viernes, 4 de febrero de 2011

"Sois la sal de la tierra y la luz del mundo" (Evangelio dominical)

"Que el Señor sazone nuestra sal e ilumine nuestra luz para que su misión continúe en nuestro mundo."

Este es uno de los típicos evangelios que invitan al predicador a decir a sus oyentes que si Jesús nos dice que somos la luz del mundo y la sal de la tierra, como de hecho parece que no estamos siendo la luz del mundo ni la sal de la tierra, pues es que somos malos, muy malos, no cumplimos con nuestros deberes cristianos y nos tenemos que convertir. Al final, da la impresión de que la primera función de los sacerdotes, cuando predican los domingos, es estropear el domingo a los que van a misa.

Tendríamos que empezar de otra manera. Porque Jesús parte de un presente de indicativo. Es decir, Jesús afirma que sus oyentes, sus discípulos “son” la luz del mundo y la sal de la tierra. Nuestra primera mirada de este domingo debería dirigirse a los discípulos. No eran ni muy inteligentes ni muy trabajadores ni muy ricos ni muy importantes. Pescadores, un publicano, un revolucionario y algunos otros de los que no sabemos la profesión.

O podemos leer en este momento la segunda lectura, en la que Pablo habla de sí mismo y dice que, al anunciar el misterio de Dios, no lo hizo con sublime elocuencia ni guiado por la sabiduría humana. El objetivo de Pablo no fue sino mostrar el poder del Espíritu para que la fe de sus oyentes se apoyase en el poder de Dios. Conclusión: que ni Pablo ni sus oyentes ni los discípulos que escuchaban a Jesús eran gente importante desde el punto de vista humano.


No eran mejores que nosotros

En cuanto a su coherencia personal, a su madurez de fe, los discípulos ya vemos en el conjunto de los Evangelios lo que dieron de sí. La mayoría, apóstoles incluidos, salieron corriendo cuando llegó el momento de la verdad. Apenas quedaron unos pocos. Y bastante asustados. De los corintios, los destinatarios de la carta de Pablo, también sabemos por sus mismas cartas que no era en ellos oro todo lo que relucía. Y de Pablo, por muy apóstol que se considere, tenemos datos, sacados de sus mismas cartas, que indican que tenía un genio muy fuerte y algunas limitaciones que le hacían pensar mucho en la misericordia de Dios –cosa que a él no le importaba porque se gloriaba no en sí mismo sino en el poder de Dios–.

Así que así como somos, con nuestras limitaciones, con nuestras pobrezas, como personas, como comunidad, como iglesia, es como somos “luz del mundo y sal de la tierra”. Porque lo importante no es que brillemos con nuestra propia luz sino que brille en nosotros el poder y la gracia de Dios. Lo importante es el final del Evangelio: que los hombres den gloria a vuestro Padre que están en el cielo.

El objetivo de nuestra vida no es pues dar testimonio. Nosotros debemos comportarnos como buenos cristianos. Pero no para enseñar a nadie ni para sentirnos superiores –que no otra cosa es pretender ser “luz del mundo y sal de la tierra” por nuestra propias fuerzas– sino porque sabemos que todos los hombres y mujeres de este mundo son nuestros hermanos y hermanas. Ahora llega el momento de releer la lectura de Isaías. ¿No te sientes bien? ¿Sientes tu carne enferma? ¿Vives en la oscuridad? Pues ahí tenemos algunas recomendaciones. Todo tiene solución. No eran mejores que nosotros


Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,13-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.

Estamos en el domingo V del tiempo ordinario. Después de escuchar las bienaventuranzas, en el domingo anterior, hoy se nos dice que la misión de los cristianos en el mundo es ser sal de la tierra y luz del mundo.

"Vosotros sois la sal de la tierra"

Es bonita vocación. La sal es la gracia de la vida. Da gusto a los alimentos y preserva de la corrupción. Dadas las cosas como están, creo que el mundo necesita montañas de sal. Hablamos siempre de la corrupción imperante y de la falta de limpieza. Nos quejamos, porque en todos los campos y ambientes encontramos algún olor a podrido.

Los discípulos de Jesús están llamados a ser sal. Y somos muchos. ¿Qué hacemos, pues, con nuestra sal? Pueden suceder dos cosas:


o que las guardemos en nuestros hermosos saleros


o que nuestra sal se haya desvirtuado.

La respuesta más fácil es que la sal se queda para nosotros, para nuestras reuniones y celebraciones, para nuestras catequesis y nuestros libros. La guardamos en los saleros de nuestras iglesias y sacristías, en nuestras casas y recintos privados. ¿No tendremos que revisar nuestros compromisos cristianos, compromisos que han de llegar a la familia, la cultura, la política, la sociedad? Nos quejamos de lo mal que van las cosas en la sociedad, pero nos limitamos a eso, a lamentarnos y, si acaso, a rezar. Los cristianos no son del mundo, pero han de estar en el mundo, quiere decir en sus instituciones, en sus asociaciones, en sus movimientos, en sus partidos, en sus centros... en todas las plataformas en que se juegue la vida de las personas.

Así lo decía Juan Pablo II a los obispos españoles en una visita ad limina: "En el ámbito social se va difundiendo también una mentalidad inspirada en el laicismo, ideología que lleva gradualmente, de forma más o menos consciente, a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública". No hay que entender una condena del Gobierno actual, sino una constatación de la sociedad española. Por otro lado, desgraciadamente, no es una novedad.



Naturalmente que una entrega en esta sociedad exige valentía, sacrificio, preparación. Sabemos que para que la sal surta efecto, tiene que irradiar su energía hasta deshacerse, hasta dejar de ser. Tiene que morir para que lo otro viva. No es nada fácil.

Si la respuesta es que la sal se ha vuelto sosa, entonces el problema es más hondo, es cuestión de ser no de actuar. Si la sal se ha corrompido, se necesita un milagro, volver a nacer.

"Vosotros sois la luz del mundo"


La luz es otro símbolo universal, lleno de expresividad y belleza. Nos expresa una realidad que dignifica y compromete. ¡Eres luz! Pues que lo seas. Combate las tinieblas y la oscuridad del mundo. Superar a las tinieblas no se hace con gritos y lamentaciones, sino encendiendo lámparas.

La luz no es para guardarla, sino para ponerla en lo alto y que ilumine. Si cada cristiano fuese una lámpara encendida en un lugar visible - 1.400 millones de lámparas encendidas -, ¿verdad que el mundo sería más bello?

La luz del cristiano está en su fe: puede ofrecer verdades, seguridades, valores. En su esperanza: puede mostrar ideales, razones para vivir y luchar, sentido a la vida y a las cosas. En su caridad: más que una luz, es una hoguera; enseña el misterio de la vida y su verdad, el camino de la felicidad, la fuerza en la que se apoya la convivencia y que mueve y hace crecer el mundo.

Ama y brillarás, como dice la primera lectura: "Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que va desnudo y no te cierres a tu propia carne. Entonces romperá tu luz como la aurora... Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía". Y dice el texto del evangelio: "Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo".

La luz del cristiano está en el Evangelio, en las Bienaventuranzas. La luz del cristiano está en Cristo. Por eso la luz del cristiano no es propia, sino que la recibe del sol, Cristo. Cuanto más unido a Cristo, más fuego y más luz.



Nuestra luz puede ser individual o de grupo, de institución, de comunidades, de iglesias. Hay, en verdad, luces muy hermosas, ejemplos muy brillantes. No terminaríamos de decir. Pero las tinieblas siguen siendo temibles y poderosas. Todos necesitamos cargar bien nuestras pilas. Puede que las tinieblas nos rechacen y quieran apagar nuestra luz. Muchas veces lo intentan, como hicieron con Cristo. Pero nuestra misión es clara. Lo que tenemos que hacer es revestirnos de las armas de la luz.

Que el Señor sazone nuestra sal e ilumine nuestra luz para que su misión continúe en nuestro mundo.






Fuentes:
Iluminación Divina
Fernando Torres Pérez cmf.
Pedro Crespo Arias.
Ángel Corbalán