sábado, 16 de octubre de 2010

Ora sin desanimarte!!! (Evangelio dominical)

La fe alienta nuestra esperanza. No puede ser de otra manera. Esperamos que Dios haga la justicia que nosotros no hemos sabido hacer. Porque cuando creemos que hacemos justicia a veces liamos más la madeja.
Terminamos pensando que hacer una guerra y derrotar y humillar al enemigo es hacer justicia. Confundimos la venganza con la justicia. Saciamos nuestro deseo de revancha pero lo único que hacemos es alimentar la espiral de la violencia. Y nos vemos metidos en un laberinto en el que no sabemos encontrar la salida. Hasta que no nos queda más que pisar para no ser pisados. Lo malo es que el otro tiene exactamente la misma motivación.

No puede ser la nuestra, pues, una esperanza en una justicia que se parezca a la de la primera lectura. No podemos ni pensar en derrotar al enemigo como lo hizo Josué: a filo de espada. Se llame Amalec o con cualquier otro nombre. Porque Jesús nos ha descubierto que todos somos hijos de Dios. En consecuencia, a poco que discurramos, nos daremos cuenta de que toda guerra es siempre una guerra civil, fratricida. La justicia de Dios no puede ser como la nuestra. Será diferente. Tendrá que ser diferente.

No sabemos como será exactamente la justicia de Dios. Pero con el Evangelio en la mano podemos decir que ciertamente no estará hecha de venganza ni de odio. Es una justicia que dará a cada uno lo suyo (pero eso “suyo” no se identifica necesariamente con unos títulos de propiedad), lo que necesita para vivir en plenitud, para gozar y disfrutar de este regalo que Dios nos ha dado: la vida, el amor, la libertad, la fraternidad... Es una justicia que estará hecha de perdón y misericordia, de reconciliación. Es una justicia que cura y sana, que nos permite comenzar de nuevo y ver el mundo y a las personas con ojos limpios.


Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme justicia frente a mi adversario."
Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara."»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas?

Os digo que les hará justicia sin tardar.
Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»

Palabra del Señor

COMENTARIO.

Las lecturas de este domingo XXIX del tiempo ordinario nos hablan de la oración, pues:

La primera lectura presenta un modo de oración de Moisés, en la cima del monte, con las manos levantadas y con el bastón maravilloso en la mano, para que Dios les acompañe en la batalla.

El evangelio dice: "Para explicar cómo tenían que orar siempre sin desanimarse..." y cuenta la parábola de la viuda insistente.


"Orar es hablar con quien sabemos nos ama" (Teresa de Jesús).


"Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto dentro de la prueba como desde dentro de la alegría" (Teresa del Niño Jesús).

"La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes" (San Juan Damasceno).

Jesús ora

Jesús aprendió a orar conforme a su corazón de hombre. Lo hizo de su Madre, de su pueblo, en la sinagoga, en el templo.

Jesús ora antes de los momentos decisivos de su misión: antes de que el Padre dé testimonio de él en el bautismo y en la transfiguración, antes de la pasión, antes de elegir a los Doce, para que la fe de los apóstoles no desfallezca en la tentación.

Los evangelistas han conservado las dos oraciones más explícitas durante su ministerio: en la primera Jesús confiesa al Padre, le da gracias, lo bendice, porque ha escondido los misterios del Reino a los que se creen sabios y las ha revelado a los "pequeños"(Mt11, 25-27). La segunda oración es narrada por San Juan (11, 41-42) en el pasaje de la resurrección de Lázaro: "Padre, yo te doy gracias por haberme escuchado".

Mención especial merece la oración sacerdotal (Jn17) que muestra el carácter continuo de oración que es la vida de Jesús y que contiene todo lo que Jesús nos enseña en la oración del Padre Nuestro.

Cuando llega el momento de entregarse para cumplir el plan amoroso del Padre se ve su plegaria filial, desde "Padre que no se cumpla mi voluntad sino la tuya" a las palabras que dijo en la cruz.


Jesús enseña a orar

En el Sermón de la montaña Jesús insiste en la conversión del corazón: la reconciliación con el hermano antes de presentar una ofrenda sobre el altar; el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores; orar al Padre en lo secreto; perdonar desde el fondo del corazón al orar. Decidido así el corazón a convertirse, aprende a orar en la fe, a hacer la voluntad del Padre.

San Lucas nos ha transmitido las tres parábolas sobre la oración:

"El amigo inoportuno" (11, 5-13) invita a una oración insistente: "Llamad y se os abrirá". Al que ora a sí el Padre del cielo "le dará todo lo que necesite" y sobre todo el Espíritu Santo que contiene todos los dones.

"La viuda importuna" (18, 1-8), que es la que escuchamos en el evangelio, que está centrada en una de las cualidades de la oración: es necesario orar siempre, sin cansarse, con la paciencia de la fe.

"El fariseo y el publicano" (18, 9-14), se refiere a la humildad del corazón que ora. "Oh Dios, ten compasión de mi que soy pecador".


¡Qué volvamos a descubrir el valor y la importancia de la oración en nuestra vida!










Fuentes:
Fernando Torres Pérez cmf
Pedro Crespo Arias
Ángel Corbalán
Blog Parroquia San García Abad