domingo, 8 de julio de 2012

"Porque nadie es profeta en su tierra" (Evangelio dominical)


“Nadie es profeta en su tierra”.  Esta sentencia que ya pertenece al léxico popular nos viene nada menos que de Jesucristo.  A El le sucedió exactamente eso:  no fue aceptado en su tierra.  Después de haber predicado unas cuantas cosas en varios sitios y después de haber realizado unos cuantos milagros por aquí y por allá en Galilea, Jesús decide volver a Nazaret.

Nazaret era el pueblo de su Madre, donde El era bien conocido, el sitio donde había crecido, donde había vivido y trabajado, en el cual tenía su casa, sus parientes, etc.  Y, como era su costumbre, nos dice el Evangelio de hoy (Mc. 6, 1-6), un Sábado entró en la Sinagoga de Nazaret y se puso a enseñar.
El pasaje de San Marcos no nos informa qué fue lo que enseñó ni qué lectura fue la que hizo.  Pero San Lucas, sí (Lc. 4, 16-30).  Nada menos y nada más, Jesús leyó del libro de Isaías el anuncio del Mesías y su misión (Is. 61, 1-2):  “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido ...”.   Y, al terminar la lectura, enrolló el libro, lo devolvió al ayudante, se sentó y cuando todo el mundo “tenía los ojos fijos en El”,   remató diciendo:  “Hoy  se cumplen estas profecías que acaban de escuchar”,  lo cual equivalía a decir:  “Miren:  el Profeta Isaías se está refiriendo a mí”.


¡Imaginemos la impresión de los presentes!  Nos dicen los Evangelios que la gente asentía y se impresionaba por la sabiduría de sus enseñanzas, y porque ¡claro! además venía respaldado de los milagros que había hecho en otros sitios.  Pero aún en esos otros sitios también tenía sus detractores, pues ya anteriormente algunos habían pensado que expulsaba a los demonios por el poder del mismo Satanás (cfr. Mt.9, 34).

Como viene siendo habitual, traemos las reflexiones de tres religiosos que nos trasladan sus homilías en este domingo XIV del Tiempo Ordinario, y en nuestro idioma.


Lectura del santo evangelio según san Marcos (6,1-6):

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. 

Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?» 

Y esto les resultaba escandaloso. 

Jesús les decía: «No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.» 

No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor



COMENTARIO. 

 
¿Es posible ser profeta en la propia tierra?



La vocación profética es una forma peculiar de vocación religiosa. En el antiguo Israel existían tres formas principales de “unción” (el ungido es, precisamente, el “Cristo”, el que representa a Dios): el sacerdote, el rey y el profeta. Pero el profeta, a diferencia del sacerdote y el rey, ejerce un ministerio no institucional, es decir, carente del soporte de una institución (el templo, el poder político) que confiere a ese ministerio autoridad, poder y protección. Y, aunque existieron también profetas de corte, profetas “áulicos”, los verdaderos profetas de Israel fueron, por lo general, gentes desligadas de esas instituciones sagradas. 


El profeta es, pues, uno que, suscitado por Dios, carece, sin embargo, de signos externos de la elección. El signo de la misma es sólo la fuerza de la Palabra que transmite. Es, por tanto, una Palabra desnuda, directa, libre, pero también sometida a riesgo, precisamente por la falta de apoyo institucional. El profeta es “uno cualquiera”, uno del pueblo, por medio del cual Dios habla con entera libertad. Se expresa así, al mismo tiempo, la cercanía de Dios y su independencia de las posibles domesticaciones intentadas por el poder político o religioso. Es decir, Dios puede hablar por medio de uno cualquiera, y cualquiera puede hacerse disponible para hacerse portavoz de lo que Dios nos quiere decir. No hace falta, necesariamente, que ese “cualquiera” sea depositario de revelaciones o visiones extraordinarias. Basta que esté a la escucha y transmita con sus obras y sus palabras lo que en esa escucha ha descubierto. 


La cercanía tiene la ventaja de la inmediatez. En cierto sentido, la autoridad del sacerdocio institucional y, con mayor motivo, del poder político, están muy mediatizados, y el mismo carácter institucional, que protege y da autoridad, encorseta y pone sordina a la palabra así transmitida. Los que ocupan esos puestos dicen “lo que tienen que decir”, lo que se espera de ellos. E, incluso si transmiten la Palabra auténtica de Dios (la verdad, la justicia, etc.), siempre es posible reaccionar a esa palabra protegiéndonos de ella, con un deje de escepticismo: “¡Claro! ¿Qué vas a decir tú, si eres cura?”

En el caso del profeta se dan una libertad e inmediatez que comportan, sin embargo, otros riesgos. ¿Cómo aceptar como palabra “de Dios” lo que nos dice uno “cualquiera”, uno “como nosotros”? Esto es, ¿cómo aceptar una autoridad divina de parte de alguien carente de la autoridad del poder? A este siempre podremos decirle, “pero, ¿quién te has creído que eres?” A éste lo conocemos, sabemos quién es, quiénes son sus padres, sus hermanos, conocemos también sus defectos y debilidades, sus “aguijones”, como en el caso de Pablo. Es otra forma de protegerse de la peligrosa Palabra de Dios que con su luz pone al descubierto nuestras sombras, aunque lo que pretenda esa misma Palabra no sea “pillarnos”, sino iluminarnos y sanarnos, darnos la posibilidad de vivir de otra manera, mejor, con una plenitud que el pecado nos arrebata.


Jesús ha elegido una forma de presencia que cuadra sobre todo con la existencia profética. Decimos de Él que es Sacerdote según el rito de Melquisedec y que es Rey del Universo. Pero su existencia terrena se pareció muy poco al sacerdocio ministerial (en realidad, ejerció su sacerdocio en la Cruz, en la que fue al tiempo sacerdote, víctima y altar); y menos aún a la realeza según los parámetros de nuestro mundo: no en vano le dijo a Pilato que su reino no era de este mundo. 

Jesús, más bien, eligió hacerse como “uno cualquiera” (cf. Flp 2, 8), sin ningún tipo de protección institucional, sin poder externo alguno, más que el que brotaba de su propia autoridad personal y de la fuerza de su Palabra. Por eso, no fueron pocos los que lo reconocieron como Profeta (Mc 1, 27; Jn 4, 9; 9, 17). Pero también, por eso mismo, fueron también no pocos los que lo rechazaron, y, especialmente, como vemos hoy, los suyos, los de su pueblo, que no lo reconocieron como Mesías, precisamente porque creían conocerlo demasiado bien, hasta el punto de que, si nos atenemos a las palabras del mismo Jesús, respondieron a su predicación y sus milagros, no sólo con incredulidad, sino también con desprecio. 



Jesús, hecho por su encarnación “uno cualquiera”, pero también, por eso, alguien cercano, “uno de los nuestros”, sigue hablando y actuando por medio de gentes normales. Pueden ser esas madres creyentes que les recuerdan a sus hijos los principios elementales del bien y sus deberes para con Dios; puede ser un amigo que con sus actitudes nos recuerda que no todo está en venta, que no es obligatorio adaptarse a lo que “todo el mundo hace”; puede ser un hermano o hermana de comunidad que de palabra o de obra nos avisa de que nuestro comportamiento se aleja del ideal que nosotros mismos afirmamos profesar… Todos aquellos que se toman en serio la Palabra de Dios, la escuchan y tratan de ponerla en práctica se hacen profetas de Jesucristo. Al hacerlo, claro, asumen el riesgo del rechazo, del desprecio, de la exclusión. Porque esta Palabra es una Palabra salvadora, pero también incómoda. Y podemos tratar de protegernos de ella rechazando a esos profetas, “gentes cualquiera” a los que creemos conocer muy bien (quienes son, de dónde vienen, cuáles son sus defectos, sus aguijones), y a los que no les consentimos que nos “sermoneen”, ni traten de enseñarnos nada. El problema es que, al hacer esto, podemos estar rechazando a Cristo, que profetiza por ellos, impidiendo que esa Palabra vivida y operante nos ilumine, nos toque e, imponiéndonos las manos, nos cure y haga entre nosotros milagros. Es importante estar abierto al bien, sin etiquetas, incluso si viene del más cercano; este es un elemento esencial de la verdadera fe. Y, si nos abrimos de esta manera, nos iremos convirtiendo nosotros mismos en profetas, gentes libres, tocadas por la Palabra de Dios, que la transmiten, pese a las debilidades y defectos, con su forma de vida y también con sus palabras. Pero tenemos que tener claro el precio que podemos tener que pagar por esa profecía de la vida cotidiana. Podemos atraernos el rechazo o el desprecio de los demás, a veces de los más cercanos. 


No por ello hemos de desalentarnos. Aunque esta Palabra (que no es nuestra, sino que nos la ha dirigido Dios) parezca no ser acogida ni escuchada, es importante que suene. Siendo una Palabra viva y eficaz, más aguda que espada de doble filo (cf. Hb 4, 12), es una palabra “que sale de mi boca y no vuelve a mí vacía, sin haber hecho lo que yo quería y haber llevado a cabo su misión” (Is 55, 11). Como nos recuerda hoy Ezequiel, la palabra profética puede ser eficaz o no, pero lo más importante es que esté siempre presente. Y es que esta Palabra de la que nos hacemos profetas es la Palabra encarnada, Cristo, que rechazado y despreciado, muerto y sepultado, ha resucitado a un vida nueva, y opera (quiere operar) en y por nosotros, los creyentes. 


NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA


1.-No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa.

La historia demuestra que muchas personas no han sido suficientemente apreciadas en la casa y pueblo donde nacieron y crecieron. El caso de Jesús no es el único, ni fue el primero. Ya el profeta Miqueas, siete siglos antes de Cristo, había escrito la famosa frase: inimici hominis domestici eius (los enemigos del hombre son los de su propia casa). Y la razón de que desprecien a un profeta en su tierra, entre sus parientes y en su casa, no suele ser por culpa del profeta, sino por la cortedad de miras de los que le critican, o por otras razones más ruines, vaya usted a saber. También es muy conocida la afirmación de que ningún hombre es grande para su ayudante de cámara. Los paisanos de Jesús no se explicaban cómo una persona tan normal, tan humilde en sus orígenes y sin una preparación especial, pudiera tener la sabiduría y la fuerza de hacer milagros que parecía tener el hijo del carpintero. Y se escandalizaron de él y el mismo Jesús se extrañó de su falta de fe y no pudo hacer allí ningún milagro. También nosotros muy frecuentemente actuamos como los paisanos de Jesús: no juzgamos a los demás por lo que realmente hacen, sino por nuestros prejuicios sociales, o por lo que otros dicen, o simplemente por las apariencias. Sin descartar que a veces nuestros juicios estén influenciados por una cierta soberbia que nos impide ver la grandeza de la persona que tenemos al lado, como si al reconocer la grandeza del compañero se rebajara un poco nuestra propia estima. ¡Una pena!

2.- Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos.


Para predicar la verdad a unas personas que te miran con indiferencia, o con animadversión, hace falta mucho espíritu. Eso es lo que le pasó al profeta Ezequiel: el espíritu entró en él y le puso en pie, para que fuera capaz de predicar la palabra de Dios a un pueblo rebelde y obstinado. Impulsado por el espíritu, el profeta Ezequiel supo ser fiel al mandato del Señor en medio de muchas dificultades. Esto les está pasando hoy, en nuestro mundo secular y agnóstico, a muchos predicadores de la palabra de Dios. Es necesario hoy que todos nosotros nos llenemos del espíritu de Dios, para ser fieles distribuidores de la palabra y de la gracia de Dios en medio de esta sociedad en la que nos ha tocado vivir. Debemos hacerlo con humildad, con veracidad y con valentía. Nuestra sociedad debe saber que existen unos valores evangélicos que predicó Jesús de Nazaret y que estos valores siguen siendo hoy convenientes y necesarios para encontrar nuestra perfección y nuestra felicidad. Nos crean o no nos crean, los cristianos debemos seguir siendo fieles, con nuestra palabra y con nuestra vida, a los valores del evangelio de Jesús.

3.- Cuando soy débil, entonces soy fuerte.


San Pablo les dice esto a los fieles de Corinto en un momento en el que se veía criticado por algunos miembros de la comunidad que él había fundado. No soy yo el que os hablo, les dice, es Cristo el que os habla por mí. Yo soy débil, pero cuando reconozco mi debilidad empieza a actuar en mí la fuerza de Cristo. No predico una sabiduría humana, que no tengo, sino que dejo que sea Cristo el que hable por mí. Al reconocerme pobre y vacío dejo que entre en mí totalmente la gracia y la fuerza del Cristo al que predico. Esta lección de humildad, y de verdad, de Pablo, debe ser para nosotros ejemplo de sabiduría cristiana.