sábado, 6 de noviembre de 2010

"Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivientes ".(Evangelio dominical)

La cuestión , la curiosidad, ha estado presente en todas las culturas y en todas las épocas. Se ha expresado sobre todo en la relación con los difuntos.
De una o de otra manera, esa relación ha existido y expresa que hay una cierta fe, una cierta creencia en que los que han muerto, aunque no están con nosotros, están vivos. De otra manera. En otro lugar. Pero vivos.
El problema es que nos gustaría saber, nos gustaría estar seguros, desearíamos controlar.
Y no podemos. Ni a través de la ciencia ni de esas otras maneras que nos proponía Allan.

Jesús nos propone otro camino. Es el de la confianza. Jesús tiene una profunda experiencia de Dios. Es su Abbá, su Padre, su Papá. Se siente Hijo porque Dios forma parte de su experiencia más profunda y cotidiana. Se siente enviado a anunciar la buena nueva: que Dios es padre de todos, que quiere la vida de todas sus criaturas, que es amor, que desea que ese amor llegue a todos, que no hace excepciones entre sus hijos, que acoge a todos y especialmente a los que más sufren, a los marginados, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo.
Para Jesús Dios no es un controlador ni un legislador, ni un juez exigente y dispuesto a condenar, sino un padre amable, capaz de perdonar, de reconciliar, dispuesto a salvar y sanar y curar a los heridos por la vida.

Confiar en el Dios de la Vida

Por eso, a pesar de lo difícil que es enfrentarse a la propia muerte, Jesús morirá poniendo su confianza en Dios. Por eso, Jesús es capaz de reafirmar su fe en el Dios de la Vida ante aquellos saduceos que le vinieron con una historia tan novelesca. Deja claro que Dios es Dios de vivos y no de muertos. Aunque no veamos, aunque no sepamos, confiamos en Dios y en él ponemos nuestra esperanza.

Quizá a nosotros no se nos va a poner en una prueba como la que tuvieron que pasar los siete hermanos macabeos. No se nos va a poner en el dilema de comer carne de cerdo o morir para defender nuestra fe. Pero la esperanza que nos anima en el Dios de la Vida y nuestra fe en el Reino se manifestará sin duda en nuestra forma de comportarnos aquí y ahora.

El que vive en la esperanza de la resurrección va sembrando vida con sus palabras, sus gestos, sus decisiones... Es capaz de compartir lo que tiene y lo que vive porque se sabe hermano y compañero de camino en esta peregrinación hacia la casa definitiva, la del Padre, que es nuestra vida. Ahí es donde se juega nuestra fe y nuestra esperanza. No nos dejan paralizados y volcados hacia un futuro que no sabemos cuando llegará sino que nos hacen activos y comprometidos con la vida y la esperanza de nuestros hermanos y hermanas.

Como dice la segunda lectura, que Jesucristo, que nos ha regalado esta gran esperanza, nos dé fuerza para toda clase de palabras y obras buenas.

Él nos dará la fuerza y la gracia necesarias para vivir ya aquí y ahora la esperanza de Vida sin necesidad de acudir a santones ni a milagreros ni a otras esperanzas falsas sino dando la mano a nuestros hermanos y hermanas para hacer juntos este camino hacia el Reino.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (20,27-38):

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»
Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob." No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.
Estamos llegando al final del año litúrgico, nos queda para terminarlo el domingo XXXIII y el domingo de Cristo Rey del Universo.

Al llegar al final de este año, en el mes de los difuntos, las lecturas nos hablan de realidades últimas: de la resurrección de los muertos.

Vemos en la primera lectura el testimonio martirial de los hermanos macabeos: "Dios mismo nos resucitará para una vida eterna" decían para afrontar la muerte, por no saltarse la ley de los judíos de no comer carne de cerdo.

Y el evangelio nos presenta la pregunta capciosa de los saduceos para reírse de la resurrección y de Jesús mismo, ante la que Jesús da testimonio de que Dios es un Dios de vivos y no de muertos.

Resulta que los saduceos vivían muy bien y no necesitaban creer en otra vida porque ésta les parecía suficientemente satisfactoria. Además practicaban la "ley del levirato", por la que, cuando moría un hermano sin dejar descendencia, el hermano siguiente debía casarse con la mujer del hermano fallecido para que tuviese algún hijo. Por esto es la pregunta un tanto irrisoria. Si la mujer ha estado casada con los siete ¿de cuál de ellos será mujer en la otra vida?. Jesús responde que en la otra vida, realidades como las del matrimonio no se contemplan, pero que si existe otra vida.

Esta es la verdad que nos transmiten las lecturas de hoy: que existe otra vida que es eterna, que existe la resurrección de los muertos. ¿Creemos nosotros en la vida eterna, en la resurrección de los muertos?

Esperamos que la vida divina comunicada en le bautismo llegue a su plenitud. Cuando se nos bautizó se nos revistió de la persona de Cristo, o, mejor, se nos injertó en la persona de Cristo, de tal manera que, como el sarmiento de la vid, recibimos la "sabia" de Cristo, su vida divina. Esta vida divina está en nuestro interior y poco a poco se va haciendo más consciente en nuestras palabras y acciones. Esta vida divina, la vida de Dios, llega a su plenitud en el cielo, en la otra vida. Por este injerto somos constituidos miembros del cuerpo de Cristo, del cual Cristo es la Cabeza y nosotros sus miembros. Afirmamos que donde está la Cabeza, que es Cristo, estarán también los miembros de su cuerpo, que somos nosotros.

La otra vida es una continuación de esta vida, es una vida personal. Lo que podemos decir los creyentes y lo afirmamos con mucha fe y esperanza, es que creemos que nuestra vida no termina en este mundo, sino que más allá de la muerte, viviremos una nueva vida, una vida llena del amor infinito de Dios.

No sabemos como será. Sabemos que las ilusiones, las alegrías, los esfuerzos, el amor que hayamos vivido en este mundo, continuarán y serán aún infinitamente más intensos, porque todo estará lleno de Dios. Sabemos que cada uno de nosotros estará en la vida de Dios, con nuestra propia personalidad, con la experiencia acumulada, con los lazos que hemos tejido en este mundo, con todo lo bueno que llevamos en nuestro interior.

Hoy es importante consolidar nuestra fe y nuestra confianza en esta vida plena que estamos seguros que Dios nos dará a cada uno de nosotros, unidos con todos los salvados. A cada uno, personalmente, concretamente, con todo lo que hemos vivido, con el amor que nos ha construido como personas, con las experiencias que nos han hecho crecer y nos han hecho ser tal como somos. Porque Dios nos conoce a cada uno por nuestro nombre, y nos quiere así con él.

Jesús dice en el evangelio de este domingo: "El Señor es Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos". Y podría haber dicho: "El Señor es el Dios de Juan, de María, de Laura, de Guadalupe, de Miguel, de Carlos, de Rosario... de cada hombre y cada mujer que ahora viven en este mundo. Es el Dios de cada uno de ellos y continuará siéndolo cuando mueran. Porque él no es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos están vivos".

Con esta fe, participemos en la Eucaristía, para recibir el alimento que nos une a Jesús resucitado. Para vivir un día con él para siempre, en la vida plena de Dios.








Fuentes:
Pedro Crespo Arias
Fernando Torres Pérez cmf
prelaturademoyobamba
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San Garcia Abad