domingo, 13 de noviembre de 2011

"Y a quien mucho se le dá, mucho se le exigirá" (Evangelio dominical)


Este domingo celebramos el XXXIII del Tiempo Ordinario. Las Lecturas de este domingo nos hablan de la parte que nos toca a cada uno de los seres humanos en nuestra propia salvación. Sabemos que la salvación es obra de Dios, por los méritos de Jesucristo y por la acción del Espíritu Santo en nosotros, pero a cada uno de nosotros nos toca una pequeña parte: nuestra respuesta a las gracias que el Señor nos da en cada momento y a lo largo de toda nuestra vida.

Para explicar un poco mejor cuál es la participación divina y cuál es la participación humana en nuestra propia salvación,traemos los comentarios de tres religiosos y que con su aportación, esperamos la mejor comprensión de La Palabra de Dios.


Una esperanza activa



Nos acercamos paso a paso al final del año litúrgico y la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre eso que llamamos el fin del mundo. Algunos han considerado que esta doctrina cristiana del fin del mundo era una forma algo tétrica de asustar a la gente. Pero ahora resulta que, en estos tiempos de crisis ecológica y agotamiento de los recursos, estamos casi palpando los límites del mundo y sintiendo la inquietud de que, si seguimos por este camino, la vida (al menos la humana) sobre la tierra se hará inviable. Y, ante esta perspectiva amenazante, nos sentimos llamados a actuar de manera responsable: usar con medida los recursos de la tierra, para que alcancen para todos, también a las futuras generaciones. Pues bien, a esta responsabilidad fundamental es a lo que nos llama hoy Jesús con la parábola de los talentos. Y no sólo respecto de los recursos de la tierra, sino en general, respecto de los recursos de que disponemos personalmente cada uno. Porque el fin de mundo no es sólo un acontecimiento cósmico posible más o menos remoto, sino que tiene también un dimensión estrictamente personal: es la certeza de que la vida humana, la de cada uno de nosotros, es limitada y de que llegará el momento en que habremos de rendir cuentas con lo que hemos hecho en y con ella. Así, esta parábola completa la que meditamos la semana pasada: porque nuestro presente no está cerrado sobre sí mismo, estamos a la espera de un acontecimiento futuro que se anuncia con tonos festivos (la venida del esposo, la celebración de una fiesta), pero que también es una llamada a la responsabilidad, un rendimiento de cuentas. Lo que significa que la espera no es, no debe ser, una actitud pasiva y ociosa. Si la parábola de las vírgenes nos avisaba de que la espera ha de ser prudente (hay que hacer provisión de aceite), ahora se subraya ante todo la necesidad de que no sea ociosa, sino activa y, por tanto, productiva.

No hay nada de tétrico en todo esto. La responsabilidad es parte de nuestra vida, porque es parte de nuestra libertad. Nuestras acciones son nuestras, de cada uno, y por eso cada uno se convierte en responsable de lo que hace. La vida es un don a nuestra disposición, pero, como es vida, es también dinamismo, tarea, tendencia a crecer, capacidad de dar frutos, de producir, de multiplicarse. Como sucede en el campo de la ecología, nuestros recursos vitales (capacidades naturales, habilidades adquiridas, relaciones, medios materiales y de cualquier otro tipo, etc.) son limitados, como es limitado el plazo temporal de nuestra responsabilidad. Por eso, hemos de discernir con cuidado qué hacer con todo ello. La vida es una cosa seria, no hay que tomársela a broma. Hay que saber invertir los talentos recibidos para que nuestra vida sea fecunda. Jesús, en su parábola, elige bien la comparación: la toma del ámbito económico, porque ahí la cosa es más patente, aunque sea claro que la inversión de la que habla es de otro tipo. Nuestra vida da réditos y frutos y se hace fecunda en la medida en que nos esforzamos por hacer el bien. Hay aspectos de la vida (producir arte, o ciencia y conocimiento, o grandes intereses económicos) que no están al alcance de todos, no todos han recibido talentos para ello, pero cada uno, con lo que ha recibido, poco o mucho, puede esforzarse en hacer el bien, en multiplicar la alegría y no la tristeza, en acoger al que sufre, en vivir con justicia… etc. Porque estas cosas dependen estrictamente de nuestra voluntad. En este sentido, nadie ha recibido muchos o pocos talentos, sino que cada uno tiene los suyos, y se le pide que los haga fructificar en la medida de sus posibilidades. La responsabilidad es un hecho absoluto, pero proporcional. Por eso a cada uno se le piden frutos acordes con los talentos recibidos. La fidelidad no es cuestión de tallas ni de tamaños. El que es fiel, lo es en lo pequeño y en lo grande. Y la fidelidad en las pequeñas cosas de cada día es el mejor entrenamiento para garantizar la fidelidad cuando lleguen, si es que llegan, los momentos difíciles y las grandes pruebas.

El elogio de la mujer hacendosa de la primera lectura no es necesario leerlo en clave sólo femenina, sino que es el elogio de la persona responsable, que se toma la vida en serio y multiplica el bien en torno a sí, mejorando el mundo en el que le ha tocado vivir.

Además, como no sabemos el día ni la hora de nuestro particular fin del mundo, como nos recuerda Pablo en la segunda lectura, no hemos de perder el tiempo. Nunca es demasiado pronto para empezar a hacer el bien, y nunca es demasiado tarde para intentarlo. El momento presente en que nos encontramos, ese es el talento que hemos de invertir y hacer fructificar. No estamos hablando de una ética obsesiva del trabajo. Ya hemos dicho que el símil económico hay que tomarlo como comparación, como parábola. En la vida hay tiempos para trabajar y descansar, para velar y para dormir, como los hay para llorar y para reír (cf. Eclesiastés 3, 1-8); pero siempre es “tiempo propicio, día de salvación” (cf. 2Cor 6, 2); porque en todo tiempo hemos de evitar el mal y tratar de hacer el bien, de modo que “despiertos o dormidos, vivamos con él” (1 Tes 5, 10).

Y ¿qué pasa con el que devolvió el talento sin producir frutos? ¿Es que eso no es suficiente? ¿No se nos presenta aquí una imagen algo rigorista de la responsabilidad cristiana ante Dios? En realidad, no. El que entregó el talento, después de haberlo tenido escondido sin producir frutos, es como el que devuelve una vida que él mismo ha convertido en estéril. Que ha de entregarla es claro, pues, al margen incluso de que seamos o no creyentes, no vamos a vivir siempre. La vida que hemos recibido (de Dios, si somos creyentes, del azar o la necesidad, si no lo somos) acabaremos por devolverla tarde o temprano. La vida del siervo holgazán es la parábola o el icono del que ha vivido sin responsabilidad. Es un fenómeno frecuente, en realidad una tentación permanente y, según creo yo, el corazón mismo del pecado: tomo la vida y la libertad (mucha o poca) que comporta, pero yo no respondo ante nadie. Hago lo que quiero, soy ley para mí mismo, pero que a mí nadie me venga a pedir cuenta de mis actos. Para enterrar en un agujero el propio talento hay que tomarse algunas precauciones. Por ejemplo, no transgredir aquellas convenciones sociales (como las leyes) por las que la sociedad me podría multar o castigarme con la cárcel. Además, como esas convenciones se van estirando bastante en muchos aspectos (por ejemplo, en cuestiones de ética sexual y bioética; aunque todo hay que decirlo, en otras se extiende un moralismo cargante: por ejemplo, en la persecución de los fumadores), la posibilidad de disponer de la propia libertad de manera irresponsable se amplía notablemente. El único problema es que una vida así, que tal vez no hace nada malo, pero tampoco nada bueno, se hace estéril y al final no tiene nada que ofrecer. El que vive así, si ha tenido suerte, puede ser que se lo haya pasado muy bien, pero su vida, aunque tal vez sea envidiada por muchos, no será admirada por nadie, porque nada ha producido. ¿Qué significa que el señor era un hombre exigente, que segaba donde no sembraba y recogía donde no había esparcido? Tal vez haya que entenderlo en el sentido ya indicado de la seriedad de la vida, que por sí misma es dinamismo, crecimiento y también riesgo. “Enterrar” los propios talentos, las propias posibilidades es una traición al don de la vida.

En resumen, la parábola de los talentos es una llamada, en primer lugar, a la acción de gracias: hemos recibido algunos talentos, muchos o pocos, pero precisamente los nuestros. Hemos de reconocerlos con agradecimiento y sin envidia. Nuestra fe no sólo no prohíbe un sano nivel de autoestima, sino que nos lo exige, al considerar positivamente los dones que Dios nos ha dado. En segundo lugar, nos llama a la responsabilidad: esos dones son realidades vivas, semillas llamadas a dar fruto. Nuestra libertad ha de ponerse manos a la obra para que, en la medida de nuestras posibilidades, el mundo se haga un poco mejor gracias a nuestra aportación (que, por otro lado, nadie puede hacer por nosotros). Por fin, nos llama también a la esperanza: contra todas las posibles evidencias, hacer el bien (ser justos, decir la verdad, sacrificarse por los demás, etc.) no es ni inútil ni cosa de ingenuos, sino una inversión a largo plazo que dará frutos a su tiempo.

Cuando tratamos de vivir así, nos abrimos a esas dimensiones ultimas (escatológicas), a los valores que no pasan, a la eternidad de Dios que se ha hecho presente en la historia humana por la encarnación de Jesús. De este modo, anticipamos sin miedo el “fin del mundo”, justamente aquello que en el mundo es definitivo y no pasa nunca, y que se sustancia en el amor.


Miedo al riesgo.


La parábola de los talentos es muy conocida entre los cristianos. Según el relato, antes de salir de viaje, un señor confía la gestión de sus bienes a tres empleados. A uno le deja cinco talentos, a otro dos y a un tercero un talento: «a cada cual según su capacidad». De todos espera una respuesta digna.

Los dos primeros se ponen «enseguida» a negociar con sus talentos. Se les ve trabajar con decisión, identificados con el proyecto de su señor. No temen correr riesgos. Cuando llega el señor le entregan con orgullo los frutos: han logrado duplicar los talentos recibidos.
La reacción del tercer empleado es extraña. Lo único que se le ocurre es «esconder bajo tierra» el talento recibido para conservarlo seguro. Cuando vuelve su señor, se justifica con estas palabras: «Señor, sabía que eras exigente y siegas donde no siembras... Por eso, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo». El señor lo condena como empleado
«negligente».

En realidad, la raíz de su comportamiento es más profunda. Este empleado tiene una imagen falsa del señor. Lo imagina egoísta, injusto y arbitrario. Es exigente y no admite errores. No se puede uno fiar. Lo mejor es defenderse de él.
Esta idea mezquina de su señor lo paraliza. No se atreve a correr riesgo alguno. El miedo lo tiene bloqueado. No es libre para responder de manera creativa a la responsabilidad que se le ha confiado. Lo más seguro es «conservar» el talento. Con eso basta.
Probablemente, los cristianos de las primeras generaciones captaban mejor que nosotros la fuerza interpeladora de la parábola. Jesús ha dejado en nuestras manos el Proyecto del Padre de hacer un mundo más justo y humano. Nos ha dejado en herencia el mandato del amor. Nos ha confiado la gran Noticia de un Dios amigo del ser humano. ¿Cómo estamos respondiendo hoy los seguidores de Jesús?
Cuando no se vive la fe cristiana desde la confianza sino desde el miedo, todo se desvirtúa. La fe se conserva pero no se contagia. La religión se convierte en deber. El evangelio es sustituido por la observancia. La celebración queda dominada por la preocupación ritual.

Sería un error presentarnos un día ante el Señor con la actitud del tercer empleado: "Aquí tienes lo tuyo. Aquí está tu Evangelio, aquí está el proyecto de tu reino y tu mensaje de amor a los que sufren. Lo hemos conservado fielmente. Lo hemos predicado correctamente. No ha servido mucho para transformar nuestra vida. Tampoco para abrir caminos de justicia a tu reino.
Pero aquí lo tienes intacto".

Despierta en la Iglesia la confianza.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (25,14-30):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus empleados y los dejó encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó. El que recibió cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: "Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos." Su señor le dijo: "Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor." Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo: "Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder mi talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo." El señor le respondió: "Eres un empleado negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese empleado inútil echadle fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes."»

Palabra del Señor


COMENTARIO.

El evangelio de hoy nos provee tres meditaciones importantes en torno a nuestra vida como creyentes en el marco del adviento que ya se acerca.


1.- ¿Cuál es la imagen de Dios en este evangelio?, es la del dueño de muchos bienes que fueron encargados en administración a algunos de sus empleados, y las características personales del dueño son las siguientes: 1.- Un hombre que confía en sus empleados; 2.- Un hombre que no abandona sus bienes sino que por el contrario pide cuentas de ellos y 3.- Un hombre exigente y justo.

Con base en lo anterior es significativo mostrar aquí que El Dios que nos fue revelado por Jesucristo cumple con la caracterización arriba mencionada; es un Dios Padre que puso en nuestras manos la creación entera para nuestro servicio, confió en nosotros y por eso nos dejó en administración este mundo inmenso y maravilloso, y de nuestra parte siguiendo la lógica de aquél que no produjo fruto alguno, no hemos cuidado los bienes de Dios como merecen ser cuidados; Dios nos encargó el bien preciado de nuestra vida y muchos de nosotros hemos acabado con ella, le hemos prendido fuego, la hemos talado y por esta senda nuestros frutos han sido nulos a causa de nuestra manera pobre de obrar y de pensar, pues hemos traicionado la confianza que un día Dios puso en nosotros su hijos.

Por otra parte, en el evangelio de hoy podemos evidenciar cuán exigente es Dios con quienes ama; no es que Él haya dejado sus bienes abandonados al azar del tiempo y de la historia; el nos confió sus bienes a nosotros y por esta razón en cualquier momento Él nos pedirá cuentas de nuestra administración como lo hizo con sus empleados en el evangelio de hoy; él llegará a pedirnos cuentas de manera sorpresiva como lo hizo en el evangelio del domingo pasado con las 10 doncellas; en síntesis y a manera de pregunta, Dios de manera exigente y recia nos interroga diciéndonos: ¿Qué han hecho con sus vidas?, ¿Qué frutos han dado? ¿Han administrado bien los talentos, dones y bienes que puse en sus manos?, ojalá nuestra respuesta fuera semejante a la del primer siervo: “cinco talentos me dejaste, mira he ganado otros cinco” y no a la manera del tercer siervo que le dijo: “Escondí tu talento en la tierra”. Hermanos y hermanas Dios nos ha provisto de innumerables capacidades y cualidades para fructificar en nuestra vida cotidiana, y estamos llamados a responderle con altura, pues ya sabemos que Él es exigente con nosotros porque nos ama, “que siega donde no siembra y recoge donde no esparce”.

2.- ¿Qué valores nos pide Dios poner en práctica a la hora de administrar nuestra vida y nuestros asuntos? Tres son los valores propios de quienes desean agradar a Dios con su vida: 1.- Responsabilidad, 2.- Confianza y 3.- Creatividad.

Responsabilidad fue lo que le faltó al empleado holgazán del Evangelio para hacer producir los bienes encargados por Dios; fue incapaz de responder como es debido a la confianza depositada por Dios en sus manos; hizo de su vida un fracaso y por eso cuando Dios le pidió cuentas de su administración, su respuesta fue vacía, como vacías estaban sus manos; este empleado ni siquiera confió en sí mismo para hacer fructificar los bienes del Señor; no tuvo seguridad ni fe en sus capacidades y por eso el temor se apoderó de sus ser; no obstante haber sido dotado de inteligencia, su creatividad fue un fiasco, situación que lo llevó a esconder sus dones, capacidades y talentos bajo tierra; haciendo de su temor un monstruo al que le fue imposible derrotar.

Hermanos y hermanas en muchas ocasiones nosotros nos hemos dejado vencer por situaciones difíciles, nos encomiendan grandes retos y no somos capaces de asumirlos; para algunos de nosotros es preferible hacer lo que siempre hemos hecho, que producir ideas nuevas para un mejor accionar en todo sentido; en síntesis, con un corazón renovado y con una mentalidad abierta al cambio y al progreso actuemos de acuerdo a los dos empleados del evangelio que le dijeron al Señor: “nos dejaste estos talentos y hemos producido esto”, sin lugar a equívocos, éstos fueron admitidos al banquete de bodas, a gozar de la presencia de Dios; mientras que el empleado con la desidia y el temor sobre sus hombros “fue arrojado a las tinieblas, al lugar del llanto y del rechinar de dientes”.

3.- En esta última meditación es importante para nosotros mencionar que esta parábola fue dirigida especialmente a los apóstoles y hoy a cada uno de nosotros destinatarios de inmensas bendiciones de Dios que debemos hacerlas fructificar en beneficio de quienes nos rodean. Para Jesús cobraba una especial relevancia el hecho de enseñar a sus discípulos en privado con el ánimo de que éstos asumiendo sus enseñanzas se configuraran en verdaderos apóstoles suyos, y por esta razón con el contenido de esta parábola Jesús les envía tres mensajes.


1.- Que como destinatarios del poder para anunciar el evangelio, expulsar demonios, sanar enfermos, perdonar pecados y bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, no podían guardarse para si estos dones del Señor; sino que por el contrario, con apertura y generosidad tenían que ponerlos al servicio de los demás. 2.- Que los dones dados por Dios hay que ponerlos siempre en oración para que éstos crezcan y se fortalezcan, de lo contrario pueden desaparecer, ser entregados a otros o simplemente ser enterrados, y 3.- Que la consecuencia de guardarse estos dones para sí mismos en desmedro de quienes los necesitan, será ser enviados al lugar del llanto y de las tinieblas.

Estimados hermanos y hermanas, que todos nosotros bajo el amparo de María Santísima le agradezcamos al Señor por todos los dones, cualidades, talentos y beneficios con los cuales ha adornado nuestra vida y que como muestra de nuestra gratitud los pongamos al servicio de nuestros hermanos.










Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio de San Mateo
P. Ernesto León D. o.cc.ss
José María Vegas, cmf
José A. Pagola
Ángel Corbalán