domingo, 5 de febrero de 2012

Cristo, ha venido por todos y por cada uno!! (Evangelio dominical)



Uno de los libros más controversiales del Antiguo Testamento es el Libro de Job, pues trata uno de los temas más discutidos y contestados: el sufrimiento humano.

¿Puede un hombre ser inocente y sufrir enfermedades y calamidades? El Libro de Job resuelve este dilema, mostrando el sufrimiento como una oportunidad de purificación para recibir mayores y más abundantes bendiciones. Termina resaltando que Dios, siendo la fuente misma de la Justicia, es enteramente libre para otorgar sus bendiciones dónde, cuándo y a quién quiere.

El Evangelio nos muestra muchas veces a Jesús aliviando el sufrimiento humano, sobre todo curando enfermedades y expulsando demonios (Mc. 1, 29-39). Y sabemos que a veces Dios sana y a veces no, y que Dios puede sanar directamente en forma milagrosa o indirectamente a través de la medicina, de los médicos y de los medicamentos. Todas las sanaciones tienen su fuente en Dios. También puede Dios no sanar, o sanar más temprano o más tarde. Y cuando no sana o no alivia el sufrimiento, o cuando se tarda para sanar y aliviar, tenemos a nuestra disposición todas las gracias que necesitamos para llevar el sufrimiento con esperanza, para que así produzca frutos de vida eterna y de redención.

Hoy como viene siendo habitual, traemos las reflexiones y explicaciones del Evangelio de San Marcos, de tres religiosos y que lo explican en nuestro idioma.



A todos y a cada uno

Es difícil sintetizar con menos palabras tanta y tan intensa actividad. En este breve texto Marcos nos presenta una visión de conjunto y sumaria del ministerio de Jesús, algo así como uno de sus días “de diario”, en el que se agolpan el sentido y las dimensiones fundamentales de su persona y misión: lo particular y lo universal, la acción y la contemplación, la inserción y la itinerancia.
El arranque del texto ya nos da una preciosa indicación: Jesús sale de la sinagoga, en la que ha predicado. Jesús no es sólo un predicador. Sale del lugar sagrado, va a donde viven, trabajan y sufren los hombres, para seguir transmitiendo su Palabra. Ya sabemos que se trata de una palabra viva y eficaz, por lo que no todo se va en sermones ni en doctrina, sino que esa Palabra anunciada sigue después actuando.

Tampoco es una palabra dicha “en general”, sino que busca el encuentro personal, cara a cara, con las personas concretas de carne y hueso, con sus problemas y sus penas. Por eso se mencionan nombres, situaciones, relaciones bien determinadas: la casa de Simón y Andrés, la suegra del primero, su postración. El gesto de tomar por la mano es índice de esa atención personal con la que Dios, en Jesucristo, se dirige a nosotros. Y si Jesús levanta de esa postración y sana y cura, no se trata de algo que tenga sólo un significado médico, sino que habla de una restauración interior que habilita para una nueva forma de vida: la suegra de Simón inmediatamente se puso a servirles.

Tampoco debemos entender esta concreción del encuentro personal como la afirmación de un cierto intimismo, que excluye por principio el encuentro con las masas. A veces se escuchan voces críticas y hasta despectivas hacia los acontecimientos eclesiales masivos (como Jornadas de la Juventud u otros similares), pero estas voces, si bien pueden señalar peligros reales, tienen a su vez el peligro de desconocer los múltiples encuentros de Jesús con las multitudes. Cristo ha venido por todos y por cada uno. El “cada uno” no excluye el “todos”, del mismo modo que el “todos” no debe excluir a nadie, sino que debe llegar de modo personalizado a “cada uno”. En el texto de hoy se repite con insistencia ese “todos” que habla de la universalidad sin fronteras de la misión de Jesús: “todos los enfermos y endemoniados”, “la población entera”, “todo el mundo te busca”, “toda Galilea”. Nos es difícil saber cómo atendía Jesús de forma personalizada a esas multitudes, pero podemos colegir que el encuentro personal con una enferma (la suegra de Simón) hizo de reclamo para que “todos” los que padecían por cualquier causa acudieran a Él, que, lejos de rehuirlos, se dedicó a atenderlos. Las críticas a los acontecimientos masivos suelen basarse en la tentación del relumbrón, del éxito fácil, del aparentar… Pero esos peligros, con ser reales, se pueden exorcizar: Jesús prohíbe hablar a los demonios, espíritus inmundos que lo conocen y lo tientan (como en el desierto) invitándole tal vez a subirse al carro de la fama fácil… Pero Él los manda callar, vence la tentación, y sana por dentro, disponiendo no al espectáculo, sino al servicio. Al fin y al cabo, también la reclusión en las relaciones cercanas tiene sus peligros, como huir de los grandes problemas y buscar refugio de la intemperie en el calor de las distancias cortas. Pero la medida del hombre no es la que marca el recorrido de sus piernas, y Jesús no ha venido a encerrarse en el pequeño círculo, sino que busca el encuentro, una vez más, con cada uno, pero también con todos.

