hacerlo. 


Muestra de esto es la manera como se apareció Jesús a los Apóstoles caminando en medio del lago en la mitad de la noche: imprevisible y libérrimo para escoger su modo de presentación.
Dios no siempre se manifiesta de manera extraordinaria y grandiosa, como cuando habló a Moisés y a los Israelitas.  A Elías en el Horeb, Dios se manifestó en el silencio.  Pareciera que ésa es la forma más corriente de Dios manifestarse a nosotros.


A Dios debemos buscarlo y podemos encontrarlo en el silencio.  Dios siempre está.  El es Omnipresente.  A veces podemos verlo y/o sentirlo, a veces no.  Pero, alejándonos del ruido, en la "voz de silencio sutil", podemos encontrarlo…aunque no lo oigamos.

En la Segunda Lectura (Rom 9, 1-5), San Pablo se lamenta con infinita tristeza y un dolor incesante que tortura su corazón de la actitudde mi raza y de mi sangre, los israelitas… descendientes de los Patriarcas; y de cuya raza, según la carne, nació Cristo.

¿Por qué se lamenta de esta manera tan dolorosa?  Porque muchos de sus hermanos de raza, a quienes pertenecen la adopción, la gloria… y las promesas, no han querido acoger el mensaje de Cristo.

Tal es su preocupación, que en esta carta a los Romanos San Pablo dedica dos capítulos completos a tratar este tema, para resolver el dilema en el Capítulo 11 anunciándonos un secreto: parte del pueblo de Israel quedará sin reconocer al Mesías.  Pero al final Israel se salvará.



A ustedes, que no son judíos, les digo:  Si tú fuiste sacado del olivo silvestre que era tu misma especie, para ser injertado en el olivo bueno, que no era de tu especie, será mucho más fácil para ellos (los judíos), que son de la misma especie del olivo… Quiero, hermanos, que entiendan este misterio y no se sientan superiores. Una parte de Israel va a quedarse endurecida hasta que el conjunto de las naciones haya entrado;  entonces todo Israel se salvará, según dice la Escritura: “De Sión saldrá el libertador que limpiará a los hijos de Jacob de todas sus faltas”… Y ésta es la alianza que Yo haré con ellos después de borrar todos sus pecados… Pues bien, ustedes, que no obedecían a Dios, fueron perdonados a través de la rebeldía de los judíos.  Ellos, a su vez, serán perdonados después de la actual rebeldía que les ha traído el perdón a ustedes… Así Dios hizo pasar a todos por la desobediencia, a fin de mostrar a todos su misericordia. (Rom 11, 13 y 24-32)