viernes, 2 de septiembre de 2011

"El que bien te quiere, te corrige" (Evangelio dominical)

Las lecturas de este domingo XXIII del tiempo ordinario ponen delante de nosotros un tema difícil en el cristianismo: la corrección fraterna; es decir, que por el hecho de ser hermanos unos de otros nos tenemos que corregir y aceptar la corrección.

En el texto del Evangelio de san Mateo se invita a corregir al hermano que peca, primero a solas; después, si no ha hecho caso, en comunidad.

Este mensaje , lo exponemos desde tres opiniones y una misma fe, la de Cristo. Para ello, contamos con las explicaciones de La Palabra de Dios, escritas por los religiosos; José A. Pagola (Reunidos por Jesús), José Maria Vargas (Jesús en medio de su comunidad enseña y corrige) y Pedro Crespo Arias (Comentario).


Reunidos por Jesús.


Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: "El Evangelio... es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo". En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.

Abre caminos a Jesús



Jesús en medio de su comunidad enseña y corrige

El episodio de Cesárea de Filipo nos ha dejado la imagen de un Pedro que, casi simultáneamente, confiesa y niega, es bienaventurado y rechazado. Y esto nos dice que nosotros, los creyentes, somos bienaventurados porque hemos sido tocados por el Señor con el don de la fe, pero que no por eso somos puros y perfectos, sino que seguimos siendo pecadores. Jesús camina por delante de nosotros, enseñándonos el camino de perfección, que es el camino que lleva a Jerusalén, a la Pasión y a la muerte en la cruz. Jesús ha depositado en nosotros, imperfectos y pecadores, una responsabilidad enorme, puesto que nos ha confiado las llaves del Reino, es decir, la realización de su propia causa. Y, por eso mismo, es tan importante y tan urgente que Jesús, Señor y Maestro, siga enseñándonos, y que nosotros sigamos a la escucha de su magisterio, si es que queremos cumplir con fidelidad la misión que nos ha confiado.

Una parte de esta enseñanza consiste en corregirnos, señalarnos nuestras incoherencias, nuestras deficiencias, nuestros pecados. Así que estar a la escucha de la enseñanza de Jesús incluye necesariamente estar abiertos a su corrección. Y, al habernos confiado su misión, nos enseña y corrige por medio de su comunidad, que es su Cuerpo y en la que nos insertamos como miembros vivos. Somos una comunidad de fe: es precisamente nuestra fe en Jesús como Mesías lo que nos congrega y vincula, y esa es nuestra dicha, nuestra bienaventuranza; pero somos una comunidad en camino, una comunidad de hombres y mujeres que todavía no han llegado a la perfección, que necesitan seguir aprendiendo y creciendo en el seguimiento de Jesús. Y todo esto significa que somos corresponsables unos de otros. Aunque cada uno es responsable de sí mismo, no es cierto que cada uno responde en exclusiva de sí mismo, porque la responsabilidad que Jesús nos ha confiado, esas llaves entregadas a Pedro, esa misión que todos debemos llevar adelante, tiene mucho que ver con la preocupación por los demás. Jesús nos lo enseña hoy, con realismo, de manera directa y explícita: la corrección fraterna es parte esencial de la vida de la comunidad de los discípulos, de la comunidad eclesial.

Desde luego es un encargo difícil: precisamente por nuestra condición de pecadores estamos necesitados de corrección; pero es esa misma condición la que nos dificulta la tarea: primero, porque el pecado se manifiesta en la tendencia a desentenderse de los demás; en segundo lugar, porque, sabiéndonos pecadores, ¿qué autoridad tenemos nosotros para amonestar o llamar la atención a nadie? Y, sin embargo, Jesús insiste en este importante deber. Lo hace en línea con la tradición profética, que nos recuerda, por boca de Ezequiel, que, si bien, es el propio pecador el responsable de su perdición, el que se da cuenta de ello y no hace nada para evitarlo, poniéndolo en guardia, se hace corresponsable de esa perdición.

Una manera de superar esta dificultad puede consistir en que nos pongamos en primer lugar, no en el lugar del que ha de corregir, sino en el del corregido. Sabiéndome limitado, imperfecto y pecador, tengo que estar abierto a que me ayuden a superarme mediante la corrección fraterna. Este es también un arte difícil: implica no sólo la humildad de reconocer mis limitaciones, sino también, lo que se nos hace más cuesta arriba, reconocerlas ante los demás, incluso permitir que ellos me las descubran. Con frecuencia nos volvemos herméticos a las observaciones de los otros, nos defendemos de ellas sea con malos humores y agresividad, sea con indiferencia y soberbia; como si fuéramos ya perfectos y no estuviéramos necesitados de esa ayuda que estimula nuestro crecimiento cristiano.

Cuando nos ejercitamos en esta apertura y capacidad de escucha a esa enseñanza difícil de la corrección fraterna que otros nos dirigen, aprendemos también a construir la comunidad haciéndonos responsables de los demás, ayudándolos con humildad a superar sus propias debilidades. Jesús nos indica una sabia pedagogía, que parte de la discreta conversación personal (pues hay que evitar en lo posible poner a nadie en evidencia); continúa, si es preciso, apelando a la confirmación de unos pocos testigos (lo que nos puede ayudar también a mirar más objetivamente al problema); y, sólo en el caso extremo, acudiendo a la mediación de toda la comunidad. En todo el proceso, queda siempre a salvo el respeto a la autonomía de cada uno. Si el interpelado no hace caso a nadie, él mismo se pone fuera de la comunidad. Y es que, aunque todos seamos responsables unos de otros, sigue siendo verdad que, al final, cada uno es responsable último de sí mismo.

La misión de la corrección fraterna es cosa de todos, pues la comunidad de la que habla Jesús tiene muy distintos niveles: la familia o iglesia doméstica, la comunidad parroquial o el grupo cristiano en el que participo, la comunidad religiosa, la diócesis… Los que tienen especial responsabilidad en estas distintas formas de comunidad están, ciertamente, más obligados. Pero la tarea compete a todos, pues también se puede y se debe ejercer proféticamente la corrección fraterna a aquellos que están investidos de autoridad. En todo caso, el evangelio de hoy nos invita a meditar sobre esta función que también compete a la Iglesia como tal, y que hoy no goza del favor de amplios sectores de eso que se llama “opinión pública”, y que afecta también a muchos miembros de la Iglesia. Es parte de la función magisterial velar por la fidelidad al depósito de la fe y por la coherencia de vida (fides et mores). No cualquier “opinión”, ni cualquier forma de comportamiento son compatibles con la fe y con las exigencias de vida que se derivan de ella. En ocasiones la Iglesia, por medio de sus pastores, tiene que llamar la atención, avisar de posibles desviaciones y ejercer de manera oficial formas concretas de corrección fraterna. Que esta función no resulte popular y suscite con frecuencia reacciones airadas por parte de ciertos medios de comunicación social, no quita el que sea parte de la misión que Jesús ha confiado a su Iglesia, de modo que tan evangélico y profético es amar al enemigo y atender a Jesús en sus pequeños hermanos, como obedecer a aquellos a los que Él ha apuesto al frente de su rebaño.

La mejor forma de poner en práctica esta importante dimensión evangélica de la corrección fraterna, en realidad la única, es contemplarla como una modulación de lo único que nos debemos y que resume toda la ley: el amor. El amor es el único camino de perfeccionamiento por el que nos llama Jesús. Y el amor, que es la disposición a dar la vida por los hermanos, incluye también la disposición sincera a sufrir por ellos, sea porque nos corrigen, sea porque tenemos que corregirlos de un modo u otro.

Las palabras postreras de Jesús en el Evangelio de hoy nos dan otra clave para ejercer adecuadamente este difícil ministerio. Puesto que la corrección fraterna presupone siempre una situación conflictiva, para poder ejercerla de manera evangélica, es decir, conforme al mandamiento del amor, deberíamos realizarla siempre asegurando previamente el acuerdo en lo fundamental, reunidos en el nombre del Señor, y en un ambiente de oración. Estas cosas no deberían darse por supuestas: porque son ellas las que hacen presente al mismo Jesús en medio de nosotros; y cuando tenemos la certeza en la fe de que es Él el que nos enseña y corrige, entonces resulta mucho más fácil acoger la corrección y seguir caminando en pos de la perfección del amor, en el seguimiento de Cristo.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,15-20):


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

Palabra del Señor



COMENTARIO.



Las lecturas de este domingo XXIII del tiempo ordinario ponen delante de nosotros un tema difícil en el cristianismo: la corrección fraterna; es decir, que por el hecho de ser hermanos unos de otros nos tenemos que corregir y aceptar la corrección. El tema aparece en la primera lectura cuando Dios declara al profeta atalaya, centinela, del malvado. Si lo corrige, hace lo que tiene que hacer. El malvado puede cambiar o no. Pero el profeta ha cumplido con su misión. En el texto del Evangelio se invita a corregir al hermano que peca, primero a solas; después, si no ha hecho caso, en comunidad.

¿Por qué hay que corregir al hermano? Porque el pecado individual tiene consecuencias sociales. Solemos decir que el pecado rompe las relaciones con Dios, con uno mismo y con los demás; pues bien, hay que restablecer esas relaciones. También porque hay una solidaridad entre los miembros de la comunidad. Solemos decir, para expresar gráficamente esa solidaridad, que formamos un cuerpo, somos miembros del mismo cuerpo. Cuando tenemos alguna pequeña herida (una uña, por ejemplo), un miembro del cuerpo está mal, pero todo el cuerpo está molesto; así cuando un miembro de la comunidad está en pecado, toda la comunidad está dolida. Pero, sobre todo, hemos de corregir al hermano por amor. Nos decía San Pablo en la segunda lectura que a nadie debamos nada más que amor; que hay que amar al prójimo como a uno mismo. Pues bien, cuando uno ama a alguien, le duele su pecado. Corregir al que yerra es una obra de misericordia.

Condiciones para que se dé la corrección fraterna:

1º- "Si tu hermano peca...". Que la materia de la corrección sea pecado. Nos encontramos con la dificultad de delimitar lo que es pecado en una sociedad que ha perdido la conciencia de pecado. Pecado es lo contrario a la ley de Dios, lo que atenta contra los demás o uno mismo.


A veces en nuestra relación con los demás confundimos los términos de la relación. Imaginaos que una mujer le dice a su marido: "Si me quisieras de verdad, te comerías de buena gana el ajo". Un plano de la relación es el amor entre ese hombre y esa mujer y otro plano es si le gusta o no el ajo a ese hombre. Si no le gusta el ajo no es señal de que no quiera a su mujer. Pues en la relación con los demás (padres e hijos, matrimonios, profesores y alumnos, amigos...) hacemos mal las correcciones porque confundimos también los planos de la relación: "Si hicieras caso de mi corrección, tendrías que vestir de esta forma, no salir con tales personas... en definitiva, hacer lo que yo quiero". Hacemos mal las correcciones porque no corregimos sobre pecados, sino sobre opiniones o gustos.

2º- "... Repréndelo a solas entre los dos". Fijaos que condición más elemental. Hay que corregir a solas a quien ha pecado; pues bien, eso nos da auténtico pánico: Nadie quiere corregir cara a cara. Nos resulta más cómodo comentarlo con los demás, criticar, referir las cosas como solemos decir, difamar. En vez de corregir un pecado, cometemos nosotros otro. Referir los pecados de los demás, aunque sean ciertos, está mal porque nos falta amor hacia esa persona. Si queremos de verdad a alguien (a nuestros padres, por ejemplo), no decimos de ellos las cosas negativas que sabemos.

3º- La corrección hay que hacerla con humildad. La humildad nos puede venir del reconocimiento de nuestros propios pecados. Si uno no reconoce sus propios errores puede correr el peligro de querer quitar la mota en el ojo ajeno sin quitar la viga que lleva en el suyo. La corrección hay que hacerla con tacto. No se trata de lanzar la verdad contra alguien para humillarlo, si no de ayudarle a cambiar. La corrección hay que hacerla con amor. Si falta el amor hacia esa persona es mejor no hacer ninguna corrección. Sólo el amor ayuda a cambiar. Quien bien te quiere, te corrige. Si no te corrigen es señal de que les importas poco.

4º- La corrección hay que recibirla con humildad. Quizá esto sea lo más difícil, porque todos tenemos como un póster con la imagen ideal de nosotros mismos y no queremos que nadie nos deforme esa imagen. Aceptar la corrección con humildad es vivir en la verdad de uno mismo.

5º- Lo que se pretende con la corrección es que, quien ha pecado, se convierta, cambie de conducta; no se pretende hacer un juicio y condenar a nadie, sólo que se convierta; además se debe respetar siempre la libertad de la persona. Dios la respeta, nosotros también.

Que el Señor nos ayude a amar profundamente a los demás, tanto que nos sintamos responsables de ellos.










Fuentes:
Iluminación Divina
José Maria Vegas
José A. Pagola
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán