sábado, 19 de noviembre de 2011

"Cristo tiene que reinar" (Evangelio dominical)


El título de rey aplicado a Dios tiene una fuerte tradición en el Antiguo Testamento, en la historia del pueblo de Israel y en la mística de los profetas y salmistas. Jesús de Nazaret, a su vez, afirmará ante Pilato que él es rey, pero que su reino no es de este mundo. En varas ocasiones, había huido de las multitudes que intentaban proclamarle rey. Hoy día, en nuestra sociedad, la figura de los reyes suscita de inmediato suspicacias, cuando no rechazo. No es una imagen positiva, por la carga histórica de descrédito que, a través de los tiempos y lugares, ha acumulado esta figura. Aplicarle a Jesucristo el “título de rey” supone un ejercicio de previa depuración del concepto y del mismo término. La Iglesia católica asumió esta asignación a partir del 11 de marzo de 1925, fecha en la que Pío XI instauró la fiesta de Jesucristo, rey del universo. Fueron tiempos en los que los países europeos alentaban espíritu fuertemente laicista y la Iglesia católica se sentía acorralada. En España, la denominación de Cristo Rey llegó a derivar en cierto catolicismo patriótico, definitivamente superado.

Para situar esta fiesta es preciso reconducir esa titularidad allí donde radica su razón de ser: en la Cruz de Cristo, en cuya debilidad reside su fuerza salvadora para todos los pueblos y todos los hombres.

Como en otras ocasiones, este domingo XXXIV del Tiempo Ordinario, traemos para mejor conocimiento de La Palabra de Dios, según el Evangelio de San Mateo, tres reflexiones a través de los comentarios de tres religiosos.

La Fiesta de Cristo Rey

Con la fiesta de Jesucristo Rey del universo se termina el Tiempo Ordinario, y se inaugura el Tiempo de Adviento, que marca el inicio de un nuevo año litúrgico en la Iglesia; es decir una nueva posibilidad para acercarnos al Señor, para conocerlo y amarlo con todo nuestro ser.


La fiesta Jesucristo Rey fue instaurada por el Papa Pio XI el 11 de marzo de 1925 y tiene su razón de ser en virtud del cambio de mentalidad que se había gestado en el mundo, de manera especial a mediados del siglo XIX y principios del XX, nos referimos a la influencia de la época moderna en el contexto mundial, en donde la fuerza de la Iglesia propia del medievo había declinado con el ascenso del antropocentrismo por encima del teocentrismo, de la filosofía sobre la teología, de la universidad sobre el templo, del Estado sobre la Iglesia, y finalmente del hombre sobre Dios.

En esta situación de anticlericalismo, se evidenció la nostalgia de la iglesia por su status pasado y con la fuerza naciente de la secularización, manifestada en el advenimiento de los estados laicos y del deseo de separar Iglesia y Estado, nace la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, como respuesta por parte de la Iglesia a un escenario mundial que queriendo desconocer a Dios, quiso convertir al hombre en el soberano de los pueblos.

El contexto histórico al cual nos estamos refiriendo fue muy complejo y en este ambiente la Iglesia pretendió que los Estados reconocieran pública y oficialmente a Jesucristo Rey, mediante consagraciones hechas por el primer mandatario de la nación; se crearon partidos políticos con tinte religioso y centrales sindicales católicas con el ánimo de no permitir la independencia del mundo de la Iglesia y finalmente ésta quiso que se mantuviera al interior de los Estados su autoridad como había ocurrido desde la baja edad media hasta la alta edad media.

Conociendo el anterior panorama, es bueno mencionar aquí, que con la celebración del Concilio Vaticano II celebrado en 1962, la mentalidad de la Iglesia cambió, porque el contexto social también había cambiado y en este nuevo escenario, la fiesta de Jesucristo Rey del universo tuvo una nueva comprensión y por supuesto la pugna por el poder entre Iglesia y Estado pasó a un segundo plano, porque la iglesia descubrió que su papel en el mundo era el de iluminar la mente y la conciencia de los hombres para un actuar mejor de acuerdo con la vida de Jesucristo; entendió que su tarea en medio de los pueblos, era una tarea profética y evangélica, haciendo notar que el reinado de Jesucristo distinto al reinado de los hombres, tenía como fundamento, la justicia, el amor y la paz.

Con base en lo anterior, mostremos brevemente el contenido teológico de la fiesta de Jesucristo rey del universo. Empecemos por mencionar que Jesucristo actúa como rey bajo el horizonte que nos ofrece Ezequiel en la primera lectura, aclarando como es obvio la ubicación de este profeta en el Antiguo Testamento a saber: Que Jesucristo es Rey del universo a la manera del buen pastor, quien con la armadura del amor, apacienta a sus ovejas, busca a la perdida y cura y venda sus heridas, tal es el sentido del reinado de Jesucristo en el mundo, distinto al formulado por los hombres, en donde la principal herramienta es el poder, su dinamismo reside en la conquista de nuevos territorios y su objetivo final es la muerte de sus contendientes.

Por otro lado, el reinado de Jesucristo explicitado en la segunda lectura, se entiende desde la panorámica de su Gloriosa Resurrección, Jesucristo es Rey porque en el marco del viernes santo, enfrentado en fuerte batalla a la muerte, la derrotó con la fuerza de la vida, constituyéndose de esta manera en el Rey del universo, demostrando así, que mientras grandes monarcas caían y caerán, su reino no tendrá fin, porque su reino no es de este mundo. Desde esta perspectiva podemos decir que la victoria anhelada por Jesucristo Rey del universo consiste en que la humanidad entera vuelva sus ojos a Él, porque sólo en Él los pueblos tendrán vida en abundancia; monarcas y monarquías caen, solo Jesucristo permanece.


Finalmente y centrados en el evangelio de hoy, nos es posible afirmar que el reino predicado por Jesucristo lo podemos experimentar en el aquí y en el ahora de nuestra historia personal, y luego junto a Él en la eternidad; siempre y cuando nuestra adhesión a Él se concrete en la puesta en práctica de las obras de misericordia: “Venid benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”. (Mt 25, 34-36).

Como se puede apreciar el Reinado de Jesucristo y su poder no se establece sobre la base de las armas y de la fuerza irracional, no se comprende desde la aniquilación del otro porque es su enemigo y no se entiende desde la subordinación ciega de los hombres a la voluntad de quien tiene autoridad sobre ellos; por el contrario, su fundamento está en la vivencia de la caridad, que nos permite reconocer el rostro del mismo Jesucristo en el rostro de nuestros hermanos.

Hermanos y hermanas, esta fiesta de Jesucristo Rey del universo cobra sentido en la medida en que todos nosotros intentemos hacer de nuestra vida y de nuestro corazón el trono donde reine Jesús, quien nos invita a vivir en el amor, a actuar con justicia y a sembrar la semilla de la paz.
Que el Corazón Inmaculado de María aliente nuestros corazones para empuñar las armas de la fe y de la esperanza, para seguir con paso firme a Jesucristo el Rey de nuestra vida.


LO DECISIVO


El relato no es propiamente una parábola sino una evocación del juicio final de todos los pueblos. Toda la escena se concentra en un diálogo largo entre el Juez que no es otro que Jesús resucitado y dos grupos de personas: los que han aliviado el sufrimiento de los más necesitados y los que han vivido negándoles su ayuda.

A lo largo de los siglos los cristianos han visto en este diálogo fascinante "la mejor recapitulación del Evangelio", "el elogio absoluto del amor solidario" o "la advertencia más grave a quienes viven refugiados falsamente en la religión". Vamos a señalar las afirmaciones básicas.

Todos los hombres y mujeres sin excepción serán juzgados por el mismo criterio. Lo que da un valor imperecedero a la vida no es la condición social, el talento personal o el éxito logrado a lo largo de los años. Lo decisivo es el amor práctico y solidario a los necesitados de ayuda.
Este amor se traduce en hechos muy concretos. Por ejemplo, «dar de comer», «dar de beber», «acoger al inmigrante», «vestir al desnudo», «visitar al enfermo o encarcelado». Lo decisivo ante Dios no son las acciones religiosas, sino estos gestos humanos de ayuda a los necesitados. Pueden brotar de una persona creyente o del corazón de un agnóstico que piensa en los que sufren.

El grupo de los que han ayudado a los necesitados que han ido encontrando en su camino, no lo han hecho por motivos religiosos. No han pensado en Dios ni en Jesucristo. Sencillamente han buscado aliviar un poco el sufrimiento que hay en el mundo. Ahora, invitados por Jesús, entran en el reino de Dios como "benditos del Padre".

¿Por qué es tan decisivo ayudar a los necesitados y tan condenable negarles la ayuda? Porque, según revela el Juez, lo que se hace o se deja de hacer a ellos, se le está haciendo o dejando de hacer al mismo Dios encarnado en Cristo. Cuando abandonamos a un necesitado, estamos abandonando a Dios. Cuando aliviamos su sufrimiento, lo estamos haciendo con Dios.

Este sorprendente mensaje nos pone a todos mirando a los que sufren. No hay religión verdadera, no hay política progresista, no hay proclamación responsable de los derechos humanos si nos es defendiendo a los más necesitados, aliviando su sufrimiento y restaurando su dignidad.En cada persona que sufre Jesús sale a nuestro encuentro, nos mira, nos interroga y nos suplica. Nada nos acerca más a él que aprender a mirar detenidamente el rostro de los que sufren con compasión. En ningún lugar podremos reconocer con más verdad el rostro de Jesús.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,31-46)

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas, de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistirnos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.


Tal vez el rey Juan Carlos es el hombre más conocido en el mundo hispánico. Su papel es representar a España al mundo como una bandera viviente. Tiene muchos títulos y, sin duda, un equipo de servidores. Sin embargo, vive en modo diferente de los reyes en tiempos bíblicos. Entonces los reyes tenían la doble responsabilidad de defender la nación contra enemigos externos y de conservar el orden interno. Particularmente se preocupaban o, más bien, se suponían que preocuparse por los pobres. El evangelio constata cómo Jesús cumple las tareas del rey antiguo.

Encontramos a Jesús regresando al mundo al fin de los tiempos. No estuvo en un crucero por el Caribe. Más bien se fue a rescatar al mundo de las garras del mal. En una victoria costosa, dio su vida para liberarnos del egoísmo que nos había tenido presos. Por verlo colgado en la cruz nos damos cuenta de que vivimos no para ganar la plata ni para aumentar el placer sino para servir al Padre. Por creer en su resurrección realizamos la gracia para caminar en sus huellas.

Nosotros católicos sentiremos aliviados a encontramos a Jesús de nuevo. Pues, mostrará que nuestra fe no ha sido en vano. Pero no mandará a todos nosotros a entrar en su reino. Tampoco ocupará los criterios esperados para juzgarnos. No por haber rezado, mereceremos la vida eterna sino por haber dado a comer a los hambrientos, haber hospedado a los extranjeros, y haber visitado a los prisioneros. Entonces Jesús especificará su razonamiento con más claridad. En haber tenido cuidado de los necesitados, hemos atendido a él. Al mínimo, esto quiere decir que por ayudar a los pobres, nos hemos hecho los instrumentos con que Jesús cumple sus responsabilidades como rey.

Una pareja católica sirve el almuerzo a los desamparados en la misión evangélica cada viernes. Ciertamente estos dos están dando a comer a los hambrientos. Otra pareja cuidan en su casa veinticuatro/siete a varios menos capacitados por poco dinero pero con mucho cariño. ¿Quién dudará que ellos estén hospedando a los extranjeros? Un grupo de Cursillistas visitan la prisión estatal cada ocho días compartiendo la Palabra de Dios con los encarcelados. Estos son sólo tres de un mil millón de modos para ser los instrumentos del Señor.

Quedamos con la inquietud: “¿Por qué rezamos y recibimos los sacramentos si vamos a ser juzgados por actos de caridad?” La respuesta debería ser obvia, pero siempre la ignoramos. La oración y los sacramentos sirven como recursos para recordarnos de la misericordia de Jesús y para pedirle la gracia a imitarla. A menudo escuchamos una pregunta como: “¿Es posible ser bueno sin Dios?” La verdad es que no vivimos muy rectos con Dios, y sin Dios nos caeríamos como si estuviéramos tratando de correr con los pies atados. Los franceses en el siglo dieciocho y los alemanes y los rusos en el siglo pasado han dado bastante testimonio de la profundidad a la cual se hunde la sociedad sin una firme creencia en Dios.


Un autor religioso escribe sobre su vida con menos capacitados. Le toca bañar, vestir, y dar de comer a un joven epiléptico nombrado Adán. Dice que Adán le ha enseñado “la paz que el mundo no puede dar”. Adán le demuestra que lo más importante no es lo que logremos en la vida sino lo que somos. Le manifiesta que somos imágenes de Dios no por la mente que resuelve problemas sino por el corazón que, vaciado del orgullo, ama al otro. Finalmente, el joven le llama atención al don de la comunidad porque como todos, pero de modo mucho más obvio Adán no puede vivir sin la ayuda de los demás. Para este autor ayudar al necesitado ha sido ayudar a Jesús. Es igual para todos nosotros, ¿no? Cuando ayudamos al necesitado, ayudamos a Jesús.













Fuentes:
Iluminación Divina
Padre Carmelo Mele, O.P
P. Ernesto León D. o.cc.ss
José A. Pagola,
Ángel Corbalán