sábado, 10 de diciembre de 2011

"Allanad el camino del Señor" (Evangelio dominical)


El Evangelio de este Domingo vuelve a presentarnos a San Juan Bautista, esta vez desde el Evangelio de San Juan.

San Juan Bautista, era primo de Jesús, pero no lo conocía, según nos dice él mismo. Fue su Precursor, apareció en el desierto para anunciar la llegada del Mesías. Por todo esto San Juan Bautista es un personaje central del Adviento, este tiempo de preparación que la Liturgia nos ofrece antes de la Navidad.

Por ello es útil revisar el relato que de San Juan Bautista hacen los cuatro Evangelistas (Mt. 3, 1-12; Mc. 1, 1-8; Lc. 3, 1-17; Jn. 1, 6-28). Allí podemos ver varias cosas importantes a tener en cuenta en preparación para la venida del Señor.

San Juan Bautista predicaba un bautismo de arrepentimiento. Pedía con su predicación que la gente se convirtiera de la vida de pecado y se resolviera a vivir una nueva vida de acuerdo a la ley de Dios. Es lo que nosotros debemos hacer en preparación a la venida del Señor.

Hoy,tercer domingo de Adviento, traemos como es habitual las reflexiones sobre el Evangelio dominical del día de hoy, explicadas por tres religiosos , para así, comprender mejor la Palabra de Dios.


¿En dónde están los profetas? Entre vosotros están


El camino del Adviento continúa el ciclo profético, pero con un aumento evidente de intensidad en la espera. Ello prueba una vez más que la esperanza verdadera poco tiene que ver con la pura pasividad, y que, por el contrario, es una fuerza que nos pone en pie, en tensión activa hacia el futuro. De hecho, Juan, el profeta de los nuevos tiempos, la voz, pero no la Palabra, el testigo fiel de la luz, que no pretende ser él la luz, ni un protagonismo que sabe que no le corresponde, ya no habla sólo de la cercanía del Mesías, sino de su presencia, si bien se trata todavía de una presencia escondida: “entre vosotros hay uno que no conocéis.”

Podríamos pensar que esto de que “no le conocemos” no va con nosotros. Se puede aplicar a los fariseos y las gentes de aquel tiempo que no lo conocían aún, mientras que nosotros, incluso al margen de que seamos muy o poco creyentes, muy o poco practicantes, “ya sabemos de qué va esto”, ya sabemos quién tenía que venir.

Si pensamos así, nos equivocamos de parte a parte y nos parecemos a esos fariseos y sus enviados, que interrogaban a Juan, pero pensaban que ellos sí que sabían quién había de ser el Mesías, cómo debía ser y actuar y, por eso, increpaban a Juan, por hacer lo que, según ellos, no le correspondía. Esa manía de enmendarle la plana a Dios y negarnos a estar abiertos a sus sorpresas (sabiendo además que nosotros no podemos abarcarlo con nuestros pobres pensamientos y conceptos) es una constante de la historia de la humanidad, de ayer, de hoy y de siempre. Es curioso que esta especie de soberbia teológica nos iguala a creyentes y no creyentes. Unos, porque pensamos que ya lo tenemos claro, sea por la instrucción religiosa que tenemos, sea por la experiencia acumulada de años. Otros, porque se elaboran una cierta idea de Dios, con frecuencia con materiales de desecho, tomados de las peores expresiones de la religión, o de ciertos reduccionismos propios del conocimiento científico, para declarar después que Dios no existe. Algo, por cierto, de una extrema arrogancia, pues para afirmar con seguridad que algo no existe hay que declarar la contradicción del concepto (algo que, desde luego, respecto de Dios no es posible), o pretender saberlo absolutamente todo.

Pero Juan nos avisa hoy, a todos nosotros, que el que ha de venir ya está en medio de nosotros y que no lo conocemos. Es una llamada a abrir los ojos, a despertar y a estar en vela.

Pero no debemos entender este aviso de Juan sobre todo como una amenaza o un reproche. El tono de este domingo de Adviento es la alegría: “Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios”, exulta el profeta Isaías; “Estad siempre alegres”, nos exhorta Pablo. Estamos en el Domingo Gaudete, que sigue y completa el tono de consolación del domingo pasado.

Ciertamente, el que ha sido consolado tiene motivos para estar alegre. Y si el consuelo era fruto de una esperanza más o menos inminente, ahora la alegría lo es porque, si bien aún invisible, el objeto de la esperanza ya se ha hecho presente. Así es siempre. Aquello que nos ha mantenido vivos, despiertos, en vilo, la promesa que nos ha permitido superar la dificultad, el dolor, ya está ahí, pero todavía no la vemos. La presentimos, y eso alegra nuestro corazón. Es una alegría teñida de esperanza, abierta al futuro inmediato, henchida de presentimientos. ¿No recuerda el sentimiento intensísimo de la infancia en la tarde anterior y en la madrugada de los Reyes Magos? Tras la noche, y ya al amanecer, tras esa puerta cerrada esperaba un mundo mágico, pero aún invisible para nuestros ojos. Y, sin embargo, la emoción de esa espera era tan intensa, si no más, que la alegría de aquellos regalos llenos de una magia especial, del encanto del misterio de sus donadores. Cuando uno espera encontrarse largo tiempo con una persona a la que quiere, produce una sensación del todo especial el encontrarse ya en la ciudad del encuentro, saber que esa persona está ahí, ya cerca, en algún sitio, aunque todavía no puedes verla.

Sí, realmente, la alegría que brota de la esperanza activa es un rasgo distintivo de la vida cristiana. Es una alegría que nos pone en tensión y en movimiento, que nos abre al futuro y nos prepara para sorpresas que no se pueden programar. Tomamos nota de nuestra ignorancia, acogiendo lo que nos dice Juan, y preparamos nuestro corazón para un nuevo encuentro con el que está en camino y viene a nuestro encuentro. Eso de un “nuevo” encuentro debemos entenderlo en sentido literal.
No se trata de “un encuentro más”, “otro”, “uno de tantos”, como tantas navidades o años nuevos que después envejecen rápidamente (no hay ni que esperar doce meses).
Aquí se trata de un nuevo encuentro, porque es un encuentro inédito, Jesús quiere revelarnos nuevos aspectos que no conocíamos, profundidades que nos estaban vetadas, dones para los que éramos todavía ciegos, también exigencias para las que todavía no estábamos preparados.
Es esta novedad verdadera la que hace tan urgente que nos preparemos bien, que no dejemos que la rutina nos haga insensibles “al que está ya cerca, en medio de nosotros, pero todavía no hemos reconocido del todo”.

Pero la alegría que se nos anuncia hoy no nos impide seguir viendo los aspectos sombríos de nuestro mundo y, si es necesario, denunciarlos. Desde luego, la condena no ha de ser el tono principal del mensaje cristiano, pero en nombre del bien y de la luz no podemos dejar de señalar, a veces con energía, proféticamente (como voz que grita en el desierto) los males que impiden al hombre vivir de acuerdo con su dignidad y a Dios ser la fuente inagotable de la misma. La alegría cristiana no es ingenua, inconsciente, alienada. Si hablamos de una alegría que brota de la esperanza y de una presencia que todavía no conocemos, estamos reconociendo que estamos en camino y que no todo es “como debe ser”. Si aspiramos a la luz es porque hay todavía oscuridad. No olvidemos que esta alegría ha seguido a un consuelo. Y necesitamos el consuelo porque experimentamos el mal de múltiples formas, en nosotros mismos y en los demás.

En el pre-sentimiento alegre y esperanzado de una presencia real, que nos llama a un encuentro renovado, a un conocimiento nuevo, a una mayor profundidad, a un amor más auténtico, los cristianos tenemos que ser hoy también como Juan el Bautista, testigos de la luz, que dicen al que quiera oírlo que Jesús ya está entre nosotros, aunque no le (re)conozcamos, y que quiere encontrarse contigo.


LA ALEGRIA POSIBLE

La primera palabra de parte de Dios a los hombres, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: Alégrate.

J. Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así:

«La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».

Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede obligar a que esté alegre ni se le puede imponer la alegría por la fuerza. La verdadera alegría debe nacer y crecer en lo más profundo de nosotros mismos.
De lo contrario; será risa exterior, carcajada vacía, euforia creada quizás en una «sala de fiestas», pero la alegría se quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.

La alegría es un don hermoso, pero también muy vulnerable. Un don que hay que saber cultivar con humildad y generosidad en el fondo del alma. H. Hesse explica los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos hombres, de esta manera tan simple:

«Es porque la felicidad sólo puede sentirla el alma, no la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».

Pero hay algo más. ¿Cómo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír, cuando aún no están secas todas las lágrimas, sino que brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra?

La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. La alegría verdadera sólo es posible en el corazón del hombre que anhela y busca justicia; libertad y fraternidad entre los hombres.

María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.

Sólo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros.

Sólo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.

Este venía como testigo


Es curioso cómo presenta el cuarto evangelio la figura de Juan el Bautista. Es un «hombre», sin más calificativos ni precisiones. Nada se nos dice de su origen o condición social. Él mismo sabe que no es importante. No es el Mesías, no es Elías, ni siquiera es el Profeta que todos están esperando.

Sólo se ve a sí mismo como «la voz que grita en el desierto: allanad el camino al Señor». Sin embargo se nos dice que Dios lo envía como «testigo de la luz» capaz de despertar la fe de todos. Una persona que puede contagiar luz y vida. ¿Qué es ser testigo de la luz?

El testigo es como Juan. No se da importancia. No busca ser original ni llamar la atención. No trata de impactar a nadie. Sencillamente vive su vida de manera convencida. Se le ve que Dios ilumina su vida. Lo irradia en su manera de vivir y de creer.
El testigo de la luz no habla mucho, pero es una voz. Vive algo inconfundible. Comunica lo que a él le hace vivir. No dice cosas sobre Dios, pero contagia «algo». No enseña doctrina religiosa, pero invita a creer.

La vida del testigo atrae y despierta interés. No culpabiliza a nadie. No condena. Contagia confianza en Dios, libera de miedos. Abre siempre caminos. Es como el Bautista, «allana el camino al Señor».

El testigo se siente débil y limitado. Muchas veces comprueba que su fe no encuentra apoyo ni eco social. Incluso se ve rodeado de indiferencia o rechazo. El testigo de Dios no juzga a nadie. No ve a los demás como adversarios que hay que combatir o convencer. Dios sabe cómo encontrarse con cada uno de sus hijos e hijas.

Se dice que el mundo actual se va convirtiendo en un «desierto», pero el testigo nos revela que algo sabe de Dios y del amor, algo sabe de la «fuente» y de cómo se calma la sed de felicidad que hay en el ser humano.

La vida está llena de pequeños testigos. Son creyentes sencillos, humildes, conocidos sólo en su entorno. Personas entrañablemente buenas. Viven desde la verdad y el amor. Ellos nos «allanan el camino» hacia Dios.



FALTAN TESTIGOS DE DIOS

La figura de Juan el Bautista, "testigo de la luz", nos recuerda una vez más que todo creyente, si lo es de verdad, está llamado a dar testimonio de su fe.

"A nuestra Iglesia le sobran papeles y le faltan testigos". Tal vez, con estas expresivas palabras se apuntaba uno de los problemas más cruciales del cristianismo actual.

Durante muchos años han seguido funcionando entre nosotros los mecanismos que tradicionalmente servían para "transmitir" la fe. Los padres hablaban a los hijos, los profesores de religión a sus alumnos, los catequistas a los catequizandos, los sacerdotes a los seglares.

No han faltado palabras. Pero, tal vez, ha faltado testimonio, comunicación de experiencia, contagio de algo vivido de manera honda y entrañable.

Durante estos años muchos se han preocupado del posible quebranto de la ortodoxia y del depósito de la fe. Y necesitamos, sin duda, cuidar con fidelidad el mensaje del Señor. Pero nuestro mayor problema no es probablemente el depósito de la fe sino la vivencia de esa fe depositada en nosotros.

Otros se han preocupado más bien de denunciar toda clase de opresiones e injusticias. Por un momento parecía que por todas partes surgían nuevos "profetas". Y cuánta necesidad seguimos teniendo de hombres de fuego que proclamen la justicia de Dios entre los hombres. Pero, con frecuencia, junto a las palabras, han faltado testigos cuya vida arrastrara a las gentes.

Tal vez, lo primero que nos falta para que surjan testigos vivos es "experiencia de Dios". Karl Rahner pedía hace unos años que "hemos de reconocer de una vez la pobreza de espiritualidad" en la Iglesia actual.

Nos sobran palabras y nos falta la Palabra. Nos desborda el activismo y no percibimos la acción del Espíritu entre nosotros.

Hablamos y escribimos de Dios pero no sabemos experimentar su poder liberador y su gracia viva en nosotros.

Pocas veces vivimos la acogida de Dios desde el fondo de nosotros mismos y, por tanto, pocas veces llegamos con nuestra palabra creyente al fondo de los demás.Creyentes mudos que no confiesan su fe. Testigos cansados, desgastados por la rutina o quemados por la dureza de los tiempos actuales.

Comunidades que se reúnen, cantan y salen de las iglesias "sin conocer al que está en medio de ellos". Sólo la acogida interior al Espíritu puede reanimar nuestras vidas y generar entre nosotros "testigos del Dios vivo".


Lectura del santo evangelio según san Juan (1,6-8.19-28):


Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. Y éste fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran: «¿Tú quién eres?» Él confesó sin reservas: «Yo no soy el Mesías.» Le preguntaron: «¿Entonces, qué? ¿Eres tú Elías?» El dijo: «No lo soy.» «¿Eres tú el Profeta?» Respondió: «No.» Y le dijeron: «¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado, ¿qué dices de ti mismo?» Él contestó: «Yo soy la voz que grita en el desierto: "Allanad el camino del Señor", como dijo el profeta Isaías.» Entre los enviados había fariseos y le preguntaron: «Entonces, ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el Profeta?» Juan les respondió: «Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de la sandalia.» Esto pasaba en Betania, en la otra orilla del Jordán, donde estaba Juan bautizando.
Palabra del Señor



COMENTARIO.


Los profetas son enviados por Dios para nuestra salvación. Es verdad que demasiadas veces tienen que denunciar el mal y el pecado. Pero son llamados para ser pregoneros de esperanza: anuncian un mundo de paz y de armonía que Dios ha preparado para nosotros. Su mensaje es siempre una buena noticia.
El texto que hoy se proclama en la liturgia está contenido en la última parte del libro de Isaías. Y resume la misión de un profeta, sobre el que reposa el Espíritu de Dios. Ha sido enviado para aliviar el dolor de los que sufren y anunciarles la gracia del Señor. Es verdad que él es el primer beneficiado. Una misión como ésa llena de gozo al profeta.

Pero su misión es prenda de bendición para su pueblo y para todos los pueblos de la tierra. Dios no es tacaño en repartir sus dones. El mundo de justicia que anuncia el profeta tiene dimensiones universales: “Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos” (Is 61,11).

VIDA Y LIBERTAD


Junto a la figura de Isaías, la liturgia del Adviento nos presenta una y otra vez la imagen fascinante de Juan Bautista, el Precursor del Mesías esperado por Israel. En el texto evangélico de hoy (Jn 1, 5-8, 19-28), el mismo Juan define su misión por medio de tres rotundas negaciones y de una extraña afirmación.

• Juan no es el Mesías tan larga e intensamente esperado por su pueblo. Tampoco es el profeta Elías, arrebatado a los cielos por un carro de fuego, del que las gentes decían que habría de regresar un día (Eclo 48,10). Ni es el misterioso profeta, semejante a Moisés, que Dios había anunciado al gran guía de su pueblo (Dt 18,18).

• Después de estas tres claras y cortantes negaciones, cabía esperar una afirmación. Pues bien, Juan el Bautista se presenta a sí mismo con una frase que se encuentra en la segunda parte del libro de Isaías: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor”. No era mucho. Pero él no pretendía ser más que una voz abierta a la esperanza y a la conversión.

La voz puede resonar potente en un lugar estepario. Pero su eco se pierde al otro lado de las colinas. Su potencia y su debilidad van parejas. Con todo, la voz de Juan exhorta a preparar los caminos para la nueva liberación. Él sabía y anunciaba que Dios tenía planes de vida y de libertad para su pueblo y para todos los pueblos.

PRESENTE PERO DESCONOCIDO

“En medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí” (Jn 1, 26). Al referirse a Cristo, el segundo de los prefacios del Adviento añade: “A quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres”. El evangelio de hoy nos da cuenta de esta revelación.
• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. También hoy Juan Bautista dirige esas palabras a cada uno de nosotros. Los que nos llamamos cristianos no siempre somos conscientes de la presencia de Cristo en el mundo. Y sin embargo, Él está en la asamblea litúrgica, en la Palabra evangélica que se proclama, en la Eucaristía y en el fondo de nuestro corazón. No conocerlo y no reconocerlo nos descalifica como discípulos.
“En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. El mensaje del Precursor se dirige también a toda la Iglesia. La comunidad de los seguidores de Jesús ha de reconocerlo siempre en la persona de los pobres. Jesús nos dijo que los tendremos siempre con nosotros como recordatorio de su presencia y como llamada a nuestra responsabilidad.

• “En medio de vosotros hay uno que no conocéis”. La Iglesia, por otra parte, ha de ejercer a lo largo de los siglos el papel de Juan Bautista. También ella ha de anunciar la presencia de Cristo e interpelar a toda la humanidad. Creyentes y no creyentes han de escuchar el lamento de los hambrientos y sedientos, de los encarcelados y los enfermos. Con ellos se identificó Jesucristo. Y por la atención que se les preste se define el progreso integral de los pueblos y la justicia de sus estructuras.

- Señor Jesús, con esperanza y humildad te pedimos que no cieguen nuestra vista las luces de este mundo, para que podamos descubrirte presente entre nosotros y acogerte con un corazón generoso. Amén.










Fuentes:
Iluminación Divina
Jose María Vegas,
José A. Pagola
José-Román Flecha Andrés
Ángel Corbalán