domingo, 10 de junio de 2012

"Cuerpo y Sangre de Cristo" (evangelio dominical)



“Danos hoy nuestro pan de cada día”(Mt. 6, 11), pedimos en el Padre Nuestro. Sin embargo, ese alimento diario, que pedimos y que Dios nos proporciona a través de su Divina Providencia, no es sólo el pan material, sino también -muy especialmente- el Pan Espiritual, el Pan de Vida.

No podemos estar pendientes solamente del alimento material. El pan material es necesario para la vida del cuerpo, pero el Pan Espiritual es indispensable para la vida del alma.

Dios nos provee ambos.

Jesucristo murió, resucitó y subió a los Cielos, y está sentado a la derecha de Dios Padre. Pero también permanece en la Hostia Consagrada, en todos los sagrarios del mundo. Y allí está vivo, en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad; es decir: con todo su ser de Hombre y todo su Ser de Dios, para ser ese alimento que nuestra vida espiritual requiere.

Es este gran misterio lo que conmemoramos en la Fiesta de Corpus Christi.

 El Jueves Santo Jesucristo instituyó el Sacramento de la Eucaristía, pero la alegría de este Regalo tan inmenso que nos dejó el Señor antes de partir, se ve opacada por tantos otros sucesos de ese día, por los mensajes importantísimos que nos dejó en su Cena de despedida, y sobre todo, por la tristeza de su inminente Pasión y Muerte.

Por eso la Iglesia, con gran sabiduría, ha instituido esta festividad en esta época en que ya hemos superado la tristeza de su Pasión y Muerte, hemos disfrutado la alegría de su Resurrección, hemos también sentido la nostalgia de su Ascensión al Cielo y posteriormente hemos sido consolados y fortalecidos con la Venida del Espíritu Santo en Pentecostés.


Evangelio según san Marcos 14,12-16.22-26

El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual, le dijeron a Jesús sus discípulos: «¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?» 

Él envió a dos discípulos, diciéndoles: «Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidlo y, en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta: ¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?" Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes. Preparadnos allí la cena.» 

Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que les había dicho y prepararon la cena de Pascua.

Mientras comían. Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: «Tomad, esto es mi cuerpo.» 

Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: «Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el vino nuevo en el reino de Dios.» 
Después de cantar el salmo, salieron para el monte de los Olivos.

Palabra del Señor

COMENTARIO


La sangre de la Alianza o la respuesta a la violencia

 

 ¡Extraña liturgia! Las lecturas de la festividad del Corpus Christi nos evocan constantemente "la sangre", mucho más que el cuerpo: la sangre de la Alianza, la sangre de Jesús. Y en este contexto de Alianza por la sangre se nos habla del Cuerpo entregado.

Y la sangre nos habla de "violencia". En el cuerpo la sangre no es visible. El Creador hizo de ella el río oculto de la vida. La sangre circula por las arterias, las venas y los capilares. La sangre se manifiesta siempre en sus efectos: el buen color, la vitalidad corporal.

La sangre es un tejido líquido que recorre el cuerpo, transportando células y todos los elementos necesarios para realizar funciones muy complejas y muy importantes para la vida: respirar, formar sustancias, defenderse de agresiones. Una persona adulta suele tener entre 4,5 y 6 litros de sangre. ¡Sólo cuando se rompe -por accidente, o por acción violenta- alguno de sus conductos la sangre se manifiesta! La sangre del cuerpo de Jesús se hizo toda ella visible aquel terrible y violento "último día". La violencia humana (la violencia institucional del Imperio, la violencia institución de la religión de Israel, y los administradores de la violencia), le rompieron a Jesús su cuerpo y le causaron el derramamiento exterior de toda su sangre. El cuerpo de nuestro Señor se vio privado de su alimento, de todos sus recursos y poco a poco fue paralizándose, agostándose y muriendo. El cuerpo murió de hambre, de sed.

Jesús había previsto este final violento sobre su cuerpo. Así se lo comunicó a sus discípulos, pero añadió que esa violencia ejercida sobre él, sería simultáneamente un acto de señorío, por parte suya: "a mí, nadie me quita la vida, ¡yo la doy! Podría haber eludido inteligentemente ese final, pero decidió convertirse en víctima de la violencia humana para demostrar la fuerza del amor no-violento. Esa fue la interpretación previa de todo, en la última Cena. Lo dijo con toda claridad: ¡tomad, comed, esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros! ¡Tomad, bebed! ésta es mi sangre de la Alianza que será derramada por vosotros!

En la ostensión de la sangre hay siempre obscenidad. La sangre actúa siempre benéficamente en lo secreto. Cuando es mostrada, sale de su escena. Y es mostrada, ordinariamente, cuando el cuerpo es violentado desde afuera. De ahí la obscenidad de la sangre derramada. Ante esa salida de escena de la sangre del Hijo de Dios, ¿qué cabe decir?

Jesús ofrece su sangre, el Abba deja que se derrame la sangre, como "sangre de Alianza". La violencia que en el Antiguo Testamento se infería sobre animales, convertidos en víctimas de violencia para expresar la Alianza del pueblo con Dios, queda suprimida en el Nuevo Testamento -y ya antes en la proclamación de los profetas-. La sangre derramada de Jesús se convierte en símbolo de la Alianza. Él es el mártir de la violencia, que muere para que se acabe toda violencia. Su cuerpo, privado violentamente de su alimento -la sangre- se torna también símbolo de Alianza: el símbolo de la anti violencia, de la hospitalidad sin reservas, "el cuerpo entregado por todos", juntamente con "la sangre derramada por todos".


Jesús quiso que su Cuerpo se extendiera. Nos in-corporó a su Cuerpo. Está continuamente incorporando a seres humanos, de modo que somos "su Cuerpo" y su cuerpo somos nosotros. Y este Cuerpo colectivo sigue siendo violentado y la sangre sigue siendo derramada. ¡Qué paradójico precio de Alianza! Pero reconozcamos que la sangre derramada es "sangre de Cristo", que los cuerpos violentados, torturados, crucificados, son "cuerpo de Cristo". Por eso, son sangre y cuerpo de Alianza.

Quienes violentan el cuerpo de los otros y derraman sangre son verdugos y obscenos. Suplantan al Creador y dueño de la vida. Se vuelven demonios y hacen la tierra inhabitable. Dividen. Cortan la trama. Siguen crucificando al Hijo de Dios y sigue derramando su sangre.

La sangre que derraman los violentos es la sangre de Cristo. Los cuerpos que abaten los violentos son el cuerpo de Cristo. En su orgullo diabólico intentan suplantar a Dios. Pero, no se dan cuenta de que son vencidos por la Sangre y el Cuerpo, de que su obscenidad vuelve su clandestinidad obscena. ¿Qué debería ocurrir para que humildemente reconocieran su mal, su perversión diabólica? Y no solo el terror, también la violencia doméstica y urbana, la violencia policial y militar...

Y ¡no lo olvidemos! también la violencia del hambre, de la pobreza extrema, y la violencia contra la vida humana no-deseada en el aborto y contra la vida terminal en la eutanasia. Y descubrimos que... ¡hay muchas manos manchadas en sangre! ¡Demasiadas!

 La fiesta del Corpus es la fiesta de la Anti-violencia, del respeto a la vida y a los cuerpos humanos. Es la fiesta que intenta que la sangre siga siendo vivificadora y nunca obscena. Se adora el Cuerpo del Señor cuando se renuncia a cualquier forma de violencia, cuando no se incita a la violencia, cuando se derrama la paz y los sentimientos de hospitalidad hacia todos.

¡Solo hay un caso en que la sangre se muestra! La mujer lo sabe. Es la sangre preparada para la acogida de la semilla de vida, es la sangre de la hospitalidad, de la espera. Es la sangre del parto. ¡Qué gran símbolo para comprender el ofrecimiento del Cuerpo y de la Sangre de Jesús! No en vano, vio la tradición de la Iglesia en el costado de Jesús crucificado, traspasado por la lanza, del cual brota sangre y agua, la dimensión más femenina y materna de nuestro Señor: de esa sangre y agua brotan los sacramentos y la Iglesia. Sólo así la violencia es vencida, poco a poco. ¡Todo tipo de violencia! Porque una violencia no se vence con otra violencia. Un demonio no expulsa a otro demonio.

El Corpus Christi 



Esta fiesta conmemora la institución de la Santa Eucaristía el Jueves Santo con el fin de tributarle a la Eucaristía un culto público y solemne de adoración, amor y gratitud. Por eso se celebraba en la Iglesia Latina el jueves después del domingo de la Santísima Trinidad. En España y en otros países la solemnidad se celebra el domingo después del domingo de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de Corpus Christi se remonta al siglo XIII. Dos eventos extraordinarios contribuyeron a la institución de la fiesta: Las visiones de Santa Juliana de Mont Cornillon y El milagro Eucarístico de Bolsena/Orvieto.

Urbano IV, amante de la Eucaristía, publicó la bula “Transiturus” el 8 de septiembre de 1264, en la cual, después de haber ensalzado el amor de nuestro Salvador expresado en la Santa Eucaristía, ordenó que se celebrara la solemnidad de “Corpus Christi” en el día jueves después del domingo de la Santísima Trinidad, al mismo tiempo otorgando muchas indulgencias a todos los fieles que asistieran a la santa misa y al oficio. Este oficio, compuesto por el doctor angélico, Santo Tomás de Aquino, por petición del Papa, es uno de los más hermosos en el breviario Romano y ha sido admirado aun por Protestantes.

La muerte del Papa Urbano IV (el 2 de octubre de 1264), un poco después de la publicación del decreto, obstaculizó que se difundiera la fiesta. La fiesta fue aceptada en Cologne en 1306. El Papa Clemente V tomó el asunto en sus manos y en el concilio general de Viena (1311), ordenó una vez más la adopción de esta fiesta. Publicó un nuevo decreto incorporando el de Urbano IV. Juan XXII, sucesor de Clemente V, instó su observancia.

Procesiones. Ninguno de los decretos habla de la procesión con el Santísimo como un aspecto de la celebración. Sin embargo estas procesiones fueron dotadas de indulgencias por los Papas Martín V y Eugenio IV y se hicieron bastante comunes en a partir del siglo XIV.


El Concilio de Trento declara que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos. En esto los cristianos atestiguan su gratitud y recuerdo por tan inefable y verdaderamente divino beneficio, por el que se hace nuevamente presente la victoria y triunfo de la muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.


Juan Pablo II ha exhortado a que se renueve la costumbre de honrar a Jesús en este día llevándolo en solemnes procesiones.

 En la Iglesia griega la fiesta de Corpus Christi es conocida en los calendarios de los sirios, armenios, coptos, melquitas y los rutinios de Galicia, Calabria y Sicilia.