domingo, 3 de junio de 2012

¡ Un solo Dios en tres personas ! (Evangelio dominical)


El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio: un solo Dios en tres Personas, misterio grande pues se refiere a la esencia misma de Dios, y grande también por lo imposible de entender y de captar cabalmente, menos aún de explicar, pues es una verdad que sobrepasa infinitamente las capacidades intelectuales del ser humano.

Muchos Teólogos que lo han estudiado han tratado de hacerlo accesible al hombre común. Y han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversos símiles, tratando de ponerlo al alcance de todos. Uno de estos símiles, tal vez el más convincente, es el de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios.



¿Por qué es esto así? Porque la Santísima Trinidad es el más grande de los misterios de nuestra fe. Y por eso es imposible de ser comprendido por nosotros, pues nuestro limitado intelecto humano, es ¡tan pobre para explicar las cosas de Dios!

 El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que están muy ... muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

Como viene siendo habitual, traemos las reflexiones sobre La Palabra de Dios, de tres religiosos que lo hacen en nuestro idioma.

Lectura del Evangelio según san Mateo 28,16-20 

En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 

Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. 

Acercándose a ellos, Jesús les dijo: 

«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.»

 Palabra del Señor







COMENTARIO.

La Santísima Trinidad. 

Se cuenta que mientras San Agustín se encontraba preparándose para dar una enseñanza sobre el misterio de la Santísima Trinidad, le pareció estar caminando en la playa frente a un mar inmenso.

Vio de repente a un niño que se distraía recogiendo agua del mar con una concha de caracol y tratando de vaciarla en un hoyito que había hecho en la arena.

Al preguntarle San Agustín qué estaba haciendo, el niño le respondió que estaba tratando de vaciar el mar en el hoyito.

San Agustín, por supuesto, se dio cuenta de que era imposible que el niño lograra esa absurda pretensión.

Entonces le dijo al niño: “Pero, ¡estás tratando de hacer una cosa imposible!” Y el Niño le replicó: “Esto no es más imposible de lo que es para tí meter el misterio de la Santísima Trinidad en tu cabeza”.

Y con estas palabras el “Niño” desapareció.

Así es nuestro intelecto: tan limitado como es el hoyito para contener el agua del mar, sobre todo cuando trata de explicarse verdades infinitas como este misterio.

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura ... incompleta. Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo. Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas. Recordemos lo que Jesucristo nos ha dicho: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” (Jn.14, 23).


La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.

Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco, pero desde el principio. Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” (Gen. 1,2).

 Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. Nos dice así el Evangelio: “Una vez bautizado Jesús salió del río. De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre El. Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” (Mt. 3, 16-17).

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28, 18). Es la escena que nos trae el Evangelio de hoy. Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación. Es así como el Espíritu Santo en su obra de santificación en cada uno de nosotros, lo primero que hace es darnos a conocer a Jesús como Hijo de Dios, pues “nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino guiado por el Espíritu Santo” (1 Cor. 12, 1-3). Luego nos va haciendo cada vez más semejantes al Hijo. Posteriormente el Hijo nos va revelando al Padre y nos va llevando a El. Así nos dice Jesús: “Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquéllos a quienes el Hijo se los quiera dar a conocer” (Mt. 11, 27).

Recordemos nuevamente, entonces, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y vivirlo, es vivir en la Santísima Trinidad. ¿Cómo? ¿Vivir en la Santísima Trinidad? ¡Imposible! No. ¡Sí es posible! pues para Dios no hay nada imposible, siempre y cuando nosotros nos dispongamos a la acción del Espíritu Santo en nuestra vida.

Pero … ¿cómo podemos vivir este misterio desde ya aquí en la tierra? Nos lo explica la Segunda Lectura: “Los que se dejan guiar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios ... y podemos llamar Padre a Dios. Y si somos hijos de Dios también somos herederos de Dios y coherederos con Cristo” (Rm. 8, 14-17). ¿Nos damos cuenta del privilegio que es poder llamar ¡nada menos que a Dios! “Padre”?

Ahora bien, la clave está en dejarnos guiar por el Espíritu Santo; es decir, en ser perceptivos, dóciles y obedientes a sus inspiraciones, que siempre nos llevan a buscar y cumplir la Voluntad de Dios. El nos irá haciendo semejantes al Hijo. El Hijo nos dará a conocer al Padre y así seremos herederos con El, y seremos “glorificados junto con Él. ”. (Rom 8, 17)

 ¿Cómo percibir las inspiraciones del Espíritu Santo? ¿Cómo ser dóciles y obedientes a esas inspiraciones? La clave está en la oración -la oración sincera. La oración nos abre al Espíritu Santo. Debemos orar para escuchar al Espíritu Santo. El es como una suave brisa, a la que hay que estar atentos para poderla percibir (cf. 1 Re 19,11-13). Debemos orar para permitirle que haga en cada uno de nosotros su obra de santificación.

Así podremos vivir desde la tierra este misterio de la unión de nosotros con Dios. Y esa unión de nosotros con Dios no se queda allí, sino que tiene, como consecuencia segura, la unión de nosotros entre sí. Tal vez con esta explicación se nos haga más fácil comprender esa bellísima y conmovedora oración de Jesús durante la Ultima Cena con sus Apóstoles, cuando rogó al Padre de esta manera:
 “Que ellos sean uno, Padre, como Tú y Yo somos uno. Así seré Yo en ellos y Tú en Mí, y alcanzarán la perfección de esta unidad” (Jn. 17, 21-23). ¡Unidos cada uno de nosotros al Dios Trinitario, para así estar unidos entre nosotros por Dios mismo!  


Un Dios amigo y cercano



Muchos piensan que el misterio de la Trinidad es el producto de la imaginación calenturienta de ociosos teólogos medievales, una manera probar nuestra fe, o nuestra credulidad, a base de poner ante nuestros ojos una imagen de Dios lejana y misteriosa, precisamente por su carácter contradictorio: tres personas en una sola sustancia divina, en la que cada una de las personas es Dios en sentido pleno… En realidad, merece la pena meditar sobre este misterio, que aunque nos superará siempre, nos habla de algo muy distinto de un Dios lejano e incomprensible. Empecemos diciendo que no fueron teólogos medievales los que pensaron este dogma. El carácter trinitario de la fe cristiana comparece desde los primeros escritos del Nuevo Testamento: el más antiguo de todos, la primera carta a los Tesalonicenses (en torno al año 50), tiene ya claras formulaciones trinitarias. No es extraño si tenemos en cuenta que el centro de la conciencia mesiánica de Jesús consiste precisamente en la filiación divina, en su ser Hijo de Dios, y en un sentido que dista mucho de ser una mera metáfora. Los judíos que le acusaban de blasfemia por equipararse con Dios entendían muy bien que Jesús reivindicaba una familiaridad con su Padre que transcendía los símbolos.


Pero es que, además, la fe en el Dios trinitario no es en absoluto algo “ocioso”, carente de consecuencias prácticas. Las discusiones trinitarias en los primeros siglos de la era cristiana, que se sirven con libertad de diversas categorías griegas (sustancia, relación, etc.), dan lugar a un nuevo mundo conceptual, del que todavía vivimos: la noción de persona, que ha tenido enormes consecuencias en la cultura occidental y mundial, que habla del valor absoluto de cada ser humano, de su dignidad y de sus derechos inalienables, es producto de la formulación teológica del dato revelado claramente en el Nuevo Testamento: es al hilo de la reflexión sobre la vida y las relaciones entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, como se llega a la noción de persona, absolutamente novedosa para la cultura griega y helenista, y que nos ofrece una nueva comprensión de Dios y, como consecuencia, del hombre que es su imagen.


Las lecturas de hoy iluminan con gran intensidad el carácter existencial de la fiesta que celebramos. El libro del Deuteronomio no sólo subraya el monoteísmo (“el Señor es el único Dios…; no hay otro”), sino, sobre todo, la cercanía de este Dios único “allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra”. El Dios de Israel es un Dios que viene al encuentro, que lo hace liberando y, además, respetando la libertad humana: no se impone despóticamente, sino que propone un pacto. Los pactos sólo pueden ser suscritos entre seres libres y, en cierto modo, iguales o, al menos, semejantes. Si Dios propone un pacto, es porque nos considera semejantes a Él. Esa semejanza es la fuente de nuestra libertad (por eso actúa Él liberando), y de nuestra dignidad (por eso nos respeta, incluso si nos alejamos de Él). Así que se trata de un Dios que viene al encuentro, pero sin invadir el espacio propio del hombre; es un Dios que se muestra, que interpela y que busca el diálogo y la comunicación. Un Dios así no puede ser un déspota solitario, que de relaciones no sabe nada. Al contrario, siendo absolutamente único, su interna sustancia es la comunicación, la relación, el amor. Y el amor es siempre, en sí mismo, una buena noticia, que tiende a comunicarse, a compartirse. Así que Dios crea el mundo y al hombre para incluirlo en esa relación en que consiste misteriosamente su propio ser. No nos llama a una alianza cualquiera (por ejemplo, comercial o de intereses), sino a esa alianza profunda y decisiva que son las relaciones familiares. Esta es la gran novedad que nos ha traído Jesucristo.


Sabemos que nuestras imágenes no pueden expresar adecuadamente el misterio inaccesible de Dios. Pero, si hay imágenes que lo expresan mejor, ésas son las que mejor nos definen a nosotros mismos: las ligadas a las relaciones familiares. Dios como Padre quiere incluirnos en la filiación por medio de su Hijo. Jesús se refería a Dios en términos de extraordinaria cercanía y familiaridad: al hablar de Dios como de su Abbá, que es el equivalente arameo de “papá”, Jesús está subrayando una relación de inaudita intimidad, que lo equipara con Dios. Y su Evangelio, su Buena noticia, consiste en que esa relación paterno-filial se abre como una posibilidad de vida para todos los seres humanos.


De esto nos habla Pablo en la carta a los Romanos. Si nos abrimos al Dios que viene al encuentro, si nos dejamos tocar por su Espíritu, descubrimos de manera no sólo teórica, sino vital, que Dios no es un abstracto Principio de todo, ni sólo un Primer Motor del mecanismo universal, sino un ser personal que funda y sostiene nuestra libertad; un Dios que al venir al encuentro y hacerse cercano en su Hijo Jesucristo llega incluso a padecer con nosotros y por nosotros, para así compadecerse de todos. Y si Él se une a nosotros en nuestros padecimientos, al participar nosotros en los suyos, podemos sentir que el Abbá de Jesús es también el nuestro, y así nos hacemos partícipes de su gloria, nos convertimos en Él en hijos de Dios y coherederos de su vida resucitada.


 El Evangelio, por fin, nos recuerda que esa cercanía de Dios es un proyecto, algo que está siempre en camino, y del que todos lo que hemos creído somos responsables ante los demás, ante el mundo entero. Nos convertimos en cierto sentido en la voz del Dios que llama al encuentro e invita a la comunicación con Él por medio del bautismo. Jesús nos envía a anunciar al Dios cercano siendo nosotros cercanos, anunciando con palabras y obras la cercanía de Dios. Cuando tratamos de hacerlo, la sentimos nosotros mismos y pueden sentirla los demás: Jesús y, con Él, el Padre, por la mediación del Espíritu Santo, está con nosotros “hasta el fin del mundo”. Este “hasta el fin del mundo” puede entenderse: siempre, hasta que el mundo se acabe (no sabemos cuándo); en todas partes, hasta los últimos rincones del mundo (también en mi propio rincón); y hasta las últimas consecuencias, pase lo que pase, incondicionalmente (hasta la muerte).

En un Dios así, la verdad, merece la pena creer. 















Fuentes:
Iluminación Divina
Evangelio san Mateo
José María Vegas
Homilias.net
Catholic net.
Ángel Corbalán