sábado, 3 de diciembre de 2011

"...pero él os bautizará con Espíritu Santo.". (Evangelio dominical)


Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a prepararnos para la celebración de la venida de Jesús, al celebrar su cumpleaños en esta Navidad.

Todo Adviento, entonces, tiene este sentido de preparación. Todo Adviento contiene un llamado a la conversión, al cambio de vida. Será, por tanto, una oportunidad maravillosa para crecer en la fe, incrementar la esperanza y mejor vivir en la caridad.

El Evangelio de hoy nos presenta a San Juan Bautista, uno de los principales personajes bíblicos de este Tiempo de Adviento, que es tiempo de preparación a la venida de Cristo. La Liturgia de estos días nos recuerda las cosas que hacía y que decía el Precursor del Señor. Este personaje ya había sido anunciado en el Antiguo Testamento como “una voz que clama en el desierto” y que diría: “Preparen el camino del señor ... Rellénense todas las quebradas y barrancos, aplánense todos los cerros y colinas; los caminos torcidos con curvas serán enderezados y los ásperos serán suavizados” (Is. 40, 1-5).

Como viene siendo habitual en este espacio dominical, traemos a este espacio parroquial, las homilias de otros tres religiosos que con su forma de explicarlas llegan a todos La Palabra de Dios, en este evangelio de San Marcos.




Preparad el camino del Señor


Marcos abre su Evangelio directamente con una confesión de fe: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Y esta confesión no es el mero enunciado de una verdad teológica, sino que lleva consigo connotaciones extraordinariamente positivas y alegres: es un “Evangelio”, una Buena Noticia. La inmediata alusión a la profecía de Isaías y al nuevo profeta, Juan, y su actividad en el desierto, habla de que esta alegre nueva es el cumplimiento definitivo y pleno de las antiguas promesas de Dios. El Dios Padre de Jesucristo, es un Dios que cumple sus promesas. Pero, ¡cuánto nos cuesta creerlo! Incluso los creyentes estamos tocados por la enfermedad del escepticismo, sobre todo en lo que se refiere a la historia y al mundo en el que vivimos. Nos es relativamente fácil creer en el Dios que está allá arriba, en el cielo, pero no en el que se acerca, se encarna, se implica en nuestra historia y cumple su Palabra. La carta de Pedro da testimonio de esa incredulidad que tantas veces nos aflige: “El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos” (2P 3, 9). Hay, incluso, quienes miran a esta supuesta tardanza con desprecio, como recuerda Pedro pocas línea antes: “Vendrán hombres llenos de sarcasmo que… dirán en son de burla: ¿Dónde queda la Promesa de su venida?... Todo sigue como al principio de la creación” (2 P 3, 4).

Adviento es el tiempo que nos invita a refrescar nuestra esperanza, a sacudirnos el escepticismo, a no vivir de espaldas a las promesas de Dios, a curarnos la ceguera a los signos de su venida. ¿Qué signos son esos? Estamos hablando, no lo olvidemos, de una “buena noticia”. Por lo tanto, se trata de signos de vida, de vida nueva. Y estos signos hay que buscarlos y encontrarlos en un mundo cargado de motivos de muerte, un mundo viejo y caduco, que se encamina por sí mismo a su propio final. Las expresiones apocalípticas de la carta de Pedro sobre la desintegración del mundo hay que entenderlas en este sentido: no es que Dios se disponga a destruir nada, sino que lo caduco de este mundo tiende a su propio fin. Pero de entre sus ruinas florece la esperanza de un cielo nuevo y una tierra, y a ellos mira la vida piadosa que debemos conducir: esperamos que el cielo venga a la tierra y la haga nueva por medio de la justicia, esperamos la visita de Dios, portador y fuente de toda justicia.

Pero nuestra esperanza no es la de los espectadores que, sentados, se limitan a contemplar y a esperar el “final feliz”, sino la de actores que preparan, anticipan y hacen posible esa venida. Nos lo recuerda de nuevo Pedro: “Esperad y apresurad la venida del Señor”. La obra de la justicia también es tarea nuestra: ir trabajando en este mundo viejo para hacerlo nuevo, allanar calzadas, alzar valles y abajar colinas, abrir caminos por lo que pueda transitar el Señor. Y esto hemos de hacerlo, en primer lugar, en nosotros mismos, pues también nosotros somos partícipes del mundo viejo llamado a hacerse nuevo. Tenemos que abrir en nosotros mismos espacios de justicia, y el primer paso, al que nos llama y en el que nos ayuda Juan el Bautista, el profeta del cumplimiento inminente, es el de reconocer nuestra propia injusticia, convertirnos, confesar nuestros pecados y purificarnos por dentro, es decir, hacer nuestra parte removiendo obstáculos, preparando el camino del que ha de hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21, 5), del que nos bautizará con Espíritu Santo.

Ante el viejo mundo, en el que no habita la justicia, la actitud correcta no es limitarse a denunciar (aunque también haya que hacerlo), ni sobre todo lamentarse, indignarse o amenazar; hay que ponerse manos a la obra, corregir, construir y renovar, empezando por uno mismo. De esta manera, no sólo aprendemos a descubrir los signos de la venida, del cumplimiento de las promesas, sino que nos vamos convirtiendo nosotros mismos en signos de esa esperanza que se cumple, nos vamos transformando en profetas, como Juan.

La dimensión profética es consustancial a la vocación cristiana. Significa vivir en la encrucijada entre el mundo viejo y el nuevo. Y ello conlleva con frecuencia vivir en el desierto: el lugar no transitado por las modas y los poderes. La soledad del desierto es el precio de la autenticidad, pero es también el comienzo del mundo nuevo, el lugar que atraviesa el camino por el que viene el Señor. Sí, decididamente, tenemos que aprender a vivir como profetas, como precursores, como Juan: vivir con sencillez y, aun sin descuidar nuestras necesidades básicas (comer, beber y vestirse, como Juan), no hacer de ellas ni la meta principal, ni el sentido de nuestra vida. Este último para nosotros consiste en ser signos, que indican la cercanía del Salvador, y preparan su venida. Y, sabiendo que se trata de una nueva realmente buena, no podemos ser profetas de desgracias, sino de consuelo: “Consolad, consolad a mi pueblo, -dice vuestro Dios-; hablad al corazón de Jerusalén”; que anuncian no amenazas, sino perdón: “está pagado su crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados”; que no subrayan tanto el final del mundo viejo, cuanto el principio del nuevo, reconciliado, reunido en torno al buen pastor que viene a congregarnos y que se ocupa de nosotros: “Como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne, toma en brazos los corderos y hace recostar a las madres”.


BUENA NOTICIA



A lo largo de este nuevo año litúrgico los cristianos iremos leyendo los domingos el evangelio de Marcos. Su pequeño escrito arranca con este título: «Comienza la Buena Noticia de Jesucristo, Hijo de Dios». Estas palabras nos permiten evocar algo de lo que encontraremos en su relato.
Con Jesús «comienza» algo nuevo. Es lo primero que quiere dejar claro Marcos. Todo lo anterior pertenece al pasado. Jesús es el comienzo de algo nuevo e inconfundible. En el relato, Jesús dirá que "el tiempo se ha cumplido". Con él llega la Buena Noticia de Dios.

Esto es lo que están experimentando los primeros cristianos. Quien se encuentra vitalmente con Jesús y penetra un poco en su misterio, sabe que empieza una vida nueva, algo que nunca había experimentado anteriormente. Lo que encuentran en Jesús es una «Buena Noticia». Algo nuevo y bueno. La palabra «Evangelio» que emplea Marcos es muy frecuente entre los primeros seguidores de Jesús y expresa lo que sienten al encontrarse con él. Una sensación de liberación, alegría, seguridad y desaparición de miedos. En Jesús se encuentran con "la salvación de Dios".
Cuando alguien descubre en Jesús al Dios amigo del ser humano, el Padre de todos los pueblos, el defensor de los últimos, la esperanza de los perdidos, sabe que no encontrará una noticia mejor. Cuando conoce el proyecto de Jesús de trabajar por un mundo más humano, digno y dichoso, sabe que no podrá dedicarse a nada más grande.


Esta Buena Noticia es Jesús mismo, el protagonista del relato que va a escribir Marcos. Por eso, su intención primera no es ofrecernos doctrina sobre Jesús ni aportarnos información biográfica sobre él, sino seducirnos para que nos abramos a la Buena Noticia que sólo podremos encontrar en él.
Marcos le atribuye a Jesús dos títulos: uno típicamente judío, el otro más universal. Sin embargo reserva a los lectores alguna sorpresa. Jesús es el «Mesías» al que los judíos esperaban como liberador de su pueblo. Pero un Mesías muy diferente del líder guerrero que muchos anhelaban para destruir a los romanos. En su relato, Jesús es descrito como enviado por Dios para humanizar la vida y encauzar la historia hacia su salvación. Es la primera sorpresa.

Jesús es «Hijo de Dios», pero no dotado del poder y la gloria que algunos hubieran imaginado. Un Hijo de Dios profundamente humano, tan humano que sólo Dios puede ser así. Sólo cuando termina su vida de servicio a todos, ejecutado en una cruz, un centurión romano confiesa: "Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios". Es la segunda sorpresa.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,1-8):

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: «Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos."»
Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.



Al encuentro de Dios.-



El pueblo elegido estaba desterrado y gemía a las orillas de los ríos de Babilonia, colgadas las cítaras en los sauces de la orilla, mudas las viejas y alegres canciones patrias. Años de exilio después de una terrible derrota e invasión que asoló la tierra, el venerado templo de la Ciudad Santa convertida en un montón de escombros y cenizas. El rey y los nobles fueron torturados y ejecutados en su mayoría, mientras que la gente sencilla era conducida, como animales en manadas, hacia nuevas tierras que labrar en provecho de los vencedores.

Pero Dios no se había olvidado de su pueblo, a pesar de aquel tremendo castigo infligido a sus maldades. En medio del doloroso destierro resonaría otra vez un canto de la consolación, con el que se vislumbra y promete un nuevo éxodo hacia la tierra prometida, un retorno gozoso en el que el Señor, más directamente aún que antes, se pondría al frente de su pueblo para guiarlo lo mismo que el buen pastor guía a su rebaño, para conducirlo seguro y alegre a la tierra soñada de la leche v la miel.

“Súbete a lo alto de un monte -dice el poema sagrado-, levanta la voz, heraldo de Sión, grita sin miedo a las ciudades de Judá que Dios se acerca”. Que preparen los caminos, que enderecen lo torcido, que allanen lo abrupto, que cada uno limpie su alma con un arrepentimiento sincero y una penitencia purificadora. Llega el gran Rey con ánimo de morar en nuestros corazones, de entablar nuevamente una amistad profunda con cada uno de nosotros. Por eso es preciso prepararse, despertar en el alma el dolor de amor herido por ofenderle, el ansia de reparar nuestras culpas y el deseo de hacer una buena confesión para recomenzar una vida limpia y alegre.
El Señor llega cargado de bienes, él mismo es ya el Bien supremo. Viene con el deseo de perdonar y de olvidar, de prodigar su generosidad divina para con nuestra pobreza humana. Viene con poder y gloria, con promesas y realidades que colmen la permanente insatisfacción de nuestra vida. Este pensamiento de la venida inminente de Jesús, niño inerme en brazos de Santa María, ha de llenarnos de ternura y gozo, ha de movernos a rectificar nuestros malos pasos y enderezarlos hacia Dios.


CONVERTÍOS.-

Cuando Juan Bautista comenzaba su predicación había en Israel un clima de gran tensión político-religiosa. El Pueblo elegido estaba bajo el yugo de Roma que ejercía su poder con la fuerza de sus legiones y la rapaz astucia de sus procuradores. Para colmo de males quienes gobernaban en la Galilea y en la región nordeste eran dos hijos de Herodes el Grande, Herodes Antipas y Herodes Filipo. Todos descendientes de los idumeos y pertenecientes, por tanto, a la gentilidad, a los malditos “goyím”, considerados impuros por los judíos. Esa situación era para Israel un insulto permanente. Esto, unido a las profecías sobre la venida ya inminente del Mesías, provocaba en los ánimos el anhelo y la esperanza.
La voz de Juan resuena en el desierto, lo mismo que resonó la voz de Moisés. El nuevo éxodo que anunciara Isaías comenzaba a realizarse. Pero en este nuevo tránsito por el desierto no será otro hombre quien los guíe: será el mismo Yahvé, el mismo Dios que se hace hombre en el seno de una Virgen, Jesucristo. Ante esa realidad próxima a cumplirse, el mensajero del nuevo Rey clama a voz en grito que se allanen los caminos del alma, que se preparen los espíritus para salir al encuentro de Cristo.

Su mensaje sigue válido en nuestros días. La Iglesia, al llegar el Adviento, lo actualiza con el mismo vigor y energía, con la misma urgencia y claridad: “Convertíos porque está cerca el Reino de los Cielos… Preparad el camino del Señor, allanad su sendero”. Sí, también hoy es preciso que cambiemos de conducta, también hoy es necesaria una profunda conversión: Arrepentirnos sinceramente de nuestras faltas y pecados, confesarnos humildemente ante el ministro del perdón de Dios, reparar el daño que hicimos y emprender una nueva vida de santidad y justicia.
El Bautista apoya con el testimonio de su vida el contenido de sus palabras. Su misma conducta austera y penitente es ya un clamor de urgencia que ha de resonar en nuestro interior de hombres aburguesados, medio derruidos por el confort y la molicie, acallados muchas veces por el respeto humano y por la cobardía de no querer complicarnos la vida: “Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?… Ya toca el hacha la base de los árboles, y el árbol que no da fruto será talado y arrojado al fuego”. Meditemos estas palabras, reflexionemos en la presencia de Dios, imploremos su ayuda para rectificar y prepararnos así a recibirle como él se merece.







Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio de San Marcos
José María Vegas, cmf