La lepra tiene hoy un protagonismo central en la Palabra de
Dios. La lepra era considerada en la antigüedad no sólo la enfermedad terrible
que realmente era por los estragos que producía en el cuerpo del enfermo, sino
también una maldición de Dios y causa de exclusión de la comunidad humana y, en
el caso de Israel, de la comunidad de la salvación. Muy posiblemente el origen
de esta exclusión estaba en el muy humano temor al contagio, que luego se
revestía de motivos religiosos y teológicos. Pero el eje de la lepra se cruza
hoy con otro no menos importante: la calidad de extranjeros de los dos
protagonistas: Naamán, el sirio, y el samaritano curado por Jesús. Los sirios
eran y, por desgracia, continúan siendo hoy enemigos tradicionales de Israel;
los samaritanos, a causa de su origen (colonos que ocuparon las tierras de los
judíos en la época del exilio), eran a los ojos de los israelitas usurpadores,
que además habían pervertido la pureza de la fe mosaica. Si los leprosos eran
excluidos por causa de la enfermedad, el sirio y el samaritano lo eran además
por razón de su identidad nacional y religiosa.
Pero, he aquí que la lepra opera una paradójica
metamorfosis. En el caso de los diez leprosos, la enfermedad une e iguala a
judíos y samaritanos, enemigos irreconciliables en circunstancias normales. La
desgracia difumina las fronteras nacionales y religiosas, porque nos despoja
de identidades externas y seguridades
artificiales, y deja al descubierto nuestra común condición humana. De hecho,
en el caso de los diez leprosos, nos enteramos del origen samaritano de uno de
ellos sólo después de la curación. Sólo en condiciones normales reemergen las
diferencias “normales”, que la enfermedad había borrado. Algo parecido sucede
con Naamán, hombre rico y poderoso, acostumbrado a mandar y no a pedir. La
desgracia de la lepra le despoja de sus títulos y le lleva a inclinarse,
suplicar y obedecer al profeta de un pueblo que él consideraba inferior.
Lectura
del santo Evangelio según san Lucas, (Lc 17, 11-19)
En aquel tiempo, cuando Jesús iba de camino a Jerusalén,
pasó entre Samaria y Galilea. Estaba cerca de un pueblo, cuando le salieron al
encuentro diez leprosos, los cuales se detuvieron a lo lejos y a gritos le
decían: "Jesús, maestro, ten compasión de nosotros".
Al verlos, Jesús
les dijo: "Vayan a presentarse a los sacerdotes".
Mientras iban de
camino, quedaron limpios de la lepra. Uno de ellos, al ver que estaba curado,
regresó, alabando a Dios en voz alta, se postró a los pies de Jesús y le dio
las gracias.
Ese era un samaritano. Entonces dijo Jesús: "No eran diez los que quedaron
limpios? ¿Dónde están los otros nueve? ¿No
ha habido nadie, fuera de este extranjero, que volviera para dar gloria a
Dios?" Después le dijo al samaritano: "Levántate y vete. Tu fe te ha
salvado".
Palabra del Señor.
COMENTARIO.
Las Lecturas de hoy nos hablan de dos sanaciones: una
narrada en el Antiguo Testamento -la del leproso Naamán- y otra del Nuevo
Testamento -la de los diez leprosos.
Con motivo de estos textos es bueno referirnos a las maneras
en que Dios puede sanar. Vemos cómo en
la Primera Lectura (2Re. 5, 14-17) el
Profeta Eliseo manda a Naamán a bañarse siete veces en las aguas del río Jordán
y, luego de hacerlo -dice la Escritura- “su carne quedó limpia como la de un
niño”.
Por cierto no está esto en la parte del texto que hemos
leído hoy, pero Naamán, que era el general del ejército de Siria, hombre
poderoso y engrandecido, llegó con toda pompa y poder a Israel y se sintió
ofendido porque el Profeta Eliseo no lo había recibido y solamente le mandó a
decir que se bañara en el Jordán. Naamán
se disgustó y cuando se disponía a volverse a su país, diciendo que los ríos de
Siria eran mejores que los de Israel, sus servidores lo convencieron de hacer
lo que el Profeta le había indicado.
En este caso vemos a Dios sanando a una sola persona
(Naamán) a través de un instrumento suyo (el Profeta Eliseo), sin siquiera
estar éste presente, con unas instrucciones muy precisas (bañarse 7 veces en un
río).
En el caso de la curación de los 10 leprosos del Evangelio
es una sanación colectiva, hecha directamente por Dios (por Jesucristo), sin
estar El presente mientras la sanación sucedía (recordemos que los leprosos se
sanaron mientras iban a presentarse a los sacerdotes).
Otras veces Jesucristo sanó -por ejemplo- utilizando barro
para untar en los ojos de un ciego; es decir, utilizando una sustancia (Jn. 9,
1-41).
Otras veces dando una orden:
“Levántate, toma tu camilla y anda” (Mt. 9, 6), le dijo a un paralítico.
O también como al criado del Oficial romano, a quien sanó
sin siquiera ir hasta donde estaba el enfermo (Mt. 8, 5-12).
O como a la hemorroísa a quien sanó al ella tocar el manto
de Jesús (Mt. 9. 20-22).
