sábado, 13 de agosto de 2011

"En nuestra Fe, lo decisivo, es la apertura personal de cada uno hacia Dios, en su vida." (Evangelio dominical)


Este domingo, día 14 de Agosto, 20º del Tiempo Ordinario, también en el Santoral, dedicado a San Maximiliano Kolbe, mártir , y como no, previo a la Celebración del día 15, Festividad de Nuestra Señora de La Asunción y muchas otras advocaciones de Nuestra Señora, María, Madre de Dios y Nuestra.

Pero también es la antesala de la Visita a España de Su Santidad El Papa Benedicto XVI, con motivo de la Celebración de Las Jornadas Mundiales de la Juventud 2011. Que se celebrará en un par de día en Madrid y que reunirán a más de un millón de jóvenes peregrinos de todos los países del mundo en esta ciudad, capital de España y por unos días de la Fe de los jóvenes del mundo.

Hoy, como en otras ocasiones, para explicar La Palabra de Dios, reunimos a tres pastores de la iglesia, José A. Pagola (Jesús es para todos), José María Vegas (Las fronteras de la fe y la compasión que no conoce fronteras) y Pedro Crespo Arias (Comentario), que desde su formación y con diferentes palabras, pero con el mismo idioma y fe, expresan a los feligreses, que Dice Jesús, a través del Evangelio y Otras Escrituras de este domingo.

Como más adelante indicamos; Una enseñanza de las lecturas de este domingo podría ser la siguiente: en nuestra fe lo decisivo no es el origen de cada uno (haber nacido en un país y en una familia católica), sino la apertura personal (la opción personal) que cada uno hace por Dios en su vida.

JESÚS ES PARA TODOS

La escena es sorprendente. Una mujer pagana sale gritando al encuentro de Jesús. Es una madre de fuerte personalidad que reclama compasión para su hija enferma, pues está segura de que Dios quiere una vida digna para todos sus hijos e hijas, aunque sean paganos, aunque sean mujeres.

Su petición es directa: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija está atormentada por un demonio». Sin embargo, su grito cae en el vacío: Jesús guarda un silencio difícil de explicar. ¿No se conmueve su corazón ante la desgracia de aquella madre sola y desamparada?
La tensión se hace más insoportable cuando Jesús rompe su silencio para negarse rotundamente a escuchar a la mujer. Su negativa es firme y brota de su deseo de ser fiel a la misión recibida de su Padre: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

La mujer no se desalienta. Apresura el paso, alcanza al grupo, se postra ante Jesús y, desde el suelo, repite su petición:
«Señor, socórreme». En su grito está resonando el dolor de tantos hombres y mujeres que no pertenecen al grupo de aquel Sanador, y sufren una vida indigna. ¿Han de quedar excluidos de su compasión?
Jesús se reafirma en su negativa: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos». La mujer no se rinde ante la frialdad escalofriante de Jesús. No le discute, acepta su dura imagen, pero extrae una consecuencia que Jesús no ha tenido en cuenta: «Tienes razón, Señor; pero también los perros comen las migajas que caen de la mesa de los amos». En la mesa de Dios hay pan para todos.

Jesús reacciona sorprendido. Escuchando hasta el fondo el deseo de esta pagana, ha comprendido que lo que pide es exactamente lo que quiere Dios: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». El amor de Dios a los que sufren no conoce fronteras, ni sabe de creyentes o paganos. Atender a esta mujer no le aleja de la voluntad del Padre sino que le descubre su verdadero alcance.

Los cristianos hemos de aprender hoy a convivir con agnósticos, indiferentes o paganos. No son adversarios a apartar de nuestro camino. Si escuchamos su sufrimiento, descubriremos que son seres frágiles y vulnerables que buscan, como nosotros, un poco de luz y de aliento para vivir.

Jesús no es propiedad de los cristianos. Su luz y su fuerza sanadora son para todos. Es un error encerrarnos en nuestros grupos y comunidades, apartando, excluyendo o condenando a quienes no son de los nuestros.

Las fronteras de la fe y la compasión que no conoce fronteras

El profetismo es un momento decisivo en la apertura universalista de la fe de Israel y, por consiguiente, de superación del fuerte nacionalismo que la caracteriza. Su enérgico monoteísmo lleva a los profetas a comprender que, si hay un solo Dios, ese Dios único ha de serlo de todos los hombres sin excepción. Por eso, la salvación ofrecida al pueblo judío no puede ser algo exclusivo de él. El pueblo escogido lo es en cuanto pueblo sacerdotal, es decir, mediador de una salvación abierta a todos. Pero este universalismo es todavía imperfecto, teñido del nacionalismo del que tiene que liberarse: la condición para acceder a la salvación es prácticamente hacerse judío, el pueblo judío abre sus puertas para que, quien quiera, pueda entrar en él.

Jesús, que no ha venido a abolir la ley, sino a darle cumplimiento y llevarla a la perfección (cf. Mt 5, 17), es el que da el paso definitivo hacia un universalismo verdadero y sin fronteras nacionales o raciales.

La apertura que se produce en la época del profetismo la aprovecha Jesús para salir de los confines nacionales e ir en busca de los considerados “paganos”. Todo el cuadro que nos presenta hoy el evangelio de Mateo puede entenderse como una acción profética, no exenta de paradojas chocantes, pero impregnada de un profundo sentido pedagógico para sus discípulos y, por tanto, para todos nosotros.

El primer momento de esta acción profética consiste precisamente en salir de los territorios del pueblo de Israel (Galilea y Judea), al país de Tiro y Sidón, en Fenicia, la actual Siria. Es posible que Jesús, que no encuentra tranquilidad en su tierra (cf. Mt 14, 13), que experimenta una tensión creciente con los fariseos y saduceos (cf. Mt 15, 1-7), y se siente amenazado por Herodes (cf. Mt 14, 1-2), buscara en aquellos territorios alejados la soledad con sus discípulos, a los que tenía que preparar para anunciarles su próxima pasión (cf. Mt 16, 21). Pero esta es también una buena ocasión para transmitir una enseñanza que va más allá de las palabras.

Sin embargo, ni siquiera en tierra de paganos encuentra Jesús la tranquilidad que busca. He aquí que una mujer cananea le importuna con sus ruegos. Al atravesar los límites de Israel ya nos está diciendo Jesús que la compasión no sabe de aduanas. El sufrimiento humano, que adquiere aquí rostro en una madre angustiada por el mal que padece su hija, es digno de lástima independientemente de la procedencia, la condición social, la confesión religiosa, incluso la calidad moral del que sufre. Todo hombre que sufre es digno de compasión y de ayuda.

Por eso nos choca tanto la reacción de Jesús, que da la callada por respuesta. Algo que nos podría dar pie a reflexionar sobre el silencio de Dios a nuestros ruegos y peticiones. Aquí vamos a subrayar sólo un aspecto: el silencio de Jesús provoca que los discípulos intercedan a favor de la mujer. Posiblemente, los apóstoles eran partidarios de la doctrina más tradicional, que reservaba el favor de Dios sólo para Israel. Por eso, es muy probable que no entendieran qué habían ido a hacer aquellos territorios ajenos, extraños, paganos. De ahí que, finalmente, la motivación para interceder a favor de aquella pobre mujer que los seguía gritando no fueran totalmente puros: querían, sencillamente, quitársela de encima. Pero ya el silencio de Jesús les obligó a mirarla y sentir una primera forma de compasión. Que sus motivaciones no fueran perfectas nos habla precisamente de la necesidad de ese proceso pedagógico que ha de conducirlos a la comprensión de la universalidad de la salvación.

Cuando, ante la insistencia de una y los otros, Jesús se dirige por fin a la mujer, parece espetarle los prejuicios nacionales judíos, cargados no sólo de exclusivismo, sino también de desprecio (como, por lo demás, es propio de los prejuicios de toda forma de nacionalismo). Pero, una vez más, debemos ver aquí el sentido profético y pedagógico del modo de actuar de Jesús. Con su peculiar mayéutica, Jesús provoca que la mujer complete la confesión de fe ya contenida en su petición: “ten compasión de mí, Señor, Hijo de David”, con una súplica llena de confianza y humildad: la salvación prometida a los judíos puede y debe alcanzar también a los que no lo son, siquiera sea como migajas. Así Jesús les enseña a sus discípulos, a todos nosotros, que no son los rasgos nacionales, raciales o culturales los que establecen los límites de la salvación que Cristo ha venido a traernos, sino una fe viva y confiada.

Ahora bien, aquí tenemos que advertir que en toda esta escena no se está diciendo que lo único importante es el aspecto subjetivo de la fe, que lo que vale es creer y confiar, no importa en qué ni en quién. Hoy existe una fuerte tendencia al subjetivismo, que pretende que todas las religiones y “fes” son exactamente iguales. Sin negar la dignidad propia de cada religión y forma de fe, es necesario subrayar también los aspectos objetivos, los contenidos de fe, que Jesús en ningún momento niega. Hay detalles en este texto que recuerdan la declaración de Jesús a la samaritana en el evangelio de Juan: “vosotros no sabéis lo que adoráis, nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene por los judíos” (Jn 4, 22). En la afirmación de Jesús sobre el pan de los hijos se contiene la afirmación implícita de que la revelación plena de Dios (eso sí, para todos los hombres sin excepción) se da en el seno de Israel.

La mujer cananea también lo ha reconocido al confesar que Jesús es Señor e hijo de David, es decir, Mesías. Y este matiz nos hace volver los ojos a la segunda lectura, la de hoy y la del domingo anterior, en que Pablo, el Apóstol que abrió la fe cristiana de manera radical y definitiva a todos los gentiles, liberándola de las ataduras de la ley mosaica, se duele por el destino de su pueblo, depositario de las promesas y del que nació el Mesías (cf. Rm 9, 1-5), y al que sigue asignando un papel clave en la reconciliación de la humanidad con Dios: “Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables.”

Así pues, Jesús con su respuesta final (“Mujer, qué grande es tu fe”) realiza lo que simbólicamente significaba aquel “salir” de las fronteras nacionales: la verdadera frontera es la fe, pero no una fe cualquiera, sino la fe en el Dios Padre de todos, Padre de Jesucristo, el Hijo de David, la fe que es además apertura y confianza, la fe confiada que pide compasión y que mueve a compasión hacia todo sufrimiento humano, un fe, en definitiva, que no conoce fronteras.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (15,21-28):

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada.
Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando.»
Él les contestó: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.»
Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: «Señor, socórreme.»
Él le contestó: «No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor


COMENTARIO:


La Historia de la Salvación es como una relación de amistad y amor entre Dios y su pueblo. Esta historia de amistad empezó por el pueblo de Israel, el pueblo elegido, pero se fue abriendo progresivamente a toda la humanidad. Esa historia de salvación, a su vez, está llena de encuentros personales con Dios, que reproducen la misma dinámica que con el pueblo elegido: Abrahán, Moisés, los profetas, María, Pablo, Pedro... Dios Padre, y Jesucristo, tienen la iniciativa en esa relación y el ser humano tiene que responder a esa invitación para que se produzca ese encuentro. La historia de Israel es una historia de encuentros y desencuentros que dan paso a una historia más universal con la Nueva Alianza.

La vida publica de Jesucristo y su misión se desarrollan principalmente en Israel ("sólo a las ovejas descarriadas de Israel", dice el evangelio), pero hay varias referencias en el mismo evangelio a la apertura de la misión a los extranjeros, como el caso del evangelio que nos ocupa. Por ejemplo, Jesús comienza su misión en la región de Galilea, fuera de Judea, que era el "reducto" de los elegidos.

El comienzo de la Iglesia estuvo marcado por el discernimiento, en el concilio de Jerusalén, sobre esta cuestión: ¿Debían limitarse a Israel o era necesario salir a los gentiles? Se decidió salir a los gentiles.

Un factor decisivo para ver clara esa decisión no fue sólo el proceso de un descubrimiento teórico o una profundización en el mensaje de Jesús, sino la misma cerrazón de los judíos al mensaje fue la que lanzó a los primeros cristianos fuera de sus fronteras y así comenzaron a predicar el Evangelio, lo que sirvió para testimoniar que los gentiles también son herederos de las promesas de Dios.

La primera lectura es un claro testimonio de que los extranjeros, marginados en la religión judía, con los que no se podían relacionar, son destinatarios de la misión de Dios y han respondido positivamente a su mensaje. "Los extranjeros se han dado al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza" -dice el Señor-. Lo decisivo no es el origen, sino la respuesta a la invitación de Dios.

La segunda lectura pone de manifiesto que si bien los gentiles no habían respondido a Dios, también los judíos no han respondido y se han cerrado al mensaje de Dios. "Dios encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos". Con lo que se resalta que la salvación viene de Dios, de su misericordia, no es merecida por nadie y que el pueblo de Israel se cerró a la obediencia de Dios.

El texto del evangelio es una alabanza de la fe de una mujer cananea, extranjera, que se acerca a Jesús a pedirle un milagro para su hija. Pedir a Dios nunca está demás. Por ejemplo, ahí tenemos la oración del Padrenuestro que son siete peticiones; oración que nos enseñó Jesús. También hay que destacar que esta mujer no pide para sí misma, sino para su hija. El amor nos hace estar pendientes de las necesidades de los demás, más incluso que de las propias. En el diálogo entre Jesús y la mujer hay una frase desconcertante de Jesús: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos" (pues Jesús ha venido a las ovejas descarriadas de Israel). Los hijos serían los israelitas y los perros los extranjeros. Digo que es desconcertante pues Jesús siempre tiene una actitud de cercanía con todos y, especialmente, con los marginados. La mujer cananea acepta la comparación y dice que los perros comen las migajas que se caen de la mesa del amo, por lo que suplica esas "migajas". Por eso es alabada la fe.

Una enseñanza de las lecturas de este domingo podría ser la siguiente: en nuestra fe lo decisivo no es el origen de cada uno (haber nacido en un país y en una familia católica), sino la apertura personal (la opción personal) que cada uno hace por Dios en su vida. La religiosidad que vivimos en occidente, en Europa y España, tradicionalmente católicas, está llena de referencias culturales externas que presuponen la vivencia interior y personal de la fe, lo cual es falso. Así nos encontramos con muchos referentes religiosos, cada vez menos, a nivel de tradición, de cultura, de folclore, de sociología... que manifiestan ciertas reminiscencias católicas, pero falta una clara opción personal de quienes se hacen presentes en todos esos referentes religiosos. Por eso Juan Pablo II dijo que Europa necesita una Nueva Evangelización. Mientras tanto en los países de misión están naciendo nuevas comunidades, en las que los cristianos tienen que hacer una opción personal por Jesús frente a sus tradiciones, su cultura...


Benedicto XVI viene a Madrid en la XXVI JMJ a recordarnos que estamos arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe. No lo debemos olvidar, en especial, los pueblos de Europa.

¿Cómo es tu fe?






Fuentes:
Iluminación Divina
José A.Pagola
Jose María Vegas, cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán