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domingo, 19 de diciembre de 2010

En tiempo de Adviento... El Perdón !!!!!

"... perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden;..."
EL PERDON
Desde hace algunos años, he venido escribiendo artículos de reflexión y sobre todo, de experiencias personales.

Para mi, ha sido un ejercicio continuo de auto-conocimiento y de gran ayuda, dados los eventos y sucesos que he vivido en esos años.

Por eso, me animo a escribir sobre un tema que tanto ha tenido que ver en mi vida y en las experiencias del día a día. Y este no es otro que el perdón

Buen tema este, periódicamente cuando rezamos el Padre nuestro, pedimos perdón “a Dios nuestro padre como así perdonamos a los que nos ofenden”…..
En ocasiones, minutos después, ya no nos acordamos…

Entiendo que el perdón es una expresión de amor.

El perdón, nos libera de ataduras que nos amargan el alma y enferman el cuerpo, y lo sé por experiencia.

No significa que estés de acuerdo con lo que pasó. Ni que lo apruebes. Perdonar no significa dejar de darle importancia a lo que sucedió, ni darle la razón a alguien que te lastimó. Simplemente significa dejar de lado aquellos pensamientos negativos que nos causan dolor o enojo.
Una persona que viva con rencor, vive con una gran carga y que le impide estar libre y moverse hacia sus objetivos.
Para ello, es importante ser humilde. Es necesario eliminar el orgullo que actúa como una barrera antes de ceder el perdón.

El perdón es incondicional, no lo ganamos, no lo merecemos y no podemos negociar con él, el perdón no está basado en la promesa de no volver a hacerlo, ofrecemos perdón a alguien así sea que esa persona lo pida o no.

Cuando alguien dice “te perdono si…” Eso no es perdón, es negociar, cuando Jesús extendió sus manos en la cruz El dijo: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34)”, El tomó la iniciativa, no esperó a que nosotros estuviéramos limpios primero.

El perdón no minimiza la ofensa
Se desvaloriza el perdón, cuando alguien te pide perdón y tu dices “no es gran cosa, está bien, en realidad no me molestó…”,…… si no fue “la gran cosa”, no necesitas perdón y no necesitas ofrecerlo; Si realmente necesita perdón entonces no debemos minimizarlo cuando alguien te pide perdón.

El perdón no significa que la relación continúa sin ningún cambio.

La Biblia nos enseña tres cosas que son esenciales para continuar una relación que ha sido rota: arrepentimiento, restitución y reconstrucción de la confianza.
Debe estar genuinamente arrepentido y verdaderamente triste acerca de lo que hizo, no es tan solo decir un rápido “lo siento”, quiere decir que debes decir verdaderamente de corazón y con significado “lo siento, yo estaba equivocado, por favor perdóname”

Ocasionalmente el perdón debe venir acompañado con algún tipo de restitución. En caso de un daño material, si yo vengo a tu casa y la incendio, no es suficiente con decir “lo siento” yo debo asumir el costo de haber destruido tu casa.

Cuando se trata de reconstruir la confianza, puede tomar un largo tiempo. El perdón es instantáneo, pero la confianza es algo que solo se reconstruye en un periodo de tiempo, debe ser vuelta a ganar.

El perdón no es olvidar lo que ha pasado

Ustedes habrán escuchado esta frase una y otra vez “perdona y olvida”, Hay solo un problema con ello, es realmente difícil olvidar una herida causada en tu vida, es como cuando haces dieta, piensas en comida todo el tiempo, piensas más en ello que cuando no estabas haciendo dieta, la única forma de olvidar algo, es realmente enfocarte en algo más.

Y en este caso, yo me acuerdo del “Padre nuestro”…

Ángel Corbalán

sábado, 18 de diciembre de 2010

Hazle un hueco a Dios en tu vida !!!!!!! (Evangelio dominical)


El hecho es cada vez más evidente. Está creciendo de manera notable el número de personas vulnerables. Hombres y mujeres que se sienten solos, abandonados, desarraigados, sin apenas fuerzas para vivir. Personas que no pueden seguir el ritmo de la sociedad moderna y se sienten profundamente infelices y desasistidas.

El problema se agrava cuando la persona se siente sola. Necesitaría más que nunca encontrarse con alguien que compartiera su fragilidad e impotencia, pero no es fácil. El hecho es paradójico. Cada vez son más las personas que viven diariamente en contacto con mucha gente, pero se sienten profundamente solas.

Nadie tiene tiempo para detenerse ante el otro y escuchar su vida. Cada cual carga con su propia soledad. Cada vez son más las personas con necesidad de ser escuchadas y cada vez son menos los que están dispuestos a escuchar.
Está en crisis la confidencialidad.

Los exégetas no dudan a la hora de resumir el corazón del mensaje de Jesús. Se puede formular en pocas palabras: «No estamos solos. Dios está con nosotros. Es un Padre que sigue de cerca nuestra vida. Lo podemos experimentar siempre que nos ayudamos a vivir de manera amistosa y esperanzada».

En las primeras comunidades cristianas estaban tan convencidos de esto que, en un evangelio escrito en los años 80 no lejos de Galilea, se dice que el mejor nombre para designar a Jesús es «Emmanuel», es decir, «Dios con nosotros». Con esto está dicho todo.

Sin duda, una de las tareas más importantes de una comunidad cristiana en medio de la sociedad moderna es ayudar a las personas a no sentirse tan solas y vulnerables. Dios está con nosotros, en nosotros y entre nosotros. Lo podemos experimentar cuando nos reunimos para celebrar nuestra fe, cuando estrechamos entre nosotros lazos de amistad y apoyo, cuando nos ayudamos mutuamente a curar nuestras heridas.

Una comunidad cristiana, capaz de crear un clima de acogida cálida y atenta a cada persona, puede ser hoy para muchos un apoyo decisivo para no vivir tan solos ni tan desasistidos.


JESUS, APROXIMACION HISTORICA

El pueblo de Jesús

Nazaret era un pequeño poblado en las montañas de la Baja Galilea. El tamaño de las aldeas de Galilea, su disposición y emplazamiento variaban bastante. Algunas estaban situadas en lugares protegidos, otras se asentaban sobre un alto. En ninguna se observa un trazado pensado de antemano, como en las ciudades helénicas.

De Nazaret sabemos que estaba a unos 340 metros de altura, en una ladera, lejos de las grandes rutas, en la región de la tribu de Zabulón. Una quebrada conducía en rápido descenso al lago de Genesaret. No parece que hubiera verdaderos caminos entre las aldeas. Tal vez el más utilizado era el que llevaba a Séforis, capital de Galilea cuando nació Jesús. Por lo demás,, el poblado quedaba retirado en medio de un bello paisaje rodeado de alturas. En las pendientes más soleadas, situadas al sur, se hallaban diseminadas las casas de la aldea y muy cerca terrazas construidas artificialmente donde se criaban vides de uva negra; en la parte más rocosa crecían olivos de los que se recogía aceituna. En los campos de la falda de la colina se cultivaba trigo, cebada y mijo. En lugares más sombreados del valle había algunos terrenos de aluvión que permitían el cultivo de verduras y legumbres; en el extremo occidental brotaba un buen manantial. En este entorno se movió Jesús durante sus primeros años: cuesta arriba, cuesta abajo y algunas escapadas hacia unos olivos cercanos o hasta el manantial.

Nazaret era una aldea pequeña y desconocida, de apenas doscientos a cuatrocientos habitantes. Nunca aparece mencionada en los libros sagrados del pueblo judío, ni siquiera en la lista de pueblos de la tribu de Zabulón. Algunos de sus habitantes vivían en cuevas excavadas en las laderas; la mayoría en casas bajas y primitivas, de paredes oscuras de adobe o piedra, con tejados confeccionados de ramaje seco y arcilla, y suelos de tierra apisonada. Bastantes tenían en su interior cavidades subterráneas para almacenar el agua o guardar el grano. Por lo general, solo tenían una estancia en la que se alojaba y dormía toda la familia, incluso los animales. De ordinario, las casas daban a un patio que era compartido por tres o cuatro familias del mismo grupo, y donde se hacía buena parte de la vida doméstica. Allí tenían en común el pequeño molino donde las mujeres molían el grano y el horno en el que cocían el pan. Allí se depositaban también los aperos de labranza. Este patio era el lugar más apreciado para los juegos de los más pequeños, y para el descanso y la tertulia de los mayores al atardecer.

Jesús ha vivido en una de estas humildes casas y ha captado hasta en sus menores detalles la vida de cada día. Sabe cuál es el mejor lugar para colocar el candil, de manera que el interior de la casa, de oscuras paredes sin encalar, quede bien iluminado y se pueda ver. Ha visto a las mujeres barriendo el suelo pedregoso con una hoja de palmera para buscar alguna moneda perdida por cualquier rincón. Conoce lo fácil que es penetrar en algunas de estas casas abriendo un boquete para robar las pocas cosas de valor que se guardan en su interior. Ha pasado muchas horas en el patio de su casa y conoce bien lo que se vive en las familias. No hay secretos para nadie. Ha visto cómo su madre y las vecinas salen al patio al amanecer para elaborar la masa del pan con un trozo de levadura. Las ha observado mientras remiendan la ropa y se ha fijado en que no se puede echar a un vestido viejo un remiendo de tela sin estrenar. Ha oído cómo los niños piden a sus padres pan o un huevo, sabiendo que siempre recibirán de ellos cosas buenas. Conoce también los favores que saben hacerse entre sí los vecinos. En alguna ocasión ha podido sentir cómo alguien se levantaba de noche estando ya cerrada la puerta de casa para atender la petición de un amigo.

Cuando más adelante recorra Galilea invitando a una experiencia nueva de Dios, Jesús no hará grandes discursos teológicos ni citará los libros sagrados que se leen en las reuniones de los sábados en una lengua que no todos conocen bien. Para entender a Jesús no es necesario tener conocimientos especiales; no hace falta leer libros. Jesús les hablará desde la vida. Todos podrán captar su mensaje: las mujeres que ponen levadura en la masa de harina y los hombres que llegan de sembrar el grano. Basta vivir intensamente la vida de cada día y escuchar con corazón sencillo las audaces consecuencias que Jesús extrae de ella para acoger a un Dios Padre.

A los pocos años, Jesús se atreve a moverse por la aldea y sus alrededores. Como todos los niños, se fija enseguida en los animales que andan por el pueblo: las gallinas que esconden a sus polluelos bajo las alas o los perros que ladran al acercarse los mendigos. Observa que las palomas se le acercan confiadas, y se asusta al encontrarse con alguna serpiente sesteando al sol junto a las paredes de su casa.

Vivir en Nazaret es vivir en el campo. Jesús ha crecido en medio de la naturaleza, con los ojos muy abiertos al mundo que le rodea. Basta oírle hablar. La abundancia de imágenes y observaciones tomadas de la naturaleza nos muestran a un hombre que sabe captar la creación y disfrutarla. Jesús se ha fijado muchas veces en los pájaros que revolotean en torno a su aldea; no siembran ni almacenan en graneros, pero vuelan llenos de vida, alimentados por Dios, su Padre. Le han entusiasmado las anémonas rojas que cubren en abril las colinas de Nazaret; ni Salomón en toda su gloria se vistió como una de ellas. Observa con atención las ramas de las higueras: de día en día les van brotando hojas tiernas anunciando que el verano se acerca. Se le ve disfrutar del sol y de la lluvia, y dar gracias a Dios, que «hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». Mira los grises nubarrones que anuncian la tormenta y siente en su cuerpo el viento pegajoso del sur, que indica la llegada de los calores.

Jesús no solo vive abierto a la naturaleza. Más adelante invitará a la gente a ir más allá de lo que se ve en ella. Su mirada es una mirada de fe. Admira las flores del campo y los pájaros del cielo, pero intuye tras ellos el cuidado amoroso de Dios por sus criaturas. Se alegra por el sol y la lluvia, pero mucho más por la bondad de Dios para con todos sus hijos, sean buenos o malos. Sabe que el viento «sopla donde quiere», sin que se pueda precisar «de dónde viene y a dónde va», pero él percibe a través del viento una realidad más profunda y misteriosa: el Espíritu Santo de Dios. Jesús no sabe hablar sino desde la vida. Para sintonizar con él y captar su experiencia de Dios es necesario amar la vida y sumergirse en ella, abrirse al mundo y escuchar la creación.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (1,18-24):

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto.
Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: «José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.»
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que habla dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros".»
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

Palabra del Señor


COMENTARIO.-

Permíteme que comience hoy preguntándote: ¿Dejas que el Misterio que es Dios irrumpa en tu vida o le pones cortapisas? ¿Dejas que Dios se apodere de ti o le tienes limitado el campo de actuación? ¿Te pones en las manos de Dios? ¿Tienes fe? ¿Cómo se traduce en tu vida la fe que tienes? ¿En qué se nota? Las lecturas de la celebración de este domingo IV de adviento nos ponen delante el misterio de Dios, cuando resaltan que el nacimiento de Jesús se debió principalmente a Dios. No olvidamos que Jesús se hizo plenamente hombre, como nosotros; nacido del linaje de David, en lo humano. Aspecto histórico que se resalta mucho en otras lecturas de otros días (V. G.: el evangelio de la genealogía de Jesús) y que es muy importante. Pero esta celebración quiere destacar que la divinidad entra en el mundo y el ser humano puede tener distintas actitudes, a la hora de acogerlo: Acaz y María.



Esa manifestación del misterio aparece así en las lecturas:

1º.- "El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad: la Virgen está en cinta y da a luz un hijo y le pone por nombre Enmanuel (que significa: ‘Dios-con-nosotros’)". Profecía que atribuimos a Jesucristo pero que se refiere, probablemente a Ezequías, hijo de Acaz, en el siglo VIII a. d. Cristo.

2º.- "[Jesús] constituido, según el Espíritu Santo, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección de la muerte". Contrasta la humanidad y la divinidad de Jesucristo.




3º.- En el evangelio se dice que María "esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo". El ángel dice: "la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Esto sucedió para que "se cumpliese la escritura".

Podríamos resaltar que Dios viene a la historia de la humanidad por su propia iniciativa; es él el que hace el primer acercamiento al ser humano. Quiere llevar adelante su plan de salvación con la colaboración de las personas. El plan de Dios camina incuestionablemente hacia delante; pero lo fundamental para nosotros, hoy, es preguntarnos, si cada uno estamos dispuestos a colaborar con Dios o vamos a hacer lo ‘imposible’ porque su plan se retrase.

Acaz, en la primera lectura, dice que no quiere pedir una señal a Dios para no tentarlo. Efectivamente, cuando alguien se quiere poner en las manos de Dios y duda, puede caer en la tentación de pedirle alguna evidencia al mismo Dios, lo que significaría desconfianza. Pero no es éste el caso de Acaz; en su posición, dicen los comentaristas de la Biblia, su negativa a pedir una señal es querer desentenderse de Dios. Antes que hacer valer su fe, en su vida concreta, se deja guiar por sus miedos y busca ‘refugio’ en el poder de Asiria; pues Siria y Efraín (Israel) [el Reino está dividido en el Norte, Israel, y en el Sur, Judá] habían hecho una alianza anti-asiria por la que pretendían cambiar al rey de Judá (Acaz). Isaías le dice que Dios continuará la promesa hecha a David, pero tiene que mantener su fe. A la ‘hora de la verdad’, ¿nos sirve de algo la fe?, ¿confiamos de verdad en Dios?, ¿buscamos soluciones por otro lado?, ¿pensamos que Dios nos ha fallado si no sale lo que nosotros queremos? Es tremendo y fascinante esto de la fe, de ponerse en manos de Dios.

En este planteamiento, en este domingo IV de adviento, juega un papel fundamental la Virgen María: aceptando el plan de Dios para que se pueda realizar la promesa de la descendencia de la tribu de David. María modelo de fe. Juega un papel fundamental la actitud de José, él era de la tribu de David, al aceptar los planes ‘incomprensibles’ por parte de Dios. José, modelo de fe. No se jugaban el reino, como Acaz, pero comprometían totalmente su vida ante Dios y ante sus conciudadanos. El evangelio escogido para este ciclo no resalta casi nada de la actitud de María ni de José [normalmente de José no se dice casi nada en los evangelios, poco más que esto], como queriendo destacar que aquí, como siempre, el protagonista es Dios.

Así es la fe que se nos pide para preparar la venida del Señor: que dejemos a Dios entrar en nuestra vida, que nos influya en todos los momentos de la misma, que nuestra fe le ponga a él en primer lugar. ¿Cómo va a nacer Dios en nuestra vida si no le hacemos un hueco, si entendemos que va a ser un intruso en nuestra vida, si queremos no ‘complicarnos’ la vida, si buscamos las soluciones por otros criterios que no son los de Dios?

¡Auméntanos la fe, Señor!







Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán



sábado, 11 de diciembre de 2010

"Ven, Señor Jesús, y sálvanos". (Evangelio dominical)


Las lecturas de este tercer domingo de adviento son una invitación a gozar con la salvación que Dios nos trae. Decimos en este tiempo: "Ven, Señor Jesús, y sálvanos". La salvación es algo que ya se está produciendo en nosotros, pero llegará a su plenitud en el cielo.

Dice la segunda lectura: Tened paciencia, como el agricultor, hasta la venida del Señor. ¡Qué impacientes somos cuando esperamos! Nos gustaría acelerarlo todo, que todo llegase enseguida; pero hay que tener paciencia como el agricultor que sabe esperar y respetar el ciclo de la naturaleza. Como decía Santa Teresa: "la paciencia todo lo alcanza".

Parece que también perdía la paciencia San Juan Bautista, cuando se veía en la cárcel y no iban a liberarlo; por eso envía mensajeros a Jesús para que le pregunten: "¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?".

Jesucristo responde de un modo que seguramente no se esperaban. Quizá les hubiese gustado escuchar que el Reino de Dios se iba a implantar de un momento a otro; sin embargo, Jesús responde con las obras de su misericordia, obras que anuncian la salvación que nos trae, pues la salvación es la liberación de todos los males: "Los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia". Una idea parecida a la que se encontraba en la primera lectura: "Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará". Y luego dice Jesús: "Dichoso el que no se sienta escandalizado por mí", el que no se sienta defraudado por mí. Quizá en esta frase podemos ver los que decía anteriormente: Dichoso quien no espere de Jesucristo un reino desde los criterios de este mundo, porque así no se sentirá defraudado por él.


La salvación que nos trae Jesucristo, que es la liberación de todos los males, es la que produce la verdadera alegría en nosotros. Dice en la primera lectura el profeta Isaías, cuando el pueblo estaba en el exilio: "El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa; se alegrará con gozo y alegría... Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza alegría perpetua; siguiéndolos gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán".


Este domingo tercero de Adviento se denomina el domingo de "Gaudete" (alegraos). La alegría nace de la salvación que Dios nos trae.


MONICION AL EVANGELIO.



¿Vieron realmente los discípulos de Juan lo que Jesús les dice que están pasando? ¿Estaba pasando realmente? ¿Era verdad que los ciegos veían, los inválidos andaban, los leprosos quedaban limpios y los sordos oían? ¿Era verdad entonces que los muertos resucitaban y que a los pobres se les anunciaba el Evangelio? ¿Es verdad ahora? ¿Están ahí esos signos de la venida del Mesías?

Tenemos muchas preguntas y pocas respuestas. Hoy no tenemos a nadie haciendo milagros por la calle pero con el esfuerzo de todos hemos construido hospitales en los que se ayuda a las personas, se curan muchas enfermedades y se palía el dolor y el sufrimiento de las personas. Hoy tenemos unas cuantas guerras en marcha a lo largo y a lo ancho de este mundo pero también tenemos unas fuerzas militares que con el casco azul de las Naciones Unidas tratan de ser agentes de paz en medio de los conflictos. Hoy hay muchos pobres pero también hay muchas organizaciones que se dedican a tratar de crear las condiciones que hagan posible el desarrollo de los pueblos más pobres, ayudando a la infancia, favoreciendo la educación, creando infraestructuras favoreciendo un comercio justo y defendiendo los derechos humanos.


Ya se ven signos de esperanza

Es verdad que no hay ningún problema que se haya solucionado del todo. La crisis económica actual ha empeorado algunos. Pero hay muchas personas que están más concienciadas que nunca, que apoyan con su tiempo (cientos de miles de voluntarios) y con su dinero todos esos esfuerzos. En ese sentido estamos en el mejor momento de la historia de la humanidad. Sin punto de comparación.

Esos son los signos que hoy proclaman, para el que lo quiera ver, que Dios sigue actuando en nuestra historia, que Dios no nos ha dejado abandonados. Y eso a pesar de que nosotros no siempre trabajamos por hacer las cosas bien. A veces, como los niños, destrozamos más que construimos. Pero Dios está ahí y lo podemos ver. Esa es nuestra fe. Como día León Felipe: “Señor, yo te amo porque juegas limpio; / sin trampas –sin milagros–; / porque dejas que salga, / paso a paso, / sin trucos –sin utopías–, / carta a carta, sin cambiazos, / tu formidable / solitario.”

Lo que pasa en el mundo está ahí. Depende de nosotros si lo queremos ver con ojos de esperanza o si preferimos dejarnos llevar por lo de siempre. Los que salieron a contemplar a Juan, ¿fueron a ver un espectáculo o reconocieron al enviado de Dios que anunciaba la llegada de la gran esperanza, del Mesías? El asunto depende de nosotros. Es parte de nuestra apuesta personal, de nuestra capacidad de arriesgar. Pero si abrimos los ojos, veremos lo que Dios está haciendo en el mundo.

Fuertes y pacientes

Hay que ser fuertes para vivir en esta tensión. Lo que vemos, lo que experimentamos día a día, no ha llegado todavía a su plenitud. Nada es perfecto. Ni en nuestra vida personal, ni en nuestra familia, ni en la sociedad, ni en la Iglesia. En el mundo hay todavía demasiadas injusticias, demasiados marginados, demasiados excluidos. Los poderosos de cualquier tipo siguen mirando más por sus propios intereses que por los intereses de todos. Todo esto es cierto. Pero el discípulo de Jesús ve ya cómo se está anunciando a los pobres la buena nueva. Ve que los cojos andan y cómo nosotros mismos nos llenamos de una esperanza nueva.

Los que vacilan deberían escuchar con atención la palabra de Isaías: “Fortaleced las manos débiles, decid a los cobardes de corazón: ‘Sed fuertes, no temáis’.” Debemos dejar que esa palabra llegue a nuestro corazón para salir a la calle a proclamar la esperanza de que estamos convencidos de que Dios está de nuestra parte, de que no nos dejará de su mano, de que volverán los rescatados del Señor y “pena y aflicción se alejarán.”

Es tiempo de saber conjugar la esperanza con la paciencia y la constancia, el trabajo comprometido diario con las manos abiertas –y tantas veces vacías– vueltas al Señor de la historia. Y aguardar, como dice la segunda lectura, como el labrador, pacientemente, el fruto valioso del amor de Dios que se manifiesta hoy en nuestro mundo y que se manifestará algún día en toda su plenitud. Pero para eso no hay que olvidarse de trabajar la tierra y dejarla preparada para acoger la semilla del Reino.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,2-11):

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios.
Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.»

Palabra del Señor


COMENTARIO

MÁS CERCA DE LOS QUE SUFREN

Encerrado en la fortaleza de Maqueronte, el Bautista vive anhelando la llegada del juicio terrible de Dios que extirpará de raíz el pecado del pueblo. Por eso, las noticias que le llegan hasta su prisión acerca de Jesús lo dejan desconcertado: ¿cuándo va a pasar a la acción?, ¿cuándo va a mostrar su fuerza justiciera?

Antes de ser ejecutado, Juan logra enviar hasta Jesús algunos discípulos para que le responda a la pregunta que lo atormenta por dentro: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro» ¿Es Jesús el verdadero Mesías o hay que esperar a alguien más poderoso y violento?

Jesús no responde directamente. No se atribuye ningún título mesiánico. El camino para reconocer su verdadera identidad es más vivo y concreto. Decidle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Para conocer cómo quiere Dios que sea su Enviado, hemos de observar bien cómo actúa Jesús y estar muy atentos a su mensaje. Ninguna confesión abstracta puede sustituir a este conocimiento concreto.

Toda la actuación de Jesús está orientada a curar y liberar, no a juzgar ni condenar. Primero, le han de comunicar a Juan lo que ven: Jesús vive volcado hacia los que sufren, dedicado a liberarlos de lo que les impide vivir de manera sana, digna y dichosa. Este Mesías anuncia la salvación curando.

Luego, le han de decir lo que oyen a Jesús: un mensaje de esperanza dirigido precisamente a aquellos campesinos empobrecidos, víctimas de toda clase de abusos e injusticias. Este Mesías anuncia la Buena Noticia de Dios a los pobres.

Si alguien nos pregunta si somos seguidores del Mesías Jesús o han de esperar a otros, ¿qué obras les podemos mostrar? ¿qué mensaje nos pueden escuchar? No tenemos que pensar mucho para saber cuáles son los dos rasgos que no han de faltar en una comunidad de Jesús.

Primero, ir caminando hacia una comunidad curadora: un poco más cercana a los que sufren, más atenta a los enfermos más solos y desasistidos, más acogedora de los que necesitan ser escuchados y consolados, más presente en las desgracias de la gente.

Segundo, no construir la comunidad de espaldas a los pobres: al contrario, conocer más de cerca sus problemas, atender sus necesidades, defender sus derechos, no dejarlos desamparados. Son ellos los primeros que han de escuchar y sentir la Buena Noticia de Dios.

Una comunidad de Jesús no es sólo un lugar de iniciación a la fe ni un espacio de celebración. Ha de ser, de muchas maneras, fuente de vida más sana, lugar de acogida y casa para quien necesita hogar.

Que así sea.



Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf.
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ängel Corbalán