Otras veces fueron los Apóstoles los instrumentos que el
Señor usó para sanar, como leemos en los Hechos de los Apóstoles (Hech. 3,
3-7).
Todos estos ejemplos son para indicar que Dios es Quien
sana, y que Dios sana a quién quiere, dónde quiere, cuándo quiere y cómo
quiere... porque Dios es soberano. Es
decir: es dueño de nuestra vida y de nuestra salud. Y nuestra Fe consiste, no sólo en creer que
Dios puede sanarnos, sino también en aceptar que Él es soberano para sanarnos o
no, y también para escoger la forma, el
medio, el momento en que nos sanará.
Es así como Dios podría sanarnos milagrosamente. Hoy también se dan los milagros -“aunque Ud. no lo crea”-. Y cuando el Señor actúa así (extraordinariamente)
lo hace para vitalizar la Fe de las personas: la del mismo enfermo, la de las
personas alrededor de éste y la de los que reciban ese testimonio.
Dios sigue haciendo milagros hoy en día. Para cada canonización la Iglesia Católica
requiere de un milagro comprobado. Para
nombrar sólo un caso: en el proceso de
beatificación de la Madre Teresa de Calcuta, se dio a conocer un milagro
impresionante, no sólo por la gravedad de la enferma, sino porque la curación
tuvo lugar en un asilo de las Hermanas de la Caridad, congregación fundada por
ella, sucedió el día aniversario de su muerte, es decir de su llegada al Cielo
y, adicionalmente, habiéndosele colocado a la paciente un escapulario que había
estado en contacto con el cuerpo de nuestra futura santa, la Beata Teresa de
Calcuta.
Sin embargo, en toda sanación el principal milagro es la
conversión. Naamán -el leproso de la
Primera Lectura- se convirtió al Dios de Israel: reconoció que no había otro
Dios. El Señor suele acompañar sus
sanaciones de un llamado a la conversión: “Tus pecados te son perdonados” - “Tu
Fe te ha salvado” - “No peques más” - etc.
El Señor sana y sigue sanando. Sana cuerpos y sana almas. No importa el medio que use: puede hacerlo
directamente, o a través de un instrumento escogido por El, o a través de
médicos y medicinas. Pero sucede que la mayoría de los médicos creen que ellos
son los que sanan, sin darse cuenta que también ellos son instrumentos de Dios,
pues si Dios, que es soberano, no lo quisiera, tampoco se sanarían sus
pacientes.
Quien sana es Dios. Y
si algún enfermo sana a través de alguna persona, es porque Dios ha
actuado. Jesucristo sanó directamente y
realizó toda clase de milagros, no sólo de sanaciones, sino de
revivificaciones, que son manifestaciones más extraordinarias aún que las
curaciones. Y, además, realizó el más
grande de los milagros: su propia Resurrección.
Por eso con el Salmo 97
alabamos al Señor por las maravillas que hace, porque nos muestra su
lealtad y su amor y nos da a conocer su victoria.
Es importante tener una Fe, una Fe que cree que Dios es
Todopoderoso y, además, soberano. Una Fe
que acepta la Voluntad de Dios, que acepta que seamos sanados o no. Una Fe que, si se trata de que seamos
sanados, acepta la sanación en la manera que Dios escoja. Una Fe agradecida, como la de Naamán, que
alaba a Dios, construyéndole un altar, y como la del leproso que regresa a dar
gracias a Jesús. Una Fe que recuerda que
la principal sanación es la sanación del alma, que luego de una enfermedad
física o de una enfermedad espiritual, nuestra alma queda re-establecida en
Dios.
Que sepamos ser agradecidos, para que el Señor pueda
decirnos, como al leproso del Evangelio que se regresó a dar las gracias: “Tu
Fe te ha salvado”.
Pero la Fe debe, además, ser capaz también de sufrir, como
sufre San Pablo en la Segunda Lectura (2Tim. 2, 8-13): “sufro hasta llevar
cadenas como un malhechor”, sabiendo que “la Palabra de Dios no está
encadenada”.
Todo lo contrario, la Palabra de Dios cobra fuerza en la
persecución, pues el sufrimiento hace fructificar la gracia. La sangre de los mártires, se ha dicho desde
el comienzo de la Iglesia, riega la semilla de nuevos seguidores de
Cristo. Por eso San Pablo es capaz de
aceptar el sufrimiento de la persecución y la cárcel por amor a Cristo y a los
elegidos, “para que ellos también alcancen las salvación y la gloria eterna”.
Es nuestro ejemplo en la evangelización: llevar la Palabra
de Dios a quien quiera aceptarla, con prudencia, pero sin temer las
consecuencias, porque “si morimos con
El, viviremos con El. Si nos mantenemos
firmes, reinaremos con El. Si lo
negamos, Él también nos negará. Si le
somos fieles, El permanece fiel”
“Que donde haya error, pongamos Verdad”.
“Que donde haya tinieblas, pongamos Luz”.
“Que donde haya duda, pongamos Fe”.
“Que donde haya desesperación, pongamos Esperanza”.
“Que donde haya odio, pongamos Amor”.
(cf. Oración San Francisco de Asís)
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