domingo, 30 de septiembre de 2012

"Ojalá, todo el pueblo de Dios, fuera profeta" !! (Evangelio dominical)


  
“Nunca son buenos los exclusivismos. El pensar que, todo lo bueno, está y nace de nosotros y que por el contrario lo malo anida sobre las cabezas de los demás.”. ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!».

Las Lecturas de hoy (Evangelio y Primera Lectura) nos hablan del derramamiento del Espíritu Santo fuera del círculo más íntimo de la comunidad dirigida por el Señor.

En efecto San Marcos (Mc. 9, 38-43.45.47-48)  nos narra el episodio en el que el Apóstol Juan le dice a Jesús:  ‘Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, como no es de los nuestros, se lo prohibimos’.  Pero Jesús le respondió:  ‘No se lo prohiban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí.  Todo aquél que no está contra nosotros, está a nuestro favor’”.  

Son palabras del Señor que hay que revisar muy bien, pues en otra oportunidad y, tratando el mismo tema de la expulsión de demonios, dijo lo contrario:  “Quien no está conmigo, está contra mí” (Lc. 11, 23).  En realidad, en el primer caso, Jesús reconoce que sus seguidores pueden estar fuera del pequeño grupo de sus discípulos.  Pero en la segunda ocasión, está refiriéndose a un grupo que lo atacaba, que decía -¡nada menos!- que El echaba los demonios por el poder del mismo Demonio.  ¡Acusación tremenda y definitivamente blasfema!  Hay que saber diferenciar entre unos y otros.

La Primera Lectura (Nm. 11, 25-29) nos narra un incidente en tiempos de Moisés.  Nos cuenta que el Espíritu de Dios descendió sobre los setenta ancianos que estaban con Moisés y éstos se pusieron a profetizar.  Pero el Espíritu Santo que “sopla donde quiere”  (Jn. 3, 8),  hizo algo inesperado: se posó también sobre dos hombres que, si bien no estaban en el grupo con Moisés, estaban también en el campamento.  Y sucedió lo mismo que con el Apóstol Juan:  Josué, ayudante de Moisés, pensó que debía prohibírseles profetizar a estos dos elegidos, que no pertenecían al grupo más íntimo.  Moisés corrige a Josué y exclama que ojalá todo el pueblo de Dios recibiera el Espíritu del Señor.  

Estos dos episodios nos revelan que el Espíritu de Dios es libérrimo y que a veces se comunica fuera de los canales oficiales, lejos de la autoridad.  Esos instrumentos más lejanos podrán ser genuinos siempre que sean realmente elegidos de Dios y siempre que respondan adecuadamente a esta elección, desde luego sometiéndose siempre a la autoridad de la Iglesia de Cristo, como  vemos que sucedió en estos dos casos que nos traen las lecturas de este domingo. 

Y como viene siendo habitual, para este domingo XXVI del Tiempo Ordinario, traemos las reflexiones de tres religiosos y que lo hacen en nuestra lengua.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (9,38-43.45.47-48):

En aquel tiempo, Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no es de nuestro grupo.»
Jesús replicó: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede luego hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros está a favor nuestro. Os aseguro que el que os dé a beber un vaso de agua porque sois del Mesías no quedará sin recompensa. Al que sea ocasión de pecado para uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgaran del cuello una piedra de molino y lo echaran al mar. Y si tu mano es ocasión de pecado para ti, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al fuego eterno que no se extingue. Y si tu pie es ocasión de pecado para ti, córtatelo. Más te vale entrar cojo en la vida, que ser arrojado con los dos pies al fuego eterno. Y si tu ojo es ocasión de pecado para ti, sácatelo. Más te vale entrar tuerto en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos al fuego eterno, donde el gusano que roe no muere y el fuego no se extingue.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.


 La radicalidad de la apertura


En las dos semanas pasadas Jesús nos ha anunciado el difícil mensaje de la Cruz. La fe vivida con coherencia implica la disposición a aceptar persecuciones y, si llega el caso, al sacrificio de la propia vida. Pero la disposición al martirio no debe convertirse en los creyentes en victimismo, en cerrazón sectaria o en un rigorismo pronto a condenar a los demás. Existe, en efecto, un rigorismo de la fe que puede llevar al fanatismo, a la negación del distinto, a la disposición a acabar violentamente con los “desviados”. Por desgracia, la historia ha sido generosa en ejemplos de esta perversión de la experiencia religiosa, y hoy mismo abundan los fundamentalismos, más prontos a matar que a dar la vida, pese que algunos de estos matones se autodenominen “mártires”.

El Evangelio de Jesús es, por el contrario, un espíritu de apertura que, sin renunciar a las propias convicciones religiosas y morales, incluso estando dispuesto a dar la vida por ellas, sabe descubrir las huellas del Dios en todo el mundo. Es esta apertura la que nos enseña Jesús en el evangelio de hoy cuando, de modo similar a lo que hace Moisés con Josué, corrige el exceso de celo de Juan: no se debe impedir a otros hacer el bien en el nombre de Jesús, pues quien “no está contra nosotros, está a favor nuestro”. Es verdad que en otros momentos Jesús parece expresar casi lo contrario, cuando afirma que “el que no está conmigo está contra mí” (Mt 12, 30 y Lc 11, 23). Pero esa contradicción es sólo aparente, pues la verdadera cuestión es en qué consiste “estar con Jesús”. No se puede entender este “estar con Jesús” como una actitud numantina, cerrada y a la defensiva, excluyente y agresiva con toda forma de diversidad. Al contrario, desde la experiencia del encuentro con Jesús y la confesión de él como el Cristo, el creyente sale de sí hacia el mundo con un corazón nuevo y una mirada transfigurada para ver las semillas del Verbo presentes en la creación, para, como nos exhorta San Pablo, tener en cuenta “todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo cuanto es virtud y cosa digna de elogio” (Flp 4, 8), no para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 17), para buscar y rescatar lo que estaba perdido (cf. Lc 19, 10).


Así pues, la confesión del nombre de Jesús como el Mesías y el Salvador del mundo en el altar de la Cruz produce un anuncio que no es una conquista, una campaña para hacer prosélitos para el propio partido, esto es, para la propia parcialidad, sino una proclamación de que el bien y la verdad y la belleza, y todo lo que de positivo hay en el mundo, tienen una raíz (un Creador) y también una meta (un Salvador) que ha venido a visitarnos y con el que podemos encontrarnos. Es un anuncio que no violenta ni impone su verdad, sino que la propone desde el respeto a la libertad de cada uno y desde el reconocimiento de la bondad presente en cada ser humano, en cada pueblo y cultura. Sólo desde esa positividad se pueden y deben denunciar las formas de maldad presentes también en el mundo, y que impiden una plenitud, que ahora es posible precisamente porque la fuente del bien y la verdad se ha encarnado y hecho cercano en Jesucristo. Este espíritu de apertura y diálogo, que no impone sino que propone, ve en los otros no sólo “destinatarios” de la misión, sino sobre todo “interlocutores” con los que Dios, por medio de Jesús y de sus discípulos, quiere iniciar un diálogo. Porque sólo de forma dialogal puede entenderse la revelación de un Dios que se nos ha manifestado como Palabra que interpela nuestra libertad y nos llama a una respuesta libre.

El verdadero espíritu cristiano acepta y afirma que el bien no es patrimonio exclusivo de nadie. Ni tan siquiera Jesús lo pretende, a tenor de su corrección a Juan. Jesús no deja que sus discípulos hagan de él, el Maestro bueno, una propiedad privada. Pero no siendo patrimonio exclusivo de nadie, no por eso deja de tener una fuente y una raíz: un Dios (el único bueno), fuente de todo bien y Padre suyo. Los cristianos tenemos que hacer nuestra la apertura universal (católica) de Jesús, renunciando a poseerlo, pero siendo radicales en la pertenencia a su persona, tratando de vivir como él vivió. 


Esta pertenencia radical a Jesucristo, que se abre sin límites al bien presente por doquier, es lo que nos hace entender la aparente intransigencia con toda forma de mal que el mismo Jesús nos propone en la segunda parte del evangelio de hoy. El contraste puede sorprendernos, pero no debe hacerlo, pues la pertenencia radical a Cristo nos debe llevar a romper con toda forma de mal, aunque ello nos parezca a veces, desde la lógica de este mundo, una pérdida dolorosa. Así es como deben entenderse las llamadas a perder un ojo, una mano o un pie. Porque la confesión de Jesús como el Cristo es la experiencia positiva del Bien que nos viene al encuentro con rostro humano y que quiere alcanzar a todos (apertura dialogal y universal), precisamente por eso hay que ser intransigente con el mal, que es un espíritu de cerrazón y de exclusión. El que está dispuesto a dar la vida por el Bien y la Justicia, por la fe en Jesucristo y en Dios Padre, ese tiene que renunciar (a veces con dolor) a falsas promesas de vida y felicidad que se alcanzan a costa del bien de los demás (el escándalo de los pequeños y la explotación de los pobres que denuncia Santiago), y, en realidad, a costa del propio y verdadero bien: el Reino de Dios en el que merece la pena entrar tuerto o manco o cojo.

Frente al fanatismo intransigente del que está dispuesto a matar al que considera “infiel”, incluso llegando al extremo de morir matando, el seguidor de Jesús se caracteriza por la radicalidad del que está dispuesto a dar la vida por lo que cree, con el ánimo sereno de morir sin matar.




EL BIEN, SIEMPRE ESTARÁ BIEN




“Nunca son buenos los exclusivismos. El pensar que, todo lo bueno, está y nace de nosotros y que por el contrario lo malo anida sobre las cabezas de los demás.”  ¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!»

1.- A los más cercanos de Jesús, les ocurría un poco eso. Comenzaban a ser un poco “creídos”. A creérselo demasiado. A pensar que, el depósito de la fe, era sólo patrimonio de su entorno, de sus manos, de sus labios. Todo lo que estaba fuera…era susceptible de ser rechazado.
La sorpresa, por cierto mayúscula, les viene de Jesús. “No se lo impidáis…El que no está contra nosotros está a favor nuestro”. Es la lógica de Jesús. Hay que buscar el bien en el corazón de las personas. Aceptar lo que, aparentemente nos puede parecer perdido, inservible. Y, sobre todo, no caer en la tentación de etiquetar. La etiqueta, entre otras cosas, produce exclusión, fanatismo. Y, el bien, haga quien lo haga siempre será eso: un bien. El mal, venga de donde venga, siempre tendrá el calificativo de mal.

2.- Nunca, la diferencia en el pensamiento, puede ser un muro que nos separe. Nunca, las diferentes sensibilidades (incluso dentro de la propia Iglesia) han de ser un motivo para apartar de nuestro camino y de sus iniciativas a aquellos que creemos no están en la mima línea que, nosotros, pensamos es la correcta, la adecuada, la incontestable. Entre otras cosas porque, eso, produce empobrecimiento, horizontes muy limitados.
Hay que buscar más lo que nos une que aquello que nos separa. Entre otras cosas porque, la suma de personas, de esfuerzos, de creatividad y de ideas contribuye que se haga realidad el sueño de Jesucristo: ¡Id y proclamad el Evangelio!
 
3.- Desde el momento en que somos cristianos nos hemos de emplear, y muy a fondo, con todas aquellas causas que –como las nuestras- contribuyan en la dignidad de las personas, que pretendan un mundo mejor, que busquen el bien de los más desfavorecidos. Eso sí, sin olvidar, que nuestra motivación no es otra que la fuerza recibida del Espíritu Santo. Una fuerza que, lejos de agotarse en cada acto realizado, se renueva constantemente, se acrecienta porque –sabemos- que Dios anda detrás de todas y cada una de nuestras actividades.
 
4.- Pidamos al Señor que, en cada detalle que hacemos, en cada acción pastoral, en cada palabra pronunciada, en cada iniciativa emprendida, lo hagamos en su nombre. Al fin y al cabo, será entonces, cuando el criterio de lo que emprendemos y llegamos a realizar será Jesús de Nazaret y nadie más. Y entonces, también nosotros, podremos decir que estamos del lado del Señor.