viernes, 1 de enero de 2010

Feliz año Nuevo!...... Año Santo Compostelano !!!!




«Tiempo especial de gracia y de perdón», el Año Santo Compostelano 2010 es oportunidad para que los creyentes reflexionen sobre su vocación a la santidad; «pero también los que no tienen fe, o tal vez la han dejado marchitar, tendrán una ocasión singular para recibir el don de “Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida”», dice Benedicto XVI.

Mensaje del Papa con motivo del Año Santo Compostelano


A Mons. Julián Barrio
Arzobispo de Santiago de Compostela
1. Con ocasión de la apertura de la Puerta Santa, que da comienzo al Jubileo Compostelano de 2010, hago llegar un cordial saludo a Vuestra Excelencia y a los participantes en esa significativa ceremonia, así como a los pastores y fieles de esa Iglesia particular, que por su vinculación inmemorial con el Apóstol Santiago hunde sus raíces en el Evangelio de Cristo, ofreciendo este tesoro espiritual a sus hijos y a los peregrinos de Galicia, de otras partes de España, de Europa y de los más lejanos rincones del mundo.
Con este acto solemne se abre un tiempo especial de gracia y de perdón, de la “gran perdonanza”, como dice la tradición. Una oportunidad particular para que los creyentes recapaciten sobre su genuina vocación a la santidad de vida, se impregnen de la Palabra de Dios, que ilumina e interpela, reconozcan a Cristo, que sale a su encuentro, les acompaña en las vicisitudes de su caminar por el mundo y se entrega a ellos personalmente, sobre todo en la Eucaristía. Pero también los que no tienen fe, o tal vez la han dejado marchitar, tendrán una ocasión singular para recibir el donde “Aquel que ilumina a todos los hombres para que puedan tener finalmente vida” (Lumen gentium, 16).
2. Santiago de Compostela se distingue desde tiempos remotos por ser meta eminente de peregrinos, cuyos pasos han marcado un Camino que lleva el nombre del Apóstol, hasta cuyo sepulcro acuden gentes especialmente de las más diversas regiones de Europa para renovar y fortalecer su fe. Un Camino sembrado de tantas muestras de fervor, penitencia, hospitalidad, arte y cultura, que nos habla elocuentemente de las raíces espirituales del Viejo Continente.


El lema de este nuevo Año Jubilar Compostelano, “Peregrinando hacia la luz”, así como la carta pastoral para esta ocasión, “Peregrinos de la fe y testigos de Cristo resucitado”, siguen fielmente esta tradición y la reproponen como una llamada evangelizadora a los hombres y mujeres de hoy, recordando el carácter esencialmente peregrino de la Iglesia y del ser cristiano en este mundo (cf. Lumen gentium, 6.48-50). En el Camino se contemplan nuevos horizontes que hacen recapacitar sobre las angosturas de la propia existencia y la inmensidad que el ser humano tiene dentro y fuera de sí, preparándole para ir en busca de lo que realmente su corazón anhela. Abierto a la sorpresa y la trascendencia, el peregrino se deja instruir por la Palabra de Dios, y de este modo va decantando su fe de adherencias y miedo infundados. Así hizo el Señor resucitado con los discípulos que, aturdidos y desalentados, iban de camino hacia Emaús. Cuando a la palabra se añadió el gesto de partir el pan, a los discípulos “se les abrieron los ojos” (cf. Lc 24, 31) y reconocieron al que creían sumido en la muerte. Entonces se encuentran personalmente con Cristo, que vive para siempre y forma parte de sus vidas. En ese momento, su primer y más ardiente deseo es anunciar y atestiguar lo ocurrido ante los demás (cf. Lc 24, 35)

Pido fervientemente al Señor que acompañe a los peregrinos, que se dé a conocer y entre en sus corazones, “para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). Ésta es la verdadera meta, la gracia, que el mero recorrido material del Camino no puede alcanzar por sí solo, y que lleva al peregrino a convertirse en testigo ante los demás de que Cristo vive y es nuestra esperanza imperecedera de salvación. En esa Archidiócesis, junto a otras muchas organizaciones eclesiales, se han puesto en marcha múltiples iniciativas pastorales para ayudar a lograr este fin esencial de la peregrinación a Santiago de Compostela, de carácter espiritual, aunque en ciertos casos se tienda a ignorarlo o desvirtuarlo.
3. En este Año Santo, en sintonía con el Año Sacerdotal, un papel decisivo corresponde a los presbíteros, cuyo espíritu de acogida y entrega a los fieles y peregrinos ha de ser particularmente generoso. Peregrinos también ellos, están llamados a servir a sus hermanos ofreciéndoles la vida de Dios, como hombres de la Palabra divina y de lo sagrado (cf. Al retiro sacerdotal internacional en Ars, 28 septiembre 2009). Aliento, pues, a los sacerdotes de esa Archidiócesis, así como a los que se sumen a ellos durante este Jubileo y a los de las diócesis por donde pasa el Camino, a prodigarse en la administración de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, pues lo más buscado, lo más preciado y característico del Año Santo es el Perdón y el encuentro con Cristo vivo.
4.En esta circunstancia, expreso mi especial cercanía a los peregrinos que llegan y seguirán llegando a Santiago. Les invito a que hagan acopio de las sugestivas experiencias de fe, caridad y fraternidad que encuentren en su andadura, a que vivan el Camino sobre todo interiormente, dejándose interpelar por la llamada que el Señor hace a cada uno de ellos. Así podrán decir con gozo y firmeza en el Pórtico de la Gloria: “Creo”. Les ruego también que en su oración cadenciosa no olviden a los que no pudieron acompañarles, a sus familias y amigos, a los enfermos y necesitados, a los emigrantes, a los frágiles y al Pueblo de Dios con sus Pastores.


5. Agradezco cordialmente a la Archidiócesis de Santiago, así como a las Autoridades y otros colaboradores, sus esfuerzos en la preparación de este Jubileo Compostelano, como también a los voluntarios y a cuantos están dispuestos a contribuir a su buen desarrollo. Confío los frutos espirituales y pastorales de este Año Santo a nuestra Madre del cielo, la Virgen Peregrina, y al Apóstol Santiago, el “amigo del Señor”, a la vez que imparto a todos con afecto la Bendición Apóstolica.
Vaticano, 19 de diciembre de 2009
Benedicto XVI


Apertura de la Puerta Santa y Homilia del Arzobispo de Santiago.

La apertura de la Puerta Santa, que se llevó a cabo en la tarde de ayer, ha marcado el comienzo del Año Santo Compostelano en el que los peregrinos que se dirijan a Santiago podrán entrar en la Catedral por este acceso. El arzobispo de la ciudad, Julian Barrio, fue el encargado de golpear tres veces con un mazo de plata el muro de piedra colocado para la ocasión. Hace cuatro años que se cerró esta puerta por la que se espera que pasarán miles de peregrinos durante todo este año. En el momento de la apertura de la puerta, las 1.000 campanas de la ciudad repicaron a la vez para celebrar uno de los acontecimientos más importantes en la vida de Santiago, y es que el Xacobeo se ha convertido en una cita obligada para muchos.

A continuación y con motivo de la inauguración del Año Santo Compostelano, facilitamos el texto íntegro de la homilía de Mons. Julián Barrio en la apertura de la puerta santa de la catedral de Santiago de Compostela........

“Vendrán de todos los pueblos, proclamando las alabanzas del Señor” (Ps 86,9). Junto a la tumba del Apóstol Santiago esta tarde confesamos nuestra fe en Jesucristo, sabiendo que la misión encomendada y la llamada a beber el cáliz del Señor están inseparablemente unidas, como lo vivió el Apóstol. “No tenemos poder alguno contra la verdad, sólo a favor de la verdad” (2Cor 13,8), para ser así servidores de la fe.

Saludo con afecto al Sr. Delegado Regio, al Señor Alcalde, a las autoridades y representaciones. Saludo también en la caridad pastoral al Sr. Nuncio de Su Santidad, a los Sres. Obispos, a los miembros del Cabildo, a los sacerdotes, miembros de vida consagrada, seminaristas y laicos. Saludo a los peregrinos y a cuantos, a través de la radio y de la televisión, se unen a nosotros para participar en este acontecimiento de trascendente significado espiritual e histórico. Aquí, en el año 1122, se celebró el primer Año Santo de la historia eclesial. Nuestra Diócesis es consciente de este don que la providencia de Dios le ha confiado.

Encuentro con Cristo

Acabamos de abrir la Puerta Santa y entrar por ella con profundo gozo espiritual, comenzando así el Año Santo, Año de gracia del Señor, que nos llama a revitalizar nuestra vida cristiana, suscitando una fuerza de salvación para la nueva humanidad que espera verse liberada de la esclavitud del pecado “para alcanzar la libertad y la gloria de los hijos de Dios” (Rom 8,21). También hoy el Señor nos dice: “El Espíritu está sobre mí porque me ha ungido para proclamar un año de gracia del Señor”.

En nuestra condición de hijos de la Iglesia peregrinante vamos al encuentro con Cristo, el hombre nuevo, en el que irradia la verdadera luz para el misterio del ser humano. En Él, el hombre nuevo, encuentra su verdadera luz el misterio del ser humano. Sólo Él, presente en nuestras alegrías y temores, dudas y esperanzas, tiene palabras de vida eterna y es la verdadera Puerta, simbolizada en ésta por la que hemos pasado. Es Él quien entra por ella con la bondad y misericordia divinas para llevarnos a Dios Padre que nos ha mostrado su amor cuando todavía éramos pecadores.

Esta benevolencia de Dios nos pide vivir nuestra condición de peregrinos con la paciencia de la esperanza y con la fortaleza de la gracia en la que hemos sido salvados (Rom 8,24), iluminando con la verdad del Evangelio la visión de un mundo reconciliado y renovado en Jesucristo, nuestro Salvador. Peregrinos hacia la luz, hemos de valorar nuestra vida interior, yunque en que Dios labra la identidad cristiana y la autenticidad. “El drama de la cultura actual es la falta de interioridad, la ausencia de contemplación. Sin interioridad la cultura carece de entrañas y el hombre moderno pone en peligro su misma integridad”. Frente a la cultura del gran vacío que despersonaliza, se nos llama a afirmar la presencia de Dios que siempre humaniza y a reconocer a Cristo, quien peregrina a nuestro lado como lo hizo con los discípulos de Emaús.


JUAN PABLO II, Alocución en Cuatro Vientos a los jóvenes, 3 de mayo de 2003

Con el Apóstol contemplamos el rostro misericordioso de Cristo que resucita a la hija de Jairo, el rostro transfigurado que nos revela la gloria del Padre, el rostro doliente en el huerto de los Olivos que se hace rostro de pecado para devolver al hombre su condición nueva y el rostro del Resucitado quien en medio de la lucha ciertamente dramática entre el bien y el mal, entre la luz y la tinieblas, entre la vida y la muerte, fortalece nuestra esperanza por el poder y la gracia de Dios “que da vida a los muertos y llama a la existencia a lo que no existe” (Rom 4,17).
Testigos de la novedad de vida de Cristo

Cristo es la novedad de la Iglesia, es nuestra novedad que nos compromete a mirar el rostro de las personas no para considerarlas como material de descarte, sino para hacer propio el drama de muchas de ellas, sabiendo que con Dios podemos construir una sociedad para todos y que sin Dios todo se convierte en objeto de compraventa. En este Santuario del Apóstol nos espera la misericordia de Dios que ha venido a buscar a todos, a los justos y a los pecadores. Es el misterio permanente de la historia humana que, hasta el día de la plena revelación de la gloria de los hijos de Dios, seguirá perturbada por el pecado. “La Iglesia, persiguiendo la finalidad salvífica que es propia de ella, no sólo comunica al hombre la participación en la vida divina, sino que también difunde, de alguna manera, sobre el mundo entero la luz que irradia esta vida divina, principalmente sanando y elevando la dignidad de la persona humana, afianzando la cohesión de la sociedad y procurando a la actividad cotidiana del hombre un sentido más profundo, al impregnarla de una significación más elevada. Así la Iglesia, por cada uno de sus miembros y por toda su comunidad, cree poder contribuir ampliamente a humanizar cada vez más la familia humana y toda su historia” (GS 40).


Fortalecer la esperanza

Amados hermanos y hermanas, volvamos nuestra mirada a Dios. El Año santo nos invita a despertar nuestra religiosidad para reconocer los dones de Dios y desplegar el gozo de ser semillas de una nueva creación, siendo signo de esperanza en la sociedad actual y respondiendo a nuestra vocación de eternidad y a la llamada irrenunciable a la santidad para no frustrar la gracia de la salvación en nuestras vidas.

Es urgente iluminar con la luz de la fe las cuestiones que conciernen al presente y al futuro de la sociedad, mantenerse vigilantes frente a los ídolos que nos llevan al desaliento y a la muerte, manifestar un amor activo y concreto con cada ser humano, y fortalecer la esperanza cristiana que en el día a día ayuda a superar la preocupación angustiosa por el presente, y el escepticismo que nos dificulta el ejercicio de la caridad. En medio del proceso de descristianización, el Año Santo no es una huida espiritualista ni un discurso religioso vacío sino un compromiso para acoger la gracia de Dios, construir la civilización del amor y discernir cristianamente la realidad cuando se han visto radicalmente sacudidas las certezas fundamentales que conforman la vida de los seres humanos. El Año Santo Compostelano es faro de luz y fuente de gracia para el hombre actual sumergido en una profunda crisis moral, cultural y social.

Exhortación final

Os animo a cultivar los lazos personales y sociales, revalorizando la amistad y la solidaridad, la justicia y la misericordia; la audacia y la creatividad. Las nuevas realidades exigen nuevas respuestas con un espíritu abierto y discernimiento constructivo, sin dar la espalda a los desafíos del tiempo presente. Os invito a ser testigos de la alegría y de la gratuidad en medio de la tiranía del utilitarismo, y de la amargura, reconociendo en el día a día los dones de Dios en actitud de adoración y de gratitud.

Pido al Señor que se logran los frutos de evangelización y paz espiritual que buscan los peregrinos, desde su pluralidad de vivencias existenciales y creyentes. Estén en cada uno de nosotros los sentimientos y el espíritu de María para glorificar al Señor. El “os bendiga, y os proteja, haga brillar sobre vosotros su rostro y os conceda su favor; el Señor se fije en vosotros y os conceda la paz”. Muchas gracias al Santo Padre por su mensaje y por sus benevolentes atenciones con esta Iglesia de Santiago de Compostela. Agradezco la colaboración de todas las instituciones y personas en orden a una fructuosa celebración del Año Santo y a una cariñosa acogida del peregrino en sintonía con la preocupación pastoral de la peregrinación.

El peregrino que viene nos recuerda nuestra condición de peregrinos en la tierra y ha de ser acogido y tratado con amor en nombre de Dios que lo ama. Acabamos de escuchar en el Evangelio que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por cuanto habían visto y oído. Dios quiera que sintiéndonos peregrinos por gracia vivamos esta misma experiencia. Que Santiago de Compostela sea “una ciudad de innumerables referencias para innumerables pueblos”, la capital espiritual de la unidad europea.

Así lo espero de la ayuda del Señor Santiago y de la protección de la Virgen Peregrina, Puerta del Cielo. Bajo su amparo ponemos todos los acontecimientos de este Año Santo. Que Ella nos acompañe y guíe nuestros pasos para que este año sea un tiempo de viva espiritualidad y de renovación social. Amén.


(Foto: Virgen Peregrina)
+Julián Barrio Barrio, Arzobispo de Santiago de Compostela .