sábado, 9 de abril de 2011

"Yo soy la resurrección y la Vida" (Evangelio dominical)


Jesús no oculta su cariño.

El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?»

Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.

La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?

Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.

Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.

Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como "una sociedad de incertidumbre" (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?


Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá... ¿Crees esto?»

A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

Introducción.

¿Quién no ha experimentado la muerte? Como pascua personal a todos nos tocará en un momento u otro. Pero como experiencia ajena, todos la hemos sentido. Cercana o lejana. En un familiar o un amigo. En los desastres naturales o las guerras que nos traen todos los días los medios de comunicación. La muerte como realidad que nos pilla de improviso, de sopetón o como proceso lento que nos afecta a nosotros mismos cuando vemos que los años o la enfermedad nos van acortando las fuerzas y limitando la vida.

La muerte está ahí. Siempre presente. Por mucho que nuestra cultura nos haga vivir la ilusión del ser siempre jóvenes, fuertes y guapos. Por mucho que nos empeñemos en cuidar la salud a base de una buena alimentación, de hacer deporte y de seguir todos los consejos que los médicos puedan imaginar.

Todo es por agarrarnos a la vida. A esta vida, que nos parece que es lo único que tenemos. Aunque notemos que, como la arena de la playa, se nos escapa de entre los dedos de la mano sin que podamos hacer nada ni sepamos a ciencia cierta cuánta arena nos queda entre los dedos. Recuerdo ahora el chiste del sacerdote que atiende a un moribundo con palabras de consuelo: “Mira, hijo, tienes que tener confianza porque vas a ir a la casa del Padre.” Y el moribundo le responde: “Dirá usted lo que quiera, pero como en la casa de uno en ningún sitio.” Es un chiste pero refleja muy bien ese apego a la vida que todos tenemos. No podía ser de otra manera porque es el mayor don que tenemos y los creyentes estamos convencidos de que es un regalo que hemos recibido de Dios.

Ante la muerte y la vida

En Cuaresma, tiempo de encuentro con nuestra realidad más honda, no podía faltar un momento de hacer presente ante nuestros ojos la muerte y, por tanto, la vida. Y, como creyentes, poner esas realidades en relación con Dios, en presencia de Dios.

A eso nos invita el relato evangélico de este domingo. La resurrección de Lázaro nos pone de golpe frente a la muerte y vemos a Jesús reaccionar ante ella. Lo primero que hay que observar es a Jesús. Le vemos conmovido. Le vemos llorar por la muerte de su amigo (tres veces se dice en el texto que Jesús llora).

Pero vemos también que Jesús tiene puesta su confianza en el Padre. Y que esa confianza va más allá de los límites que a nosotros nos parecen insalvables. El amigo ha muerto. Jesús siente el dolor en toda su crudeza. Pero ese dolor no le paraliza. No cede ante la oscuridad que supone la muerte. El evangelista pone en boca de Jesús una frase que tendríamos que repetir muchas veces porque centra nuestra vida creyente: “Yo soy la resurrección y la vida.” No hay datos científicos. Nada se puede comprobar empíricamente. Es una afirmación de fe y en fe. Dios es el creador de la vida y no va a dejar que sus criaturas se disuelvan en la nada. Que Dios es así no depende de que nosotros creamos o no. Es así. Y basta. Pero si creemos en ello, entonces vamos a vivir nuestra vida y nuestra muerte y la muerte ajena desde una perspectiva diferente. Como dice la primera lectura, Dios nos infundirá su espíritu y viviremos. Nos sacará de nuestros sepulcros y nos llevará a la tierra de promisión.

Comprometidos con la vida de todos

Todavía estamos aquí, ciertamente. Todavía estamos envueltos por la muerte, que amenaza continuamente nuestras vidas. Pero la fe nos hace mirar más allá, nos ofrece una perspectiva más amplia. Nos hace vivir en la confianza y en la esperanza. Al relacionarnos con la vida, en todas sus formas, sabemos que no está llamada a disolverse, a desaparecer, sino a llegar a su plenitud en Dios.

Decir esto, creer esto, no nos puede dejar en una situación de pasividad. Nos sentiremos comprometidos a cuidar la vida, a defenderla, a promoverla, a devolverla su dignidad allá donde se haya perdido. Recordemos a la madre Teresa de Calcuta cuando abrió aquella casa para acoger a los moribundos que estaban tirados por las calles. No pretendía devolverles la vida pero sí que murieran con la dignidad que merece una persona, un hijo de Dios.

Desde esta perspectiva, creer en el Dios de la Vida nos llevará a defender la justicia, a promover la fraternidad, a amar a los que nos rodean, a cuidarnos unos a otros, porque todos somos don de Dios. En nosotros vive hoy el Espíritu de Dios (segunda lectura). Él nos vivifica y nos hace compartir esa vida con todos. No hay enfermedad que acabe con la muerte. Para Dios no hay ningún caso perdido. La casa de Dios es mi casa, nuestra casa, la verdadera casa y la verdadera familia a la que estamos llamados a pertenecer. En tanto que estamos aquí, de paso, estamos comprometidos a caminar juntos, a no perder a nadie. Porque todos somos familia de Dios. Y a todos nos espera Dios en la meta.



Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»


Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor

COMENTARIO.


Estamos en el domingo V de cuaresma, de camino a la Pascua del Señor. Nos estamos preparando para vivir mejor los acontecimientos centrales de nuestra fe: la muerte y resurrección de Jesús.

Para prepararnos mejor, los tres últimos domingos tienen un contenido bautismal, nos invitan a vivir nuestro bautismo:



El domingo tercero de cuaresma nos presentaba el texto de la samaritana que ponía a Jesús como el Agua Viva, el único que puede saciar de verdad los deseos de felicidad que todos llevamos dentro. El agua que en el bautismo tiene el papel principal de quitar el pecado original.


El domingo cuarto de cuaresma nos presentaba a Jesús curando a un ciego de nacimiento; en esa celebración se presentaba a Jesús como la luz del mundo, el único que puede iluminar lo que está en tinieblas por el pecado. La luz juega un papel importante en el bautismo: está expresada en el cirio pascual, que representa la presencia de Jesucristo, resucitado, en medio de su Iglesia. Es la luz de la fe.


El domingo quinto de cuaresma nos presenta el texto de la resurrección de Lázaro, en el que se presenta Jesús como la resurrección y la vida. Jesús es el único que puede hacer que nuestra vida sea plena aquí en la tierra y que sea eterna en el cielo. Este texto de la resurrección de Lázaro no presenta la resurrección como una realidad definitiva, porque Lázaro volverá a morir, sino como una vida nueva que Jesucristo comunica. Escucharemos luego (si vamos a celebrar la misa) en el prefacio de la Eucaristía: "Jesucristo... hoy extiende su compasión a todos los hombres y por medio de sus sacramentos los restaura a una vida nueva".

El sacramento del bautismo nos comunica una Vida Nueva: el ser Hijos de Dios:



Una Vida Nueva que es la misma vida divina. Es decir, en el sacramento del bautismo se nos comunica la misma vida de Dios: su amor, sus valores, los valores del evangelio en las bienaventuranzas.


Una Vida Nueva que está en nuestro interior como una semilla, que tiene que ir creciendo hasta hacerse realidad en nuestros pensamientos, en nuestras opciones, en nuestras obras, en la vida de cada día.


Una Vida Nueva que crece desde el interior para fuera con nuestra colaboración. Creo que dijo una vez el Papa que no todos los bautizados son cristianos; es decir, que no todos los que están bautizados viven coherentemente con el sacramento recibido. Para que el encuentro con Jesús, que se da en el bautismo fructifique, la persona que ha recibido ese sacramento tiene que intentar responder a la invitación de Dios: Desde la vivencia personal: formación, oración, lectura de los evangelios...; desde las celebraciones de los sacramentos, principalmente la Eucaristía y la penitencia; desde el compromiso en la vida diaria para que los criterios de Dios: la justicia, la fraternidad, la solidaridad... sean los criterios que rigen la sociedad. También es cierto que ser cristiano es una gama amplia en el proceso personal de la vida. Estos días hemos tenido confirmaciones. Una madre le dice a su hijo: "Si no ves lo que dice la Iglesia, no te confirmes"; a lo que el hijo le responde: "Igual que estoy creciendo en otras cosas, también es esto creceré". Ejemplar, ¿no? También constatamos que no todos los bautizados tienen ese planteamiento de crecimiento. Hay muchos estancados.



Una Vida Nueva que llegará a su plenitud en el cielo. Somos hijos de Dios por el sacramento del bautismo, pero llegaremos a ser semejantes a Dios cuando estemos en el cielo.

Cuenta la primera lectura como el profeta Ezequiel animaba a su pueblo en el exilio con la vuelta a la tierra prometida y lo hacía con una comparación con la salida del sepulcro, porque iba a comenzar una vida nueva; vida nueva que se puede comparar también a la vida nueva adquirida con el bautismo: "Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío... Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis".



¡Que el Señor nos ayude a vivir nuestro bautismo, que nos ayude a experimentar la vida divina de la que ya somos partícipes!








Fuentes:
Iluminacion Divina.
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Fernando Torres Pérez cmf
Ángel Corbalán