domingo, 26 de mayo de 2013

LA SANTÍSMA TRINIDAD (Evangelio dominical)


Celebramos hoy la Solemnidad de la Santísima Trinidad: el misterio de un solo Dios en Tres Personas.  Y las lecturas de hoy nos invitan a meditar sobre la esencia de Dios.

La Primera Lectura (Prov. 8, 22-31), tomada de uno de los llamados “libros sapienciales” de la Sagrada Escritura, el de los Proverbios, nos habla de la Sabiduría.  Y al hablar de la Sabiduría se nos va mostrando en bellísima poesía el inmenso poder de Dios con frases como éstas: “jugando con el orbe de la tierra... afianzaba los cielos ... colgaba las nubes en lo alto”.

Y es curioso apreciar cómo también esta poesía nos presenta la Sabiduría como si fuera un personaje, como si fuera una creatura de Dios:  “El Señor me poseía desde el principio, antes que sus obras más antiguas ... Antes que las montañas y las colinas quedaran asentadas, nací yo”.

Sin embargo, en esta otra frase podemos intuir que la poesía bíblica señala a la Sabiduría como si fuera Dios mismo: “Quedé establecida desde la eternidad, desde el principio”.   En efecto, en otro de los libros sapienciales, el de la Sabiduría, se nos dice que por la Sabiduría “los hombres se salvarán”  (Sb. 9, 18).  También: “la Sabiduría es una emanación pura de la gloria de Dios” (Sb. 8, 25).

 

Es importante notar que en este caso, como en otros cuantos, el lenguaje de la Biblia no es literal.  Estas bellísimas metáforas que nos comunican con claridad, aunque en lenguaje poético, la idea de la magnificencia y del poder de Dios, no son lenguaje literal.

El cristiano reconoce en estas citas que la Sabiduría es una figura de Cristo, que es la imagen de la excelencia de Dios y reflejo de su actividad, porque Cristo es la Palabra -es decir, la expresión misma de Dios.  (Jn. 1,1)          

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Juan, en la Solemnidad de la Santísima Trinidad.



Lectura del santo evangelio según san Juan 16, 12-15


 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.
Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.
Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.


COMENTARIO.-



Enigmas y misterios

 

Los misterios no son enigmas. Estos últimos son planteamientos artificiales o situaciones más o menos naturales cuyo sentido se encuentra escondido y resulta de difícil comprensión, pero que con observación, un poco de agudeza e ingenio se pueden resolver. Todos conocemos el célebre enigma de la Esfinge, que resolvió Edipo, salvando así su vida y labrando al tiempo su propia desgracia. Los misterios, en cambio, pueden no tener nada de extraño, pueden ser realidades totalmente habituales y, sin embargo, no se pueden “resolver”, en el sentido de que no se pueden “disolver”, no se pueden reducir a una fórmula que deshace su secreto; el misterio puede entenderse sólo si se lo respeta como tal. La vida es un misterio, y el enigma biológico de su fórmula genética no puede desplazar el sentimiento de asombro ante la vida, especialmente ante la nueva vida, por ejemplo, de un niño recién nacido. Tampoco el enigma de la estructura subatómica o el de la expansión del universo pueden, una vez resueltos, explicar por qué hay ser y no, más bien, la nada. Lo mismo cabe decir de la inteligencia y la voluntad libre. No digamos ya, del misterio del amor. ¿Por qué una persona se enamora precisamente de esta otra, y siente que, pese al cúmulo de casualidades que han cruzado sus caminos, está como predestinado a compartir con ella su vida del todo y hasta el final? Quien quiera explicar este misterio resolviendo enigmas biológicos o psicológicos, tendrá que explicar además el enigma de su propia miopía mental.

 

 El misterio de la Santísima Trinidad no es un enigma. Mucho menos es un enigma matemático que pretende una imposible ecuación numérica (que uno es igual a tres, o algo similar). Tampoco se trata de un misterio puramente teórico, una especie de rompecabezas teológico propuesto para poner a prueba nuestra fe, o, tal vez, nuestra credulidad. Todo en el mundo tiene, desde luego, un lado teórico, y el Dios trinitario también: no en vano es objeto de la reflexión teológica. Pero no es ése su aspecto más importante.

El misterio de la Trinidad es una verdad de fe que Dios ha ido revelando poco a poco, a lo largo de toda la historia de la salvación, y que se ha ido entrelazando, ante todo, con la experiencia religiosa viva del hombre, primero en Israel, y después y de modo definitivo, con el advenimiento de Cristo.

 

El texto del libro de los Proverbios expresa con enorme fuerza y belleza un lado fundamental de la experiencia religiosa de Israel. El universo inmenso, inabarcable, ordenado y lleno de belleza remite a un Autor que es todavía más grande, más alto que lo más alto del cielo, más profundo que los fundamentos de todo lo que existe. Israel al contemplar el universo, comprende que éste no es divino, y que el Creador de todas las cosas está por encima de todas ellas. Por esta transcendencia suya Dios es inaferrable, no es posible encerrarlo en un concepto, ni manipularlo con ritos mágicos cualesquiera. Pero, ante esta grandeza y fuerza ilimitada, el hombre no se siente aterrado y aplastado. El Dios que se anuncia y esconde tras las maravillas de la creación no es un monarca (literalmente, un principio –arché– solitario y separado –monos–) que establece con sus criaturas relaciones despóticas, puramente verticales que las reducen a pura servidumbre. Al hablar de la sabiduría “engendrada antes de todo tiempo” con la que y por medio de la que todas las cosas fueron creadas, se adivina la intuición, todavía no del todo explícita, de un Dios que no es un solitario, o que se reduce a pensamiento puro que se piensa a sí mismo, sino que en su interior existe relación, hay comunicación interna, se da un diálogo. La comunicación sólo es posible allí donde hay diferencia, inteligencia y respeto. La suprema expresión de una comunicación así es el amor, que supera la diferencia sin anularla.

 

El mundo que suscita la admiración del autor del libro de los Proverbios habla de una sabiduría que revela a un Dios amable y deseoso de comunicarse con el hombre. Si alguien opone a esto las expresiones de amenaza, ira o castigo por parte de Yahvé en el Antiguo Testamento, es preciso responder que esas expresiones siempre dan paso, a veces de manera inesperada, incluso ilógica, a otras que hablan de perdón, misericordia, salvación y restablecimiento de la alianza. Porque Dios no establece con el hombre, hemos dicho, relaciones despóticas de sumisión, sino que propone pactos, alianzas, que suponen el reconocimiento de la libertad de las dos partes y el respeto entre ellas.

La plena comunicación de Dios al hombre se ha realizado en Jesucristo, Palabra y sabiduría de Dios, por quien fueron creadas todas las cosas, y que, al comunicarse al hombre se ha hecho máximamente cercano, hasta el punto de haber asumido la humanidad misma. En Jesús, el Dios-Hombre, el Padre, pagando, eso sí, un alto precio (el precio del a Cruz), ha sellado la paz con el hombre, la plena reconciliación y la amistad, que el ser humano ha roto con el pecado. Pero Jesús no ha venido simplemente a realizar una “visita de cortesía”, a resolver un entuerto y a marcharse tranquilo a casa; Jesús ha querido quedarse con nosotros. Es cierto que la encarnación ha significado someterse a las limitaciones del espacio y el tiempo, pero, gracias a su resurrección, esas barreras han sido superadas y Jesús sigue presente entre nosotros por medio de su Espíritu. El Espíritu Santo es el Espíritu de Jesús, el Espíritu del Amor, la relación viva y personal que hay entre el Padre y el Hijo.



De hecho, el misterio de Dios, incluso en la concreción de la carne y la humanidad de Jesús sigue siendo inmanipulable e inabarcable. Por eso, como dice Jesús en el Evangelio, no “podemos con ello”, pues no es posible encerrarlo en unas fórmulas, en una “doctrina”. Es preciso entrar en un diálogo vivo, paciente y prolongado, en una comunicación perseverante en la que cada uno de nosotros y todos como Iglesia vamos profundizando, comprendiendo, penetrando el misterio insondable de Dios, que es el misterio mismo del Amor, bajo el magisterio del único Maestro, Jesús, y la guía y la inspiración del Espíritu. Por eso, más que una comprensión meramente intelectual (imposible para nuestra frágil inteligencia, al menos en las actuales circunstancias de nuestra vida), es necesario abrirse a este misterio por la vía del amor. Al aceptar el amor de Dios en Cristo, y al tratar de amar a los demás, estamos estableciendo una comunicación viva con Dios que trasciende toda teoría. Porque el amor no es una norma moral que tengamos que “cumplir”, sino la vida interna del Dios Uno y Trino derramada en el corazón del creyente y que opera en él, precisamente por las obras del amor: la paz, la confianza, el respeto, el perdón, la virtud, la constancia, la comprensión.


El misterio de un solo Dios en Tres Personas


 

Siendo la Fiesta de la Santísima Trinidad, en el Evangelio (Jn. 16, 12-15)  Jesús nos habla de sí mismo, y también del Padre y del Espíritu Santo.  Habla de éste como el “Espíritu de Verdad”. 

Y nos dice: “El los irá guiando hasta la verdad plena ... recibirá de Mí lo que les vaya comunicando.  Todo lo que tiene el Padre es mío... tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes”.   Perfecta unión entre las Tres Personas, cuya Sabiduría es comunicada a nosotr

Dicho en palabras de San Atanasio: “El Padre da a todos por el Hijo lo que el Espíritu Santo distribuye a cada uno”.  Es decir: todo nos viene del Padre, por la gracia del Hijo, y todo es repartido por el Espíritu Santo.

 

De allí la frase de San Pablo (cf. 2 Cor. 13, 14) con que se inicia la Santa Misa: “La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el Amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes”.

En la Segunda Lectura (Rm. 5, 1-5) también San Pablo nos explica el funcionamiento de la Santísima Trinidad para con nosotros. “Por mediación de nuestro Señor Jesucristo hemos obtenido la fe, la entrada al mundo de la Gracia... Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones, por medio del Espíritu Santo, que El mismo nos ha dado”.

Quiere decir esto que el Padre es Amor, el Hijo es la Gracia.  El Espíritu Santo es la comunicación del Amor y la Gracia.  Es decir, el Amor del Padre y la Gracia del Hijo nos son comunicadas por el Espíritu Santo, el cual las infunde en nuestros corazones.  ¡Maravilla operacional del Dios Uno y Trino, del Dios Vivo y Verdadero.

Y si Dios es así, si Dios funciona así para con nosotros sus creaturas,  y si Dios es todo Amor y todo Gracia ¿por qué nos empeñamos en desfigurar a Dios?

 

Veamos: Un dios que no ama es la antítesis de Dios, pues esencialmente “Dios es Amor” (1 Jn. 4, 16).  

Sin embargo, algunos en nuestros días se están construyendo un “dios” a su manera, a su medida, a su antojo... y, sin darse cuenta, se están construyendo un “dios” que no puede amar.

Un Dios “spray”, ha llamado el Papa Francisco a este “dios” inventado, por el  “new-age” que creen es simplemente “energía”.  Y una simple “energía”, por más grande que pueda ser, no es capaz de amar.

"¿Cuántas veces?" -se preguntó el Papa- la gente dice que en el fondo cree en Dios, pero "¿en qué Dios?.   Un Dios difuso, un Dios-spray, que está un poco por doquier pero no se sabe qué es”.  (18-4-13)

 

Para los católicos -y también para los demás cristianos- Dios es todopoderoso, infinitamente poderoso, pero no es una simple energía.  Para nosotros Dios no es mera fuerza nebulizada: es un Ser, que conoce y que nos conoce a cada uno de nosotros en forma particular.

Es un Ser que se relaciona con nosotros, y nosotros con El.   Es un Ser que ama, y nos ama a cada uno de manera especial, tan especial que nos ama a cada uno como si cada uno fuera único, porque cada una de sus creaturas es única para El.

Más aún, sabemos que Dios es un Ser tri-personal.  De eso se trata el misterio de la Santísima Trinidad: Dios es uno, pero hay tres Personas en Dios.

Imposible de entender.  Difícil de explicar.  Aunque hay similitudes en nuestro mundo que nos ayudan a entender el concepto de Dios Uno y Trino: tres velas unidas en una sola llama, por ejemplo, nos dan una idea de la Trinidad.  O el agua en estado sólido, líquido y gaseoso, son tres formas de una misma sustancia.

 

 “Nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo.  Nosotros creemos en personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con Personas: o hablo con el Padre, o hablo con el Hijo, o hablo con el Espíritu Santo.  Esta es la fe", dijo el Papa Francisco. (18-4-13)

Y esas Tres Personas que son cada una el mismo y único Dios, se aman entre sí y nos aman a nosotros con un Amor que es Infinito, como Infinito es Dios.

Pero esas Tres Personas no están incluidas en el monigote de dios que se está creando esta civilización.   ¿Cómo es ese monigote de dios?

Jesucristo, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, ni siquiera es considerado Dios.  Es simplemente un profeta más, equiparado con Buda, Mahoma o Laotsé.

Los del New Age tienen la audacia de considerarlo un hombre que se dio cuenta que podía llegar a ser un dios.  Para estos equivocados, Jesucristo no es el Dios-hecho-Hombre del Cristianismo, sino el hombre-hecho-dios que nos propone el post-modernismo, siguiendo la corriente panteísta, según la cual todo es dios y nosotros formamos parte de ese dios “spray”, por lo cual podemos pretender llegar nosotros también a ser dioses.  ¡La tentación original: ser como dioses!

  El Espíritu Santo ni siquiera aparece en este nuevo y errado concepto de Dios.  Dentro de esta corriente, cuando se habla de “espíritu”, en nada se refiere a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, que nace del Amor del Padre y del Hijo y que comunica ese Amor a los seres humanos.  

En fin, con este dios inventado no hay posibilidad de relacionarse, pues más bien se cree que todos formamos parte de esa “divinidad energética” a la que llaman dios. 

Parece muy lindo el concepto de “formar parte” de dios.  Pero al nosotros aparecer metidos dentro de esa “energía”, en esa pretendida unidad no hay distinción entre nosotros y ese “spray”.  Y si no hay distinción entre nosotros y dios ¿cómo puede existir el amor? 

Parece, incluso, que esa pretendida unidad de todos formando parte del dios energía, fuera lo mismo que la unión o comunión con el Dios único y verdadero que pregona el cristianismo y que, efectivamente, Dios nos ofrece.  Pero es muy distinto.

 

En la verdad y realidad cristianas, Dios se da a los seres humanos y espera que nosotros nos demos a El.  El nos comunica su Amor y desea que le amemos a El (por cierto, sobre todas las demás cosas y personas).

El nos ama para que nosotros le amemos y para que nos amemos entre nosotros con ese Amor con que El nos ama.

Y en ese Amor de Dios a nosotros, de nosotros a Dios y de nosotros entre sí, se da la unión.  “Que todos sean uno como Tú, Padre, estás en Mí y Yo en Ti.  Sean también ellos uno  en Nosotros” (Jn. 17, 21).

Si amamos a Dios como El desea ser amado por nosotros y si nos amamos entre nosotros con ese amor con que Dios nos ama, estaremos unidos a Dios para toda la eternidad.

Pero aún en el más allá, cuando esa unión se dará a plenitud, y los que hayamos obrado bien estaremos resucitados en cuerpo y alma gloriosos en unión plena en Dios, Dios seguirá siendo Dios y nosotros seguiremos siendo nosotros.

Dios seguirá siendo Tres Personas y nosotros seguiremos siendo también personas.  ¡Gracias a Dios que no seremos todos “spray”!