sábado, 13 de febrero de 2010

El Evangelio del Domingo 14 de Febrero!!!!

EVANGELIO SEGÚN SAN LUCAS 6, 17, 20-26
En aquel tiempo, bajo Jesús del monte con los Doce y se paró en un llano con un grupo grande de discípulos y de pueblo, procedentes de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.
Él, levantando los ojos hacía sus discípulos, les dijo:

-Dichosos los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios.
Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados.
Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis.
Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del Hombre.
Alegraos ese día y saltad de gozo; porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.
Pero, ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!
¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre!
¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis!
¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros!
Eso es lo que hacían vuestros padres con los falsos profetas.

Palabra del Señor




COMENTARIO.

“Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.


Pienso que la cuestión fundamental de las lecturas es: ¿Confiamos en Dios? Ó ¿confiamos más en el hombre, en el dinero, en nosotros mismos? Esta idea es la expresada en la primera lectura: maldito quien confía en el hombre; bendito quien confía en Dios. Y lo decimos en el salmo responsorial: “Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor”.

En el texto del evangelio escuchamos las bienaventuranzas de San Lucas, que son cuatro, mientras que en Mateo son ocho. Lucas es más radical que Mateo. Mateo escribe a una comunidad en donde son pobres y les invita a vivir su pobreza con verdadero espíritu; por eso dice dichosos los pobres de espíritu. Lucas escribe a comunidades grecorromanas en donde hay ricos.

Me voy a centrar en la primera bienaventuranza porque es el pórtico de las demás, es la condición de posibilidad de las otras, es la que nos indica el grado de confianza en Dios. Aunque hoy, campaña contra el Hambre de Manos Unidas, escuchar: “Dichosos los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados”, merece una buena explicación, que intento después.

¿Dónde está el límite para ser pobre o rico? Nos podríamos perder buscando una definición y una acomodación a personas concretas. Todos somos ricos en comparación con los zaireños, por ejemplo. Lo cierto es que Dios da el Reino a los pobres: Dios es fiel a sí mismo, a su justicia, que es tomar partido por los pobres, por los desvalidos, como lo hace un padre con el hijo más necesitado.

Los pobres, de los que es el Reino, son los pobres de Yavé, los anawin (inclinado, humilde), la clase humilde desheredada, que, por no tener nada, es más fácil que confíen en Dios que los ricos, que confían en ellos y en su dinero. Este es el problema de la riqueza, no el que sea una cosa mala, sino que se utiliza para saciar la inseguridad que tenemos y terminamos poniendo nuestra confianza en las cosas que tenemos y no en Dios.

Concreción de la pobreza:

Riqueza contra pobreza:

Riqueza: preocupación obsesiva por el universo de los teneres (materiales, espirituales, intelectuales, temperamentales). Conduce al afán de posesión, incluida la posesión de los demás.

La consecuencia es una profunda autosuficiencia, sin necesidad de los otros, ni de la gracia de Dios; con lo cual se impide la fraternidad y la religión.
“Lc 12, 13-34: “Guardaos bien de toda avaricia”, que desencadena mecanismos de tal forma que nos agarramos a la seguridad que nos dan las posesiones, porque creemos que vamos a encontrar ahí esa seguridad. “Guardaos bien de toda avaricia, que aunque uno esté en la abundancia, no tiene asegurada su vida con su hacienda”, teniendo más cosas, más poder, yo voy a estar más seguro; mi seguridad va a estar en eso que poseo. Entonces la riqueza tiene el poder, la atracción irresistible de suscitar en nosotros una fantasía de seguridad que puede sustituir esa única roca que es nuestro Dios. Y al buscar en la riqueza nuestra seguridad, se convierte en nuestro Dios. El problema de la riqueza, no es que sea mala, si lo es la fantasía que desencadena: aquí voy a encontrar mi seguridad”. (Adolfo Chércoles en “Las Bienaventuranzas”, editado por las Familas de Carlos de Foucauld)

Pobreza: “Ser tenido” en todas las dimensiones existenciales de la vida. Es una actitud de total disponibilidad, que me pone, conscientemente, en manos de los demás, para que se sirvan de mí, dándome perfecta cuenta de ello; que me lleva a servir a los demás. El pobre se ve necesitado de los demás y de Dios, por eso es posible la fraternidad y la religión.

También podríamos concretar la pobreza, siguiendo las tentaciones de Jesús en la humildad y en el servicio, frente a la soberbia el poder y la fama.

Alguna traducción de la Biblia dice: “Dichosos los que han elegido ser pobres”, pero no es una elección de la voluntad, es cuestión de amor. Quien no experimente la presencia de Jesucristo en su vida es inútil que se proponga estas opciones: ser pobre, ser humilde, porque jamás comprenderá la raíz de las mismas, que es el amor.

Cuando uno es pobre está capacitado para luchar contra el hambre del mundo.
La dicha de las bienaventuranzas es una mezcla de cruz y de gloria. La pobreza es una limitación, pero la confianza en Dios da seguridad. Llorar es expresión de algún dolor o sufrimiento, después viene el consuelo... Quizá la felicidad no la fabrica nuestra sociedad del bienestar.

A las puertas de la Cuaresma, Benedicto XVI nos ha dejado un sabroso mensaje sobre la justicia [“La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo” (Rm 3, 21-22)] que nos interpela en el sentido del discurso de esta homilía:

* «Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar.»

«Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.»

¡Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor! ¡Seguro que la confianza en Dios contribuye a paliar los efectos del hambre en el mundo! Es la mejor disposición para contribuir al desarrollo de los pueblos y del ser humano.






Pedro Crespo Arias