Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Guillen Goñi. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Pedro Guillen Goñi. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de octubre de 2011

“Amor a Dios y a los hombres como a nosotros mismos” (Evangelio dominical)


Las lecturas de este domingo nos hablan del amor... del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo.En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura. Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables. No puede separarse uno del otro.

Como en otros domingos, en este, 30 del tiempo ordinario, nos acompañan las homilias de tres religiosos que nos acercan la explicación de La Palabra de Dios, a través del Evangelio de San Mateo.


El Mandamiento principal


La Ley y los Profetas contenían el peso colosal de la Sagrada Escritura judía. El creyente hebreo encontraba en ellos su referencia de fe, de vida y de celebración. Tenía, por una parte, peso divino, era Palabra de Dios, y peso de Pueblo de Israel en su experiencia de pueblo elegido..
El constructor elige a conciencia los elementos de su construcción. Donde se espera una obra de dimensiones, se anticipan materiales fuertes y de consistencia, no sea que, eligiendo otros menos resistentes por buscar ahorro, provoquen la ruina del edificio.La Ley los Profetas también pedían para sí material de calidad. Era mucho lo que tenían que sostener y encumbrar, para gloria de Dios. No valía abaratar en materiales; al contrario, la importancia del acontecimiento empujaba a encontrar la mayor calidad, el más alto nivel, lo mejor. En su experiencia religiosa el Pueblo de Israel había hallado con fruto el empeño de buscar la mejor materia de construcción para el edificio humano: el amor. ¿Amor a quién? un texto fundamental judío que el creyente piadoso rezaba cada día comenzaba haciendo memoria del amor a Dios y decía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...” (Dt 6,5). Otro pasaje de la Escritura se detenía en el amor al cercano, concretamente al israelita: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

La dispersión de corazón provoca fácilmente dispersión de amor. Había peligro de amor a medias, poniendo corazón en Dios con el olvido de los prójimos o aproximando a ellos el corazón, distrayéndose de Dios. La pregunta del fariseo no requería más que un mandamiento y Jesús le responde con dos, como los dos volúmenes de una sola obra donde, faltando uno, falta la mitad que es prácticamente faltar todo cuando no puede entenderse una cosa sin la otra.
Jesús arrima los dos mandamientos de amor sin esfuerzo, porque Él ya es el cumplimiento de ambos. Habrá que entender ahora qué significa amar en cada uno de esos dos objetos.

1. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo su ser.Dios equilibra todo amor y pacifica el interior, porque centra todos los afectos liberándolos de esclavitudes molestas. La enumeración de corazón, alma, ser parece que señala un itinerario de progreso desde lo grande hasta lo mayor. Sentimientos, pensamientos, voluntad, la misma libertad han de estar centradas y entregadas a Dios. En el amor a Dios, fuente de amor, uno aprende a amar todo lo demás.

2. Amarás al prójimo como a ti mismo.En este amor va en un primer nivel el respeto a toda persona no causándoles mal: no hurtar, no mentir, no engañar, no Jurar en falso, no oprimir, no robar, no maldecir, no tratar injustamente en los tribunales, no calumniar, no odiar... lo que llamaríamos un comportamiento práctico solidario. La lectura de Ex 22, 20-26 lo recoge poniendo el acento en el respeto a aquellos grupos más vulnerables en la sociedad judía: peregrinos, huérfanos, viudas y pobres. Es un primer estadio del amor que prescribe no perjudicar al débil con mandatos además negativos: no... no... no... El amor de Dios hace ver que esto es amorosamente corto. Pero es necesario de principio para reconocer en el más indefenso, no alguien de quien aprovecharse, sino un prójimo al que respeto. No hay mayor proximidad que la de ser imágenes de Dios; descubrir esa imagen en el otro hace mirarlo como un hermano. Y el amor de Dios (vuelta al mandamiento principal de la ley) descubre su amor en toda persona.

De aquí podemos pasar al amor al prójimo “como a uno mismo”. Ya no sólo se evita perjudicar, sino, además, favorecer. El amor a uno mismo es requisito irrenunciable para el amor a los otros. El pre-requisito era el amor de Dios, el primer mandamiento. Saberse amado por Dios colma la alegría interior y uno así puede amar, porque se sabe valorado, querido, perdonado. Esto evita una consideración egoísta o de desprecio hacia sí mismo. En Cristo se cumple el amor a Dios con todo el ser y el amor al prójimo hasta el sacrificio de la vida. En Él la materia del amor divino tomó carne de hombre e hizo posible que esa carne pudiera amar divinamente. Mirar a Cristo es contemplar esos dos amores intrínsecamente unidos y, por tanto, inseparables. Cristo nos enseñó el amor de Dios y por Él lo conocimos. Nadie ama lo que no conoce. Por esto, como quien bulle de amor, Dios suscita cristianos que, haciendo sacrificio de abandono (casa, familia, cultura...), sean prolongación del evangelio de Cristo para llevar el conocimiento del amor de Dios a todo lugar.

El amor a Dios les movió a los tesalonicenses (lo escuchábamos en la segunda lectura) a dejar sus ídolos y su vida anterior “para servir al Dios vivo”. Esta Jornada Mundial por la Evangelización de los Pueblos (DOMUND) recordamos que no encontramos más motivo para la Misión que el amor de Dios y de los prójimos. El primero lleva al segundo. No hay mayor gozo que dar a conocer el motivo del propio gozo; y éste es Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. ¿Podrá haber silencio en la alegría? Los misioneros se saben llamados a poner palabra y anuncio allí donde el Espíritu sopla. Y no hay lugar en la tierra donde no llegue la brisa del Espíritu.



LO PRIMERO



En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?
Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?
El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?
El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.


Lectura del santo evangelio según San Mateo (22,34-40):


En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Amor a Dios y a los hombres.

Jesús aprovecha la oportunidad que los fariseos le brindan nuevamente “para ponerlo a prueba” y nos ofrece una magistral lección de aire fresco espiritual, de autenticidad de vida, de respuesta y compromiso a lo esencial de la vida y a la plenitud de su mensaje: EL AMOR. Lo que verdaderamente cuenta en la dinámica y relación Dios-hombre y persona-persona es el amor, todo lo demás es accidental y pasajero. Jesús resume los mandamientos en “amor a Dios y a los hombres como a nosotros mismos” para que no caigamos en un legalismo ciego que nos impida ver con ojos nuevos y libres el camino de la fraternidad y del abrazo del Padre. ¡Cuántos ejemplos aparecen en el evangelio y en las cartas apostólicas donde se define el amor universal de Jesucristo que perdona, salva, cura y libera!.

El equilibrio espiritual de la persona, el compromiso de la fe estriba en mantener en alto y al unísono, en primer lugar, el amor trascendente (dimensión vertical) que nos dirija a un encuentro personal con Dios desde el silencio interior, la oración sostenida como alabanza, acción de gracias y súplica, la recepción activa de los sacramentos y la experiencia de un Dios cercano que nos quiere y perdona y, en segundo lugar, la dimensión inmanente (horizontal) que nos conduzca hacia una sensibilidad y decisión profunda de espíritu de servicio, de aceptación y de entrega. Ambas dimensiones se complementan y se concretan cuando se fusionan y se viven en unidad. Si perdemos la dimensión trascendente por aumentar la inmanente podemos caer en un activismo filantrópico que nos desgasta ya que la fuente de Dios no tonifica nuestra vida y, viceversa, si amamos a Dios y nos olvidamos de los hombres desencarnamos nuestra fe, no aportamos nuestro granito de arena para que se vaya realizando en el mundo la civilización del amor.


En el mismo vivir de Dios está la dinámica de la entrega al otro. En el mismo servicio a Dios está el servicio al hermano. Debemos tender a amar a Dios en el hombre y amar al hombre en Dios.

