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domingo, 3 de febrero de 2019

«Ningún profeta es bien recibido en su patria» (Evangelio Dominical)






Hoy, en este domingo cuarto del tiempo ordinario, la liturgia continúa presentándonos a Jesús hablando en la sinagoga de Nazaret. Empalma con el Evangelio del domingo pasado, en el que Jesús leía en la sinagoga la profecía de Isaías: «El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos (...)» (Lc 4,18-19). Jesús, al acabar la lectura, afirma sin tapujos que esta profecía se cumple en Él.

El Evangelio comenta que los de Nazaret se extrañaban que de sus labios salieran aquellas palabras de gracia. El hecho de que Jesús fuese bien conocido por los nazarenos, ya que había sido su vecino durante la infancia y juventud, no facilitaba su predisposición para aceptar que era un profeta. Recordemos la frase de Natanael: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). Jesús les reprocha su incredulidad, recordando aquello: «Ningún profeta es bien recibido en su patria» (Lc 4,24). Y les pone el ejemplo de Elías y de Eliseo, que hicieron milagros para los forasteros, pero no para los conciudadanos.





Por lo demás, la reacción de los nazarenos fue violenta. Querían despeñarlo. ¡Cuántas veces pensamos que Dios tiene que realizar sus acciones salvadoras acoplándose a nuestros grandilocuentes criterios! Nos ofende que se valga de lo que nosotros consideramos poca cosa. Quisiéramos un Dios espectacular. Pero esto es propio del tentador, desde el pináculo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo» (Lc 4,9). Jesucristo se ha revelado como un Dios humilde: el Hijo del hombre «no ha venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). Imitémosle. No es necesario, para salvar a las almas, ser grande como san Javier. La humilde Teresa del Niño Jesús es su compañera, como patrona de las misiones.





Lectura del santo evangelio según san Lucas 
(4,21-30):



                    



En aquel tiempo, Jesús comenzó a decir en la sinagoga:

«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.

Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».

Pero Jesús les dijo:

«Sin duda me diréis aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:

«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor




COMENTARIO



                                    


El Evangelio de hoy nos trae esa frase tan conocida: “Nadie es profeta en su tierra”, la cual fue pronunciada en primera instancia por el mismo Jesucristo.  Y la dijo cuando en su pueblo, Nazaret, no quisieron creer lo que acababa de decirles:  que la profecía de Isaías sobre el Mesías se refería a El mismo.

Nos cuenta el Evangelio (Lc. 4, 21-30) que la gente “aprobaba y admiraba la sabiduría de las palabras” de Jesús.  Pero que alguno de ahí mismo se le ocurriera declararse el Mesías, ya eso era inaceptable.

¿Qué le sucedió a los nazaretanos contemporáneos de Jesús?  Lo mismo que nos sucede a nosotros.  Primeramente, por orgullo y envidia no podían aceptar que uno de su mismo círculo, conocido por todos, pudiera destacarse más que ellos.  ¡Mucho menos ser el Mesías!

                                       



Y comenzaron a comentar: “Pero... ¿no es éste el hijo de José?”    Jesús penetra sus pensamientos y les agrega: “Seguramente me dirán:  haz aquí en tu propia tierra todos esos prodigios que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm”.     Y de seguidas la sentencia: “Yo les aseguro que nadie es profeta en su tierra”.

Luego les demuestra con sucesos del Antiguo Testamento cómo Dios es libre de distribuir sus dones a quién quiere, cómo quiere y dónde quiere.  Les recuerda el caso de la viuda no israelita, a la cual fue enviada el gran Profeta Elías (cfr. 1 Reyes 17, 7).   “Había ciertamente muchas viudas en Israel en los tiempos de Elías ... sin embargo a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda que vivía en Sarepta, ciudad de Sidón”.

Pasó luego a recordarles otro hecho similar:  la curación del leproso Naamán, que era de Siria, en tiempos del Profeta Eliseo (cfr. 2 Reyes 5).

El Señor quiso demostrarles que la gracia divina no era sólo para los judíos, el pueblo escogido de Dios, sino para toda persona, raza, pueblo o nación que le quisiera recibir.  Para mostrar esto, Dios benefició en tiempo de los Profetas a gente que no pertenecía al pueblo de Israel.


                                                    


Pero los de su pueblo se enfurecieron tanto con Jesús, que Lo sacaron de la ciudad con la intención de lanzarlo por un barranco, cosa que no pudieron lograr.

Igual que a Jesús, también los que tienen la misión de anunciar la verdad han sufrido y sufrirán rigores similares.  El cristiano que vive y anuncia a Cristo es -como El- “signo de contradicción”.  Por eso el Papa nos ha dicho que nos toca remar contra la corriente:  si vamos a seguir y a anunciar a Cristo, hay que estar dispuestos a aceptar críticas y hasta persecuciones.

Sucedió lo mismo a los Profetas del Antiguo Testamento, entre éstos, a Jeremías quien, al reconocerse escogido por Dios, teme y trata de negarse a su vocación.  Es lo que nos trae la Primera Lectura (Jer. 1, 4-5; 17 y 19).

Pero Dios, que escogió a Jeremías desde siempre, no sólo lo anima, sino hasta lo amenaza, para que no deje de cumplir la misión que le ha asignado.  “Antes de formarte en el seno de tu madre, ya te conocí; antes de que tú nacieras, Yo te consagré y te destiné a ser profeta de las naciones ... Tú ahora renueva tu valor y ve a decirles lo que Yo te mandé.  No temas enfrentarlos, porque Yo también podría asustarte delante de ellos ... Ellos te declararán la guerra, pero no podrán vencerte, pues yo estoy contigo para ampararte”.

Cuando Dios escoge para una misión -no importa cuál sea- no da marcha atrás y proporciona toda la ayuda necesaria para cumplirla.  Como nos dice San Pablo en sus enseñanzas sobre los carismas y las diferentes funciones dentro de la Iglesia unos serán llamados para ser apóstoles, otros profetas, otros maestros, otros administradores, etc., etc.  Otros serán fieles en el pueblo de Dios.  (1 Cor. 12, 4-31)


                                                    



A los apóstoles, profetas y maestros, toca asumir los riesgos, seguros de que Dios los acompaña.  A los fieles, toca evitar consideraciones humanas llenas de orgullo, envidia o egoísmo, y actuar con humildad, sencillez y generosidad, tratando de seguir a los escogidos de Dios.

En la Segunda Lectura (1 Cor. 12,31 – 13,13), San Pablo continúa su enseñanza sobre el funcionamiento de la Iglesia y sobre los Carismas, como dones del Espíritu Santo.  Y habla de “un camino mejor” que los Carismas, que las limosnas y que las penitencias:  el gran don del Espíritu Santo que es el Amor.

Y por su explicación posterior nos damos cuenta que el “amor” a que está haciendo referencia el Apóstol no es el amor-caridad del léxico moderno que significa dar limosnas o ayuda, tampoco como el amor humano que puede existir entre esposos o entre padres e hijos.

San Pablo nos dice que de nada sirve ningún Carisma –ni la profecía, ni la penetración de los misterios, ni la revelación … ninguno- si no amamos.  De nada nos sirven las “caridades” o la caridad extrema (“aunque repartiera todos mis bienes”), si no amamos.  De nada nos sirve ninguna penitencia, ni la más atrevida (“aunque me dejara quemar vivo”), si no amamos.

Se refiere San Pablo al Amor-Caridad que viene de Dios mismo.  Ningún carisma, por muy elevado que fuera es más importante que el Amor.  Ninguna limosna, por más completa que fuera, es más importante que el Amor.  Ninguna penitencia o ejercicio ascético por más extrema que fuera, es más importante que el Amor.

Ahora bien … ¿en qué consiste este “Amor” de que nos habla San Pablo, que durará por siempre y que sobrevivirá a los carismas y a la Fe y la Esperanza?

Al comparar San Pablo el Amor con la Fe y con la Esperanza, podemos inferir que nos está hablando de las virtudes teologales:  Fe, Esperanza y Caridad.  Todos dones “infusos”, regalos que no merecemos y que recibimos directamente de Dios.  Ese “Amor”, entonces, es el mismo “Amor” de que nos habla San Juan (cfr. 1 Jn. 4, 7-16), el Amor que viene de Dios, el Amor-Caridad.


                                                 



Tenemos, por tanto, que ver la doble dimensión y la doble dirección del Amor:  amor a Dios y amor a los demás.  Y no podemos amar a Dios, ni a los demás, sino es Dios Quien ama en nosotros, pues Dios es la fuente del Amor, así como es la fuente de los carismas y la fuente de la Fe y la Esperanza.

El amor consiste, entonces, en que es Dios quien nos ama y a través de ese Amor, don de Dios, podemos amarle a El y amar a los demás.

Alerta San Pablo sobre la filantropía, ayuda o limosnas vacías de amor.  Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve.

Porque el Amor es tan importante, San Pablo ante el Amor, rebaja todos los carismas y los dones extraordinarios.

Luego pasa a hacer una descripción del amor: “es paciente, servicial y sin envida.  No quiere aparentar ni se hace el importante.  No actúa con bajeza ni busca su propio interés.  No se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona.  Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad.  El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta”.  Así es el Amor de Dios.  Así será nuestro amor, si amamos en Dios.




 También, según San Pablo, el amor es superior a la fe y la esperanza.    “El mayor de las tres es el amor”.  Pero, no hay amor auténtico sin fe ni esperanza.  Las tres virtudes subsisten ahora; en la eternidad sólo será el Amor, pues ya tendremos el objeto de nuestra fe y nuestra esperanza.

El amor, entonces, llegará a su plenitud “cuando veamos a Dios cara a cara.  Ahora conocemos en parte, pero entonces le conoceré a El como El me conoce a mí.  Ahora vemos como en un espejo y en forma confusa”.  Luego conoceremos a Dios tal cual es y viviremos plenamente su Amor.




















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Homilias.org
Evangeli.org




domingo, 27 de enero de 2019

«Para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Evangelio Dominical)




Hoy comenzamos a escuchar la voz de Jesús a través del evangelista que nos acompañará durante todo el tiempo ordinario propio del ciclo “C”: san Lucas. Que «conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido» (Lc 1,4), escribe Lucas a su amigo Teófilo. Si ésta es la finalidad del escrito, hemos de tomar conciencia de la importancia que tiene el hecho de meditar el Evangelio del Señor —palabra viva y, por tanto, siempre nueva— cada día.

Como Palabra de Dios, Jesús hoy nos es presentado como un Maestro, ya que «iba enseñando en sus sinagogas» (Lc 4,15). Comienza como cualquier otro predicador: leyendo un texto de la Escritura, que precisamente ahora se cumple... La palabra del profeta Isaías se está cumpliendo; más aun: toda la palabra, todo el contenido de las Escrituras, todo lo que habían anunciado los profetas se concreta y llega a su cumplimiento en Jesús. No es indiferente creer o no en Jesús, porque es el mismo “Espíritu del Señor” quien lo ha ungido y enviado.

                        



El mensaje que quiere transmitir Dios a la humanidad mediante su Palabra es una buena noticia para los desvalidos, un anuncio de libertad para los cautivos y los oprimidos, una promesa de salvación. Un mensaje que llena de esperanza a toda la humanidad. Nosotros, hijos de Dios en Cristo por el sacramento del bautismo, también hemos recibido esta unción y participamos en su misión: llevar este mensaje de esperanza por toda la humanidad.

Meditando el Evangelio que da solidez a nuestra fe, vemos que Jesús predicaba de manera distinta a los otros maestros: predicaba como quien tiene autoridad (cf. Lc 4,32). Esto es así porque principalmente predicaba con obras, con el ejemplo, dando testimonio, incluso entregando su propia vida. Igual hemos de hacer nosotros, no nos podemos quedar sólo en las palabras: hemos de concretar nuestro amor a Dios y a los hermanos con obras. Nos pueden ayudar las Obras de Misericordia —siete espirituales y siete corporales— que nos propone la Iglesia, que como una madre orienta nuestro camino.






Lectura del santo evangelio según san Lucas (1,1-4;4,14-21):


            



Ilustre Teófilo:

Puesto que muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han cumplido entre nosotros, como nos los transmitieron los que fueron desde el principio testigos oculares y servidores de la palabra, también yo he resuelto escribírtelos por su orden, después de investigarlo todo diligentemente desde el principio, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír».

Palabra de Dios




COMENTARIO


                   


Uno de los pasajes más impactantes de la Escritura es el que nos trae el Evangelio de hoy (Lc. 1, 1-4 y 4, 14-21).  Es impactante, pero pasa bastante inadvertido, muy probablemente por la discreción de Jesús.  Es aquel momento en que Jesús dice que es a Él a quien se refiere la profecía de Isaías que anuncia la misión del Mesías.

Nos dice el Evangelio que Jesús, habiendo ya realizado su primer milagro en Caná de Galilea, comenzó a enseñar en las Sinagogas.  Es importante notar que existía un solo Templo, el de Jerusalén, donde se celebraban las grandes fiestas judías y había ceremonias en que los Sacerdotes ofrecían sacrificios.  Pero cada pueblo tenía su propia Sinagoga, donde cada Sábado, se celebraba un oficio litúrgico en el que era fácil participar para leer y comentar la Palabra de Dios.

Así fue como Jesús comenzó a darse a conocer:  leyendo y enseñando en las Sinagogas sobre todo de Galilea.  Nos dice San Lucas que “todos lo alababan y su fama se extendió por toda la región”.

Jesús, entonces, decide ir a Nazaret, el pueblo donde había crecido y vivido.  Y ese Sábado -no por casualidad, sino seguramente porque Dios, así lo dispuso- le tocó “el volumen de Profeta Isaías y encontró el pasaje en que estaba escrito” lo que se refería a la misión del Mesías: “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para llevar a los pobres la buena nueva ...”

                          


Siempre que se leía este trozo, la gente pensaba en ese personaje misterioso tan esperado por todo el pueblo de Israel.  Pero ese día en que Jesús lee lo dicho sobre Él, se le ocurre rematar la lectura diciendo: “Hoy mismo se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.   Que es lo mismo que decir: “Ése de quien habla Isaías soy Yo”.

Imaginemos el asombro de los presentes. ¡Pero cómo es posible!  ¿No es éste Jesús, el hijo del carpintero?  Nazaret era una ciudad pequeña.  Todos lo conocían como un hombre cualquiera.  ¡Y ahora venía a decir que era el Mesías!  La discusión terminó con la sentencia tan conocida de que “nadie es profeta en su tierra”.  Y hasta trataron de empujar a Jesús por un barranco.  Pero Él se les desapareció sin que se dieran cuenta.

Hasta el momento de la aparición de Jesús como el Mesías, Dios había hablado a su pueblo por medio de los Profetas y también por medio de su Ley.

Por cierto, la primera lectura pública de la Ley fue hecha después del regreso del exilio en Babilonia.  Era un momento de celebración, que nos trae la Primera Lectura (Nehemías 8, 2-10).

Todo el pueblo se congregó para oír la lectura de la Ley de Dios.  Esa Asamblea convocada por Nehemías sirvió de modelo para lo que luego se haría en las Sinagogas.  Todos se emocionaron al punto de lágrimas, por estar reunidos de regreso a casa, por poder escuchar juntos la lectura de la Ley de Moisés y por sentirse interpelados por ella.  Fue un momento de gran solemnidad.

                                             


Sin embargo, el momento que nos narra el Evangelio, cuando Jesús en su Sinagoga de Nazaret anunció el cumplimiento de la Profecía de Isaías, era -en realidad- muchísimo más solemne e importante que la gran Asamblea de Nehemías.  Pero parece mucho menos solemne, porque Jesús todo lo hacía en la mayor discreción, además tal vez por la suavidad con que sucedió el hecho y por la modestia de las circunstancias que lo rodearon:  Jesús, un conocido de allí, sin la más mínima muestra de exaltación, lee la Profecía y declara que se estaba cumpliendo en Él.

Y es que había ya llegado el momento, “la plenitud de los tiempos”, en que Dios ya no hablaba por medio de los enviados, ni por medio de la Ley, sino que comenzó a hablar Él mismo.  Pero no le creyeron. “Vino a lo suyos y lo suyos no lo recibieron” (Jn. 1, 11).

Y nosotros... ¿creemos en Jesucristo?  ¿Y creemos en todo lo que nos ha dicho y dispuesto?  ¿Creemos que Él es el Mesías que vino a salvarnos?  ¿Aprovechamos la salvación que Él nos trajo?  ¿Deseamos hacer todo lo necesario para salvarnos?


La Segunda Lectura de San Pablo (1 Cor. 12, 12-30) nos describe el funcionamiento del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia, que la constituimos todos, no sólo los Sacerdotes y Obispos.  Y todos tenemos en ella una función, por poco importante que sea.  Es como la Asamblea de Nehemías:  hombres, mujeres y niños, gobernantes y sacerdotes, todo el pueblo.  En un cuerpo toda parte es importante, pero cada una tiene su función.  En la Iglesia todos somos necesarios.

Además, nos instruye San Pablo sobre la dependencia que los miembros de ese Cuerpo tienen entre sí.  También nos explica cómo cuando un miembro sufre, los demás también sufren.  Si uno está bien, todos reciben ese bienestar.  Si alguno está mal, todos sienten ese malestar.  De allí que nuestra responsabilidad con los demás miembros sea estar bien, estar bien espiritualmente, para que ese bienestar espiritual se comunique a los demás.  De otra manera, si estamos mal espiritualmente, ese malestar se comunica a los demás.

Recalca el Apóstol lo que nos decía en la lectura del Domingo anterior sobre las diversas funciones dentro de la Iglesia: apóstoles, profetas, maestros, los que hacen milagros, los que tienen en don de curar enfermos, los que administran, etc.

Con esto nos está describiendo los diferentes carismas, tanto ordinarios, como extraordinarios, todos necesarios para el buen funcionamiento el Cuerpo, de la Iglesia.

¿Cómo estar bien y cómo cumplir con nuestra función en la Iglesia y en el mundo?  Tenemos instrucciones precisas del Papa Juan Pablo II, quien al comienzo del Tercer Milenio nos entregó una Carta Apóstolica: “Novo Millennio Inuente” (Nuevo Milenio que comienza).

A continuación, las urgencias y prioridades que nos establecía el representante de Cristo en la tierra en este documento, las cuales siguen vigentes hoy:

“Orientar la pastoral cristiana hacia una experiencia de fe sólida, que haga florecer la santidad”: San Juan Pablo II deseaba que todos fuéramos santos.  La santidad es un llamado de Cristo para todos, desde el primero hasta el último en su Iglesia.  Y la santidad es un proceso paulatino que consiste en estar entregados en todo la Voluntad Divina.

                                      



“Una pedagogía eclesial que proponga ideales elevados y no se contente con una religiosidad mediocre”:  Nos pedía metas exigentes.  Nuestra vivencia como cristianos no puede ser “mediocre”, sino elevada.  Y ese ideal elevado no es otro que la misma santidad.  Y ese ideal de santidad nos lleva, no solamente a aceptar los planes de Dios para nuestra vida, porque no nos quede otro remedio, sino que nos lleva a vivir con gusto dentro de la Voluntad Divina.

“Ayudar a redescubrir la oración en toda la profundidad a la que la experiencia cristiana pueda llevarla”: El medio para vivir en santidad y para cumplir nuestra misión no es otro que la oración.  Y nos habla de una oración profunda, tan profunda como a cada cual le sea dada.  Y oración profunda no es solamente repetir oraciones vocales, necesarias sí, pero no suficientes.  El Papa nos está apuntando a la oración de contemplación, de silencio, de recogimiento interior.  Y quiere que “redescubramos” esa fuente maravillosa de gracias que es la oración profunda.

“Alentar la oración personal, pero sobre todo la comunitaria, comenzando por la litúrgica, ‘fuente y culmen’ de la vida eclesial”: La oración personal no basta.  Tiene que estar enraizada en la oración litúrgica, en la Eucaristía.  Y si hemos de orar diariamente, también la oración litúrgica debiera de ser diaria.
“Redescubrir el domingo, Pascua de la semana, haciendo que la Eucaristía sea su corazón”:  El domingo es el “día del Señor”.  El centro del domingo tiene que ser, entonces, la Eucaristía.  ¿Qué significa “redescubrir” el domingo?  Es volver a hacer de ese día el “día del Señor”.

“Proponer de nuevo con fuerza el Sacramento de la Reconciliación”:  La oración es el agua de la vida espiritual.  La Eucaristía es su alimento.  Y el Sacramento de la Reconciliación es la medicina necesaria para cuando la vida espiritual se enferma con el pecado.   De allí que nos pida insistir con fuerza en este Sacramento tan necesario para la salud personal de cada uno y para la salud de todo el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.

                                        



“Recordar el primado de la escucha de la Palabra de Dios, a lo que sigue, por su propia lógica el deber del anuncio”:  Para anunciar la Palabra de Dios, hay que escucharla y hacerla vida.  De allí que, al tenerla dentro de nosotros, la Palabra de Dios brota y se esparce.  No queda atrapada en nuestro interior, sino que quien la vive, la anuncia con su ejemplo y con su inevitable predicación.

“Destacar, por tanto, la actual importancia de la ‘nueva evangelización’”:  Todo ese programa anterior lleva, necesariamente, a la ‘nueva evangelización’.  Sin todo lo anterior la evangelización es tarea imposible, pues el actor principal de la evangelización no es el cristiano, sino Cristo mismo.  Y si Cristo no vive en cada uno de nosotros por medio de la Eucaristía y de la oración verdadera, no podrán verse los frutos de evangelización. 






















Fuentes:
Sagradas Escrituras
Evangeli.org
Homilias.org

domingo, 24 de enero de 2010

El Evangelio del Domingo

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 1-4; 14-21

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

--“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor".

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó.
Toda la sinagoga tenía los hijos fijos en él. Y él se puso a decirles:
-- Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.

Palabra del Señor


Comentario........

Jesús comienza su misión, su vida pública, con hechos (conversión de agua en vino en Caná de Galilea) y con palabras: las que escuchamos que leyó en la sinagoga de Nazaret. Jesús comienza a Predicar el Reino en Nazaret, su pueblo, y en toda Galilea; fuera de Judea, la tierra elegida según el pueblo de Israel.

Creo que hoy podemos reflexionar, por eso, sobre la importancia de la PALABRA: de la Palabra de Dios en la vida de los cristianos (Dios se ha puesto en comunicación con nosotros por medio de su Palabra) y de la palabra de las personas, como medio de comunicación y de comunión. En nuestra vivencia del cristianismo hemos dado mucha importancia a las obras; es cierto que obras son amores..., pero tenemos que descubrir la importancia de la Palabra: Dios se comunica con nosotros por la Palabra, por la transmisión de la palabra (la predicación y la catequesis) hemos conocido las cosas de Dios, por la palabra se crean grandes ofensas o se solucionan conflictos que parecía que no tenían solución...

La Palabra de Dios siempre era escuchada por el pueblo con gran atención, como vemos en la primera lectura. Escuchamos como el pueblo de Israel se reunía para escuchar la Palabra de Dios, que contenía su ley. De esta tradición nos viene, probablemente el escuchar la palabra de Dios en nuestras celebraciones. Decimos en el salmo responsorial: "Tus palabras, Señor, son espíritu y vida". En el Evangelio escuchamos como, según tradición del pueblo judío en la sinagoga, Jesús leyó un pasaje del profeta Isaías: "El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido para llevar Buena Noticia a los pobres, para anunciar la libertad a los cautivos, y a los ciegos la vista, para liberar a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor".

Realmente la Palabra de Dios es importante en la vida de los creyentes, es el medio de comunicación que Dios tiene con nosotros, la mejor comunicación es su propio Hijo Jesucristo, que es la Palabra. En su Palabra, en el Evangelio y en Jesucristo, podemos encontrar la verdadera vida, las claves de nuestra felicidad, los valores que nos hagan más humanos. ¿La Palabra de Dios es de verdad algo significativo para nuestra vida?, ¿Leemos la Palabra de Dios, leemos los evangelios? La palabra es algo vital para el cristiano: "cuando encontraba palabras tuyas las devoraba".

A continuación, Jesús, hizo una de las homilías más breves de la historia: "Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír". Con él comienza el año de gracia del Señor; con él comienza a anunciarse el Reino de Dios, él es el Reino; con él llega la Buena Noticia a los pobres, la libertad a los cautivos, la vista a los ciegos, la liberación a los oprimidos.

En la persona de Jesucristo se inicia el Reino de Dios; es decir, un mundo mejor en donde es posible la fraternidad, la solidaridad, la justicia... y la liberación de todos los males que afligen a la humanidad; con su persona, sus obras y sus palabras se inicia este tiempo de la construcción del Reino de Dios, tiempo en el que se nos invita a todos los que seguimos a Jesús a formar parte de este Reino, para lo que nos tendremos que convertir a los valores del mismo.

En nuestra vida humana, también la palabra tiene una especial fuerza para construir o destruir, para comunicar o para aislar. Hoy como siempre, es preciso continuar siendo hombres y mujeres de palabra. Con esta expresión quiero decir que hay que ser coherentes; es decir, que no haya distancia entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos. La palabra es importante, pero nunca se concibe a la palabra separada de la vida, de las obras. La Palabra de Jesucristo tenía una especial fuerza porque siempre hacía lo que decía. Quiero decir, también, que hay que ser sinceros, transparentes. En una persona de palabra, no tienen sentido las dobleces, la hipocresía, la adulación... es decir, todo aquello que nos distancia malsanamente de lo que sentimos o de lo que hacemos. Quiero decir también que hay que tener una palabra evangélica, que no se olvide del mensaje del evangelio ni de Dios. Si la palabra es importantísima en la comunicación entre las personas, lo que se dice también es importante; también lo que se silencia. Una de las cosas que más se callan en las conversaciones son los temas en los que tenemos que hacer referencia a la importancia de Dios en nuestras vidas, como si nos avergonzáramos de ser cristianos.

¡Qué escuchemos la Buena Noticia que el Señor nos trae en su Palabra; que sepamos llevarla a los hermanos; que seamos hombres de palabra!

Pedro Crespo Arias

jueves, 21 de enero de 2010

ORACIÓN COMUNITARIA SAN GARCIA ABAD. Viernes 22 de Enero.....


ALABANZAS AL SANTÍSIMO

INVOCACIÓN AL ESPIRITU SANTO

INTRODUCCIÓN
Cuando Jesús de Nazaret en la sinagoga de su pueblo afirma que hoy se cumple la Palabra de Dios y que según el relato de Isaías viene a liberar a los cautivos, realmente comienza su vida pública, porque con las palabras del profeta define su misión. Hoy también se cumple en nosotros la Palabra de Dios porque asistimos a su grandeza y misterio sin, casi, darnos cuenta de lo que hace por nosotros. Y desde nuestro convencimiento de que somos Hijos de Dios –como Jesucristo nos dice—hemos de iniciar nuestra misión de ayudar a los hermanos –a todos—y, sobre todo, a los más pobres y necesitados.
ORACIÓN-MEDITACIÓN
Acoge su presencia; sobre su amor se construye tu vida.
Responde con una actitud de agradecimiento y alabanza al Dios que se te regala gratuitamente sin haber hecho tú nada por conseguirlo.
Únete a María para alabar al Señor: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque el Poderoso hace grandes obras por mí” (Magnificat de María).
Señor, que seas tú quien viva en mí.
Señor, que seas tú quien ore en mí
Ando buscando un amor que unifique mi vida, pero experimento muchas cosas que me turban y perturban.
Estoy ante ti, Señor, situado ante tu misterio, ordena tú en mí el amor, hazme habitar en tu casa. Tú eres diferente: no eres ni mi idea, ni mi amor, ni mi proyecto. Me pongo en tus manos.
Mi imaginación y pensamiento racional siguen su curso y me conducen,
me traen, me llevan, por caminos que no logro dirigir conforme a mi deseo.

En medio de la crisis vengo a descubrir algo sorprendente: lo que yo soy incapaz de hacer, lo puedes hacer Tú; Tú puedes desvelarme desde la hondura lo que yo soy. En ti me encuentro, soy lo que tú me amas. Tú haces nacer en mí otro gozo, otro amor, otra tarea.
Somos testigos de un amor que libera y genera esperanza

MONICIÓN AL EVANGELIO
El evangelio de Lucas recoge la confirmación de Jesús –con palabras de Isaías—que él es nuestro libertador. Narra Lucas con precisión cinematográfica la escena de la sinagoga de Nazaret. Es el principio de la vida pública de Jesús
Él es la Palabra de Dios encarnada. Escuchemos con mucha atención.

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 1, 1-4; 14-21

En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea, con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan. Fue Jesús a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el Libro del Profeta Isaías y desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:

--“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos. Para dar libertad a los oprimidos; para anunciar el año de gracia del Señor".

Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba, y se sentó.
Toda la sinagoga tenía los hijos fijos en él. Y él se puso a decirles:
-- Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír.

Palabra del Señor

PRECES
Al caer la tarde tu Hijo nos ofreció su cuerpo como alimento de vida eterna,
- acepta nuestra oración vespertina y haz que no falten en tu Iglesia vocaciones religiosas al servicio de los más necesitados.

Padre de bondad, que aceptaste la ofrenda de tu Hijo,
- suscita en nuestras parroquias jóvenes dispuestos a dar su vida por ti en servicio a sus hermanos.

Te pedimos Señor por las familias cristianas,
- para que sean “Iglesia doméstica” donde puedan nacer futuras vocaciones para la Iglesia universal.

Te pedimos Señor por los Seminarios y Noviciados
- que los jóvenes que allí se preparan vivan su formación con gozo y generosidad.

Al llegar a su término esta jornada, haz que no decline en la Iglesia la esperanza de tu Reino,
- enriquécela con numerosas vocaciones a la vida consagrada.

Dios misericordioso, que hiciste de María un modelo de entrega a los hermanos,
- haz que los jóvenes vean en ella un modelo a imitar.

Oh Cristo, que con tu sacrificio redentor purificas y elevas el amor humano,
- haz que los hogares cristianos sean cantera de vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

Altísimo Señor, baja a escucharnos con la bondad que te distingue,
- Para que todos los sacerdotes y en especial nuestro párroco el padre Andrés y el padre Ángel sientan cercana en todo instante la especial protección de María Santísima particularmente en los instantes de sus desconsuelos y soledades en el ejercicio de sus misiones.


A Ti, Señor, nuestro libertador te rogamos por la Iglesia, el Papa y los Obispos,
-Para que siempre su enseñanza se base en la libertad del hombre, en la solidaridad hacia los más débiles y en el amor que Tú proclamas.

Señor, tu que puedes calmar las penas y el sufrimiento, bendice con el calor de tu mano y abraza a los sufridos haitianos.
- Para que llegue hasta estos hermanos nuestros una inmensa solidaridad.

ORACIÓN FINAL: Manos Unidas

Que seamos, Señor, manos unidas
en oración y en el don.
Unidas a tus Manos en las del Padre,
unidas a las alas fecundas del Espíritu,
unidas a las manos de los pobres.

Manos del Evangelio,
sembradoras de Vida,
lámparas de Esperanza,
vuelos de Paz.


Unidas a tus Manos solidarias,
partiendo el Pan de todos.
Unidas a tus Manos traspasadas
en las cruces del mundo.

Unidas a tus Manos ya gloriosas de Pascua.
Manos abiertas, sin fronteras,
hasta donde haya manos.

Capaces de estrechar el Mundo entero,
fieles al Tercer Mundo,
siendo fieles al Reino.

Tensas en la pasión por la Justicia,
tiernas en el Amor.

Manos que dan lo que reciben,
en la gratuidad multiplicada,
siempre más manos,
siempre más unidas.



AVE MARÍA Y GLORIA