sábado, 10 de septiembre de 2011

Perdonemos como Dios nos perdona..."Hasta Setenta veces Siete !!!(Evangelio dominical)


En este domingo, 11 de Septiembre y XXIV del tiempo ordinario se nos invita a perdonar, que no es tarea fácil.Para mejor interpretación de Las Lecturas y el Evangelio de este domingo, contamos con los religiosos José Maria Vegas, cmf (Setenta veces siete) y Pedro Crespo Arias(Comentario) y recogemos una reflexión del Pozo de Sicar para ayudarnos en introducir mejor estas reflexiones que, esperamos sean de ayuda en comprender La Palabra de Dios y con ello, seguir el ejemplo de Jesús, su hijo, que vino para ello a nosotros.


A lo largo de nuestra vida son muchas las veces en las que llegamos a sentirnos ofendidos por las personas que están a nuestro alrededor e incluso por personas que ni siquiera conocemos.

Evidentemente, la ofensa duele mucho más cuando proviene de aquellos más cercanos y cuanta más confianza hemos puesto en ellos.

He podido comprobar y experimentar en primera persona, que en numerosos de los casos en los que nos hemos sentido ofendidos, los verdaderos culpables de ese sentimiento somos nosotros mismos. Llegamos a mirarnos tanto al ombligo que pensamos que todas las acciones, miradas, expresiones, comentarios y actuaciones de los demás nos tienen a nosotros como protagonistas y las llevan a cabo con una clara intención de hacernos sufrir (sin embargo muchas veces, esas actitudes se deben a que al otro simplemente le duele la cabeza, nada más). Hemos llegado a tal extremo de egocentrismo que, al creernos el centro de todo, acabamos ahogándonos en ese amor propio exagerado y extralimitado, sospechando que hay “conspiraciones ocultas” contra nosotros en todos lados.

No son pocas las ocasiones en las que las ofensas vienen derivadas de malos entendidos… y la Historia está llena de pequeñas y grandes batallas por culpa de tales malos entendidos.

Cuando una relación debe llegar a su fin por diversos motivos, es necesario aprender a cerrar página sin heridas. Agradeciendo la riqueza de lo que supuso el contacto con esas personas en nuestras vidas y todo lo que aprendimos de ellas, sin dejarnos cegar por nuestro orgullo herido o la decepción sufrida.

Jesucristo respondió a Pedro cuando le preguntó hasta cuántas veces habría que perdonar: “Setenta veces siete” y esas son… ¡tantas!

En realidad, si lo pensamos bien, el mandato de Jesús, lejos de hacerlo para amargarnos la vida está destinado a que alcancemos la liberación que supone el perdón.

Sentir odio o rencor sólo nos encadena. Uno se da cuenta de ello cuando no es capaz de “volar” por encima de la ofensa y de seguir adelante con su vida sin “regodearse” una y otra vez en ese sentimiento tan doloroso.

¿Cuesta liberarse de él? ¡Claro que cuesta! En ocasiones, hasta demasiado, tanto que podemos llegar a sentirnos culpables por no lograr superarlo.

Por eso, cuando llega el perdón, nos sentimos tremendamente libres. La venganza no nos concede ni una mínima parte del sentimiento de liberación que otorga el perdón.

Porque cuando odiamos, los grandes perjudicados acabamos siendo nosotros y quienes viven a nuestro lado. El sentimiento de ofensa que tenemos llega a dolernos tan profundamente que se va extendiendo como la pólvora en nuestro ser y se va esparciendo fuera de nosotros hasta que logramos que todo el ambiente quede enrarecido. Entonces nos encontramos mucho peor que al principio, nos enfadamos con aquellos que no tienen nada que ver con nuestro malestar o les hacemos sentir culpables por algo de lo que no tienen nada que ver. Al final, todo se convierte en un caos de emociones y sentimientos negativos e inevitablemente terminamos amargándonos unos a otros.

Quien perdona vence, gana la batalla al dolor y a la amargura y se eleva por encima de sus pequeñeces y miserias.

Quien perdona encuentra la paz interior necesaria para vivir en armonía con los demás y vivir frente a la luz y no dentro de una oscuridad que nos reconcome.

Quien perdona deja de sentir enemigos por todos lados y comienza a mirar al mundo con otros ojos, con una mirada de comprensión y serenidad que nos equilibra y fortalece.

Quien perdona aprende a dar sentido a su vida desde una perspectiva más abierta.

Quien perdona aprende a ponerse en el lugar del otro y sentir la empatía necesaria para convivir de una manera más enriquecedora para todos.




