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domingo, 18 de diciembre de 2011

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»(Evangelio dominical)


Ya llegamos a la Navidad. Pero ¿de veras nos damos cuenta de lo que estamos celebrando?

El hecho más relevante de la historia de la humanidad es, sin duda, el Nacimiento de Dios-Hombre. Tan importante fue este acontecimiento que la historia se divide en “antes” y “después” de Cristo. Sin embargo, ese hecho fue antecedido por el misterio más grande nuestra fe cristiana: la Encarnación de Dios, es decir, Dios hecho hombre en el seno de la Santísima Virgen María.

Así describe este Misterio el máximo poeta de la Mística, San Juan de la Cruz: “Entonces llamó a un arcángel que San Gabriel se decía, y enviólo a una doncella que se llamaba María, de cuyo consentimiento el misterio se hacía, en el cual la Trinidad de carne al Verbo vestía; y aunque Tres hacen la obra, en el Uno se hacía; y quedó el Verbo encarnado en el vientre de María. Y el que tenía sólo Padre, ya también Madre tenía, aunque no como cualquiera que de varón concebía, que de las entrañas de ella El su carne recibía; por lo cual Hijo de Dios y del hombre se decía”. (Romance 8)

¿Qué significa este gran misterio, el más grande acontecimiento de la humanidad…tan grande que la historia se divide en antes y después de Cristo?

Pues para explicarlo de tal manera que llegue a todos, hoy, volvemos a presentar tres opiniones de otros tantos religiosos que explican La Palabra de Dios, para este IV domingo de Adviento.



Encuentros y bendiciones

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer. Y el temor, el deseo de esconderse y huir ha impedido que ese encuentro buscado por Dios por largo tiempo haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha construido templos y parece que le ha ofrecido a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios), que se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia, precisamente, Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, desencuentros y encontronazos.
¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro de Isabel con María; y, por fin, el que hoy nos presenta el Evangelio, el encuentro del ángel con María. Este último es del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras del Ángel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, de forma plena, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que los han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase
.
Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.


EL REGALO DE NAVIDAD



¿Cuántos son los que creen de verdad en la Navidad? ¿Cuántos los que saben celebrarla en lo más íntimo de su corazón? Estamos tan entretenidos con nuestras compras, regalos y cenas que resulta difícil acordarse de Dios y acogerlo en medio de tanta confusión.

Nos preocupamos mucho de que estos días no falte nada en nuestros hogares, pero a casi nadie le preocupa si allí falta Dios. Por otra parte, andamos tan llenos de cosas que no sabemos ya alegrarnos de la «cercanía de Dios».

Y una vez más, estas fiestas pasarán sin que muchos hombres y mujeres hayan podido escuchar nada nuevo, vivo y gozoso en su corazón. Y desmontarán «el Belén» y retirarán el árbol y las estrellas, sin que nada grande haya renacido en sus vidas.

La Navidad no es una fiesta fácil. Sólo puede celebrarla desde dentro quien se atreve a creer que Dios puede volver a nacer entre nosotros, en nuestra vida diaria. Este nacimiento será pobre, frágil, débil como lo fue el de Belén. Pero puede ser un acontecimiento real. El verdadero regalo de Navidad.

Dios es infinitamente mejor de lo que nos creemos. Más cercano, más comprensivo, más tierno, más audaz, más amigo, más alegre, más grande de lo que nosotros podemos sospechar. ¡Dios es Dios!

Los hombres no nos atrevemos a creer del todo en la bondad y ternura de Dios. Necesitamos detenernos ante lo que significa un Dios que se nos ofrece como niño débil, vulnerable, indefenso, sonriente, irradiando sólo paz, gozo y ternura. Se despertaría en nosotros una alegría diferente, nos inundaría una confianza desconocida. Nos daríamos cuenta de que no podemos hacer otra cosa sino dar gracias.

Este Dios es más grande que todos nuestros pecados y miserias. Más feliz que todas nuestras imágenes tristes y raquíticas de la divinidad. Este Dios es el regalo mejor que se nos puede hacer a los hombres.

Nuestra gran equivocación es pensar que no necesitamos de Dios. Creer que nos basta con un poco más de bienestar, un poco más de dinero, de salud, de suerte, de seguridad. Y luchamos por tenerlo todo. Todo menos Dios.

Felices los que tienen un corazón sencillo, limpio y pobre porque Dios es para ellos. Felices los que sienten necesidad de Dios porque Dios puede nacer todavía en sus vidas.

Felices los que, en medio del bullicio y aturdimiento de estas fiestas, sepan acoger con corazón creyente y agradecido el regalo de un Dios Niño. Para ellos habrá sido Navidad.


¿A DONDE VA EL MUNDO?



Un filósofo aseguraba que «el mundo no va a ninguna parte». Se oponía así, desde su visión filosófica, a tantos hombres y mujeres que, a través de los siglos, se han atrevido a esperar un futuro no solo mejor, sino nuevo.

¿A dónde va el mundo con tanto dolor? Esta pregunta no es nueva. La han repetido de mil maneras los hombres en momentos trágicos de guerras, en el azote de pestes terribles, en medio del exilio o ante catástrofes naturales. Hoy, de nuevo, cristianos y no cristianos se la plantean en el fondo de su conciencia: ¿A dónde va el mundo?

No es una cuestión arbitraria. No es tampoco una pregunta científica que busca satisfacer nuestra curiosidad. Es un interrogante profundamente humano, pues, de alguna manera, intuimos que en él nos va la vida y el destino último de la humanidad.

La pregunta se despierta en nosotros cuando nos informan de la velocidad con que se talan los árboles en las selvas, o de la desertización de grandes zonas de la Tierra; cuando nos alertan de los daños irreparables de los accidentes nucleares, o nos advierten de los efectos peligrosos de cierto tipo de residuos. ¿Se le puede llamar progreso a esa alocada producción de bienes que solo beneficia a unos pocos, mientras provoca tanto daño a la mayor parte de la humanidad?

Detrás de todo eso está el ser humano, que no acierta a conducir las cosas por caminos más seguros. Por eso, la pregunta más concreta es otra: ¿A dónde vamos nosotros los humanos dejando sin pan y sin trabajo a tantas gentes con tal de conseguir el bienestar de los más afortunados? ¿A dónde vamos hundiendo en el hambre y la miseria a pueblos enteros? ¿Nos vamos acercando así a alguna meta digna del ser humano? ¿Caminamos así hacia una plenitud?

Con este horizonte no es extraño caer en el pesimismo y en actitudes derrotistas. Por eso resultan tan sorprendentes las palabras con las que el ángel anuncia a María el nacimiento del Salvador y que, en el fondo, están dirigidas a toda la humanidad: «Alégrate ... El Señor está contigo.» Es cierto que el horizonte puede parecer sombrío; el ser humano puede destruir el mundo y provocar su propio hundimiento. Pero no está solo. Dios está con nosotros. Es posible la salvación.

Esta fe es la que sostiene al creyente en la esperanza y le anima a trabajar siempre por un mundo más humano. Llegará un día en el que, según las hermosas palabras del Apocalipsis, Dios mismo «enjugará las lágrimas de sus ojos, ya no habrá muerte ni llanto, no habrá gritos ni fatiga, pues el mundo viejo habrá pasado» (Ap 21, 4). Esta es la promesa de Dios a los hombres. Y los creyentes confiamos en él. María, la madre del Salvador, es nuestro modelo.


CON ALEGRÍA Y CONFIANZA


El concilio Vaticano II presenta a María, Madre de Jesucristo, como "prototipo y modelo para la Iglesia", y la describe como mujer humilde que escucha a Dios con confianza y alegría. Desde esa misma actitud hemos de escuchar a Dios en la Iglesia actual.
«Alégrate». Es lo primero que María escucha de Dios y lo primero que hemos de escuchar también hoy. Entre nosotros falta alegría. Con frecuencia nos dejamos contagiar por la tristeza de una Iglesia envejecida y gastada. ¿Ya no es Jesús
Buena Noticia? ¿No sentimos la alegría de ser sus seguidores? Cuando falta la alegría, la fe pierde frescura, la cordialidad desaparece, la amistad entre los creyentes se enfría. Todo se hace más difícil. Es urgente despertar la alegría en nuestras comunidades y recuperar la paz que Jesús nos ha dejado en herencia.

«El Señor está contigo». No es fácil la alegría en la Iglesia de nuestros días. Sólo puede nacer de la confianza en Dios. No estamos huérfanos. Vivimos invocando cada día a un Dios Padre que nos acompaña, nos defiende y busca siempre el bien de todo ser humano.
Esta Iglesia, a veces tan desconcertada y perdida , que no acierta a volver al Evangelio, no está sola. Jesús, el Buen Pastor, nos está buscando. Su Espíritu nos está atrayendo. Contamos con su aliento y comprensión. Jesús no nos ha abandonado.
Con él todo es posible.
«No temas». Son muchos los miedos que nos paralizan a los seguidores de Jesús. Miedo al mundo moderno y a la secularización. Miedo a un futuro incierto. Miedo a nuestra debilidad. Miedo a la conversión al Evangelio. El miedo nos está haciendo mucho daño. Nos impide caminar hacia el futuro con esperanza. Nos encierra en la conservación estéril del pasado. Crecen nuestros fantasmas. Desaparece el realismo sano y la sensatez cristiana. Es urgente construir una Iglesia de la confianza. La fortaleza de Dios no se revela en una Iglesia poderosa sino humilde.

«Darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús». También a nosotros, como a María, se nos confía una misión: contribuir a poner luz en medio de la noche. No estamos llamados a juzgar al mundo sino a sembrar esperanza. Nuestra tarea no es apagar la mecha que se extingue sino encender la fe que, en no pocos, está queriendo brotar: Dios es una pregunta que humaniza.
Desde nuestras comunidades, cada vez más pequeñas y humildes, podemos ser levadura de un mundo más sano y fraterno. Estamos en buenas manos. Dios no está en crisis. Somos nosotros los que no nos atrevemos a seguir a Jesús con alegría y confianza.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,26-38):


En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.
El ángel, entrando en su presencia, dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél.
El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel: «¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios. Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó: «Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.»
Y la dejó el ángel.

Palabra del Señor


COMENTARIO:


RECONOCER A DIOS COMO NUESTRO ÚNICO SEÑOR


1. - Aquí está la esclava del Señor. Tanto María, en el evangelio de este domingo, como el rey David en la primera lectura y San Pablo, en su carta a los Romanos, tienen muy claro que el único Señor al que se debe servir y adorar es Dios. María no necesita entender todo el alcance de las palabras del ángel Gabriel, para saber que si es Dios el que habla, ella sólo debe obedecer con amor y reverencia. María, como después todos los grandes santos del cristianismo, han considerado a Dios como al único Señor absoluto al que debemos siempre obediencia y respeto. También le debemos amor, porque Dios no es un Señor tirano y caprichoso, sino un Padre lleno de ternura y amor hacia las criaturas que él mismo ha creado. En nuestra vida diaria son muchas las voces y las personas que nos piden obediencia y seguimiento. Lo hacen en nombre de intereses políticos, económicos, o de cualquier otra clase. Para nosotros, los cristianos, el único interés que debe movernos en todas nuestras acciones es el interés de Dios, manifestado en Cristo Jesús. Para esto envió Dios a su único Hijo al mundo: para enseñarnos el único camino directo que nos lleva hasta el Padre. La mejor preparación para la Navidad que se acerca es decir a Dios un sí definitivo y total: hágase en mí según tu palabra.

2. El rey (David) dijo al profeta Natán: Mira, yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda. Para entender bien este texto deberíamos leer todo el capítulo 7 del segundo libro de Samuel. Resumo lo esencial: El rey David tenía buen corazón y le daba pena que su Dios tuviera que vivir en una tienda, mientras él, el rey, vivía en una casa de cedro. Dios le agradece su buena intención, pero le recuerda que él, Yahvé, nunca pidió que le edificaran una casa de cedro. Y le deja muy claro que el único rey de verdad es él, el Señor, y no el rey de Israel. Le dice: “Yo te saqué de los apriscos; estaré contigo en todas tus empresas; acabaré con tus enemigos y te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una dinastía; tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono durará por siempre”. David comprende perfectamente lo que el Señor le ha dicho: que él, Yahvé, es el único Señor. Y reconoce, agradecido, que así ha sido y así será siempre. Por eso, confiesa: “eres grande, mi Señor Yahvé; nadie como tú, no hay Dios fuera de ti”. Y le pide su bendición. Esta debe ser siempre nuestra actitud ante Dios: reconocerle como al único Señor, darle gracias por todo lo que ha hecho por nosotros y pedirle su bendición. Con palabras del salmo: “cantemos eternamente las misericordias del Señor”.

3. - Al Dios, único Sabio, por Jesucristo, la gloria por los siglos de los siglos. Que para San Pablo Dios es el único Señor no hace falta explicarlo, porque el mismo apóstol lo dice en muchísimos textos y en muchísimas ocasiones. San Pablo creía, y sabía, que todos los judíos creían y sabían esto a pies juntillas. Lo que él trata de predicar y explicar en el evangelio que él proclama es que Yahvé, el único Dios, se ha encarnado en su Hijo Jesucristo y que es a través de su Hijo como quiere salvarnos a todos. Afirmar que Cristo es el Señor no es algo contradictorio con la afirmación de que Dios es nuestro único Señor. Obedeciendo a Cristo obedecemos a Dios y es a través de Cristo como llegamos al único Dios, padre de nuestro señor Jesucristo. “El que me ve a mí, ve al Padre”, le dirá el mismo Jesús a Felipe. Adoremos, pues, nosotros a Dios como a nuestro único Señor, a través de nuestro Señor Jesucristo.













Fuentes:
Iluminación Divina
Gabriel González del Estal
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán

sábado, 18 de diciembre de 2010

Hazle un hueco a Dios en tu vida !!!!!!! (Evangelio dominical)


El hecho es cada vez más evidente. Está creciendo de manera notable el número de personas vulnerables. Hombres y mujeres que se sienten solos, abandonados, desarraigados, sin apenas fuerzas para vivir. Personas que no pueden seguir el ritmo de la sociedad moderna y se sienten profundamente infelices y desasistidas.

El problema se agrava cuando la persona se siente sola. Necesitaría más que nunca encontrarse con alguien que compartiera su fragilidad e impotencia, pero no es fácil. El hecho es paradójico. Cada vez son más las personas que viven diariamente en contacto con mucha gente, pero se sienten profundamente solas.

Nadie tiene tiempo para detenerse ante el otro y escuchar su vida. Cada cual carga con su propia soledad. Cada vez son más las personas con necesidad de ser escuchadas y cada vez son menos los que están dispuestos a escuchar.
Está en crisis la confidencialidad.

Los exégetas no dudan a la hora de resumir el corazón del mensaje de Jesús. Se puede formular en pocas palabras: «No estamos solos. Dios está con nosotros. Es un Padre que sigue de cerca nuestra vida. Lo podemos experimentar siempre que nos ayudamos a vivir de manera amistosa y esperanzada».

En las primeras comunidades cristianas estaban tan convencidos de esto que, en un evangelio escrito en los años 80 no lejos de Galilea, se dice que el mejor nombre para designar a Jesús es «Emmanuel», es decir, «Dios con nosotros». Con esto está dicho todo.

Sin duda, una de las tareas más importantes de una comunidad cristiana en medio de la sociedad moderna es ayudar a las personas a no sentirse tan solas y vulnerables. Dios está con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Lo podemos experimentar cuando nos reunimos para celebrar nuestra fe, cuando estrechamos entre nosotros lazos de amistad y apoyo, cuando nos ayudamos mutuamente a curar nuestras heridas.

Una comunidad cristiana, capaz de crear un clima de acogida cálida y atenta a cada persona, puede ser hoy para muchos un apoyo decisivo para no vivir tan solos ni tan desasistidos.


JESUS, APROXIMACION HISTORICA

El pueblo de Jesús

Nazaret era un pequeño poblado en las montañas de la Baja Galilea. El tamaño de las aldeas de Galilea, su disposición y emplazamiento variaban bastante. Algunas estaban situadas en lugares protegidos, otras se asentaban sobre un alto. En ninguna se observa un trazado pensado de antemano, como en las ciudades helénicas.

De Nazaret sabemos que estaba a unos 340 metros de altura, en una ladera, lejos de las grandes rutas, en la región de la tribu de Zabulón. Una quebrada conducía en rápido descenso al lago de Genesaret. No parece que hubiera verdaderos caminos entre las aldeas. Tal vez el más utilizado era el que llevaba a Séforis, capital de Galilea cuando nació Jesús. Por lo demás,, el poblado quedaba retirado en medio de un bello paisaje rodeado de alturas. En las pendientes más soleadas, situadas al sur, se hallaban diseminadas las casas de la aldea y muy cerca terrazas construidas artificialmente donde se criaban vides de uva negra; en la parte más rocosa crecían olivos de los que se recogía aceituna. En los campos de la falda de la colina se cultivaba trigo, cebada y mijo. En lugares más sombreados del valle había algunos terrenos de aluvión que permitían el cultivo de verduras y legumbres; en el extremo occidental brotaba un buen manantial. En este entorno se movió Jesús durante sus primeros años: cuesta arriba, cuesta abajo y algunas escapadas hacia unos olivos cercanos o hasta el manantial.

Nazaret era una aldea pequeña y desconocida, de apenas doscientos a cuatrocientos habitantes. Nunca aparece mencionada en los libros sagrados del pueblo judío, ni siquiera en la lista de pueblos de la tribu de Zabulón. Algunos de sus habitantes vivían en cuevas excavadas en las laderas; la mayoría en casas bajas y primitivas, de paredes oscuras de adobe o piedra, con tejados confeccionados de ramaje seco y arcilla, y suelos de tierra apisonada. Bastantes tenían en su interior cavidades subterráneas para almacenar el agua o guardar el grano. Por lo general, solo tenían una estancia en la que se alojaba y dormía toda la familia, incluso los animales. De ordinario, las casas daban a un patio que era compartido por tres o cuatro familias del mismo grupo, y donde se hacía buena parte de la vida doméstica. Allí tenían en común el pequeño molino donde las mujeres molían el grano y el horno en el que cocían el pan. Allí se depositaban también los aperos de labranza. Este patio era el lugar más apreciado para los juegos de los más pequeños, y para el descanso y la tertulia de los mayores al atardecer.

Jesús ha vivido en una de estas humildes casas y ha captado hasta en sus menores detalles la vida de cada día. Sabe cuál es el mejor lugar para colocar el candil, de manera que el interior de la casa, de oscuras paredes sin encalar, quede bien iluminado y se pueda ver. Ha visto a las mujeres barriendo el suelo pedregoso con una hoja de palmera para buscar alguna moneda perdida por cualquier rincón. Conoce lo fácil que es penetrar en algunas de estas casas abriendo un boquete para robar las pocas cosas de valor que se guardan en su interior. Ha pasado muchas horas en el patio de su casa y conoce bien lo que se vive en las familias. No hay secretos para nadie. Ha visto cómo su madre y las vecinas salen al patio al amanecer para elaborar la masa del pan con un trozo de levadura. Las ha observado mientras remiendan la ropa y se ha fijado en que no se puede echar a un vestido viejo un remiendo de tela sin estrenar. Ha oído cómo los niños piden a sus padres pan o un huevo, sabiendo que siempre recibirán de ellos cosas buenas. Conoce también los favores que saben hacerse entre sí los vecinos. En alguna ocasión ha podido sentir cómo alguien se levantaba de noche estando ya cerrada la puerta de casa para atender la petición de un amigo.

Cuando más adelante recorra Galilea invitando a una experiencia nueva de Dios, Jesús no hará grandes discursos teológicos ni citará los libros sagrados que se leen en las reuniones de los sábados en una lengua que no todos conocen bien. Para entender a Jesús no es necesario tener conocimientos especiales; no hace falta leer libros. Jesús les hablará desde la vida. Todos podrán captar su mensaje: las mujeres que ponen levadura en la masa de harina y los hombres que llegan de sembrar el grano. Basta vivir intensamente la vida de cada día y escuchar con corazón sencillo las audaces consecuencias que Jesús extrae de ella para acoger a un Dios Padre.

A los pocos años, Jesús se atreve a moverse por la aldea y sus alrededores. Como todos los niños, se fija enseguida en los animales que andan por el pueblo: las gallinas que esconden a sus polluelos bajo las alas o los perros que ladran al acercarse los mendigos. Observa que las palomas se le acercan confiadas, y se asusta al encontrarse con alguna serpiente sesteando al sol junto a las paredes de su casa.

Vivir en Nazaret es vivir en el campo. Jesús ha crecido en medio de la naturaleza, con los ojos muy abiertos al mundo que le rodea. Basta oírle hablar. La abundancia de imágenes y observaciones tomadas de la naturaleza nos muestran a un hombre que sabe captar la creación y disfrutarla. Jesús se ha fijado muchas veces en los pájaros que revolotean en torno a su aldea; no siembran ni almacenan en graneros, pero vuelan llenos de vida, alimentados por Dios, su Padre. Le han entusiasmado las anémonas rojas que cubren en abril las colinas de Nazaret; ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas. Observa con atención las ramas de las higueras: de día en día les van brotando hojas tiernas anunciando que el verano se acerca. Se le ve disfrutar del sol y de la lluvia, y dar gracias a Dios, que «hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». Mira los grises nubarrones que anuncian la tormenta y siente en su cuerpo el viento pegajoso del sur, que indica la llegada de los calores.

Jesús no solo vive abierto a la naturaleza. Más adelante invitará a la gente a ir más allá de lo que se ve en ella. Su mirada es una mirada de fe. Admira las flores del campo y los pájaros del cielo, pero intuye tras ellos el cuidado amoroso de Dios por sus criaturas. Se alegra por el sol y la lluvia, pero mucho más por la bondad de Dios para con todos sus hijos, sean buenos o malos. Sabe que el viento «sopla donde quiere», sin que se pueda precisar «de dónde viene y a dónde va», pero él percibe a través del viento una realidad más profunda y misteriosa: el Espíritu Santo de Dios. Jesús no sabe hablar sino desde la vida. Para sintonizar con él y captar su experiencia de Dios es necesario amar la vida y sumergirse en ella, abrirse al mundo y escuchar la creación.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor


COMENTARIO.-

Permíteme que comience hoy preguntándote: ¿Dejas que el Misterio que es Dios irrumpa en tu vida o le pones cortapisas? ¿Dejas que Dios se apodere de ti o le tienes limitado el campo de actuación? ¿Te pones en las manos de Dios? ¿Tienes fe? ¿Cómo se traduce en tu vida la fe que tienes? ¿En qué se nota? Las lecturas de la celebración de este domingo IV de adviento nos ponen delante el misterio de Dios, cuando resaltan que el nacimiento de Jesús se debió principalmente a Dios. No olvidamos que Jesús se hizo plenamente hombre, como nosotros; nacido del linaje de David, en lo humano. Aspecto histórico que se resalta mucho en otras lecturas de otros días (V. G.: el evangelio de la genealogía de Jesús) y que es muy importante. Pero esta celebración quiere destacar que la divinidad entra en el mundo y el ser humano puede tener distintas actitudes, a la hora de acogerlo: Acaz y María.



Esa manifestación del misterio aparece así en las lecturas:

1º.- "El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la Virgen está en cinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros’)". Profecía que atribuimos a Jesucristo pero que se refiere, probablemente a Ezequías, hijo de Acaz, en el siglo VIII a. d. Cristo.

2º.- "[Jesús] constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte". Contrasta la humanidad y la divinidad de Jesucristo.




3º.- En el evangelio se dice que María "esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo". El ángel dice: "la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Esto sucedió para que "se cumpliese la escritura".

Podríamos resaltar que Dios viene a la historia de la humanidad por su propia iniciativa; es él el que hace el primer acercamiento al ser humano. Quiere llevar adelante su plan de salvación con la colaboración de las personas. El plan de Dios camina incuestionablemente hacia delante; pero lo fundamental para nosotros, hoy, es preguntarnos, si cada uno estamos dispuestos a colaborar con Dios o vamos a hacer lo ‘imposible’ porque su plan se retrase.

Acaz, en la primera lectura, dice que no quiere pedir una señal a Dios para no tentarlo. Efectivamente, cuando alguien se quiere poner en las manos de Dios y duda, puede caer en la tentación de pedirle alguna evidencia al mismo Dios, lo que significaría desconfianza. Pero no es éste el caso de Acaz; en su posición, dicen los comentaristas de la Biblia, su negativa a pedir una señal es querer desentenderse de Dios. Antes que hacer valer su fe, en su vida concreta, se deja guiar por sus miedos y busca ‘refugio’ en el poder de Asiria; pues Siria y Efraín (Israel) [el Reino está dividido en el Norte, Israel, y en el Sur, Judá] habían hecho una alianza anti-asiria por la que pretendían cambiar al rey de Judá (Acaz). Isaías le dice que Dios continuará la promesa hecha a David, pero tiene que mantener su fe. A la ‘hora de la verdad’, ¿nos sirve de algo la fe?, ¿confiamos de verdad en Dios?, ¿buscamos soluciones por otro lado?, ¿pensamos que Dios nos ha fallado si no sale lo que nosotros queremos? Es tremendo y fascinante esto de la fe, de ponerse en manos de Dios.

En este planteamiento, en este domingo IV de adviento, juega un papel fundamental la Virgen María: aceptando el plan de Dios para que se pueda realizar la promesa de la descendencia de la tribu de David. María modelo de fe. Juega un papel fundamental la actitud de José, él era de la tribu de David, al aceptar los planes ‘incomprensibles’ por parte de Dios. José, modelo de fe. No se jugaban el reino, como Acaz, pero comprometían totalmente su vida ante Dios y ante sus conciudadanos. El evangelio escogido para este ciclo no resalta casi nada de la actitud de María ni de José [normalmente de José no se dice casi nada en los evangelios, poco más que esto], como queriendo destacar que aquí, como siempre, el protagonista es Dios.

Así es la fe que se nos pide para preparar la venida del Señor: que dejemos a Dios entrar en nuestra vida, que nos influya en todos los momentos de la misma, que nuestra fe le ponga a él en primer lugar. ¿Cómo va a nacer Dios en nuestra vida si no le hacemos un hueco, si entendemos que va a ser un intruso en nuestra vida, si queremos no ‘complicarnos’ la vida, si buscamos las soluciones por otros criterios que no son los de Dios?

¡Auméntanos la fe, Señor!







Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán