domingo, 8 de diciembre de 2013

‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo’ (Festividad de La Inmaculada Concepción de María)


Hoy, el Evangelio toca un acorde compuesto por tres notas. Tres notas no siempre bien afinadas en nuestra sociedad: la del hacer, la de la amistad y la de la coherencia de vida. Hoy día hacemos muchas cosas, pero, ¿tenemos un proyecto? Hoy, que navegamos en la sociedad de la comunicación, ¿tiene cabida en nuestros corazones la soledad? Hoy, en la era de la información, ¿nos permite ésta dar forma a nuestra personalidad?

Un proyecto. María, una mujer «desposada con un hombre llamado José, de la casa de David» (Lc 1,28). María tiene un proyecto. Evidentemente, de proporciones humanas. Sin embargo, Dios irrumpe en su vida para presentarle otro proyecto... de proporciones divinas. También hoy, quiere entrar en nuestra vida y dar proporciones divinas a nuestro quehacer humano.

Formarnos. Hoy día, que recibimos tantos estímulos con frecuencia contrapuestos, es necesario dar forma y unidad a nuestra vida. María, dice san Luis María Grignion, «es el molde vivo de Dios». Hay dos maneras de hacer una escultura, expone Grignion: una, más ardua, a base de golpes de cincel. La otra, sirviéndose de un molde. Ésta segunda es más sencilla. Pero el éxito está en que la materia sea maleable y que el molde dibuje con perfección la imagen. María es el molde perfecto. ¿Acudimos a Ella siendo nosotros materia maleable?



Una presencia. «No temas, María» (Lc 1,30). ¡No construyamos de cualquier manera! No fuera caso que la adicción al “hacer” escondiera un vacío. El matrimonio, la vida de servicio, la profesión no han de ser una huida hacia adelante. «Llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28). Presencia que acompaña y da sentido. Confianza en Dios, que —de rebote— nos lleva a la confianza con los otros. Amistad con Dios que renueva la amistad con los otros.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (1, 26-38).

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la estirpe de David; la virgen se llamaba María,
El ángel, entrando en su presencia, dijo:
-«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.»
Ella se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo e aquél.
El ángel le dijo:
-«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios, Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.»
Y María dijo al ángel:
-«¿Cómo será eso, pues no conozco a varón?»
El ángel le contestó:
-«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.
Ahí tienes a tu pariente Isabel, que, a pesar de su vejez, ha concebido un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios nada hay imposible.»
María contestó:

-«Aquí está la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra. » Y la dejó el ángel.

Palabra de Dios.



COMENTARIO.



No es gran cosa lo que los Evangelios nos dicen de María de Nazaret, pero sí lo suficiente para tenerla en gran valor y aprecio. Desde luego esta fiesta de María no tiene nada que ver con la sexualidad, ni con la virginidad, ni que fuera concebida sin pecado original. Los Evangelios nada dicen de esto, que esto fueron elucubraciones teológicas muy posteriores y sin fundamento científico (Faustino Vilabrille).


La fiesta de la Inmaculada Concepción nos recuerda uno de los dogmas que la Iglesia nos enseña sobre María, la Madre de Jesús. Este dogma fue definido por el Papa Pío IX, el 8 de Diciembre de 1854.

El verdadero valor de María va por otro camino. La ejemplaridad de María, que celebramos en esta fiesta, es motivo de piedad, devoción y, sobre todo, de conducta ética en una vida generosidad y amor.

El Magníficat (magnificat en latín) es un canto y una oración cristiana. Proviene del evangelio de Lucas Lucas 1:46-55 y reproduce las palabras que, según este evangelista, María, Madre de Jesús, dirige a Dios cuando visita a su prima Isabel, Lucas 1:13, madre de Juan el Bautista y esposa de Zacarías.

El nombre de la oración está tomado de la primera frase en latín, que reza Magnificat anima mea Dominum. Dentro de la Liturgia de las Horas, el Magnificat es el Canto Evangélico empleado en el rezo de las vísperas.

En aquel tiempo, María dijo: " Proclama mi alma la grandeza del Señor, y se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador; porque ha puesto sus ojos en la humildad de su esclava, y por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es Santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hizo proezas con su brazo: dispersó a los soberbios de corazón, derribó del trono a los poderosos y enalteció a los humildes, a los hambrientos los colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos. Auxilió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia-como lo había prometido a nuestros padres-en favor de Abraham y su descendencia por siempre. Lucas, 1, 46-55.

Sea cual sea el origen de este canto, lo que debemos de tener en cuenta es el sentimiento de alabanza a Dios, que transmite este canto en boca de María.

María en este canto, nos manifiesta su creencia en el Dios de la misericordia y no cree en un Dios terrible, amenazante y violento que recogía las antiguas escrituras. Por eso, según el Dios que da sentido a nuestra vida, así son los sentimientos que cada cual alimenta y contagia a los demás.



El problema preocupante, que plantea el Magnificat, está en que nuestro comportamiento en la vida no coincide con el proyecto de Dios. Dios nos plantea un cambio completo a las situaciones sociales. Pero somos nosotros, los que no estamos dispuestos a colaborar y llevar a cabo esos cambios, sino que hacemos todo lo contrario. Por eso lo soberbios, poderosos y ricos siguen en sus tronos, mientras que los humildes y hambrientos aumentan cada día.

Sea lo que sea de la historicidad de estos datos, lo que importa es la lección religiosa que plantea el evangelio de Lucas: cuando Jesús viene a este mundo, el sacerdocio enmudece y no tiene ya nada que decir, mientras que la mujer sencilla del pueblo sin importancia pronuncia el proyecto subversivo de la "misericordia" del Señor: "desbaratar los planes de los arrogantes, derribar del trono a los poderosos, encumbrar a los humildes, colmar de bienes a los hambrientos y despedir a los ricos con las manos vacías" (Lc 1, 50-53).


En este segundo domingo de Adviento, en el que vamos caminado hacia la venida y llegada del Mesías, María como verdadera Madre de la Iglesia, nos llama a descubrir nuevos rasgos de esa Iglesia maternal.

¿Cuáles podrían ser los rasgos de una Iglesia más mariana en nuestros días?.


Una Iglesia del "Magníficat ", que no se complace en los soberbios, potentados y ricos de este mundo, sino que busca pan y dignidad para los pobres y hambrientos de la tierra, sabiendo que Dios está de su parte.

Una Iglesia que fomenta la " ternura maternal " como María. Es decir, una Iglesia de brazos abiertos, que no rechaza a nadie, sino que acoge.












Fuentes:
Santos Evangelios
Rafael González
Ángel Corbalán