Setenta veces siete


La corrección fraterna es una consecuencia necesaria de nuestra condición imperfecta y pecadora. Pero, a veces, el pecado se convierte en una realidad que nos ofende o nos hace daño sin remedio. No se trata ya, sólo, de corregir (o dejarse corregir) para mejorar una conducta imperfecta o nociva (en primer lugar, para el mismo que así actúa), pero que no es todavía irreparable (de ahí la obligación de la “reparación”, de la corrección). Ahora se trata de algo más: por activa o por pasiva (hemos hecho o nos han hecho) un daño que ya no tiene vuelta atrás. No tiene que ser algo enorme o monstruoso, los pecados que hacemos y padecemos suelen ser menudos, ligados a las situaciones pedestres de nuestra vida, pero no por eso nos resultan menos dañinos, ofensivos, dolorosos. Hacemos daño sobre todo a los más cercanos, a los que más queremos, y son ellos los que más nos hacen sufrir. Nuestra vida va acumulando pequeñas heridas, conflictos enquistados, agravios, desengaños, injusticias (no lo olvidemos, que hacemos y que nos hacen). Con frecuencia, unas cosas llevan a otras: revanchas, pequeñas venganzas, en forma de palabras, alusiones, omisiones… Es sobre ese cúmulo de “pecados veniales” sobre el que crecen después los grandes conflictos, las traiciones, los expolios a gran escala, los abismos duraderos, los odios irreconciliables, los enfrentamientos entre grupos, pueblos y naciones, las guerras… La dinámica de acción y reacción suele ser la que se impone en una espiral que acaba por hacer imposible la convivencia e irrespirable la vida. A pequeña y gran escala no es necesario aducir ejemplos: la vida, la nuestra personal y la de nuestro mundo, está demasiado llena de ellos. Que cada cual elija a placer.

Sólo el perdón rompe el círculo vicioso de esta dinámica diabólica. El perdón inaugura posibilidades nuevas e inéditas y permite comenzar de cero. Jesús, Maestro de la misericordia y del perdón, nos enseña hoy sobre ello aprovechando una pregunta de Pedro. Es una pregunta que, ya en sí misma, encierra un extraordinario interés. En primer lugar, denota que en el grupo de los discípulos los conflictos y las ofensas debían ser frecuentes. El modo de preguntar de Pedro nos deja adivinar un cierto hartazgo: conocemos muy ese “cuántas veces…”: “cuántas veces tengo que decirte…”; “cuántas veces voy a tener que aguantar…”; “cuántas veces me has hecho la misma faena…”; etc. Además, habla de perdonar “a mi hermano”, lo que confirma que se trata de relaciones conflictivas con los cercanos. Pero esto mismo denota que Pedro ya había entendido mucho del mensaje de Jesús: el condiscípulo, pese a todo, es un hermano, lo que habla de las relaciones familiares que se habían establecido en el círculo de los discípulos; y la medida del perdón propuesta por Pedro es en extremo generosa: siete veces no son pocas. Ya sabemos que el “siete” bíblico representa la perfección. Bastaría que nos examináramos a nosotros mismos sobre la medida de nuestra capacidad de perdón. Perdonar siete veces al mismo hermano, tal vez por la misma ofensa, posiblemente esté muy lejos de nuestra capacidad de padecer (que es lo que significa paciencia). Pedro está volviendo por activa la medida terrible que usaba Lamec para vengar las ofensas: exactamente siete veces (cf. Gn 4, 23-24).
Pero, he aquí que Pedro, que tal vez se ufanaba de su generosidad, se encuentra con una chocante respuesta de Jesús: no siete veces, sino setenta veces siete. Fácil es entender que si el siete tiene un sentido simbólico, aquí Jesús no nos está diciendo que perdonemos 490 veces, sino que nuestra capacidad de perdón no debe tener límites, tenemos que estar dispuestos a perdonar siempre, cada vez que nuestro hermano nos pida perdón (cf. Lc 17, 4). Ahora bien, una vez más, ante las exigencias desmedidas que nos propone Jesús, tenemos que preguntarnos si es esto posible, si está a nuestro alcance, si realmente se puede exigir tanto de nosotros, que somos tan limitados en tantos sentidos.

La parábola que Jesús les cuenta a continuación fue probablemente la respuesta a la cara de asombro que debieron poner los discípulos al escuchar su respuesta. Es una parábola que nos explica hasta qué punto la medida del perdón que nos propone es realista, ya que no se nos exige nada que no hayamos recibido en sobreabundancia. Los 10.000 talentos de la deuda del siervo son una exageración intencionada. Es una cifra exorbitante, que seguramente excedía la fortuna que pudiera tener nadie en aquel tiempo. Y, sin embargo, pese a lo extraordinario de la suma (que el siervo moroso había recibido en préstamo) el rey cede a las súplicas de aquel y se la perdona del todo, no sin perjuicio de sus intereses. Sin embargo, el siervo, recién aligerado de un peso insoportable y que amenazaba su vida y la de toda su familia, no fue capaz de aplicar la misma medida ante una deuda mucho más menuda. Frente a los irreales 10.000 talentos, 100 denarios es una cifra muy realista, a la medida de las necesidades humanas: un denario podía equivaler al salario diario de un trabajador no cualificado (cf. Mt 20, 2); con doscientos denarios se podía comprar pan para mucha gente (cf. Mc 6, 37), y con trescientos, un perfume de primera calidad (cf. Jn 12, 5).

La enorme desproporción entre los 10.000 talentos y los 100 denarios nos habla de la desproporción infinita entre lo que hemos recibido de Dios y la parte que a nosotros nos toca, también en lo referente al perdón. Nuestra deuda con Dios es la de aquellos que han recibido de Él dones sin medida, que no se pueden comprar con nada: la misma vida, la libertad, la salvación en Jesucristo, todo aquello que nos vincula con Él, la Iglesia, los sacramentos, la comunidad cristiana o la familia, naturalmente, también el perdón y la vida eterna. Todo ello es literalmente impagable, y todo ello lo recibimos gratis, como don. ¿Podemos comparar estos regalos que recibimos de Dios por puro amor suyo, con lo que nos corresponde hacer a nosotros? A veces pequeñas molestias, alguna injusticia menor, real o imaginada, los defectos de aquellos con los que convivimos producen en nosotros reacciones iracundas e inmisericordes, como la del siervo que agarraba por el cuello a su compañero, y que nos hacen olvidar lo mucho que estamos en deuda. La ligereza que le produjo al hombre aquel el perdón del rey no le sirvió para inclinarse a su vez con misericordia y magnanimidad, a su medida, hacia el que le suplicaba. Es verdad que existen situaciones muy graves y dramáticas, en las que el perdón resulta más difícil. Pero, precisamente por ello indica Jesús la enorme desproporción entre lo que Dios nos da y lo que nos pide. Somos ricos en misericordia, porque Dios la ha derramado sobre nosotros con sobreabundancia. No podemos ser rácanos en darla a los demás, aunque en ocasiones el “desembolso” sea notable.

La dificultad del perdón en los casos más extremos nos debe hacer caer en la cuenta de dos cosas muy importantes: primero, que tampoco a Dios le ha salido gratis el perdón (que nosotros sí que recibimos gratuitamente), sino que ha pagado un altísimo precio por él. Los 10.000 talentos no son otra cosa que la sangre de Jesucristo derramada en la cruz.
El perdón es gratuito, es gracia, pero debemos considerarla una “gracia barata”, que podemos tomar a destajo, sin consideración ni gratitud, sino con veneración y gratitud.
En segundo lugar, que esa dificultad del perdón habla precisamente de la seriedad del mal en todos sus niveles.
Si necesitamos del perdón, es porque hay ofensas, en ocasiones muy graves. Tan graves que han exigido la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios.

La consecuencia de todo esto es que el verdadero perdón, contra lo que se suele pensar, no es cosa de débiles, sino, al contrario, de fuertes. Ante el mal y la ofensa recibida, lo fácil, lo espontáneo es responder con un mal equivalente o mayor.

El perdón, que consiste en saldar la deuda y reconciliar y sanar la memoria (lo que a veces requiere un largo proceso), exige una gran fuerza moral, que recibimos precisamente cuando nos abrimos al perdón que recibimos de Dios. Y, puesto que el mal ya padecido se nos muestra con el sello de lo irremediable, el verdadero perdón, como única alternativa positiva y creativa, consiste en el fondo en participar de la misma fuerza creadora y recreadora de Dios. Ello explica que el primer beneficiario del perdón, además del perdonado, sea el mismo que perdona, que se reconcilia consigo mismo y se sana de un odio y un rencor que, de otro modo, podrían acabar destruyéndolo.

Por eso dice Jesús que tenemos que “perdonar de corazón” al hermano: el que acoge de verdad el perdón de Dios, ese tiene un corazón nuevo; mientras el que se niega a perdonar, ni siquiera cuando se le suplica, ese no está abierto a acoger los dones de Dios. Y si, pese a todo, a veces el perdón se nos hace tan difícil que nos parece psicológicamente imposible, tenemos que recordar que la voluntad y el deseo de perdonar ya es una forma de ejercerlo (aunque luego haya que recorrer un cierto camino), y que ese esfuerzo difícil por el perdón, que a veces nos parece exigirnos la vida, es una forma de vivir y morir para el Señor, que murió y resucitó para que seamos suyos.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (18,21-35):

En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?»
Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo." El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: "Págame lo que me debes." El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: "Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré." Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?" Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.»

Palabra del Señor


COMENTARIO.


Si el domingo pasado se nos invitaba a hacer la corrección fraterna y decíamos que era difícil, este domingo XXIV del tiempo ordinario se nos invita a perdonar, que es también muy difícil.

¿Por qué hay que perdonar?




Porque, como dice el salmo responsorial, Dios es compasivo y misericordioso; es decir; Dios padece con nosotros nuestros males, nos comprende y quien sabe comprenderlo todo quiere perdonarlo todo; y pone su corazón en nuestras miserias para sanarlas perdonándonos. Dice el salmo: "Él perdona todas tus culpas y cura tus enfermedades, él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura. No está siempre acusando, ni guarda rencor perpetuo. No nos trata como merecen nuestros pecados, ni nos paga según nuestras culpas" Nosotros hemos de parecernos a Dios lo más posible.

Porque el mandamiento principal del cristiano es el amor al prójimo. Quien ama a los demás se empeña en poner de manifiesto lo mejor de las personas a las que ama y de perdonar todas las cosas negativas.

Las lecturas.


La primera lectura nos viene a decir que el perdón de Dios es condicional al perdón que nosotros hayamos dado a nuestro prójimo: "Perdona la ofensa a tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud del Señor? No tiene compasión de sus semejantes, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados?" Es la misma idea que rezamos en el Padrenuestro: "perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Fijaos lo que pedimos en el Padrenuestro, que Dios nos perdone en la misma medida que nosotros hemos perdonado a los demás. ¡Arreglados estamos si Dios nos hiciera caso!

En el texto del Evangelio vemos que Jesús le dice a Pedro que hay que perdonar setenta veces siete; es decir, siempre. La parábola nos dice que el rey (Dios) es el primero que perdona al mayordomo y éste no perdona a su deudor. Dios nos perdona antes que nosotros perdonemos a los demás para que, cuando hayamos experimentado su perdón, nos resulte más fácil perdonar. ¿Qué es antes ser perdonado por Dios o perdonar al prójimo?. Lo mismo nos da, son dos experiencias que hemos de tener. Tan urgente es ser perdonado como perdonar a los demás. "Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona de corazón a su hermano".

¿Por qué nos cuesta tanto perdonar?

Porque pensamos que con el perdón nos rebajamos; sin embargo decimos que Dios expresa su poder con la misericordia. Perdonar no es una debilidad, como piensan algunos, sino que es señal de la mayor fortaleza.

Porque no olvidamos. Dice San Pablo que el amor "no lleva cuentas del mal". Sin embargo cuando nos cuesta trabajo perdonar puede ser porque tenemos todo el mal que nos han hecho, o que pensamos que nos han hecho, muy apuntado. Cuando uno ama sabe que nadie puede causarle auténtico daño. El único daño que tu enemigo te puede causar es que dejes de amarle.

Porque no hemos experimentado el perdón de Dios, pues no hemos reconocido el pecado. Para perdonar a los demás como Dios manda hay que haber experimentado el perdón de Dios, por eso, previamente, hay que haber reconocido antes el propio pecado. Hay quien vive su pecado con mil justificaciones (psicológicas, por ejemplo), como hacía el fariseo de la parábola del fariseo y el publicano que fueron al templo. Si uno justifica su pecado, no lo reconoce y no se abre a la misericordia de Dios. Hay quien vive su pecado con sentimiento de culpabilidad, como le pasó a Judas, que fue incapaz de experimentar la misericordia de Dios; este sentimiento es una enfermedad que consiste en sentirse culpable de todo y por nada ni nadie te sientes perdonado. Hay que tener en cuenta que Dios es mayor que la conciencia. Para poder vivir la misericordia de Dios hay que reconocer el propio pecado de un modo objetivo como un mal hecho a Dios, a los demás o a uno mismo, como hizo Pedro; pedir perdón y dejarse perdonar por Dios.

Que experimentemos todo lo que Dios nos ha perdonado y nos perdona, para que podamos llevar ese perdón a nuestro prójimo.
















Fuentes:
Iluminación Divina
José Maria Vegas, cmf
El Pozo de Sicar
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán