sábado, 22 de octubre de 2011

“Amor a Dios y a los hombres como a nosotros mismos” (Evangelio dominical)


Las lecturas de este domingo nos hablan del amor... del amor en sus dos dimensiones: amar a Dios y amar al prójimo.En estos dos mandamientos se encierra la voluntad de Dios revelada en la Sagrada Escritura. Nuestra relación con Dios va en sentido vertical y nuestra relación con el prójimo va en sentido horizontal, como formando una cruz, en la cual uno y otro eje son indispensables. No puede separarse uno del otro.

Como en otros domingos, en este, 30 del tiempo ordinario, nos acompañan las homilias de tres religiosos que nos acercan la explicación de La Palabra de Dios, a través del Evangelio de San Mateo.


El Mandamiento principal


La Ley y los Profetas contenían el peso colosal de la Sagrada Escritura judía. El creyente hebreo encontraba en ellos su referencia de fe, de vida y de celebración. Tenía, por una parte, peso divino, era Palabra de Dios, y peso de Pueblo de Israel en su experiencia de pueblo elegido..
El constructor elige a conciencia los elementos de su construcción. Donde se espera una obra de dimensiones, se anticipan materiales fuertes y de consistencia, no sea que, eligiendo otros menos resistentes por buscar ahorro, provoquen la ruina del edificio.La Ley los Profetas también pedían para sí material de calidad. Era mucho lo que tenían que sostener y encumbrar, para gloria de Dios. No valía abaratar en materiales; al contrario, la importancia del acontecimiento empujaba a encontrar la mayor calidad, el más alto nivel, lo mejor. En su experiencia religiosa el Pueblo de Israel había hallado con fruto el empeño de buscar la mejor materia de construcción para el edificio humano: el amor. ¿Amor a quién? un texto fundamental judío que el creyente piadoso rezaba cada día comenzaba haciendo memoria del amor a Dios y decía: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas...” (Dt 6,5). Otro pasaje de la Escritura se detenía en el amor al cercano, concretamente al israelita: “Amarás al prójimo como a ti mismo” (Lv 19,18).

La dispersión de corazón provoca fácilmente dispersión de amor. Había peligro de amor a medias, poniendo corazón en Dios con el olvido de los prójimos o aproximando a ellos el corazón, distrayéndose de Dios. La pregunta del fariseo no requería más que un mandamiento y Jesús le responde con dos, como los dos volúmenes de una sola obra donde, faltando uno, falta la mitad que es prácticamente faltar todo cuando no puede entenderse una cosa sin la otra.
Jesús arrima los dos mandamientos de amor sin esfuerzo, porque Él ya es el cumplimiento de ambos. Habrá que entender ahora qué significa amar en cada uno de esos dos objetos.

1. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo su ser.Dios equilibra todo amor y pacifica el interior, porque centra todos los afectos liberándolos de esclavitudes molestas. La enumeración de corazón, alma, ser parece que señala un itinerario de progreso desde lo grande hasta lo mayor. Sentimientos, pensamientos, voluntad, la misma libertad han de estar centradas y entregadas a Dios. En el amor a Dios, fuente de amor, uno aprende a amar todo lo demás.

2. Amarás al prójimo como a ti mismo.En este amor va en un primer nivel el respeto a toda persona no causándoles mal: no hurtar, no mentir, no engañar, no Jurar en falso, no oprimir, no robar, no maldecir, no tratar injustamente en los tribunales, no calumniar, no odiar... lo que llamaríamos un comportamiento práctico solidario. La lectura de Ex 22, 20-26 lo recoge poniendo el acento en el respeto a aquellos grupos más vulnerables en la sociedad judía: peregrinos, huérfanos, viudas y pobres. Es un primer estadio del amor que prescribe no perjudicar al débil con mandatos además negativos: no... no... no... El amor de Dios hace ver que esto es amorosamente corto. Pero es necesario de principio para reconocer en el más indefenso, no alguien de quien aprovecharse, sino un prójimo al que respeto. No hay mayor proximidad que la de ser imágenes de Dios; descubrir esa imagen en el otro hace mirarlo como un hermano. Y el amor de Dios (vuelta al mandamiento principal de la ley) descubre su amor en toda persona.

De aquí podemos pasar al amor al prójimo “como a uno mismo”. Ya no sólo se evita perjudicar, sino, además, favorecer. El amor a uno mismo es requisito irrenunciable para el amor a los otros. El pre-requisito era el amor de Dios, el primer mandamiento. Saberse amado por Dios colma la alegría interior y uno así puede amar, porque se sabe valorado, querido, perdonado. Esto evita una consideración egoísta o de desprecio hacia sí mismo. En Cristo se cumple el amor a Dios con todo el ser y el amor al prójimo hasta el sacrificio de la vida. En Él la materia del amor divino tomó carne de hombre e hizo posible que esa carne pudiera amar divinamente. Mirar a Cristo es contemplar esos dos amores intrínsecamente unidos y, por tanto, inseparables. Cristo nos enseñó el amor de Dios y por Él lo conocimos. Nadie ama lo que no conoce. Por esto, como quien bulle de amor, Dios suscita cristianos que, haciendo sacrificio de abandono (casa, familia, cultura...), sean prolongación del evangelio de Cristo para llevar el conocimiento del amor de Dios a todo lugar.

El amor a Dios les movió a los tesalonicenses (lo escuchábamos en la segunda lectura) a dejar sus ídolos y su vida anterior “para servir al Dios vivo”. Esta Jornada Mundial por la Evangelización de los Pueblos (DOMUND) recordamos que no encontramos más motivo para la Misión que el amor de Dios y de los prójimos. El primero lleva al segundo. No hay mayor gozo que dar a conocer el motivo del propio gozo; y éste es Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado. ¿Podrá haber silencio en la alegría? Los misioneros se saben llamados a poner palabra y anuncio allí donde el Espíritu sopla. Y no hay lugar en la tierra donde no llegue la brisa del Espíritu.



LO PRIMERO



En cierta ocasión los fariseos se reunieron en grupo y le hicieron a Jesús una pregunta que era motivo de discusión y debate entre los sectores más preocupados de cumplir escrupulosamente los seiscientos trece preceptos más importantes sobre el sábado, la pureza ritual, los diezmos y otras cuestiones: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?».

La respuesta de Jesús es muy conocida entre los cristianos: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este es el más importante. Luego añadió: «El segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y concluyó con esta afirmación: «Estos dos mandamientos sostienen la Ley y los profetas».

Nos interesa mucho escuchar bien las palabras de Jesús pues también en la Iglesia, como en el antiguo Israel, ha ido creciendo a lo largo de los siglos el número de preceptos, normas y prohibiciones para regular los diversos aspectos de la vida cristiana. ¿Qué es lo primero y más importante? ¿Qué es lo esencial para vivir como seguidores de Jesús?
Jesús deja claro que no todo es igualmente importante. Es un error dar mucha importancia a cuestiones secundarias de carácter litúrgico o disciplinar descuidando lo esencial. No hemos de olvidar nunca que sólo el amor sincero a Dios y al prójimo es el criterio principal y primero de nuestro seguimiento a Jesús.

Según él, ese amor es la actitud de fondo, la fuerza clave e insustituible que pone verdad y sentido a nuestra relación religiosa con Dios y a nuestro comportamiento con las personas. ¿Qué es la religión cristiana sin amor? ¿A qué queda reducida nuestra vida en el interior de la Iglesia y en medio de la sociedad sin amor?
El amor libera nuestro corazón del riesgo de vivir empobrecidos, empequeñecidos o paralizados por la atención insana a toda clase de normas y ritos. ¿Qué es la vida de un practicante sin amor vivo a Dios? ¿Qué verdad hay en nuestra vida cristiana sin amor práctico al prójimo necesitado?
El amor se opone a dos actitudes bastantes difundidas. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente, falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

En estos tiempos tan críticos nada hay más importante que cuidar humildemente lo esencial: el amor sincero a Dios alimentado en celebraciones sentidas y vividas desde dentro; el amor al prójimo fortaleciendo el trato amistoso entre los creyentes e impulsando el compromiso con los necesitados. Contamos con el aliento de Jesús.


Lectura del santo evangelio según San Mateo (22,34-40):


En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?»
Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Amor a Dios y a los hombres.

Jesús aprovecha la oportunidad que los fariseos le brindan nuevamente “para ponerlo a prueba” y nos ofrece una magistral lección de aire fresco espiritual, de autenticidad de vida, de respuesta y compromiso a lo esencial de la vida y a la plenitud de su mensaje: EL AMOR. Lo que verdaderamente cuenta en la dinámica y relación Dios-hombre y persona-persona es el amor, todo lo demás es accidental y pasajero. Jesús resume los mandamientos en “amor a Dios y a los hombres como a nosotros mismos” para que no caigamos en un legalismo ciego que nos impida ver con ojos nuevos y libres el camino de la fraternidad y del abrazo del Padre. ¡Cuántos ejemplos aparecen en el evangelio y en las cartas apostólicas donde se define el amor universal de Jesucristo que perdona, salva, cura y libera!.

El equilibrio espiritual de la persona, el compromiso de la fe estriba en mantener en alto y al unísono, en primer lugar, el amor trascendente (dimensión vertical) que nos dirija a un encuentro personal con Dios desde el silencio interior, la oración sostenida como alabanza, acción de gracias y súplica, la recepción activa de los sacramentos y la experiencia de un Dios cercano que nos quiere y perdona y, en segundo lugar, la dimensión inmanente (horizontal) que nos conduzca hacia una sensibilidad y decisión profunda de espíritu de servicio, de aceptación y de entrega. Ambas dimensiones se complementan y se concretan cuando se fusionan y se viven en unidad. Si perdemos la dimensión trascendente por aumentar la inmanente podemos caer en un activismo filantrópico que nos desgasta ya que la fuente de Dios no tonifica nuestra vida y, viceversa, si amamos a Dios y nos olvidamos de los hombres desencarnamos nuestra fe, no aportamos nuestro granito de arena para que se vaya realizando en el mundo la civilización del amor.


En el mismo vivir de Dios está la dinámica de la entrega al otro. En el mismo servicio a Dios está el servicio al hermano. Debemos tender a amar a Dios en el hombre y amar al hombre en Dios.

Finalmente, no podemos olvidar un detalle que no debe pasar desapercibido “amar a Dios y a los demás como a nosotros mismos”. ¿Nos amamos realmente?; ¿crecemos en autoestima y en aceptación personal?; ¿relativizamos nuestras preocupaciones para manejarlas con calma y optimismo?; ¿mantenemos el equilibrio necesario entre trabajo y descanso para airear nuestro cuerpo y espíritu?; ¿valoramos las cosas sencillas de la vida?. Muchas preguntas más, de parecido estilo, pueden inundar nuestra mente y todas desembocan en la misma idea: no podremos amar ni a Dios ni a los hombres si primero nuestra mente y nuestro corazón no están en sintonía con nuestro propio yo.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Luis Eduardo Molina Valverde
Pedro Guillen Goñi, C.M.
José A. Pagola.
Ángel Corbalán