sábado, 2 de julio de 2011

" Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón" (Evangelio dominical)


Los mansos poseerán la tierra: "quienes se dominan a sí mismos dominarán el mundo" ( T. Kempis. "La imitación de Cristo" II 3).


Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivían trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, de los más olvidados.


Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.

El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, le estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.

La actitud de los “entendidos” era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado.
Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.

Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejor».

También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.

Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús.

Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades


Para adquirir sabiduría

El esfuerzo por alcanzar la verdad es, sin duda, uno de los más nobles de los que habitan el corazón del hombre. También es de los más arduos, porque la realidad en todas sus dimensiones se resiste a revelar sus secretos, y grandes dosis de observación, investigación y reflexión apenas sirven para arrancar unas pocas esquirlas de la verdad buscada.
Pero el esfuerzo constante acaba por obtener su premio, y al cabo de muchos siglos de civilización se han ido acumulando conocimientos que han pasado a formar parte del acervo espiritual humano. Hoy en día tenemos por evidentes cosas que, sin que ya nos percatemos de ello, son el producto de largos siglos de esfuerzos de muchos. Especialmente los conocimientos técnicos y científicos son objeto de un proceso acumulativo gracias al cual el saber adquirido difícilmente puede llegar a olvidarse; y en este terreno ni siquiera hace falta que todos lo sepamos todo, es posible dividir socialmente el conocimiento para que, sabiendo, eso sí, a quién dirigirse, todos puedan disfrutar de sus ventajas.

Pero la aventura del saber requiere de condiciones definidas por parte quien busca. Son distintos los pensadores que han puesto de relieve las condiciones morales de la indagación de la verdad. Ya Sócrates avisaba al respecto. Y en los últimos tiempos se ha vuelto a insistir en ello. Un filósofo cristiano del siglo XX, von Hildebrand, recuerda que “para cualquier evidencia ade¬cuada son ya necesa¬rios en diverso grado reverencia, sed auténtica de verdad, un paciente esfuerzo cognos¬citivo y flexibilidad de espíri¬tu”. Aquí, como en todo lo que afecta al ser humano, existen obstáculos que no sólo dependen de las limitaciones intrínsecas de nuestro intelecto, sino también de la ausencia de esas disposiciones morales: el orgullo, la cerrazón de espíritu, la voluntad de poder, la vanidad, etc., nos ciegan para la aprehensión de verdades elementales. Todos sabemos que no hay peor ciego que el que no quiere ver; y tenemos la experiencia de que las conquistas del saber (por ejemplo, científico y técnico) no siempre redundan como es debido en beneficio de todos, sino que se convierten con facilidad en instrumentos de dominación, en motivos para la injusticia.

Pero todo esto se acentúa cuando se trata de aquellas verdades en las que el hombre decide la autenticidad de su propia existencia, las relacionadas con el bien y la justicia, y con la fuente de todo bien y toda verdad, es decir, con Dios. Y esto es así porque, en primer lugar, esas verdades, a diferencia de las meramente teóricas y técnicas, no son “acumulativas”: no basta que se hayan descubierto en cierto momento para que se incorporen definitivamente al caudal de la cultura común; además, no basta “conocerlas” sólo teóricamente, es preciso asimilarlas, apropiárselas sometiendo a las exigencias que presentan no sólo la razón, sino también la voluntad y el corazón. Por eso, cada generación, cada cultura y cada persona individual debe descubrirlas y asumirlas. Aquí no cabe la “división social” del conocimiento.

Posiblemente es de estas cosas de las que habla hoy el Evangelio, en este breve y denso texto, que algunos han llamado “el Magníficat de Jesús”. Estas son las cosas que Dios ha querido revelar a la gente sencilla, mientras que se las ha ocultado a los sabios y entendidos. Y es que, efectivamente, las cosas de las que habla Jesús, no son una mera instrucción moral o una nueva cosmovisión filosófica, sino una verdadera revelación, un don que Dios nos hace por medio de Jesucristo: las Bienaventuranzas, el amor universal, que incluye a los enemigos, y llega hasta el don de la propia vida, el perdón sin límites, la fidelidad, la confianza en Dios nuestro Padre, incluso en los momentos de adversidad, la difícil comprensión del mesianismo de Cristo, que lo llevó a la cruz. Todas estas son cosas que Dios ha revelado por medio de Cristo, y que requieren un corazón bien dispuesto, abierto, sencillo, como dice Jesús, esto es, curado de la hinchazón de la soberbia y la seguridad exclusiva en las propias fuerzas.


De hecho, “estas cosas”, aunque suenen tan bien, no son tan fáciles de entender. Muy posiblemente, eran muchos en tiempos de Jesús los que torcían el gesto cuando oían por primera vez hablar de ellas. También es muy posible que nosotros mismos lo torzamos cuando nos encontramos en situaciones que nos exigen llevar a la práctica estas verdades evangélicas, es decir, aceptar vitalmente “estas cosas”. Examinando nuestra actitud real, concreta y práctica respecto de ellas, podemos intuir si nos encontramos en el grupo de los sabios y entendidos, o en el de la gente sencilla.

Posiblemente oscilemos entre los dos grupos. Por un lado, todos tendemos a adquirir seguridad por la vía de la fuerza y el poder: los carros de Efram, que serían los modernos carros de combate, los caballos y los arcos de los guerreros, son cosas que parecen ofrecernos más seguridad y mayor garantía de dominio que la humildad del rey humilde que afirma su triunfo cabalgando en un modesto asno, y se encamina al trono de la cruz. ¿Será capaz un rey así de romper los arcos, dictar la paz y dominar el mundo entero? Estas cosas son las que permanecen escondidas a los sabios y entendidos. Pero ello quiere decir que tenemos que seguir trabajando para abandonar la autosuficiencia que nos dificulta aceptar esta revelación, y adoptar en todo momento la actitud de confianza de los sencillos, abiertos sin condiciones a la enseñanza de Cristo, y que reciben la revelación de que precisamente es este extraño y modesto rey el que nos descubre la verdad que salva: la que nos da alivio y descanso, la que nos consuela y libera, la que nos da el descanso del alma, porque es sólo esta verdad la que nos rescata de la culpa, del pecado y de la muerte. El poder de carros, arcos y caballos estriba en su capacidad de provocar la muerte. El de las cosas de las que habla Jesús, por el contrario, está en su capacidad de vencer sobre la violencia y la muerte y dar vida. Y como los agobios y fatigas, procedentes de aquellos males fundamentales, nos afectan a todos, por eso mismo, por mucho que sean sólo los sencillos los capaces de entender estas verdades, Jesús dirige su llamada a todos, para ofrecerles su alivio: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”; y ¿quién no lo está de un modo u otro?

Es verdad que Jesús, al llamarnos así, no nos engaña y nos avisa de que esta verdad es exigente: es también carga y yugo. Ya lo decía bellamente San Agustín: “amor meus, pondus meum”, mi amor y mi peso. Esto se ve ya en el amor humano: es lo más necesario para nuestra vida, sin él ésta se convierte en un peso insoportable, en un infierno; pero el amor tiene también su propio peso, su parte de yugo: en el matrimonio, en las relaciones de los hijos con los padres y de los padres con los hijos, en la verdadera amistad… existen momentos en los que hay que saber renunciar, asumir algún sacrificio, estar dispuesto a sufrir por la persona amada. Sin esto, el amor no persevera. También en el amor que Jesús nos ofrece y regala con su persona y que es, además, el acceso a la fuente de todo verdadero amor, hay un elemento de peso y de yugo, de cruz. Pero es un yugo llevadero, una carga ligera, porque es la que Jesús mismo ha cargado sobre sí para aliviar la nuestra, y porque es el peso y el yugo del amor, de nuestra salvación.

Aunque con otras palabras, San Pablo nos habla de lo mismo en su carta a los Romanos. Los sencillos a los que se les han revelado estas cosas son los que viven (tratan de vivir) en el Espíritu de Jesús, en la dinámica de su muerte y resurrección: los que mueren en su vida cotidiana a la carne (el poder y la violencia, el egoísmo, la injusticia, con tal de adquirir seguridad) para ser vivificados por el Espíritu del amor, la generosidad, el perdón, la fe. El Espíritu de Dios es un Espíritu de vida y libertad, pero no para “hacer lo que me da la gana”; las “ganas” son con mucha frecuencia distintivo de la carne. El Espíritu del que nos habla Pablo, el que da el verdadero entendimiento de “estas cosas” que Jesús nos revela, es el Espíritu que nos inspira para el bien, el Espíritu del amor. De nuevo fue San Agustín el que supo resumirlo admirablemente: “dilige et quod vis fac”, ama y haz lo que quieras.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

En aquel tiempo, exclamó Jesús: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Celebramos el domingo XIV del tiempo ordinario. El texto del evangelio nos dice que la Palabra es para la gente sencilla y no para los sabios y entendidos; además es una invitación a descansar en Cristo: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré"; pero sobre todo me quiero fijar en la mansedumbre de Jesucristo: "Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón". Idea que también aparece reflejada en la primera lectura, profecía de la entrada del Mesías en Jerusalén sobre un asno. Bienaventurados los manos, porque ellos heredarán la tierra, dice una bienaventuranza.



"Los mansos no son los violentos, que se imponen a la fuerza, los cínicos, los irónicos, los de lengua bífida. Los mansos no son los sosos, los cobardes, los que no reaccionan por nada... Los mansos no son los débiles, ni tampoco los fuertes. No son los impotentes para combatir en la vida, ni son aquellos que utilizan su impotencia como un arma para derribar al enemigo, apelando a su compasión o su ternura. No son mansos quienes se rebelan airadamente contra la injusticia, pero tampoco lo son los que, con su resignación, contribuyen a la expansión del mal. Los mansos son simplemente los que participan de la mansedumbre de Cristo." (José Mª Cabodevilla en "Las formas de felicidad son ocho)

Así como en todo estado hay un ministerio de defensa, cada uno de nosotros tenemos nuestro ministerio de defensa con sus misiles y todo. No pasa nada, pero está ahí y en un momento determinado se puede disparar y se dispara. Es más feliz quien se desarma que quien acumula material bélico. Tenemos un arsenal bélico ahí almacenado y hay que gastarlo. Agradecemos una situación en la que se pueda justificar su utilización. La mansedumbre nos invita a diluir con amor todos los ataques del "enemigo", por seguir utilizando este lenguaje militar, y así desarmarlo. La clave de interpretación de la mansedumbre es que va a eliminar un problema serio de cara a la fraternidad. Esta agresividad si no está controlada va a impedir la relación fraternal.


La agresividad es biológica y se puede dirigir a la vida o a la destrucción y la muerte; entonces es violencia. Los animales controlan su agresividad, sólo el hombre es violento y lo es contra sus semejantes - el hombre es un lobo para el hombre - y, además lo hace, con pretensión de legitimidad.

Mansos son los que han sabido vencer su violencia. Una paz así supone que los contratiempos no enfurecen o enojan el alma, ni tampoco los halagos relajan; los sucesos tristes no la deprimen, los prósperos no la exaltan; ni desespera el dolor, ni disipa la euforia. Pero semejante dominio no es aún la mansedumbre.

Dice San Pablo a los colosenses (2, 13-15): "revestíos de sentimientos de compasión, de bondad, humildad, mansedumbre, de paciencia, soportándoos mutuamente y perdonándoos si alguno tiene queja contra otro". Además recomienda tener una ternura entrañable, afabilidad, sencillez, tolerancia, delicadeza, suavidad para corregir, que no sean violentos, sino comprensivos.
(Col 3, 12; Ef 4, 2; 1 Tim 6, 11; 2 Tim 2, 25; Gal 6, 1; Tit 3, 2). Cualidades humanas en el trato, pero sin valor, sino reflejan la "paciencia e indulgencia de Cristo" ( 2 Cor 10, 1).


Lo verdaderamente decisivo en la mansedumbre cristiana es el principio que la anima: uno se controla para no poner en peligro su negocio, su reputación, su salud, ... o se quiere volver imperturbable, ... la mansedumbre es una modalidad o forma del amor, sería el amor manso que no se irrita, que aguanta siempre (1 Cor 13, 5-7).

Para ser así de manso hay que hacerse violencia, "sólo los violentos conquistan el Reino" (Mt 11, 12), hay que ser violento consigo mismo, contrariando la propia inclinación a ser violento con los demás. Amar así es difícil, amar mansamente es doblemente difícil.

(Luter King: en Fuerza para amar):

- La mayor demostración de la fortaleza humana se da en la mansedumbre.

- La fuerza se realiza en la debilidad ( 2 Cor 12, 9), se trata de un amor desarmado, pero tan vigoroso que desarma a quien se opone a él. El hombre manso no ataca, pero tampoco huye. No insulta, pero tampoco pide gracia. No mata, pero si está dispuesto a morir.

Los mansos poseerán la tierra: "quienes se dominan a sí mismos dominarán el mundo" ( T. Kempis. "La imitación de Cristo" II 3).

Si a la violencia respondemos con violencia, entramos en la espiral de la violencia. Si a la violencia respondemos mansamente, esa persona acabará comprendiendo que obró mal y cambiará de actitud.


La mansedumbre cuenta con esa fuerza secreta, que reside en la verdad, y hace innecesarios otros recursos.

Al adversario se trata de volverlo inofensivo, no de vencerlo. Desarmar a alguien no es arrebatarle las armas, sino conseguir que él mismo se desprenda de ellas y que lo haga no como quien renuncia a un poder, sino como quien se libre de una esclavitud. Desarmarlo no es someterlo, sino ponerse en un plano igual. Tarea lenta, pero segura.

Pues, que aprendamos de Cristo, que es manso y humilde de corazón.
















Fuentes:
Iluminación Divina
Jose María Vegas, cmf
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán