domingo, 15 de julio de 2012

Es EL quien nos elije (Evangelio dominical)


Uno de los himnos de alabanza y agradecimiento a Dios más bellos y significativos lo hace San Pablo en la Segunda Lectura de este Domingo.   Es el comienzo de su Carta a los Efesios (Ef. 1, 3-14):
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en El con toda clase de bienes espirituales y celestiales.  El nos eligió en Cristo -antes de crear el mundo- para que fuéramos santos e irreprochables  a sus ojos, y determinó -por pura iniciativa suya- que fuéramos sus hijos, para que por la gracia que nos ha concedido por medio de su Hijo amado, lo alabemos y glorifiquemos”.

¡Maravilloso himno de alabanza y maravilloso programa de vida!  ¡Qué alegría saber que Dios nos eligió -desde antes de crear el mundo- a ser sus hijos y a ser santos y puros ante sus ojos!  Y que este inmensísimo privilegio ha sido por pura iniciativa suya.

Esto significa que es Dios Quien ha tomado la iniciativa primero.  Es Dios Quien da el primer paso: es El Quien nos busca primero y nosotros tenemos la opción de responderle o de no responderle…

Como viene siendo habitual, traemos las explicaciones del Evangelio de san Marcos de hoy, a través de las homilías de tres religiosos y que lo hacen en nuestro idioma.


La profecía del envío


La semana pasada se nos decía que el profeta es un hombre (o una mujer) cualquiera y que, por eso, puede ejercer de profeta para nosotros alguien cercano, con tal de que se convierta en alguien que nos transmite la Palabra de Dios sin componendas ni compromisos; pero también comprendíamos que, como de manera tan clara sucede en el caso de Jesús, esa misma cercanía puede convertirse en una dificultad añadida para que el mensaje de la Palabra que el profeta nos transmite (verbalmente o con su modo de vida) sea acogido. En este sentido, el verdadero profeta, por más cercano que nos sea (paisano, familiar, amigo) tiene siempre algo de “extranjero”, de extraño, de ajeno, precisamente por su espíritu no acomodaticio, por su capacidad de transmisión de un mensaje religioso o simplemente moral, que puede incomodarnos, poner al descubierto aspectos de nuestra vida que no quisiéramos mirar, precisamente porque sabemos que deberíamos disponernos a cambiar en algún sentido.


Amós hoy, en la primera lectura, es declarado extranjero y, por eso, se le invita a irse del lugar en el que profetiza, allí donde su palabra es incómoda, molesta al culto oficial y al poder que representa, y marchar a Judá, su patria chica. Pero Amós protesta: sus palabras no están ligadas a una profesión, ni menos aún a una procedencia nacional. De hecho, su profesión no es la de profeta (no es un “profeta oficial”, institucional), y por eso sus palabras no pueden acomodarse a intereses particulares (por ejemplo, de tipo nacional). Por procedencia familiar y nacional él es un simple pastor, un vulgar agricultor. Por ello, si dice las palabras que dice es porque Dios lo ha elegido y enviado a hablar. Ante una elección así, es imposible callar.


Descubrimos así un aspecto nuevo e inquietante de esta extraña identidad: el profeta es un enviado de Dios. Jesús, el definitivo enviado de Dios y, por tanto, el verdadero y supremo profeta, hace a sus discípulos partícipes de su misma identidad. Así como él ha sido enviado por el Padre, envía él a sus discípulos. Estos han tenido la experiencia de la Palabra de Dios en contacto directo con quien es su encarnación viva. Es lógico que hayan de salir, enviados por el maestro, para transmitirla a otros. Ya en vida de Jesús fue así, como nos dice el Evangelio de hoy. Y no se trata simplemente de una transmisión teórica, de comunicar y enseñar una doctrina, sino de abrir camino a una realidad viva que se refleja en un estilo y un modo de vida: en comunidad, investidos de una autoridad sobre el mal carente de signos externos de poder, ligeros de equipaje, con sencillez de vida, aceptando lo que les den pero sin exigir nada, avalando la Palabra que transmitían haciendo el bien, curando y liberando.


Después de la muerte y resurrección de Cristo no puede ser de otra manera: el envío para el anuncio es la esencia de la vida misma de la Iglesia. Los discípulos son enviados al mundo entero a transmitir la Palabra de vida que cura y libera. Y es fundamental que el modo de transmisión y la vida de los que transmiten se corresponda con aquello que esa Palabra anuncia. Es cierto que no siempre es así. Por desgracia, no siempre el ejemplo de vida avala el mensaje evangélico transmitido por los que formamos la Iglesia. Y, aunque esto no lo invalida, sin embargo, es cierto que la incoherencia de vida puede mermar mucho la eficacia del anuncio y el testimonio. En este punto es importante que cada cual se examine a sí mismo. Es frecuente que los cristianos lancemos acusaciones genéricas contra “la Iglesia” y sus pecados, pero eximiéndonos a nosotros mismos de esa crítica. Pero esto es otra forma de incoherencia. Decía san Doroteo que “la causa de toda perturbación consiste en que nadie se acusa a sí mismo”. Es absurdo decir que “los obispos…”, o “los curas…”, o la Iglesia institucional, y así sucesivamente,  es así o asá. Existen obispos, curas, religiosos, catequistas, padres de familia, y así con todas las vocaciones cristianas, santos y pecadores, completamente entregados, o que viven a medio gas o, incluso, en contra de lo que dicen profesar. Las palabras de Jesús hoy han de ser, no una piedra para arrojársela a los demás, sino un espejo en que cada uno debe mirarse a sí mismo.

Así que hoy todos los cristianos, enviados de un modo u otro, a testimoniar y anunciar el Evangelio según nuestra vocación, somos invitados a reflexionar sobre la calidad de nuestro testimonio y sobre nuestra coherencia de vida. Como aquellos discípulos, enviados de dos en dos, tenemos que comprender que para poder cumplir esta misión tenemos que empaparnos antes de esta palabra viva que es el contacto personal con Jesucristo. El mero hecho de ser enviados puede ya ser un signo de que, en cierto sentido, nos convertimos, como Amós, en extranjeros en nuestra propia tierra en la que la Palabra puede encontrar una fuerte oposición. Y es que es cierto que la Palabra que Dios nos dirige es con frecuencia incómoda, difícil de aceptar, ya que denuncia lo que en nosotros y en nuestro entorno la contradice (contradice a la verdad, el bien y la justicia). Pero tenemos que tener también la certeza y la experiencia personal de que, pese a esas dificultades (que, con frecuencia, nosotros mismos sentimos), lo que la Palabra de Dios quiere transmitirnos es, en realidad, y al fin y a la postre, una buena noticia, una bendición, ya que, realmente, Dios “nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales” y nos eligió antes de la creación del mundo para que fuésemos consagrados e irreprochables ante él por el amor, nos ha destinado, ni más ni menos, que a ser sus hijos en Cristo, su Hijo.


En una palabra, es fundamental que cada uno de nosotros los creyentes, elegidos y enviados, encarnemos en nosotros mismos, en nuestras actitudes, palabras y obras, que la fe que creemos y profesamos es realmente una Buena Noticia.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,7-13):

En aquel tiempo, llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. 

Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.


Y añadió: «Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio. Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.»


Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor




COMENTARIO.

“Elegidos y enviados” 


Siempre nos llama la atención el episodio de la profecía de Amós que se lee en la celebración de este domingo XV del tiempo ordinario (Am 7,12-15). Amasías, el sacerdote de Betel, se enfrenta con malos modales al profeta y le exige que deje de profetizar en aquel santuario del reino de Israel, y que se vuelva al reino del sur, es decir a su tierra de Judá.
Evidentemente, el profeta ha debido experimentar un  rechazo frontal. Su denuncia de la corrupción no es políticamente correcta en un santuario real.  Amós responde con unas palabras que nos impresionan por su sinceridad: “Yo no soy profeta, ni hijo de profetas, sino pastor y cultivador de sicómoros; pero el Señor me sacó de detrás del rebaño y me dijo: Ve a profetizar a mi pueblo Israel”.

Entre las muchas lecciones que nos transmite este texto, es preciso subrayar al menos una. La que nos recuerda que el profeta no es un aventurero: es un enviado. La iniciativa no viene de sí mismo, sino de Dios. Es Dios el que llama, el que suscita el carisma y el que da fuera al profeta, al misionero, al evangelizador.


UN ESTILO PROPIO


En el texto del evangelio que hoy se proclama (Mc 6,7-13) nos encontramos con una figura paralela. Al profeta llegado de Judá hasta las tierras de Israel, suceden ahora los Doce discípulos elegidos por Jesús y enviados a anunciar su buena noticia. Tampoco ellos se han arrogado esa misión. La iniciativa ha venido de Jesús.

Y de Jesús viene también la instrucción que marca el estilo de los evangelizadores. Un estilo que se caracteriza por la pobreza, la sencillez y la libertad.

- La pobreza no es un fin en sí misma. En este caso es un signo de la importancia del mensaje. Eso es lo que importa. Para anunciarlo con rapidez y de forma convincente, es preciso viajar ligeros de equipaje.

- La sencillez aconsejará a los evangelizadores aceptar el alojamiento que se les ofrezca, sin remilgos ni exigencias de tratos especiales.

- Y la libertad les llevará a ponerse de nuevo en camino, sin nostalgias ni resentimiento, cuando sean rechazados por los que no aceptan el mensaje que ellos anuncian.


UNA TRIPLE TAREA


El texto evangélico se cierra constatando que los discípulos de Jesús salieron efectivamente a predicar el mensaje que les había confiado su Maestro. Lo que ellos hicieron marca el estilo de la actuación de toda la Iglesia y de cada uno de los cristianos.
Exhortar a la conversión. Si el Reino de Dios es un buen anuncio de gracia y de salvación, es también una invitación al cambio de actitudes. No ha de ajustarse el mensaje a la vida, sino la vida al mensaje.

Expulsar demonios. El anuncio de la verdad siempre resultará incómodo a los que han decidido vivir en la mentira. El evangelizador sabe que habrá de enfrentarse con frecuencia a las fuerzas del mal.

Sanar a los enfermos. Y, con todo, siempre habrá personas vulnerables, enfermas y marginadas que requieren una palabra de compasión. Y no sólo una palabra, sino el compromiso de quien sabe que la salvación es una fuerza de sanación integral.
Señor Jesús, tú nos has elegido sin mérito nuestro y nos envías por los caminos del mundo a anunciar tu palabra y dar testimonio de tu vida. Que tu luz oriente nuestros pasos para que seamos fieles al mensaje que nos confías. Amén.