domingo, 18 de agosto de 2013

"He venido a prender fuego en el mundo" (Evangelio dominical)





El papa Francisco recientemente ha invitado a los jóvenes a armar lío en las diócesis, a no seguir aletargados en esta suave cultura del bienestar que hace que la Iglesia sea totalmente inofensiva e irrelevante en el mundo actual. Al expresar su deseo de una Iglesia de los pobres, el papa no está invitando a una revolución violenta sino a un cambio en los corazones que traerá consigo una transformación de nuestro mundo. El mismo Jesús emprendió esa revolución interior y dijo:  “He venido a prender fuego en el mundo” (Lc 12,49-53). Hace falta un fuego purificador que acabe con la corrupción existente.

El fuego en la Biblia es una imagen del juicio de Dios. Cuando Dios se manifiesta establece la justicia. Dios se manifestará sobre todo en la pasión y resurrección de Jesús, que está caminando ahora hacia Jerusalén. Va deseoso de sumergirse en el bautismo de sufrimiento. El bautismo cristiano en agua y Espíritu, representado también como un fuego, es una participación en la muerte y resurrección de Jesús. Jesús podía haber optado por una vida sin complicaciones, sin embargo tomó sobre sí la cruz sin preocuparse del deshonor e infamia que comportaba.



 Fuego y agua serán los instrumentos de purificación y salvación del pueblo en el juicio de Dios. Éste se va a mostrar como un Dios de perdón y de misericordia.

Y como viene siendo habitual, hoy traemos las reflexiones de tres religiosos que nos hablan en nuestro idioma, del Evangelio de San Lucas, en este Domingo XX del Tiempo Ordinario - Ciclo "C"- .



Lectura del santo evangelio según san Lucas (12,49-53):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 
«He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! 
Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
 ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.»

Palabra del Señor           



COMENTARIO.



"He venido a prender fuego en el mundo"







Las Lecturas de hoy nos hablan de dos temas conflictivos, por ser desagradables:  la persecución y la división.  Y por más que queramos soslayarlos, no nos es posible. 

Tampoco podemos soslayar un grave comentario de Jesús, acerca de la división en la familia, que nos trae el Evangelio de hoy:

“No he venido a traer la paz, sino la división.  De aquí en adelante, de cinco que haya en una familia, estarán divididos tres contra dos y dos contra tres.  Estará dividido el padre contra el hijo, el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra” (Lc. 12, 49-53).

  ¿Cómo puede ser esto?  ¿No dijeron los Ángeles que anunciaron el Nacimiento del Salvador: “Paz a los hombres” (Lc.  2, 14)?   ¿No nos habló varias veces Jesús de llevar la Paz, de ser pacíficos, etc.?  ¿No nos dijo:  “Mi Paz les dejo; mi Paz les doy” (Jn. 14, 27)?  Ciertamente.  Así nos dijo.  Pero, enseguida explicó:  “La Paz que Yo les doy no es como la que da el mundo” (Mt. 14, 27).

La Paz de Jesús no es como la del mundo.  La paz que nos ofrece el mundo es una paz ficticia, incompleta, equívoca, engañosa ... Porque en el mundo las cosas no son como las de Dios.  En el mundo la paz puede ser un balance entre violencias opuestas.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser una serenidad aparente y engañosa.  ¿Y eso es Paz?  En el mundo la paz puede ser la ley del más fuerte.  ¿Y eso es Paz? 

La Paz que Cristo nos vino a traer es muy distinta a la del mundo.  Muy distinta.  Cristo vino a traer la salvación.  Y la salvación puede trastornar la paz según el mundo, porque hay unos que buscan a Cristo y su causa -la salvación de la humanidad-, y hay otros que no.  He allí la división a la cual se refiere Jesús en este Evangelio:  los que están con El y su causa, y los que no están con El y con su causa. 

Y esa división puede darse en una nación, entre amigos ... o en una familia.  Es verdad que la Fe puede ser factor de unión, pero cuando hay algunos que no la acogen puede ser también factor de división.  Muchas veces cuando alguno o algunos responden al llamado de Cristo de seguirlo de verdad, sincera y profundamente como Cristo nos pide, pueden esos seguidores convertirse en “signo de contradicción” para los demás ... incluso para los más cercanos.

  “¡Estás muy fanático!”  “¡Has perdido objetividad!”  “¡Ya no hablas sino de Dios!”  Y termina por darse el distanciamiento, la separación, la división.

Ahora bien, ¿quién es el que se está separando?  ¿Quién está causando la división?   ¿El que sigue a Cristo o el que no?

El que se divide es aquél que no sigue a Cristo.  De allí que el seguidor de Cristo se siente apartado de los que no lo están siguiendo.  Y pueden ser amigos, parientes o de la propia familia.  Y esa división significa que alguno o algunos están haciendo lo que hay que hacer, pues le están siguiendo a El, Camino, Verdad y Vida.

Entonces ...  ¿nos quedamos sin familia?  ¿Nos quedamos sin padres, ni hermanos, ni hijos?  La respuesta es otra sorpresa del Señor:

“‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?’  E indicando con la mano a sus discípulos, dijo:   ‘Estos son mi madre y mis hermanos’.  Porque todo el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre’” (Mt. 12, 48-49).

La “familia”, entonces, termina siendo quien hace la Voluntad de Dios.  Son todos los que siguen a Cristo en su entrega a la Voluntad del Padre.  Puede ser que en esa “familia” estén incluidos algunos o todos los miembros de mi familia.  Pueda ser que por un tiempo no estén mis familiares y luego más tarde sí.  Lo importante es saber -porque así nos lo dice Cristo- que la familia de Dios, su “familia”, está formada por aquéllos que hacen su Voluntad.  De otra forma, la división es inevitable.

Toda división trae sufrimiento y ese sufrimiento purifica a quien pretende seguir a Cristo y ve que los suyos no hacen lo mismo.  Sufre porque los suyos no están en el Camino que es Cristo.  Sufre porque no puede compartir con ellos la Verdad que es Cristo.  Sufre porque los suyos no viven la Vida que es Cristo.

De allí que el Señor nos diga antes de hablarnos de esta dolorosa división, en el comienzo del Evangelio de hoy:  “Vine a traer fuego a la tierra.  Y cómo quisiera que estuviera ya ardiendo”  (Lc. 12, 49).  Es el fuego purificador de su Palabra.  Es el fuego purificador de la acción del Espíritu Santo en el mundo y en cada uno de nosotros.  Es el fuego purificador del sufrimiento, cualquiera que sea, pero muy especialmente del causado por seguirlo a El.


La Primera Lectura (Jer. 38, 4-6 . 8-10)  nos habla de la persecución del Profeta Jeremías.  Lo perseguían porque consideraban que desanimaba al pueblo.

 La posición de Jeremías era comprometedora -como la de todos los Profetas- porque los planes de Dios distan mucho de los de los hombres.  Y los modos de Dios pueden ser muy paradójicos, lo que los hace incomprensibles. 

Dios estaba pidiendo al pueblo hebreo que se rindiera ante la invasión extranjera de los Caldeos, pero es Jeremías quien tiene que hacer la proposición.  “Aunque pierda todo, el que se entregue a los Caldeos, salvará su vida”.  Una proposición anti-patriótica.  Pero Dios es el que sabe cómo guía a su pueblo.  Jeremías cumple con su misión de anunciar y de aconsejar lo impopular.  Por eso lo apresan y lo condenan a morir en la fosa.  Pero Dios lo salva de manera imprevista. 

Sin embargo, Jeremías tuvo que sufrir mucho a causa de su misión como Profeta durante 40 años.  Jeremías tuvo muchas dificultades en el servicio a Dios, pues le tocó informarle a los últimos Reyes de Judá de los desastres que le venían a Jerusalén, a causa de sus pecados.  Por las pruebas que tuvo que sufrir, se considera el Profeta que más se parece a Cristo sufriente.

El Salmo 38 expresa la situación de Jeremías.  Puede ser la nuestra también, cuando nos encontramos en peligro en nuestra vida espiritual:  “Esperé en el Señor con gran confianza ... Del charco fangoso y la fosa mortal me puso a salvo”.

San Pablo en la Segunda Lectura (Hb. 12, 1-4)  también nos habla de persecución:  la de Jesús.  “Aceptó la cruz, sin temor a la ignominia ...  Mediten, pues, en el ejemplo de Aquél que quiso sufrir tanta oposición de parte de los pecadores”.  San Pablo anuncia posibles martirios a los cuales  hay que estar dispuestos, pues algunas persecuciones pueden llegar a esos extremos:  “todavía no han llegado a derramar su sangre en la lucha contra el pecado”.