viernes, 18 de febrero de 2011

Amad a vuestros enemigos !!! (Evangelio dominical)


«Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?»

No es la manifestación sensible de los sentimientos el mejor criterio para verificar el amor cristiano, sino el comportamiento solícito por el bien del otro. Por lo general, un servicio humilde al necesitado encierra, casi siempre, más amor que muchas palabras efusivas.

Pero se ha insistido a veces de tal manera en el esfuerzo de la voluntad que hemos llegado a privar a la caridad de su contenido afectivo.

Y, sin embargo, el amor cristiano que nace de lo profundo de la persona inspira y orienta también los sentimientos, y se traduce en afecto cordial.

Amar al prójimo exige hacerle bien, pero significa también aceptarlo, respetarlo, descubrir lo que hay en él de amable, hacerle sentir nuestra acogida y amor.

La caridad cristiana induce a la persona a adoptar una actitud cordial de simpatía, solicitud y afecto, superando posturas de antipatía, indiferencia o rechazo.

Naturalmente, nuestro modo personal de amar viene condicionado por la sensibilidad, la riqueza afectiva o la capacidad de comunicación de cada uno. Pero el amor cristiano promueve la cordialidad, el afecto sincero y la amistad entre las personas.

Esta cordialidad no es mera cortesía exterior exigida por la buena educación ni simpatía espontánea que nace al contacto con las personas agradables, sino la actitud sincera y purificada de quien se deja vivificar por el amor cristiano.

Tal vez no subrayamos hoy suficientemente la importancia que tiene el cultivo de esta cordialidad en el seno de la familia, en el ámbito del trabajo y en todas nuestras relaciones.
La cordialidad ayuda a las personas a sentirse mejor, suaviza las tensiones y conflictos, acerca posturas, fortalece la amistad, hace crecer la fraternidad.

La cordialidad ayuda a liberarse de sentimientos de egoísmo y rechazo, pues se opone directamente a nuestra tendencia a dominar, manipular o hacer sufrir al prójimo. Quienes saben acoger y comunicar afecto de manera sana y generosa crean en su entorno un mundo más humano y habitable.

Jesús insiste en desplegar esta cordialidad, no sólo ante el amigo o la persona agradable, sino incluso ante quien nos rechaza. Recordemos unas palabras suyas que nos revelan su estilo de ser: «Si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?»


Amad a vuestros enemigos


La llamada al amor siempre es seductora. Seguramente muchos acogían con agrado su mensaje. Pero lo que menos se podían esperar era oírle hablar de amor a los enemigos. Viviendo la cruel experiencia de la opresión romana y los abusos de los más poderosos, sus palabras eran un auténtico escándalo. Solo un loco podía decirles con aquella convicción algo tan absurdo: «Amad a vuestros enemigos, orad por los que os persiguen, perdonad setenta veces siete, a quien os hiere en una mejilla, ofrecedle también la otra».

¿Qué está diciendo Jesús? ¿A dónde los quiere conducir? ¿Es esto lo que Dios quiere? ¿Vivir sometidos con resignación a los opresores?

El pueblo judío tenía ideas muy claras. El Dios de Israel es un Dios que conduce la historia imponiendo su justicia de manera violenta. El libro del Éxodo recordaba la terrible experiencia de la que había nacido el pueblo de Dios. El Señor escuchó los gritos de los hebreos e intervino de forma poderosa destruyendo a los enemigos de Israel y vengándolos de una opresión injusta. Si lo adoraban como Dios verdadero era precisamente porque su violencia era más poderosa que la de otros dioses. El pueblo lo pudo comprobar una y otra vez. Dios los protegía destruyendo a sus enemigos. Solo con la ayuda violenta de Dios pudieron entrar en la tierra prometida.

La crisis llegó cuando el pueblo se vio sometido de nuevo a enemigos más poderosos que ellos. ¿Qué podían pensar al ver al pueblo elegido desterrado a Babilonia? ¿Qué podían hacer? ¿Abandonar a Yahvé y adorar a los dioses de Asiría y Babilonia? ¿Entender de otra manera a su Dios? Pronto encontraron la solución: Dios no ha cambiado; son ellos los que se han alejado de él desobedeciendo sus mandatos.

Ahora Yahvé dirige su violencia justiciera sobre su pueblo desobediente, convertido de alguna manera en su «enemigo». Dios sigue siendo grande, pues se sirve de los imperios extranjeros para castigar al pueblo por su pecado.

Pasaron los años y el pueblo empezó a pensar que su castigo era excesivo. El pecado había sido ya expiado con creces. Las esperanzas que se despertaron en el pueblo al volver del destierro habían quedado frustradas. La nueva invasión de Alejandro Magno y la opresión bajo el Imperio de Roma eran una injusticia cruel e inmerecida. Algunos visionarios comenzaron entonces a hablar de una «violencia apocalíptica». Dios intervendría de nuevo de manera poderosa y violenta para liberar a su pueblo destruyendo a quienes oprimían a Israel y castigando a cuantos rechazaban su Alianza. En tiempos de Jesús, nadie dudaba de la fuerza violenta de Dios para imponer su justicia vengando a su pueblo de sus opresores. Solo se discutía cuándo intervendría, cómo lo haría, qué ocurriría al llegar con su poder castigador. Todos esperaban a un Dios vengador. Uno tras otro, los salmos que recitaban pidiendo la salvación hablaban de la «destrucción de los enemigos». Esta era la súplica unánime: «¡Dios de la venganza, Yahvé, Dios vengador, manifiéstate! ¡Levántate, juez de la tierra, y da su merecido a los
soberbios!».

Todo invitaba en este clima a odiar a los enemigos de Dios y del pueblo. Era incluso un signo de celo por la justicia de Dios: «Señor, ¿cómo no voy a odiar yo a los que te odian, y despreciar a los que se levantan contra ti? Sí, los odio con odio implacable, los considero mis enemigos». Este odio se alimentaba sobre todo entre los esenios de Qumrán. Era una especie de principio fundamental para sus miembros: «Amar todo lo que Dios escoge y odiar todo lo que él rechaza». En concreto se pedía a los miembros de la comunidad «amar a todos los hijos de la luz, cada uno según su suerte en el designio de Dios, y odiar a todos los hijos de las tinieblas, a cada uno según su culpa en la venganza de Dios». El trasfondo sombrío del odio aparece en diversos textos donde se invita al «odio eterno contra los varones de corrupción» o a «la cólera contra los varones de maldad». Excitados por este odio, se preparaban para tomar parte en la guerra final de «los hijos de la luz» contra «los hijos de las tinieblas».

Jesús comienza a hablar un lenguaje nuevo y sorprendente. Dios no es violento, sino compasivo; ama incluso a sus enemigos; no busca la destrucción de nadie. Su grandeza no consiste en vengarse, castigar y controlar la historia por medio de intervenciones destructoras. Dios es grande no porque tenga más poder que nadie para destruir a sus enemigos, sino porque su compasión es incondicional hacia todos. «Hace salir su sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos». Dios no retiene celosamente su sol y su lluvia. Los comparte con sus hijos e hijas de la tierra sin hacer discriminación entre justos y culpables. No restringe su amor solo hacia los que le son fieles. Hace el bien incluso a los que se le oponen. No reacciona ante los hombres según sea su comportamiento. No responde a su injusticia con injusticia, sino con amor.

Dios es acogedor, compasivo y perdonador. Esta es la experiencia de Jesús. Por eso no sintoniza con las expectativas mesiánicas que hablan de un Dios belicoso o de un Enviado suyo que destruiría a los enemigos de Israel. No parece creer tampoco en las fantasías de los apocalípticos, que anuncian castigos catastróficos inminentes para cuantos se le oponen. No hay que alimentar odio contra nadie, como hacen los esenios de Qumrán. Este Dios que no excluye a nadie de su amor nos ha de atraer a actuar como él.

Jesús saca una conclusión irrefutable: «Amad a vuestros enemigos para que seáis dignos de vuestro Padre del cielo». Esta llamada de Jesús tuvo que provocar conmoción, pues los salmos invitaban más bien al odio, y la ley, en su conjunto, orientaba a combatir contra los «enemigos de Dios».

Jesús no está pensando solo en los enemigos privados que uno puede tener en su propio entorno o dentro de su aldea. Seguramente piensa en todo tipo de enemigos, sin excluir a ninguno: el enemigo personal, el que hace daño a la familia, el adversario del propio grupo o los opresores del pueblo. El amor de Dios no discrimina, busca el bien de todos. De la misma manera, quien se parece a él no discrimina, busca el bien para todos. Jesús elimina dentro del reino de Dios la enemistad. Su llamada se podría recoger así: «No seáis enemigos de nadie, ni siquiera de quien es vuestro enemigo. Pareceos a Dios».

Jesús no presenta el amor al enemigo como una ley universal. Desde su experiencia de Dios contempla ese amor al enemigo como el camino a seguir para parecerse a Dios, la manera de ir destruyendo la enemistad en el mundo. Un proceso que exige esfuerzo, pues se necesita aprender a deponer el odio, superar el resentimiento, bendecir y hacer el bien. Jesús habla de «orar» por los enemigos, probablemente como un modo concreto de ir despertando en el corazón el amor a quien cuesta amar. Pero al hablar de amor no está pensando en sentimientos de afecto, simpatía o cariño hacia quien nos hace mal. El enemigo sigue siendo enemigo, y difícilmente puede despertar en nosotros tales sentimientos. Amar al enemigo es, más bien, pensar en su bien, «hacer» lo que es bueno para él, lo que puede contribuir a que viva mejor y de manera más digna.

Sin respaldo alguno de la tradición bíblica, enfrentándose a los salmos de venganza, que alimentaban la oración de su pueblo, oponiéndose al clima general de odio a los enemigos de Israel, distanciándose de las fantasías apocalípticas de una guerra final contra los opresores romanos, Jesús pregona a todos: «Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien». El reino de Dios ha de ser el inicio de la destrucción del odio y la enemistad entre sus hijos. Así piensa Jesús.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,38-48):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehuyas. Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»

Palabra de Dios



COMENTARIO.-


"Sed misericordiosos como Dios"


El mensaje de este domingo es desconcertante: "Amad a vuestros enemigos", sustentado por una máxima más general: "Seréis santos como Dios" (1ª Lectura) ó "Sed perfectos como Dios" (Evangelio), que con las palabras del salmo responsorial: "El Señor es compasivo y misericordioso" podemos concluir que se nos pide ser misericordiosos como Dios es misericordioso: comprender, perdonar, compadecerse, solidarizarse… Es la definición de Dios.

¿Quiénes son nuestros enemigos? ¿Cómo debe ser ese amor que se nos pide?

Pues hemos de considerar que normalmente nuestros enemigos son aquellos a quienes nosotros atribuimos nuestros sentimientos de enemistad; somos nosotros sus enemigos y no al revés. Bien es cierto que hay casos notorios en que nos han hecho mal; pero no está de más considerar que la enemistad puede estar en nuestro interior.

Sobre el amor se dice en la primera lectura: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo", mandamiento que Cristo elevó en exigencia: "Amaos como yo os he amado". Él nos amó por encima de sí mismo. Tuvo que situarse por encima de sus sentimientos de miedo a la muerte, de tristeza, de dolor ante la entrega, de la dignidad humillada por las burlas… y, "subido sobre sí" se dispuso a dar la vida por todos. Por eso no debemos entender el amor como sentimiento, no debemos dejar guiar nuestra vida, ni nuestro amor, por los sentimientos que tenemos o provocan en nosotros las personas con las que convivimos. El sentimiento de tristeza ante el sufrimiento, o rechazo de la muerte, no desaparece en el caso de Jesús; sin embargo entrega su voluntad al Padre. Se puede amar a quienes sean nuestros enemigos, aprendiendo del amor de Cristo.

Pero fijaos cómo llega el evangelista Mateo a plantear semejante nivel de amor; porque, claro, un cristiano no se hace en un día y esto es algo más serio de aquello de que "yo ni robo ni mato". Nos movemos en una óptica totalmente diferente, que muchos ni perciben. No sería poco que hoy entendiésemos que ser cristiano es un proceso de identificación con Jesús, con tarea para toda la vida; en vez de quedarnos con la idea de que es imposible amar a los enemigos.

El Evangelio de Mateo, que venimos escuchando en este Ciclo A, comenzaba con este programa: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos… Sígueme" (domingo III); después se nos presentaba el programa de las bienaventuranzas, los valores de la vida de Dios, para construir el Reino y a los que nos tenemos que convertir (domingo IV); desde ahí se nos invitaba a ser Sal de la tierra y Luz del Mundo (domingo V). Y en el domingo pasado (domingo VI) nos planteaba cómo desde un cumplimiento externo de la Ley no se podía vivir este proceso de identificación con la persona de Jesús, su vida, sus criterios, su causa. Mateo presenta a los judíos a Cristo como el Hijo de Dios, motivo central de su proceso para la crucifixión, y ese Hijo de Dios se sitúa por encima de la Ley, lo más sagrado para un judío: "Se dijo a los antiguos… pero yo os digo". La Ley es la Voluntad de Dios. Hay que estar muy identificados con Dios, ponerse en sus manos y estar dispuestos a cumplir su voluntad.

¿Qué puedo hacer para vivir este evangelio tan radical?


Entender que mi vida de cristiano es un proceso de crecimiento en la identificación con Cristo que no termina nunca, pues siempre habrá nuevos aspectos en la vida que pasar por el tamiz de los criterios de Dios.


Sin dejar de sentir lo que hacemos, no dejar que los sentimientos gobiernen mi vida.


Prescindir de toda venganza ante el mal que haya recibido e, incluso, renunciar a la justicia humana. No me refiero a dejar pasar por alto delitos.


Incluso, en vez de apelar a la justicia de Dios y pensar en la otra vida como una retribución de las injusticias sufridas en ésta, ser capaces de pedir a Dios misericordia para quienes nos hacen mal.

Mejor que no soñar es tener sueños altos, pues nos ayudarán a conseguir metas más elevadas. Pues Cristo nos pone un nivel muy a su altura: ser como Él, ser como Dios, ser misericordiosos, ser santos.








Fuentes:
Iluminación Divina
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán