sábado, 12 de febrero de 2011

"Buscar el reino de Dios y su justicia". (Evangelio dominical)

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Era el mejor regalo que habían recibido de Dios. En todas las sinagogas la guardaban con veneración dentro de un cofre depositado en un lugar especial. En esa Ley podían encontrar cuanto necesitaban para ser fieles a Dios.

Jesús, sin embargo, no vive centrado en la Ley. No se dedica a estudiarla ni a explicarla a sus discípulos. No se le ve nunca preocupado por observarla de manera escrupulosa. Ciertamente, no pone en marcha una campaña contra la Ley, pero ésta no ocupa ya un lugar central en su corazón.

Jesús busca la voluntad del Dios desde otra experiencia diferente. Le siente a Dios tratando de abrirse camino entre los hombres para construir con ellos un mundo más justo y fraterno. Esto lo cambia todo. La ley no es ya lo decisivo para saber qué espera Dios de nosotros. Lo primero es "buscar el reino de Dios y su justicia".

Los fariseos y letrados se preocupan de observar rigurosamente las leyes, pero descuidan el amor y la justicia. Jesús se esfuerza por introducir en sus seguidores otro talante y otro espíritu: «si vuestra justicia no es mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de Dios». Hay que superar el legalismo que se contenta con el cumplimiento literal de leyes y normas.

Cuando se busca la voluntad del Padre con la pasión con que la busca Jesús, se va siempre más allá de lo que dicen las leyes. Para caminar hacia ese mundo más humano que Dios quiere para todos, lo importante no es contar con personas observantes de leyes, sino con hombres y mujeres que se parezcan a él.

Aquel que no mata, cumple la Ley, pero si no arranca de su corazón la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios. Aquel que no comete adulterio, cumple la Ley, pero si desea egoístamente la esposa de su hermano, no se asemeja a Dios. En estas personas reina la Ley, pero no Dios; son observantes, pero no saben amar; viven correctamente, pero no construirán un mundo más humano.

Hemos de escuchar bien las palabras de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a dar plenitud». No ha venido a echar por tierra el patrimonio legal y religioso del antiguo testamento. Ha venido a «dar plenitud», a ensanchar el horizonte del comportamiento humano, a liberar la vida de los peligros del legalismo.

Nuestro cristianismo será más humano y evangélico cuando aprendamos a vivir las leyes, normas, preceptos y tradiciones como los vivía Jesús: buscando ese mundo más justo y fraterno que quiere el Padre.



Lectura del santo Evangelio según san Mateo (5, 17-37)

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No crean que he venido a abolir la ley o los profetas; no he venido a abolirlos, sino a darles plenitud.

Yo les aseguro que antes se acabarán el cielo y la tierra, que deje de cumplirse hasta la más pequeña letra o coma de la ley.

Por lo tanto, el que quebrante uno de estos preceptos menores y enseñe eso a los hombres, será el menor en el Reino de los cielos; pero el que los cumpla y los enseñe, será grande en el Reino de los cielos. Les aseguro que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, ciertamente no entrarán ustedes en el Reino de los cielos.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No matarás y el que mate será llevado ante el tribunal. Pero yo les digo:

Todo el que se enoje con su hermano, será llevado también ante el tribunal; el que insulte a su hermano, será llevado ante el tribunal supremo, y el que lo desprecie, será llevado al fuego del lugar de castigo.

Por lo tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene alguna queja contra ti, deja tu ofrenda junto al altar y ve primero a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda. Arréglate pronto con tu adversario, mientras vas con él por el camino; no sea que te entregue al juez, el juez al policía y te metan a la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo.

También han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio; pero yo les digo que quien mire con malos deseos a una mujer, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Por eso, si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecado, arráncatelo y tíralo lejos, porque más te vale perder una parte de tu cuerpo y no que todo él sea arrojado al lugar de castigo.


También se dijo antes: El que se divorcie, que le dé a su mujer un certificado de divorcio; pero yo les digo que el que se divorcia, salvo el caso de que vivan en unión ilegítima, expone a su mujer al adulterio y el que se casa con una divorciada comete adulterio.

Han oído ustedes que se dijo a los antiguos: No jurarás en falso y le cumplirás al Señor lo que le hayas prometido con juramento. Pero yo les digo: No juren de ninguna manera, ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es donde él pone los pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey.

Tampoco jures por tu cabeza, porque no puedes hacer blanco o negro uno solo de tus cabellos. Digan simplemente sí, cuando es sí; y no, cuando es no. Lo que se diga de más, viene del maligno”.

Palabra del Señor.





COMENTARIO.


Las lecturas de este domingo VI del tiempo ordinario nos ponen delante el tema de la ley en nuestra relación con Dios. Para la religión judía, en el tiempo de Jesús, es un tema muy importante, pues pensaban que del cumplimiento de la ley les venía la salvación. Y para nosotros, ¿qué supone la ley del Señor en nuestra vida y en nuestra relación con él? ¿Es algo secundario o es algo que tenemos como importante?

Decía la primera lectura que el hombre puede elegir: fuego o agua, muerte o vida; pero aconseja: "guarda sus mandatos, porque es prudencia cumplir su voluntad". Se equipara los mandamientos del Señor con su voluntad y si los cumplimos de ahí nos viene la vida. Es un modo práctico de entender la ley del Señor como su voluntad.

¿Es que Jesucristo no acepta la ley de los judíos como instrumento para vivir su relación con Dios? Nos dice el evangelio que Jesucristo no ha venido a quitar la ley, sino a darle plenitud. Además se nos dice que si no somos mejores que los letrados y los fariseos no entraremos en el reino de los cielos. Resulta que los fariseos, que predicaban y exigían un cumplimiento estricto de la ley, llegaron a caer en una deformación peligrosa: entendían "cumplir la ley" como un mero cumplimiento externo de sus preceptos.

Jesús viene a dar plenitud a esa ley externa, pues no se trata de cumplir con unos mínimos, sino de cumplir desde la interioridad: las acciones del hombre no tienen valor si no proceden del corazón: lo interior es lo que cuenta. Jesús no trata de destruir la ley. Tampoco intenta suavizarla permitiendo una conducta moral más llevadera o relajada. Jesús da a la ley su verdadero sentido. La perfecciona. La lleva a su total y cabal cumplimiento. Cambia la jerarquía de valores: lo menos importante (las acciones externas) debe estar subordinado a lo más importante (la justicia, la misericordia, el corazón). Los mandamientos de la ley no se detienen en la acción externa, comprometen a la persona desde su raíz.

No se trata sólo de no matar físicamente a una persona, sino de no estar peleado con nadie. Hay formas de "matar" a los demás con la crítica, por ejemplo, o con la división ente personas. La reconciliación con los demás se antepone incluso al culto: "si tu hermano tiene quejas contra ti, deja primero tu ofrenda sobre el altar y vete a reconciliarte con tu hermano".

No se trata sólo de no cometer adulterio, sino de ser fiel en el corazón con la persona que te has comprometido, de purificar las intenciones y los gestos.

No se trata sólo de dar acta de repudio a la mujer para separarte de ella, cosa que permitía la ley de Moisés, sino de permanecer unidos durante toda la vida.

No se trata sólo de no jurar en falso, cuando se echa alguna mentira, sino de no jurar en absoluto, de no poner a Dios por testigo, pues la palabra del hombre no debe buscar otra garantía que la sinceridad fraterna.

No se trata de no robar o no matar, sino de amar a los demás. No se trata de no hacer el mal, sino de hacer el bien para manifestar tu amor a los demás. Como decía San Agustín: "Ama y haz lo que quieras", puesto que si amas de verdad estás cumpliendo la ley entera.

Jesucristo ha venido, no para quitar la ley, sino para darle plenitud y la plenitud de la ley está en el amor.

Celebramos hoy la 52 Campaña de Manos Unidas contra el Hambre del mundo, con el lema: "Su mañana es hoy".

Como sabéis Manos Unidas es una asociación católica a la que la Iglesia "le presta el púlpito" para que su voz pueda ser escuchada por más gente y pueda, por consiguiente, tener mayor eco entre los cristianos.

La labor que realiza manos Unidas es inestimable de cara a solucionar los problemas del hambre en el mundo, que, como sabéis, siguen siendo grandes. Este año la Campaña pretende ayudar a cumplir el 4º Objetivo de Desarrollo del Milenio: reducir la mortalidad infantil.

Desde nuestro arciprestazgo Mancha-Oeste hemos asumido un proyecto de promoción de la mujer para una zuna rural de 15 pueblos, de la India en Kolhapur, por un coste de 34.804 €

No se trata, pues, de sentir lástima, y diferir la ayuda esperando que se nos pase el malestar que nos pueden producir los datos asfixiantes de la cruda realidad de la mortalidad infantil hoy en día, sino de caer en la cuenta de que es urgente colaborar, pues "su mañana es hoy"

Se puede cumplir las leyes eclesiásticas y no comprometerse solidariamente con los más desfavorecidos. Eso es lo que critica la celebración de hoy.










Fuentes:
Iluminación Divina
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola
Ángel Corbalán