domingo, 12 de agosto de 2012

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo" (Evangelio dominical)


Después del milagro de la multiplicación de los panes y los peces,  hubo personas que comenzaron a buscar a Jesús con más interés y a hacerle preguntas importantes sobre lo que Dios quería de ellos, pero siempre requerían de un signo ¡cómo si no fueran suficientes los milagros que iba realizando por donde pasaba!

En una de esas conversaciones con Jesús se refirieron al maná que comieron sus antepasados en el desierto.  Jesús les habló de otro “pan”, muy superior al maná, porque quien lo comiera no moriría.  Ellos le pidieron a Jesús que les diera de ese pan “que baja del cielo y da vida al mundo” (Jn. 6, 24-35).   Llegó a un punto el diálogo en que Jesús les dijo que El mismo era ese “pan”:  “Yo soy el Pan de Vida que ha bajado del Cielo”.

Pero ... ¡gran escándalo!  El Evangelio de hoy (Jn. 6, 41-51)  nos trae las murmuraciones que hicieron los que oyeron a Jesús hablar de ese “pan”: “¿No es este Jesús, el hijo de José?  ¿Acaso no conocemos a su padre y a su madre?  ¿Cómo es que nos dice ahora que ha bajado del Cielo?”
Al no tener fe, ni tampoco la confianza que la fe genera, tenían que escandalizarse.  No confiaron en la palabra de Jesús y enseguida se pusieron a revisar su origen.  Y, confiando en sus propios razonamientos, concluyeron que Jesús no podía haber venido del Cielo.  

A veces nosotros también confiamos más en nuestros razonamientos que en las cosas “imposibles”, que sólo se entienden y se aceptan en fe.  Como la Eucaristía, ese “Pan” bajado del Cielo.   

Y como viene siendo habitual, para celebrar este domingo 18 del Tiempo Ordinario, traemos las reflexiones al Evangelio de tres religiosos que lo hacen en nuestro idioma.


Lectura del santo evangelio según san Juan (6,41-51):


En aquel tiempo, los judíos criticaban a Jesús porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo», y decían: «¿No es éste Jesús, el hijo de José? ¿No conocemos a su padre y a su madre? ¿Cómo dice ahora que ha bajado del cielo?»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No critiquéis. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: "Serán todos discípulos de Dios."

Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí. No es que nadie haya visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ése ha visto al Padre. Os lo aseguro: el que cree tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron: éste es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.


“Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no le trae” (Jn 6, 43). Vamos a pasar nuestra tercera jornada de vacaciones en Cafarnaún, en su sinagoga. La sinagoga de Cafarnaún, recuerden, era de planta rectangular con tres naves y tres puertas abiertas hacia el sur, hacia Jerusalén. La separación de las naves  venía dada por filas de columnas y las tres puertas, una central y dos laterales, orientadas a Jerusalén lo estaban también hacia el lago cercano, de donde llegaba la brisa marina y también la brisa de los árboles que crecían en sus orillas. Pero sigamos escuchando el discurso del Maestro, un discurso pronunciado para los oyentes de todas las épocas y, por tanto, pronunciado para nosotros. Jesús, por medio de tres pasos razonados o tres invitaciones, había llevada a sus oyentes hasta las puertas mismas de la fe. El tercer paso de su razonamiento había sido precisamente éste: “Lo que Dios quiere que hagáis es que creáis en el que él ha enviado” (Jn 6, 29). Creer en el que el Padre había enviado. Y les había dado motivos de credibilidad. ¿Serían capaces de dar el paso? ¿Seremos capaces nosotros de dar el paso a una fe seria y madura? Dar el paso a la fe, a una fe consecuente, amante y transformante, a una fe viva y unitiva, no es pequeña cosa, sino que es la decisión más importante de toda una vida. Oída, pues, la invitación de Jesús a creer en él, a los oyentes les surgen enseguida tres dificultades. La dificultad de los aspectos humanos de Jesús, la dificultad de la necesidad de la gracia para dar el paso a la fe y la dificultad del horizonte de Cruz que empieza a perfilarse en las palabras de Jesús.

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La dificultad de los aspectos humanos de Jesús. A los oyentes de la sinagoga de Cafarnaún les viene enseguida a la memoria los aspectos humanos de Jesús: el ambiente ordinario y común donde había vivido y crecido, el ser hijo legal de José, el carpintero, el conocer a su padre y su madre… Todo esto se les presenta como un obstáculo para aceptar a Jesús como venido del cielo. Es la misma dificultad que se les presenta a todos los creyentes de todos los tiempos y lugares. El Señor ha seguido y seguirá siempre con su mismo modo y estilo de hacerse presente entre nosotros: el modo y estilo de la Encarnación, de una presencia real pero sacramental, en mediaciones visibles y tangibles, sencillas y humanas. Eso es la Iglesia: lo visible del amor de Dios, lo tangible del que ha venido del cielo. El rechazo que se hace tantas veces de la Iglesia está en la misma línea de aquella primera dificultad que experimentaron los oyentes de la sinagoga de Cafarnaún. Hoy también hay mucha gente que no soporta el que Jesús siga encarnado y visible en esta pobre y humilde Iglesia nuestra. Y dentro del misterio de la Iglesia, lo más difícil de aceptar es la presencia real y personal de Cristo en los sacerdotes. Se buscarán razones para este rechazo: los malos ejemplos de algunos sacerdotes, su bajo nivel formativo, humano o moral, la corresponsabilidad del resto de los bautizados en la marcha de la Iglesia… Mil razones. 


Sin embargo, la verdadera razón es otra, es la falta de fe en la presencia real y personal de Cristo, del Hijo de Dios, del Verbo encarnado en la persona de los sacerdotes. En general (digo en general porque hay excepciones ejemplares de las que yo soy testigo), en general  y en nuestra diócesis debe crecer sobre todo el respeto, la estima, la reverencia hacia la persona de los sacerdotes y se ha de evitar poner obstáculos para que ejerzan la autoridad espiritual que el Señor les ha confiado. Este es, a mi juicio, el primer punto a atender si queremos que nuestra diócesis se levante del estado de postración en que ha caído: la fe en los sacerdotes, la reverencia a los sacerdotes, el respeto a su autoridad espiritual. Todo esto forma parte de los aspectos humanos actuales de Jesús. ¡Cómo han vivido esto los santos! Me van a permitir que les lea un trozo del Testamento de San Francisco: 
“Después el Señor me dio, y me sigue dando tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por su ordenación, que si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría como la que tuvo Salomón y me encontrara con los pobrecillos sacerdotes de este mundo, no quiero predicar en las parroquias en que habitan si no es conforme a su voluntad. Y a éstos y todos los demás sacerdotes quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero tomar en consideración su pecado, porque veo en ellos al Hijo de Dios y son mis señores. Y lo hago por esto: porque en este mundo nada veo corporalmente del mismo Altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás” (Testamento, 6-10).  


Si me permiten un consejo espiritual les digo, sirviéndome de las palabras del salmo 136, que pidan al Señor la gracia de que se les pegue la lengua al paladar antes que hablar mal de un sacerdote, que se les paralice la mano derecha, antes que alzarla, metafóricamente hablando, contra los ungidos del Señor.


La segunda dificultad para dar el paso a la fe en los oyentes de Cafarnaún era la necesidad de la gracia. La advertencia de Jesús era muy clara: “Nadie viene a mi si mi Padre no le trae” (Jn 6, 43). Pero ellos pensaban que era sólo cosa suya. Olvidaban que la fe es un don de Dios que hay que pedir con humildad, hay que agradecer con piedad y hay que hay que defender con sabiduría. Cuando se prescinde de la gracia, la puerta de la fe permanece bloqueada. Cuando se prescinde de la gracia, el camino de la santidad permanece cerrado. Cuando se prescinde de la gracia y se fía uno sólo de sus habilidades y determinaciones, ya sabemos qué horizonte nos espera: esterilidad espiritual, vida infructuosa, nihilismo y vacío.  Entonces en Cafarnaún y ahora en Sigüenza hemos de recurrir continuamente a la gracia, confiadamente a la gracia, responsablemente a la gracia. Sólo así nuestra vida de fe será viva, pujante y fructuosa.

  

La tercera dificultad para dar el paso a la fe en los oyentes de Cafarnaún era el horizonte de Cruz que aparecía en las palabras del Maestro. Efectivamente, Jesús empezó a usar unas expresiones que tenían sabor sacrificial, ya que hablar de carne que se había de comer y sangre que se había de beber era traer a la memoria los “sacrificios de comunión” que históricamente se habían realizado en el Templo de Jerusalén. La víctima se sacrificaba y después venía el banquete sacrificial. Lo primero, el sacrificio. Y claro, a los oyentes de Jesús, sobre todo a los emisarios enviados por los fariseos para fiscalizar al Maestro, el pensar en un Mesías que iba a ser aniquilado, destruido y humanamente derrotado no les cuadraba con sus esperanzas triunfales. Su paso a la fe encontraba en este punto un obstáculo humanamente insalvable.


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Ya ven. Tres dificultades serias (las mediaciones humanas o los caminos sacramentales, la insuficiencia de las fuerzas humanas o la necesidad de la gracia, el misterio de la cruz o los modos divinos de salvar), tres dificultades permanentes. Pero las dificultades están para ser vencidas. El Señor nos irá ayudando a esclarecer todas las oscuridades y a vivir en la luz de su hermosa y consoladora verdad. Seguiremos acudiendo a Cafarnaún, seguiremos escuchando al Maestro y seguiremos preparándonos para dar una respuesta de fe cuando nos la pida.


Yo soy el pan de la vida, bajado del cielo


La narración del primer libro de los Reyes está sumamente cuidada y llena de detalles que hacen de esta simple huida algo más profundo y simbólico. Para empezar, las alusiones al desierto, a los padres, a los cuarenta días y cuarenta noches de camino, al alimento, al monte de Dios, son demasiado claras y numerosas como para no reconocer en el camino de Elías el camino inverso al que realizó Israel en el éxodo. No se trata sólo de una huida; también hay una búsqueda de las raíces que terminará en un encuentro con Dios. También los grandes héroes como Elías y Moisés (cf. Num 11,15) han sentido nuestra debilidad. Elías, desanimado del resultado de su ministerio huye porque «no es mejor que sus padres» en el trabajar por el reino de Dios y es mejor reunirse con ellos en la tumba (v.4). Cuando el hombre reconoce su debilidad, entonces interviene la fuerza de Dios (2Cor 12,5.9). Con el pan y el agua, símbolos del antiguo éxodo, Elías realiza su propio éxodo (símbolo de los cuarenta días, v.8) y llega al encuentro con Dios. Tal como está narrado este episodio de Elías nos habla del camino, de los empeños, de las tareas demasiado grandes para hacerlas con las propias fuerzas y de la necesidad de caminar apoyados en las fuerzas del alimento que nos mantiene.



La segunda lectura es la continuación de esta exhortación apostólica que desciende a detalles hablando de aquello que el cristiano debe evitar (aspecto negativo) o debe hacer (aspecto positivo). Así, el cristiano puede trabajar en la edificación de la iglesia y no entristecer al Espíritu rompiendo la unidad (4,25-32a; 4,3). Este modo de vivir encuentra su fundamento en aquello que Cristo ha realizado o el Padre ha cumplido por Cristo. Vivir de manera cristiana y vivir en el amor como Cristo y el Padre (cf. Mt 5,48). Como el Padre perdona, así debe hacer el cristiano (v. 32b); Mt 6,12.14-15). Como Cristo ama y se dona en sacrificio, así hace el cristiano. La unidad es fruto del sacrificio personal. El tema de la imitación de Dios, consecuencia y expresión de ser hijos suyos, revela la referencia evangélica de esta exhortación de Efesios (cf. Mt 4,43-48). El Espíritu es el elemento determinante del comportamiento cristiano. En línea con otros pasajes paulinos sobre el Espíritu, en éste su recepción se vincula (indirectamente) al bautismo y se le considera como sello/marca que identificará en la parusía a cuantos pertenecen a Cristo.



El evangelio de Juan que hoy leemos comienza con el escándalo que se produce en los judíos porque Jesús se equipara al pan; pero más aun porque dice que ha “bajado del cielo”. Para ellos esto no tiene explicación, puesto que conocen a Jesús desde su infancia y saben quiénes son sus padres. Para ellos su vecino Jesús, visto en su sola dimensión humana, no guarda relación alguna con las promesas del Padre y con su proyecto de justicia revelado desde antiguo. 

Juan utiliza esta figura del escándalo y del no poder ver más allá de la dimensión humana de Jesús, para dar a conocer la dimensión que encierra la persona y la obra del Maestro. En primer lugar, la adhesión a Jesús es obra también de Dios; es él mismo quien suscita la fe del creyente y lo atrae a través de su hijo. 

Conocer a Jesús es apenas un primer paso en el cual se encuentran sus paisanos; pero adherir la propia fe a él es el siguiente paso, que exige un despojarse totalmente para poder encontrar en él el camino que conduce al Padre. Sólo este segundo momento permite descubrir que Dios se está revelando en Jesús tal cual es; esto es, un Dios íntimamente comprometido con la vida del ser humano y su quehacer. 


Jesús propone asumir el paso de la vida humana con un total compromiso. El alimento, que es indispensable para vivir, es utilizado como metáfora para hacer ver que más allá de la dimensión humana de cada persona hay otra dimensión que requiere también ser alimentada. El ser humano, llamado a trascenderse a sí mismo, tiene que esforzarse también continuamente para que su ciclo de vida no se quede sólo en lo material.
Así pues, el conocimiento y aceptación de la propuesta de Jesús alimenta esa dimensión trascendente del ser humano, que es la entrega total y absoluta a la voluntad del Padre; y la voluntad del Padre no es otra que la búsqueda y realización de la Utopía de la Justicia en el mundo en todos los ámbitos (Reinado de Dios), para que haya «vida abundante para todos» (Jn 10,10).