Finalmente, no podemos olvidar un detalle que no debe pasar desapercibido “amar a Dios y a los demás como a nosotros mismos”. ¿Nos amamos realmente?; ¿crecemos en autoestima y en aceptación personal?; ¿relativizamos nuestras preocupaciones para manejarlas con calma y optimismo?; ¿mantenemos el equilibrio necesario entre trabajo y descanso para airear nuestro cuerpo y espíritu?; ¿valoramos las cosas sencillas de la vida?. Muchas preguntas más, de parecido estilo, pueden inundar nuestra mente y todas desembocan en la misma idea: no podremos amar ni a Dios ni a los hombres si primero nuestra mente y nuestro corazón no están en sintonía con nuestro propio yo.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
Pedro Guillen Goñi, C.M.
José A. Pagola.
Ángel Corbalán

sábado, 27 de agosto de 2011

Los cristianos solo podemos ir detrás de Jesús!! (Evangelio dominical)


Hoy, día 28 de Agosto, celebramos el domingo XXII del Ciclo Ordinario,en el Evangelio según San Mateo, Jesús, nos deja esa rase que tanto encierra para los cristianos que le seguimos o pretendemos seguir; “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

A través de tres hombres de Dios, exponemos la explicación de La Palabra de Dios, desde tres dialécticas diferentes y con la misma fe. Para ello, los textos que hemos selecionado son de : Pedro Guillén Goñi, José A. Pagola y Pedro Crespo Arias, algunos ya habituales en las homilias que presentamos en este Blog, escrito en Algeciras, España y para todo el mundo de habla hispana.

Primera Reflexión.

“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Así respondía Pedro, el discípulo del Señor, cuando el Maestro preguntaba a sus discípulos sobre su identidad. Definición sincera y heroica ante el rechazo e incomprensión que Jesús sentía cuando anunciaba la instauración del Reino de Dios.

En el evangelio de hoy, Mateo nos describe las profundas discrepancias que existían en la forma de entender “el ser Mesías” entre sus discípulos y el mismo Jesucristo.
El Señor les quiere aclarar desde el principio que el ser Hijo de Dios va a pasar por el sufrimiento y la cruz. Los discípulos seguían creyendo en un Mesías cuyas señas de identidad eran la fuerza y el poder. Este anuncio de sufrimiento y cruz como paso previo para alcanzar la vida eterna siembra en los discípulos el desconcierto, la decepción y el rechazo. Será el mismo Pedro quien, tomando nuevamente la iniciativa, le indica que eso es imposible. Jesús le indica que de forma dura y exigente que debe adoptar una actitud de comprensión y aceptación al estilo de vida que Él anuncia y configurarse plenamente con los valores del Reino. El discípulo incondicional de Jesús es quien da prioridad al mensaje del Señor por encima de su voluntad, sus legítimas aspiraciones y su proyecto de vida. Esto implica aceptar los riesgos y retos que el modelo a seguir conlleva. ¿Somos, tal vez, de los que proclaman y defienden la fe en Cristo y desconocen o huyen del camino que conduce a Él?.

La experiencia del apóstol Pedro es fiel reflejo de lo que nos sucede a todos. Cuando las cosas nos salen bien somos capaces de reconocer al Señor en cualquier oportunidad de nuestra vida. Nos resulta fácil relacionarnos con Él y la alabanza y agradecimiento brotan espontáneamente desde la hondura de nuestro corazón.
Pero cuando nos visita la adversidad, el sufrimiento inesperado, la incomprensión, no aceptamos de buen grado que allí, entre la cruz, también está el Señor. Y, sin embargo, Jesús afirma que quien quiera seguir su camino ha de aceptar la cruz porque es camino de la resurrección y de la salvación.
Entonces “nos vamos desprendiendo de la vida” pero la ganamos para la causa del Señor que se acerca a nosotros para fortalecernos y darnos su paz.

La experiencia del profeta Jeremías, narrada en la primera lectura, es elocuente: las dificultades, los sinsabores, los disgustos nos aprietan por todos lados pero quien acepta la Palabra de Dios responsablemente sabe que el Señor está con él y saldrá victorioso de cualquier dificultad porque nunca nos abandona.