Combinar lo universal y lo concreto no es un equilibrio fácil. Pero es esencial: es el equilibrio del amor, que hace de cada rostro concreto sacramento de Dios, al tiempo que abre sin límites a las necesidades de todos. Pero, ¿es esto realmente posible, teniendo en cuenta lo limitados que somos? No olvidemos que la encarnación ha significado que el Verbo de Dios ha asumido esa misma limitación. De ahí que Jesús tenga que alimentar su vida en la comunicación intensa con Dios, su Padre. El equilibrio de universalidad (masas) y concreción (encuentro personal) se logra equilibrando también la acción intensa (predicación, curaciones) con la oración en soledad, a la que Jesús se entrega con generosidad y por necesidad vital, robándole horas al necesario descanso. En Jesús no sucede (como nos pasa tanto a nosotros) que lo urgente hace descuidar lo fundamental.

La última dimensión que nos revela el texto de Marcos es el de la itinerancia. Jesús entra en las aldeas, en las casas, pero no se ata a ningún lugar en exclusiva, se mantiene libre y en camino. El “todos” de aquella ciudad (Cafarnaum) se abre a un todos más amplio, “toda Galilea”, que es la primera etapa para alcanzar a “todo Israel” y a “todo el mundo y a toda criatura” (Mc 16, 15).
El cuadro que nos ha presentado Marcos no debemos verlo como un escenario que contemplamos como quien ve una obra de teatro o una película. Si somos creyentes y discípulos de Jesús tenemos que vernos incluidos en este relato. (Y si no lo somos, se nos invita a meternos en él.) En primer lugar, hemos de vernos entre los enfermos y endemoniados que buscan a Jesús para ser curados. El índice de que hemos sido tomados de la mano y puestos en pie, como la suegra de Pedro, está en nuestra actitud de servicio. Un creyente que no sirve a sus hermanos lo es sólo de boquilla. Ha podido admirar la doctrina de Jesús en la sinagoga, pero después no ha salido con Él, al encuentro de las necesidades reales de sus hermanos. Las formas de servicio son múltiples, tantas como vocaciones cristianas. El servicio es una dimensión esencial de toda vocación humana, como nos recuerda Job: «el hombre está en la tierra cumpliendo un servicio». Y si Jesús nos cura, significa que restablece en nosotros esa dimensión esencial. De ahí que la curación (la liberación, el perdón…) que buscamos y obtenemos de Cristo no tiene un sentido puramente individual, sino salvífico: no obtengo el favor de Dios como quien recobra la salud en el médico o le toca la lotería, para después seguir viviendo para mí, como si nada. Somos curados-para, para el servicio de nuestros hermanos. La suegra de Pedro sirve a su manera. También los apóstoles están en el texto en actitud de servicio: son mediadores entre Jesús y las masas: el «le dijeron» que se repite dos veces nos lo indica. El discípulo de Cristo no puede no ejercer esa función de mediación, que favorece el encuentro con el Maestro. También nosotros debemos hacerlo en la relación interpersonal, con las personas de carne y hueso, con nombre y rostro con lo que estamos de tantas formas en contacto. Pero también, si tenemos oportunidad, debemos procurar hacerlo mirando a esta humanidad inmensa tan necesitada de la Palabra que cura y salva. Las Jornadas que mencionamos antes, otras formas de comunicación de masas, incluyendo esta red que nos acerca tanto, son medios válidos para tratar de dirigirse a todos, a los más posibles. Todo esto son vías válidas para realizar en nuestra vida ese «le dijeron» apostólico.

E igual que Jesús, no podremos cumplir nuestra misión si, renunciando a algo de ese tiempo que se nos antoja tan nuestro, tan importante y tan escaso, no lo consagramos a lo más necesario, a la oración en soledad, al tú a tú con Dios.

¿Será en cambio la itinerancia algo válido sólo para unos pocos? Pues parece que no todo cristiano está llamado a abandonar su patria para anunciar el Evangelio, yendo de un lado a otro. En realidad, también esta dimensión es cosa de todos. Pues todos estamos llamados a no estancarnos, a no quedarnos parados, sino a salir de nosotros mismos, a caminar, a crecer, a ir descubriendo día a día, guiados por la Palabra encarnada que es el mismo Cristo, horizontes, dimensiones, exigencias nuevas, que nos abran cada vez más a la universalidad del Evangelio. En este sentido, las palabras de Pablo en la segunda lectura no son sólo palabras dirigidas a los que se dedican directamente a la actividad apostólica. Ese « ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!» nos afecta, de nuevo, a todos y a cada uno, según la propia vocación. Porque el mandamiento principal, el mandamiento del amor es precisamente lo que nos lleva hacernos libremente esclavos y servidores, a hacernos débiles con los débiles, todo a todos, para de esta manera ganarlos para el Evangelio, es decir, para, mediante el servicio, «decir» a todos dónde encontrar a Jesús, decirle a Jesús: «todo el mundo te busca».


Evangelio según San Marcos 1,29-39.


Cuando salió de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés.
La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato.
El se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos.
Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados,
y la ciudad entera se reunió delante de la puerta.
Jesús curó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a estos no los dejaba hablar, porque sabían quién era él.
Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando.
Simón salió a buscarlo con sus compañeros,
y cuando lo encontraron, le dijeron: "Todos te andan buscando".
El les respondió: "Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido".
Y fue predicando en las sinagogas de toda la Galilea y expulsando demonios.

Palabra de Dios.


COMENTARIO.


EL DÍA A DÍA DE JESÚS: ENSEÑAR, CURAR, REZAR

1.- Al salir Jesús con sus discípulos de la Sinagoga…

¿Qué había hecho Jesús en la Sinagoga? Nos lo dice el mismo evangelista Marcos, en unos párrafos anteriores a este texto que comentamos hoy: “llegó a Cafarnaúm y, luego, el día de sábado, entrando en la Sinagoga, enseñaba”. Jesús vino a enseñarnos, a decirnos, que el reino de Dios estaba cerca y que, si queríamos entrar en él, debíamos previamente convertirnos. Jesús, todos los días de su vida pública, predicaba y enseñaba: “vámonos a las aldeas cercanas para predicar allí, que para eso he venido”. Jesús era todo él palabra, voz de Dios, que enseñaba y predicaba el reino de Dios. Pero, además de hablar y predicar, Jesús curaba. Allí mismo, en la Sinagoga, había curado a un hombre poseído de un espíritu inmundo y, en cuanto sale de la Sinagoga, en la casa de Pedro, cura “a la suegra de Simón que estaba en la cama con fiebre”. No se puede dudar que una de las causas primeras por las que la gente busca a Jesús es para que cure a sus enfermos; la gente sencilla veía a Jesús como a un poderoso taumaturgo, capaz de curar y expulsar demonios. En los evangelios, esto aparece de una forma evidente. Y, además de enseñar y curar, Jesús rezaba: “se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a rezar”. El día a día de Jesús era eso: enseñar, curar, rezar. Esta es también la tarea que debemos apuntar nosotros, cada día, en nuestra agenda: predicar con amor y valentía el reino de Dios; curar a las personas que, por los motivos que sea, se encuentran por sí mismas incapaces de descubrir este reino; rezar con toda nuestra alma para que Jesús nos muestre el camino que nos conduce al Reino de su Padre y nos ayude a todos a entrar en él.

2.- El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio.

El libro de Job es una reflexión muy rica en matices sobre la vida humana y es necesario leerlo todo entero para entender bien su mensaje. En el texto que nos propone hoy la liturgia vemos a un Job angustiado y deprimido, porque no encuentra sentido a su vida. Es como si el Dios que tanto le diera antes, ahora se hubiera retirado de su vida y no se acordara ya más de él. La tristeza y el dolor son su pan noche y día, vive como desterrado de Dios y tiene que cumplir un servicio al que no le encuentra sentido alguno. ¿Para qué seguir viviendo en estas circunstancias? Esta experiencia del sinsentido de la vida podemos padecerla más de una vez cualquiera de nosotros. Es la pérdida de ese sentido y esa esperanza vital, tan necesaria para seguir viviendo y luchando contra las dificultades y el cansancio de cada día. Job, como sabemos, a pesar de tanta dificultad y dolor, no perdió nunca la esperanza en Dios. La angustia y el dolor no rompieron nunca del todo su esperanza y su paciencia; por eso seguimos aún hoy hablando de la paciencia del santo Job. En medio de nuestras tristezas y desesperanzas, no perdamos nunca nosotros la paciencia y la verdadera y definitiva esperanza en Dios.

3.- Hago todo esto por el evangelio.

San Pablo les dice a los fieles de Corinto que él les predica el evangelio de Jesús por mandato del mismo Jesús. No lo hace por gusto o capricho personal, sino porque “le han encargado este oficio” y ¡ay de él si no evangelizara! Eso sí, lo hace a gusto y de balde, “haciéndose esclavo de todos para ganar a los más posibles”. Buen ejemplo este de San Pablo para catequistas y predicadores del evangelio: predicar el evangelio de Jesús de balde, por puro amor a los demás y por fidelidad a nuestro compromiso cristiano.

4.- Alabad al Señor, que sana los corazones destrozados.

Nuestro Señor es un Dios sanador y restaurador, sana nuestros corazones destrozados y venda nuestras heridas. A cada uno de nosotros Dios nos conoce y nos llama por nuestro nombre, nos sostiene y nos levanta. Alabemos con humildad y entusiasmo a este Dios que nos sana y nos salva.

















Fuentes:
Iluminación Divina
Santoral Católico
José María Vegas
José A. Pagola
Ángel Corbalán