domingo, 28 de octubre de 2012

"Jesús, hijo de David, ten compasión de mí" (Evangelio dominical)



La Primera Lectura nos trae un texto del Profeta Jeremías (Jer. 31, 7-9)   referido al regreso del pueblo de Israel del exilio y entre ellos vienen también “los ciegos y los cojos”.  

Nos habla el Profeta de “torrentes de agua”  y de “un camino llano en el que no tropezarán”.  Sin duda se refieren estos simbolismos a la gracia divina que es una “fuente de agua viva” que calma la sed, que fortalece y que allana el camino hacia la Vida Eterna.

Sabemos que es Dios quien guía a su pueblo de regreso a su patria.  Y cuando Dios es el que guía, los cojos pueden caminar y los ciegos tienen luz.  Es una figura muy bella sobre la conversión interior, que nos lleva a poder ver la luz interior, aunque fuéramos ciegos corporales.

Es el caso del Evangelio de hoy (Mc. 10, 35-45), el cualnos narra la curación del ciego Bartimeo, ciego de sus ojos, pero vidente en su interior;  ciego hacia fuera, pero no hacia dentro; ciego corporal, mas no espiritual;  ciego de los ojos, mas no del alma.
 
Este nuevo milagro de Jesús nos ofrece bastante tela de donde cortar para extraer enseñanzas muy útiles a nuestra fe, nuestra vida de oración y nuestro seguimiento a Cristo.


Un día este hombre ciego estaba ubicado al borde del camino polvoriento a la salida de Jericó.  Pedir limosna era todo lo que podía hacer para obtener ayuda humana, y eso hacía.  

Pero Bartimeo había oído hablar de Jesús, quien estaba haciendo milagros en toda la región.  Sin embargo su ceguera le impedía ir a buscarlo.  Así que tuvo que quedarse donde siempre estaba. 
Pero he aquí que un día el ciego, con la agudeza auditiva que caracteriza a los invidentes, oye el ruido de una muchedumbre, una muchedumbre que no sonaba como cualquier muchedumbre. 

Y al saber que el que pasaba era Jesús de Nazaret, “comenzó a gritar”  por encima del ruido del gentío:  “¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!”.    Trataron de hacerlo callar, pero él gritaba con más fuerza.  Jesús era su única esperanza para poder ver.  

Ciertamente Bartimeo era ciego en sus ojos corporales:  no tenía luz exterior.  Pero sí tenía luz interior, sí veía en su interior, pues reconocer que Jesús era el Mesías, “el hijo de David”,  y poner en El toda su esperanza, es ser vidente en el espíritu.  

Su fe lo hacía gritar cada vez más y más fuertemente, pues estaba seguro que su salvación estaba sólo en Jesús.  Y tal era su emoción que “tiró el manto y de un salto se puso en pie y se acercó a Jesús”,  cuando éste, respondiendo a sus gritos, lo hizo llamar.

Y como viene siendo habitual, traemos tres reflexiones de otros tantos religiosos que lo hacen en nuestro idioma y relacionado con La Palabra de Dios, en este domingo XXX del Tiempo Ordinario.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (10,46-52):


En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.» Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús.
Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.» Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Palabra del Señor.



“Maestro, que pueda ver”


He aquí una típica situación de marginación: al borde del camino se encuentra un hombre que, por ser ciego, es pobre y dependiente y, a diferencia de los demás, no puede caminar por sí mismo. La marginación de cualquier tipo es un fenómeno siempre incómodo. Y no sólo para quien la sufre, sino también para los demás, para los “normales” que pasan de largo por el camino mirando hacia otra parte. Los marginados de cualquier tipo, gritan y molestan. Imploran ayuda y nos ponen en cuestión. El propio confort y seguridad se hacen molestos ante el rostro inquietante de la marginación. Una forma de esquivar esta incomodidad es hacerse sordo a sus gritos, hacerlos callar, como hacen “muchos” de los que caminaban alrededor de Jesús, que tratan de que, además de ciego, el pobre se haga mudo. Una forma de acallar esos gritos es, por ejemplo, convertirlos en “un problema” abstracto, anónimo, sin nombre y sin rostro.

El primer detalle significativo del Evangelio de hoy es que, a diferencia de lo que sucede en otros pasajes de curación, aquí se nos dice el nombre y algo de su procedencia: es el hijo de Timeo, Bartimeo, esto es, alguien concreto, con nombre, con una historia y unas relaciones, con sentimientos, deseos y esperanzas, frustrados precisamente por su situación de marginación. Es normal que gritara en cuanto percibiera la más mínima esperanza de curación.

Desde Jericó Jesús se prepara para subir a Jerusalén, donde consumará su destino mesiánico. La salvación está cerca. El ciego sentado al margen del camino, sabiendo que pasaba Jesús de Nazaret, implora piedad al tiempo que lo confiesa como el Mesías, “Hijo de David”.


Jesús no percibe en el grito del ciego la molestia que ocasiona la marginación, sino la angustia y el sufrimiento de la persona concreta. El sufrimiento, de hecho, no le es ajeno en absoluto, lo conoce en primera persona pues por su encarnación “está él mismo envuelto en debilidades”, y puede compadecerse de los que sufren. Es la vía del sufrimiento hasta la muerte la que realiza su realeza, su filiación davídica, su mesianismo. Así que, a diferencia de los demás, Jesús se detiene, y llama al ciego, y entabla con él un diálogo, se abre a sus necesidades y se dispone a escuchar sus deseos. Es interesante que le pregunte: «¿Qué quieres que haga por ti?», como si no fuera evidente. Pero es que a la hora de acoger y ayudar es importante (tal vez, lo más importante) dejar que la persona se exprese y pueda exponer sus necesidades y deseos. A veces la ayuda social puede hacerse de manera profesional y especializada: “sabemos” mejor que el necesitado lo que necesita, y  podemos hacer de él “objeto” de una caridad burocratizada, que no da lugar al encuentro personal, al diálogo con la persona, a que ésta pueda ejercitar el mínimo de autonomía de que todavía disfruta: siquiera decirnos su nombre (“no soy sólo un ciego, sino yo, Bartimeo”), exponer su necesidad y su pobreza, expresar sus deseos y manifestar sus sueños. Hay formas de ejercer la “caridad” que pueden ser modos encubiertos de hacer callar el grito de los marginados. Jesús, como vemos hoy, actúa de otra manera: oye el grito, llama, escucha, deja al otro ser sí mismo, y sólo desde ahí actúa curando.

Sanar la marginación no significa necesariamente hacer milagros, ni siquiera resolver problemas. No siempre está en nuestras manos, desde luego, lo primero, ni tampoco siempre lo segundo. Pero sí que podemos escuchar, acoger, respetar al otro en su idiosincrasia y en su concreción, reconocerlo como persona dotado de esa mínima pero fundamental autonomía que consiste en expresarse, en decirnos su nombre, su procedencia, sus deseos, sus esperanzas y, por tanto, también su fe.



No ser sordos a este grito y este clamor es una primera forma de curar la ceguera, la causa de la marginación. Jesús, que atribuye la curación de Bartimeo a su propia fe, tal vez nos esté diciendo justamente que para superar la marginacion hay que prestar atención y ayuda, pero también dejar al otro poner su parte y ejercer su margen de autonomía, por pequeña que esta sea.

El milagro que Jesús ha obrado con la cooperación de la fe del ciego no consiste sólo en la recuperación física de la vista, sino también en el hecho de que Bartimeo abandona su situación de marginación y se integra al camino por el que marchaban todos, y lo hace además en el seguimiento de Jesús: “lo seguía por el camino”. Descubrimos que la llamada de Jesús, guiada por la compasión, era además una llamada al seguimiento. Responder a la llamada exige fe y también generosidad. Como los primeros apóstoles dejaron sus redes, Bartimeo, para responder a la llamada, dejó su escasa riqueza, su manto, que era su casa y su abrigo.

Cada uno de nosotros puede reconocerse en el ciego Bartimeo. Todos tenemos nuestras cegueras, nuestras limitaciones (físicas, intelectuales, psicológicas, morales), nuestras dependencias, que nos marginan de un modo u otro. Podemos conformarnos con resignación e imponernos silencio a nosotros mismos. Pero Jesús pasa a nuestro lado y tenemos que tener el valor de dirigirnos a él, de gritarle nuestra necesidad. Quién sabe la cantidad de “curaciones” que nos hemos perdido en nuestra vida por no haber sido capaces (por temor a las reacciones de los demás, o por parálisis interior, o por orgullo o pereza…) de dirigirnos a Cristo con fe. Bartimeo nos invita hoy a orar con insistencia, a acudir a Jesús y gritarle nuestra necesidad, a no conformarnos con nuestras cegueras, nuestros horizontes estrechos y limitados. Jesús nos escucha, nos deja hablar y expresarnos: ¿por qué perder la oportunidad de abrir ante él, sin temor, con confianza, esto es, con fe, nuestro corazón, nuestras necesidades, nuestros deseos y nuestras esperanzas, para que él, escuchándonos, nos ponga en pie y nos cure, dándonos la oportunidad de caminar por nosotros mismos y en su seguimiento?


Si sentimos que, de un modo u otro, Jesús ya nos ha tocado y curado, si estamos ya en camino, Bartimeo nos invita a examinar la calidad de nuestro seguimiento. Puede ser que, como los apóstoles en estos últimos domingos, seamos todavía ciegos para ciertos aspectos del mensaje evangélico. Vivir en el seguimiento de Jesús significa haber sido curado de la ceguera que nos impide caminar con libertad, pero también de las sorderas que nos impiden escuchar los gritos de los que todavía se sientan al borde del camino y nos importunan pidiendo ayuda. Ser seguidor de Jesús implica estar dispuesto a pararse, a acoger, a escuchar, a ayudar en la medida de nuestras posibilidades (unas veces personalmente, otras, junto con otros, uniendo fuerzas en organizaciones adecuadas). Es un género de ayuda que auna, por otro lado, acción social y anuncio del evangelio, solicitud por la necesidad y llamada a la fe y al seguimiento. Se trata de dos dimensiones inseparables pero autónomas en cierto sentido. La ayuda es incondicional: su motivación no puede ser otra que el sufrimiento ajeno. Pero, por ser una ayuda realizada por y desde el seguimiento de Cristo, no puede no remitir, desde el pleno respeto a la libertad y la autonomía ajena,  a la fuente de la que brota nuestra capacidad de acogida y ayuda.

A este respecto, hay otra forma de marginación que podemos entrever en el evangelio de hoy. La dimensión religiosa está cada vez más ausente de los modos de vida y de pensamiento del mundo en el que vivimos, que se ha hecho en gran medida ciego para la fe y se va situando al margen de la experiencia cristiana. Pero también esta forma de marginación y de ceguera grita de múltiples formas. También a estos gritos tenemos los creyentes que prestar atención, escuchándolos y tratando de darles una respuesta respetuosa y firme. Hay formas de necesidad y de ceguera a los que sólo la fe en el Dios Padre de Jesucristo puede responder. Los que tenemos fe debemos reconocer sin complejos que somos ricos de una riqueza que no es nuestra y que hemos de compartir, somos depositarios de una luz que quiere iluminar a todos. Por medio del testimonio de fe, que se expresa en el amor y en la atención a las necesidades ajenas, Jesús mismo quiere hacerse cercano también a esta forma de marginación y, dirigiéndose a cada uno, preguntarle con solicitud: «¿Qué quieres que haga por ti?»


“El ciego y el camino”



Después de habernos exhortado en los tres últimos domingos a revisar nuestras actitudes ante el placer, el tener y el poder, la liturgia nos presenta la imagen de los ciegos. A lo largo de las páginas bíblicas son con frecuencia la metáfora de la pobreza y el desvalimiento. En este día son como un grito de esperanza en medio de la oscuridad.
El profeta Jeremías pone en boca de Dios un oráculo de esperanza dirigido al pueblo de Israel, deportado en Babilonia (Jer 31, 7-9). El Señor de la historia se acordará de él y lo guiará de nuevo hasta su tierra. Al ir iban llorando, pero ahora regresarán entre consuelos.
Se anuncia la hora del retorno. Se anuncia un nuevo Éxodo. Dios traerá a los suyos y los congregará de los confines de la tierra. En ese resto de Israel, recobrado y liberado del exilio habrá ciegos y cojos y habrá preñadas y paridas.
Dios se presenta a sí mismo como el protector de los enfermos y de las débiles. Él es el Señor de la vida. Es más, Dios quiere ser reconocido por Israel como un padre.

LOS CONTRASTES HUMANOS


Dedicado a revisar las actitudes humanas más profundas, este capítulo del evangelio de Marcos se cierra con un relato profundo. Una especie de evangelio dentro del evangelio. Un resumen del itinerario de los que han sido alcanzados por la bondad del Señor (Mc 10,46-52). Un relato en el que, una vez más, se agrupan al menos tres contrastes.
- En primer lugar, también aquí aparece la figura de un ciego. Es ciego y pobre, como ocurría generalmente en aquel tiempo. Pero es uno de los pocos enfermos curados por Jesús que tiene nombre propio. Se llama Bartimeo, es decir, “el hijo de Timeo”. Es claro que para el evangelio el pobre tiene dignidad.

- Es ciego, pero el oído le lleva a descubrir el paso de la gente. Y, sobre todo, el paso de Jesús. Mientras los que acompañan al Maestro quieren hacerle callar, el ciego lo invoca a gritos con un título mesiánico: “Hijo de David, ten compasión de mí”. Evidentemente ése puede ser un verdadero discípulo.

- Hay un tercer detalle. Antes del encuentro con Jesús, el ciego es un mendigo sentado al borde del camino y pidiendo limosna. Después del encuentro es un hombre que ha recobrado la vista y sigue a Jesús por el camino. Mendigar al borde del camino y seguir por el camino al que se reconoce como el Maestro: he ahí la diferencia que marca la fe.

LAS PALABRAS DEL MAESTRO


 
El relato evangélico recoge tres frases de Jesús que reflejan lo que Él es y lo que aporta a quien se acerca a Él.

• “Llamadlo”. Esa es la voluntad de Jesús. Él vino a buscar a los pobres, a los enfermos y marginados. Y vino a buscar colaboradores para esa misión de sanación y salvación. Todos los cristianos somos invitados a hacer llegar esa llamada a los que buscan al Señor.

• “¿Qué quieres que haga por ti?” Es la misma pregunta que Jesús dirigió a Santiago y Juan, hijos del Zebedeo. Ellos querían que Jesús les concediese honores y poder. Bartimeo sólo quiere la luz que puede conceder el que es la luz del mundo.

• “Anda, tu fe te ha curado”. La sanación viene del Señor. Es absolutamente gratuita. Pero el Señor valora la fe de los que se acercan a él con humildad y confianza. La que lo confiesa como hijo de Dios es la que lleva a descubrirlo como guía del camino.

- Señor, Jesús, tú conoces bien nuestra ceguera y nuestra pobreza. Ayúdanos a reconocerte cuando pasas a nuestro lado. Que no nos domine la cobardía. Y que, en medio de las tinieblas, podamos invocarte diciendo: “Maestro, que pueda ver”. Amén.