DETRÁS DE JESÚS


Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes
que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer
día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».
Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás. La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,21-27):

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.»
Jesús se volvió y dijo a Pedro: «Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.»
Entonces dijo Jesús a sus discípulos: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Las lecturas de este domingo XXII del tiempo ordinario nos vienen a plantear que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo y porque hay que tomar la cruz para seguir a Cristo.

Un buen resumen de lo que nos quieren decir las lecturas podría ser una frase del salmo responsorial: "Tu gracia vale más que la vida". La gracia de Dios es todo lo que Dios nos da gratuitamente; por ejemplo, la filiación divina y todo lo que Dios va haciendo para que esa relación con él no se rompa por el pecado. Pues bien, esa relación de amistad con Dios vale más que la vida. Fijaos bien en esta frase, pues el ser humano se aferra fuertemente a la vida, seguramente es una de las cosas que más valora. La gracia de Dios vale más que la vida. ¿Creemos esto? ¿Es realmente Dios lo más importante de la vida o nos importa más la salud, el dinero o el amor?

Esta experiencia de que Dios es lo más importante de la vida aparece reflejada en las tres lecturas que hemos escuchado.

La primera lectura del profeta Jeremías cuenta una experiencia del propio profeta: está cansado de tanto tener que denunciar los pecados del pueblo de Israel; le hubiese gustado llevar un mensaje más consolador; incluso está decidido a dejar de hablar de las cosas de Dios. Pero se da cuenta de que la Palabra de Dios hace fuerza en su interior, intenta contenerla y no puede, porque Dios le ha seducido. Dios es más fuerte que las incomprensiones que sufría en su misión.

¡Cuántos cristianos hay que ante la mínima dificultad por el hecho de ser cristianos se echan atrás, silencian su ser cristianos! En el fondo piensan que su vida, su reputación, lo que piensan los demás de ellos es más importante que Dios.

La segunda lectura de San Pablo nos dice que no nos ajustemos a este mundo, sino que nos convirtamos para que sepamos discernir lo que es la voluntad de Dios. Es otra vez lo mismo que antes: ¿Qué tiene más peso en nuestra vida los criterios de Dios o los criterios del mundo? ¿Qué tenemos más en cuenta a la hora de decidir sobre algo, de planear algo, de optar por algo, el tener, el poder, el gozar, o el amor a los demás, la solidaridad, el servicio? Estamos invadidos de los criterios de este mundo y queremos que Dios se ajuste a esos valores.

El texto de Evangelio sigue con el mismo tema: Jesucristo anuncia su pasión y muerte y Pedro no lo entiende porque piensa como los hombres y no como Dios. Pedro está siguiendo a Jesús y no acababa de comprender que Jesucristo tenía que padecer para salvarnos, sin embargo luego terminará dando su vida por Jesús. ¿Comprendemos nosotros que para llegar a la resurrección hay que pasar por la pasión? ¿Lo aceptamos en nuestra vida concreta cuando nos llegan momentos de cruz?

Continúa diciendo el texto del Evangelio: "El que quiera seguir a Jesús que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y le siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si pierde su vida?". Como podéis comprobar este texto es un buen comentario de Jesús a esa idea del salmo responsorial: "Tu gracia vale más que la vida". ¿De verdad la gracia de Dios vale más que la vida, más que la salud, el dinero, el amor?

Si vemos que Dios es lo más importante de nuestra vida, nos resultará difícil vivir en los criterios de este mundo, porque tendremos que luchar con nuestra propia inclinación a vivir los criterios del mundo y tendremos que luchar con quienes no comprenden ni quieren los criterios de Dios.

Ser cristiano es: entrar en comunión con la vida de Jesús y sus valores; entrar en comunión con su causa: el Reino de Dios; y entrar en comunión con su destino, que es la cruz. Tenemos que asimilar en nuestro cristianismo este aspecto de cruz, de dolor, de sufrimiento, de incomprensión... como algo que es necesario pasar para llegar a la dicha, a la felicidad.

¡Qué caigamos en la cuenta mentalmente y experiencialmente de que la gracia de Dios vale más que todo en el mundo, aunque eso nos cueste algún tipo de sacrificio!











Fuentes:
Iluminación Divina
Pedro Guillén Goñi
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán