domingo, 8 de noviembre de 2015

“Más valor tiene quien da lo que necesita, quien da lo que le sobra” (Evangelio Dominical)



Hoy, el Evangelio nos presenta a Cristo como Maestro, y nos habla del desprendimiento que hemos de vivir. Un desprendimiento, en primer lugar, del honor o reconocimiento propios, que a veces vamos buscando: «Guardaos de (…) ser saludados en las plazas, ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (cf. Mc 12,38-39). En este sentido, Jesús nos previene del mal ejemplo de los escribas.

Desprendimiento, en segundo lugar, de las cosas materiales. Jesucristo alaba a la viuda pobre, a la vez que lamenta la falsedad de otros: «Todos han echado de lo que les sobraba, ésta [la viuda], en cambio, ha echado de lo que necesitaba» (Mc 12,44).


Quien no vive el desprendimiento de los bienes temporales vive lleno del propio yo, y no puede amar. En tal estado del alma no hay “espacio” para los demás: ni compasión, ni misericordia, ni atención para con el prójimo.

Los santos nos dan ejemplo. He aquí un hecho de la vida de san Pío X, cuando todavía era obispo de Mantua. Un comerciante escribió calumnias contra el obispo. Muchos amigos suyos le aconsejaron denunciar judicialmente al calumniador, pero el futuro Papa les respondió: «Ese pobre hombre necesita más la oración que el castigo». No lo acusó, sino que rezó por él.

Pero no todo terminó ahí, sino que —después de un tiempo— al dicho comerciante le fue mal en los negocios, y se declaró en bancarrota. Todos los acreedores se le echaron encima, y se quedó sin nada. Sólo una persona vino en su ayuda: fue el mismo obispo de Mantua quien, anónimamente, hizo enviar un sobre con dinero al comerciante, haciéndole saber que aquel dinero venía de la Señora más Misericordiosa, es decir, de la Virgen del Perpetuo Socorro.

¿Vivo realmente el desprendimiento de las realidades terrenales? ¿Está mi corazón vacío de cosas? ¿Puede mi corazón ver las necesidades de los demás? «El programa del cristiano —el programa de Jesús— es un “corazón que ve”» (Benedicto XVI).






Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,38-44):


En aquel tiempo, entre lo que enseñaba Jesús a la gente, dijo: «¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas, con pretexto de largos rezos. Éstos recibirán una sentencia más rigurosa.»
Estando Jesús sentado enfrente del arca de las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales.
Llamando a sus discípulos, les dijo: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.»

Palabra del Señor


COMENTARIO



Varias veces la Sagrada Escritura nos pone como ejemplos a mujeres viudas.  Las lecturas de este Domingo nos traen el caso de dos de ellas, a quienes nos presenta el Señor como modelos de generosidad extrema: la viuda de Sarepta en tiempos del Profeta Elías y la viuda pobre a quien Jesús observó dando limosna en el Templo de Jerusalén.

El caso de la primera viuda, la de Sarepta, que nos trae la Primera Lectura (1 R 17, 10-16) es impresionante.  Tal vez no había pasado tanta necesidad antes esta mujer, pero la sequía y la hambruna del momento la habían colocado en una posición de pobreza extrema: le quedaba sólo “un puñado de harina y un poco de aceite”. Pero Dios le envía al Profeta Elías para pedirle pan y ella le explica su delicada situación así: con esto que me queda “voy a preparar un pan para mí y para mi hijo; nos lo comeremos y luego moriremos”.  Ya no tenía más nada para comer.  Era lo último que le quedaba.

Pero ¿qué hace Dios?  Le habla por boca del Profeta, quien le ordena compartir con él lo  poquísimo que le queda: cocinar primero un pan para él y luego uno para ella y su hijo.  Y esa orden queda sellada con unas palabras proféticas (proféticas, en el sentido teológico del término, pues eran palabras que venían de Dios, y proféticas en el sentido coloquial del término, pues anunciaban un hecho futuro):“La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará”.  Y la viuda cumple la petición de Elías y, a pesar de ser pagana, cree en la palabra que Dios le envía a través del Profeta. 


¡Qué fe y qué confianza tuvo esta mujer!  Por eso “tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó”.

¡Qué generosidad la de esta mujer!  Si nos ponemos a ver, un pancito no es mucha cosa.  Pero cuando es lo último que a uno le queda, puede ser mucho... ¡demasiado!

Lo mismo sucedió con la segunda viuda: dio de lo último que le quedaba.  Nos cuenta el Evangelio de hoy (Mc. 12, 38-44),  que Jesús se puso a observar a la gente que echaba limosnas en el Templo.  “Muchos ricos daban en abundancia.  En esto se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor”.   Y Jesús no sólo observó, sino que le dio una enseñanza a sus discípulos: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos.  Porque los demás han echado de lo que les sobraba, pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.


Lo mismo que el pancito de la de Sarepta, estas dos moneditas era lo último que le quedaba a la de Jerusalén.  Y ésta fue aún más audaz en su caridad que la de Sarepta, porque nadie le estaba pidiendo que diera lo poquísimo que le quedaba y, además, tampoco tenía una promesa profética de que lo poco que le quedaba sería multiplicado y no se agotaría.

En estas lecturas vemos que la generosidad la mide el Señor no porque lo que se dé sea mucho o poco, sino por cuánto significa lo que se da.  La limosna a los ojos de Dios tiene un valor relativo: de cuánto nos estamos desprendiendo y con qué confianza lo entregamos.  La limosna implica darse uno mismo.  Y para darse uno mismo, habrá renuncia o privación de algo que necesitamos.

Dar limosna puede ser un acto de mera filantropía, que es muy distinto a la caridad cristiana.  Es lo que hacían los ricos que estaba también observando Jesús.  Y a éstos no los elogió, sino que los criticó duramente.  Y los criticó no sólo porque daban de su abundancia, sino porque esa abundancia de que disfrutaban la obtenían nada menos que explotando a viudas y huérfanos.  ¡Tremendo contraste nos traen estas lecturas: dos viudas generosísimas y unos ricos explotadores de viudas y huérfanos!

Enseñanzas exigentes podemos extraer: que nuestra caridad no sea mera filantropía; que nuestra limosna no provenga de nuestra abundancia;   y  ¡por supuesto! que no osemos explotar a nadie.

La Segunda Lectura (Hb. 9, 24-28) nos presenta a Jesús como el máximo modelo de la entrega y la generosidad: se entregó a sí mismo para dar su vida por la salvación de la humanidad.

Pero, además de este recuerdo de la oblación máxima de Cristo por nosotros, este pasaje de la Carta a los Hebreos nos trae tres datos importantísimos:

El primero de ellos: “Está determinado que los hombres mueren una sola vez y que después de la muerte venga el juicio”.   Esta frase parece ¡tan obvia!  Pero no lo es tanto.  Sí ¡claro! los seres humanos mueren una sola vez.  Eso lo sabemos.  Pero... ¿lo saben todos los que les gusta hablar y creer en la re-encarnación? 

Esta afirmación de San Pablo está en clara contradicción con esa herejía que se nos ha metido hasta en los medios católicos.  Ese absurdo mito de la re-encarnación nos hace creer falsamente que podemos volver a vivir en la tierra para luego volver a morir quién sabe cuántas veces.  Esta cita de la Palabra de Dios demuestra que la re-encarnación, aparte de ser una mentira, está negada en la Biblia.


Nos habla San Pablo aquí también del Juicio Particular que tiene cada persona enseguida de la muerte, a través del cual en el mismo momento de la muerte cada alma sabe el estado en que le corresponde estar:  Cielo (felicidad eterna), Infierno (condenación eterna) o Purgatorio (etapa de purificación para luego pasar al Cielo).

Nos recuerda también San Pablo la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos:“Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquéllos que lo aguardan y en El tienen puesta su esperanza”. 

Sí, Cristo volverá.  Pero no igual a la primera vez que vino como Hombre, muriendo y resucitando para rescatarnos de la muerte y del pecado, sino que volverá en gloria, con todo el poder de su divinidad para mostrar su salvación a todos los que esperan en El.










Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org