sábado, 20 de agosto de 2011

"Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Evangelio dominical)


Sócrates vivió en Atenas cuatrocientos años antes de Cristo. Como Jesús Sócrates no nos dejó ningún escrito existente. Sin embargo, otra vez como Jesús, fue el maestro más célebre de su época. Se aprovechaba de un método de pedagogía que ahora lleva su nombre. El "método socrático" persigue el conocimiento por hacer varias preguntas del objeto eliminando lo que no sigue bien hasta que llegue a la verdad. En el evangelio hoy encontramos a Jesús haciendo una pregunta que nos conduce a la verdad de verdades.

Jesús pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen que soy yo?" No es un joven inseguro de su parentesco. Ni quiere probar a sus seguidores del entendimiento para su mensaje. No, su propósito es para enseñarles ambas su identidad y su misión. Es como el entrenador que enfatiza los básicos por llegar a la práctica con balón en mano preguntando, "¿Qué es esto?"

A través del Evangelio de Mateo, conoceremos la respuesta y lo que llevó al nombramiento de Pedro, como primer Papa.Precisamente ahora, somos afortunados en España, con disfrutar de las palabras, imágenes, mensajes de Su Santidad Benedicto XVI, que con motivo de las JMJ de Madrid 2011. S encuentra aquí, tan cerca de nosotros. Si, Benedicto XVI, sucesor de Pedro en la tierra.

Hoy contamos con tres predicadores de La palabra de Dios; José Maria Vegas (Creer en el Dios que cree en el hombre), José M. Pagola( Nuestro Único Señor) y con Pedro Crespo Arias(Comentario), para ayudarnos a comprender el mensaje que Jesus, Nuestro Señor,y que lo hace a través del Evangelio de este domingo, XXI del Tiempo Ordinario


NUESTRO ÚNICO SEÑOR

"¿Quién decís que soy yo?". Lo mismo que los primeros discípulos, también los cristianos de hoy hemos de responder a Jesús para recordar de quién nos hemos fiado, a quién estamos siguiendo y qué podemos esperar de él. También nosotros vivimos animados por la misma fe.
Jesús, tú eres el Hijo de Dios vivo. Creemos que vienes de Dios. Tú nos puedes acercar como nadie a su Misterio. De ti podemos aprender a confiar siempre en él, a pesar de los interrogantes, dudas e incertidumbres que nacen en nuestro corazón. ¿Quién reavivará nuestra fe en un Dios Amigo si no eres tú? En medio de la noche que cae sobre tus seguidores,
muéstranos al Padre.

Jesús, tú eres el Mesías, el gran regalo del Padre al mundo entero. Tú eres lo mejor que tenemos tus seguidores, lo más valioso y atractivo. ¿Por qué se apaga la alegría en tu Iglesia? ¿Por qué no acogemos, disfrutamos y celebramos tu presencia buena en medio de nosotros? Jesús, sálvanos de la tristeza y contágianos tu alegría.
Jesús, tú eres nuestro Salvador. Tú tienes fuerza para sanar nuestra vida y encaminar la historia humana hacia su salvación definitiva. Señor, la Iglesia que tú amas está enferma. Es débil y ha envejecido. Nos faltan fuerzas para caminar hacia el futuro anunciando con vigor tu Buena Noticia. Jesús, si tú quieres, puedes curarnos.

Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha carne. El gran Indignado que ha acampado entre nosotros para denunciar nuestro pecado y poner en marcha la renovación radical que necesitamos. Sacude la conciencia de tus seguidores. Despiértanos de una religión que nos tranquiliza y adormece. Recuérdanos nuestra vocación primera y envíanos de nuevo a anunciar tu reino y curar la vida.

Jesús, tú eres nuestro único Señor. No queremos sustituirte con nadie. La Iglesia es sólo tuya. No queremos otros señores. ¿Por qué no ocupas siempre el centro de nuestras comunidades? ¿Por qué te suplantamos con nuestro protagonismo? ¿Por qué ocultamos tu evangelio? ¿Por qué seguimos tan sordos a tus palabras si son espíritu y vida? Jesús, ¿a quién vamos a ir? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.

Jesús, tú eres nuestro Amigo. Así nos llamas tú, aunque casi lo hemos olvidado. Tú has querido que tu Iglesia sea una comunidad de amigos y amigas. Nos has regalado tu amistad. Nos has dejado tu paz. Nos la has dado para siempre. Tú estás con nosotros hasta el final.
¿Por qué tanta discordia, recelo y enfrentamientos entre tus seguidores? Jesús, danos hoy tu paz. Nosotros no la sabemos encontrar. Jesús.


Creer en el Dios que cree en el hombre.


El evangelio de hoy supone un momento de inflexión en el ministerio de Jesús. El anuncio del Reino de Dios realizado a Israel no ha tenido la acogida esperada. Esto explica la pregunta sobre las opiniones de la gente acerca de la identidad del hijo del hombre. Incluso si estas opiniones pueden ser favorables, pues interpretan a Jesús en clave profética y descubren en él una cierta presencia de Dios, no acaban de salir de los límites estrechos de lo que hoy consideramos el antiguo Testamento: si Jesús es un profeta más, de los antiguos, como Elías o Jeremías, o de los recientes, como Juan, significa que el Reino de Dios no se ha hecho todavía presente, que “tenemos que esperar a otro” (Mt 11, 3). Esto significa que la gente, cuyas opiniones recogen los discípulos, entienden a Jesús desde esquemas religiosos tradicionales, pero sin llegar a percibir la novedad contenida en su persona y su mensaje: que en él se realizan por fin las antiguas promesas. En este momento de crisis, en el retiro de un territorio pagano, y en la soledad del pequeño círculo de los más cercanos, Jesús trata de comprobar si esta incomprensión se da también en estos últimos. Si así fuera, el fracaso sería completo, la soledad, total. Su pregunta no es ahora impersonal, acerca de lo que piensa “la gente”, sino directa y personal: “vosotros, quién decís que soy yo”.

Pedro, en nombre de todo el grupo, responde con palabras que son más que una mera opinión, que tienen el carácter de una confesión. Pedro no se deja guiar simplemente por las ideas religiosas que flotan en el medio ambiente, sino por su experiencia personal de seguimiento de Cristo. Su respuesta indica que la predicación y los signos de Jesús en su ministerio por Galilea no han caído totalmente en saco roto. Hay quien ha entendido, ha percibido la novedad, ha descubierto en el hombre de Nazaret la presencia del Mesías esperado.

Las palabras de Jesús en respuesta a la confesión de Pedro son enormemente significativas: lo declara dichoso, bienaventurado, es decir, partícipe de la nueva forma de felicidad propia de los niños del Reino de Dios (cf. Mt 5, 3-12); y esa dicha se debe a que ha sido depositario de una revelación: Simón, hijo de Jonás, es decir, hijo de la sangre y la carne, de las tradiciones nacionales y de los prejuicios culturales, no ha respondido así por ser miembro de esa tradición nacional o religiosa, sino que, elevándose sobre las opiniones comunes y los prejuicios ambientales, se ha abierto a la revelación que Dios ha hecho de manera definitiva en su Hijo Jesucristo. Todos entendemos que cuando habla de revelación Jesús no alude a experiencias místicas y visiones extraordinarias, sino al trato cotidiano con Él, a la acogida sincera de su Palabra, a la comprensión en fe del significado de los signos que realiza. Pedro no se limita a opinar, sino que confiesa, porque el seguimiento ha impregnado ya su personalidad.

Por eso, si el hijo de Jonás ha descubierto en el hijo del hombre al hijo de Dios, el Cristo, ahora es Jesús el que le descubre una nueva identidad, un nombre nuevo y una misión: Pedro, llamado a ser fundamento de la Iglesia y depositario de las llaves del Reino que Cristo ha traído a la tierra.

El cuadro que Mateo sitúa en Cesárea de Filipo, tierra pagana, bien puede trasladarse a hoy, a nuestro tiempo, nuestra cultura. Todo país o cultura es territorio de misión, pues la evangelización, incluso allí donde las ideas cristianas son dominantes, es necesaria una toma de postura personal. Si la fe cristiana se adopta por motivos nacionales, por tradición cultural o por contagio social, entonces es “la sangre y la sangre” la que la dicta; es un principio, pero es insuficiente. La carne y la sangre pueden ser también tomas de postura ante Jesús dictadas por motivos muy positivos, que ven en Jesús un gran maestro de moralidad, un luchador y mártir por la justicia o un profeta de hondo significado religioso, pero que no llegan a la confesión que lo reconoce como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios que “tenía que venir al mundo” (Jn 11, 27). Para llegar a esta confesión, fruto de una revelación de lo alto, es preciso abrirse a la Palabra, realizar un encuentro personal con Jesús, hacer un camino personal de seguimiento, que nos permita descubrir en él al Ungido de Dios.

Esta experiencia y esta toma de postura personal ante Jesús tocan las fibras más íntimas de nuestra identidad, sacan lo mejor de nosotros mismos, el hombre nuevo que estamos llamados a ser, expresado en el nombre nuevo y en la misión que Jesús nos confía. En el texto de hoy se habla de la misión de Pedro, que toda la tradición de la Iglesia ha visto prolongada en sus sucesores. Pero Pedro, que habla aquí en nombre de todos los otros apóstoles, en cierto modo representa a todos los miembros de la Iglesia. Cada uno de nosotros tiene su propia misión en la comunidad de los creyentes, es decir, a cada uno de nosotros, en dependencia de nuestra personal vocación, Jesús nos confía su propia obra.

Así descubrimos una dimensión muy importante de nuestra fe, en la que no siempre reparamos lo bastante. Ser cristiano significa creer en el Dios que cree en el hombre. Que Dios cree en nosotros significa ante todo que confía en nosotros, y, por eso, nos confía la misión que Jesús ha venido a realizar en el mundo. Dios nos conoce, conoce nuestras debilidades, nuestra fragilidad. Pedro es también representante de ellas: así como Jesús lo declara bienaventurado, acto seguido (lo veremos la semana que viene) tendrá que reprenderlo, y todos recordamos sus negaciones. Y, no obstante, Jesús no se desdice de la misión y del riesgo de la responsabilidad que le confía. Creer en el Dios de Jesucristo es una invitación directa a creer en el hombre, a pesar de los pesares. Y ello tiene que reflejarse también en nuestra actitud respecto de la Iglesia, construida sobre el fundamento de los apóstoles, sobre la piedra que es Pedro. La fe y la confianza en la Iglesia no elimina sus debilidades, que merecen la crítica de Jesús (cf. Mt 16, 23) y su reconvención serena y llena de amor (cf. Jn 21, 15-17). Pero si Jesús, a pesar de todo ello, no ha dejado de confiar en Pedro (y, en él, en cada uno de nosotros, que lo confesamos como Mesías), ¿no habremos nosotros de creer y confiar en aquellos a los que Él ha entregado las llaves del Reino?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (16,13-20):


En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?»
Ellos contestaron: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas.»
Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?»
Simón Pedro tomó la palabra y dijo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.»
Jesús le respondió: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo. Ahora te digo yo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor



COMENTARIO.


El texto del Evangelio de este domingo XXI del tiempo ordinario es una invitación a reconocer la figura del Papa, sucesor de San Pedro; también es una invitación a confesar nuestra fe en Jesucristo, el Hijo de Dios. Repasemos detenidamente este texto tan interesante del Evangelio.

Comienza Jesucristo haciendo una pregunta a los discípulos: "¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?". Es curioso, como si a Jesús le importara lo que pensaban de él los demás.


Unos dicen que Juan el Bautista, el profeta que anunciaba la llegada del Mesías, la conversión, que fue decapitado por Herodes. Otros dicen que Elías - lo recordábamos hace un par de domingos -, el profeta que descubrió a Dios en un susurro y así aprendió la misericordia de Dios, después de ser un profeta que denunciaba las incoherencias del pueblo de Israel. Otros que Jeremías, el profeta dolido de la suerte de su pueblo que se iba a dividir y que fue perseguido por anunciar esa división.


Y hoy, ¿quién dice la gente que es Jesús? Hay un grupo, el más reducido, que dice que es la razón de su vida; otros dice que es un personaje importante; hay otros que pasan totalmente de él, pues no creen en Dios.


En esta pregunta Jesucristo se llama así mismo el "Hijo del Hombre", título que se aplica así mismo muchas veces, cogido del libro de Daniel y que quiere expresar que es "hombre", pero también implica este título que es juez y salvador.

Continúa Jesucristo preguntando: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?". Lo importante y lo decisivo no es lo que dice la gente, sino lo que piensan cada uno de los apóstoles, lo que creemos cada uno de nosotros. ¿Quién es, de verdad, para ti Jesucristo? Sin dar una respuesta aprendida de catecismo. ¿Es para ti alguien significativo en tu vida? ¿Hasta qué punto es significativo?

Y San Pedro da una respuesta perfecta, que ha sido revelada por Dios Padre: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo". Jesucristo es el Mesías; es decir, el Salvador esperado por el pueblo de Israel, del que hablaban todas las profecías. Jesucristo es el Hijo de Dios vivo; es decir, no es sólo el Hijo del hombre, sino que también es el Hijo de Dios, tiene un origen divino. Esta es la confesión de Pedro, una confesión de la divinidad de Jesucristo, de su mesianismo.

A esta confesión de fe de Pedro le corresponde una declaración sobre su persona de Jesucristo: "Tú eres Pedro; sobre esta piedra edificaré mi Iglesia... te daré las llaves del reino de los cielos".


"Tú eres Pedro". Jesucristo cambia el nombre del apóstol: de Simón a Pedro (Céfas, piedra). El cambio de nombre indica también una misión, el ser "piedra": punto de referencia, base de unión; misión dada a Pedro y a sus sucesores, los papas. Dios es la Roca. Jesucristo es la piedra que desecharon los arquitectos y que ahora se ha convertido en la piedra angular. También este título lo aplica Jesús a Pedro.

"Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia". Sobre ese fundamento edificará "su" Iglesia. Hay quienes piensan que Jesucristo no quiso fundar ninguna Iglesia, que fue idea de los apóstoles, sobre todo de San Pablo. Pues aquí tenemos una referencia clara de Jesucristo, que quiere fundar su Iglesia para continuar con su misión.

"Te daré la llave del reino de los cielos...". El poder de las llaves, al que hace referencia la primera lectura que se lee en este domingo: se destituye al mayordomo corrupto (Sobna) por Eliacín, al que el Señor colgará sobre su hombro la llave del palacio de David. Este poder, que es conferido a Pedro, es el poder de atar y desatar, el poder de prohibir y permitir, el poder de condenar y perdonar. Poder que regula la entrada al Reino de los cielos.

La Iglesia y el Reino de Dios no es lo mismo. A la Iglesia se pertenece por el sacramento del Bautismo, que nadie "controla"; la Iglesia tiene la misión de construir el Reino de Dios. El Reino de Dios es un mundo mejor que tenemos que construir los cristianos aquí en la tierra y que llegará a su plenitud en el cielo. Se pertenece al Reino de Dios por la vivencia de los valores del Evangelio, de las bienaventuranzas.

Que el Señor nos haga venerar la figura del Papa como fundamento de la Iglesia, como criterio de unidad; y que aumente nuestra fe en la persona de su Hijo Jesucristo.









Fuentes:
Iluminación Divina
José Maria Vegas, cmf
Pedro Crespo Arias
José A. Pagola
Ángel Corbalán