sábado, 5 de diciembre de 2009

Evangelio según San Lucas 3,1-6



En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abilene, bajo el sumo sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto.

Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del Profeta Isaías.

-- Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios.


Palabra del Señor.

COMENTARIO DE NUESTRO PÁRROCO:

Llegamos al segundo domingo de Adviento y las lecturas nos hablan de conversión y preparación, dos realidades que en este tiempo van a caminar juntas. Porque la mejor forma de preparar la llegada de nuestro Señor será la conversión, o también podemos decir, que tras la conversión del corazón, viene la auténtica preparación de su advenimiento.

Entonces la gran pregunta sería: ¿Qué conversión es la que necesito YO?, ¿En qué puedo cambiar?. Supongo que cada uno de nosotros si hace un esfuerzo serio de entrar en su corazón, puede descubrir las cosas que no funcionan bien, sabe los sentimientos, pensamientos y acciones que no son propias de un cristianos, y es allí donde comienza la conversión: en el reconocimiento de aquello que debe cambiar. Luego el camino se torna más sencillo, ya que el siguiente paso es ponerse manos a la obra, y decidir por dónde empezar el cambio.

Si fuésemos capaces de proponernos cambiar al menos en una cosa, en una actitud, en un comportamiento, y ponemos todo nuestro empeño en ellos, ya hemos avanzado muchísimo y hemos preparado en algo la llegada de nuestro Señor. Y así, poco a poco, cambio a cambio, podemos llegar a ser grandes personas, grandes cristianos, santos.

Comencemos ya a convertirnos, comencemos ya a cambiar. De pequeños cambios constantes, conseguiremos grandes conversiones. Comencemos hoy, ahora. Comencemos por nosotros, por los que nos rodean, por nuestro barrio, por nuestra parroquia, por nuestra ciudad, y así cambaremos el mundo.

Que el Señor os bendiga siempre y en todo momento. Ánimo y Adelante, merece la pena.