sábado, 1 de octubre de 2011

"El reino de Dios se dará al pueblo que produzca frutos"(Evangelio dominical)


Hoy celebramos el domingo XXVII del tiempo ordinario. Otra vez la viña, ¡y van tres! Pero todas tienen un sentido catequético. La primera vez era una invitación del Señor: “id también vosotros a trabajar a mi viña”; la segunda, el modo de hacerlo, con disponibilidad y siendo coherentes con lo que decimos y hacemos; y hoy, los frutos de ese trabajo. ¿Qué frutos espera Dios de nosotros? ¿Los estamos dando? El punto de partida de todo esto no es otra cosa que el amor apasionado de Dios por su pueblo, por su viña. El mensaje sigue siendo una Buena Noticia que hay que acoger con confianza y con mucha esperanza en las capacidades que tenemos las personas para dar el fruto que Dios espera.

Como otras veces, aportamos tres comentarios de otros tantos religiosos y con ello, pretendemos llegar a todos nuestros feligreses de este y el otro lado del "charco".

Ayer mismo, nuestro parroco, el reverendo Don José Carlos Del Valle, nos recordaba en su homilía una frase que todos deberíamos tener presente... "Dios no tiene dueño".



JUICIO FINAL

Cuando venga el dueño de la viña
(Mt 21, 33-43)

En una época todavía no muy lejana la célebre secuencia de Tomás de Celano, «Dies irae, dies illa» encogía el ánimo de los asistentes al oficio de difuntos: «Día de cólera aquel día... en que el mundo quedará reducido a cenizas ...¡Qué terror se apoderará de nosotros cuando se presente el Juez!» Durante mucho tiempo este lenguaje y estas imágenes tenebrosas han alimentado una «pastoral del miedo», que difícilmente ayudaba a despertar la confianza en Dios. Hoy, por el contrario, apenas se predica ya sobre el Juicio final, tal vez porque no se sabe exactamente cómo hacerlo.

Lo primero que hay que decir es que sólo se puede hablar del juicio de Dios a partir de su amor, nunca fuera de este amor. Por eso, el juicio de Dios no tiene nada que ver con el juicio de los hombres. Obedece a otra lógica porque el juicio de Dios no es sino la manifestación de su amor, su victoria definitiva sobre el mal.

Por eso hay que entender bien lo que dice la Biblia sobre la «cólera de Dios». Esta cólera divina no tiene como objetivo destruir al ser humano. Al contrario, sólo se despierta para destruir el mal que hace daño al hombre. Dios es amor, y no cólera. La cólera no es sino la reacción del amor de Dios que sólo busca y quiere el bien y la dicha definitiva del ser humano.


Un Dios que abandonara para siempre la historia humana en manos del mal y la injusticia, que no reaccionara ante la mentira y la ambigüedad que lo envuelven todo, que no restableciera la paz y la verdad, no sería un Dios Amor. El juicio es necesario para comprender el amor de Dios. Un juicio no contra del ser humano, sino contra aquello que va contra él.


Por eso, el juicio de Dios es una Buena Noticia para quienes quieren de verdad el bien y la felicidad total del ser humano. Un juicio que no se parece en nada a los tribunales humanos porque nace no de la acusación sino de su amor salvador. Un juicio que nos liberará para siempre de nuestra impotencia contra el mal y de nuestra complicidad con él.

En esto consiste el núcleo de la fe cristiana: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que quien crea no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16). La última palabra de Dios sobre la historia no puede ser sino una palabra de gracia. El juicio pondrá al descubierto la verdad de nuestras vidas y la profundidad real del mal, pero también la inmensidad del amor infinito de Dios. Para ello, ante el Juicio final la reacción más cristiana no es el miedo irracional e insano, sino el reconocimiento de nuestro pecado y la confianza en el perdón de Dios. A ello nos invita la parábola de los viñadores homicidas.

¿COMO ACERTAR?

Un pueblo que produzca sus frutos
(Mt 21, 33-43)

¿Qué hay que hacer en la vida para acertar? No es fácil responder, pero sin duda es una pregunta vital. ¿Cómo hemos de vivir para que se pueda decir que nuestra vida es un acierto? Nos podemos equivocar en muchas cosas, pero, ¿no habrá algo en que hemos de acertar?

Se suele decir que para llenar una vida es necesario tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. Sin embargo, yo conozco a personas que no han hecho ninguna de estas tres cosas y cuya vida me parece un acierto. Y conozco también a personas que han tenido hijos y han escrito libros y cuya vida no parece muy acertada.

Sin duda, hay mucha sabiduría popular en ese dicho, pues, en definitiva, cuando se habla de tener un hijo, plantar un árbol o escribir un libro, se está apuntando a algo fundamental. En la vida se acierta cuando se vive un amor fecundo, capaz de engendrar vida o hacer vivir a los demás. Sólo este amor justifica y llena una vida.

De ahí la dura amenaza que se escucha en el trasfondo de esa parábola de los viñadores que, lejos de entregar los frutos de su trabajo, dan muerte al hijo del dueño. Se les quitará todo para dárselo a otros labradores que «entreguen los frutos a su tiempo». Hay muchas formas de «perder la vida». Basta dedicarse a hacer cada vez más cosas en menos tiempo, creyendo que por el hecho de «hacer cosas» se vive más. Es una equivocación. Por muchas cosas que uno haga, si vive sin amar y sin poner vida en las personas y en el entorno, estará vaciando su vida de su contenido más precioso.

Corre por ahí una reflexión de Luis Espinal, sacerdote jesuita, asesinado en 1980 en Bolivia. Dice así: «Pasan los años y, al mirar atrás, vemos que nuestra vida ha sido estéril. No la hemos pasado haciendo el bien. No hemos mejorado el mundo que nos legaron. No vamos a dejar huella. Hemos sido prudentes y nos hemos cuidado. Pero, ¿para qué? Nuestro único ideal no puede ser llegar a viejos. Estamos ahorrando la vida, por egoísmo, por cobardía. Sería terrible malgastar ese tesoro de amor que Dios nos ha dado.»

Recuerdo que, al morir Juan XXIII, aquel Papa bueno que introdujo en la iglesia y en el mundo un aire nuevo de esperanza, de bondad y de convivencia pacífica, el cardenal Suenens pudo decir que «dejaba el mundo más habitable que cuando él llegó». De Jesús quedó este recuerdo: «Pasó toda la vida haciendo el bien.» A alguno le parecerá tal vez poco. Para el cristiano es el mejor criterio para vivir con acierto.



La viña del Señor es la casa de Israel


La parábola de los viñadores homicidas, igual que la de los dos hijos de la semana pasada, está situada en el Evangelio de Mateo después de la entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21, 1-10) y de la expulsión de los vendedores del templo (Mt 21, 12-17). Es un contexto de extrema tensión con los líderes judíos, que no aceptan la autoridad de Jesús ni lo reconocen como hijo de David y Mesías. Este rechazo de Jesús equivale a la negativa a entregar los frutos de la fe que Dios ha cultivado en Israel a lo largo de los siglos. La parábola de los viñadores homicidas, con la que Jesús recuerda el destino de tantos profetas de la historia de Israel y profetiza su propia muerte, no podía no ser entendida por los principales del pueblo, pues la descripción de la viña es una cita casi literal del canto de amor del amigo a la viña en el profeta Isaías. Jesús añade sólo los sucesivos envíos de los siervos del dueño de la viña a recoger los frutos. Casi sorprende la obstinada confianza del propietario en enviar siempre nuevos emisarios, pese a los pésimos resultados, hasta el punto de acabar enviando a su propio hijo, con la secreta esperanza de que a él sí que lo respetarán. La viña del Señor es la casa de Israel. Al citar la imagen del profeta Isaías, Jesús pone de relieve ante todo el amor de Dios hacia su pueblo, el cuidado primoroso que ha puesto en la obra: tierra fértil, en la que no se han ahorrado esfuerzos ni detalles (descantarla, construir la cerca, la atalaya, el lagar). Una viña escogida sólo se pone en manos de trabajadores de plena confianza. Sin embargo, éstos ha traicionado la confianza depositada en ellos, y no sólo una vez, sino de manera repetida, hasta el extremo de rechazar no sólo a los emisarios del que les confío la viña, sino a su propio hijo, que es lo mismo que decir, a su mismo dueño.

La conclusión de la parábola, que Jesús pasa a sus interlocutores, que parecen no haberse dado cuenta de que la cosa va por ellos, es clara: si no dan frutos adecuados y a su tiempo, se les arrebatará la viña, que se confiará a otros. Ya en Jerusalén y en vísperas de su Pasión, Jesús hace una última llamada a la conversión, a tomar una decisión de fe en relación con su persona, el Hijo enviado del Padre. Si, como todo parece indicar, la decisión no es el derecho y la justicia (el reconocimiento de que él es el Mesías), sino la expulsión del Hijo fuera de la viña, la violencia contra él y su asesinato “fuera de los muros de la ciudad”, los que se creen dueños en exclusiva del Reinado de Dios quedarán excluidos de él. Lo que significa que la viña del Señor no es un coto cerrado, sino que sus frutos se cultivan para todos los hombres, de modo que si aquellos a quienes se ha confiado la causa de Dios se niegan a servir, no entregan esos frutos y se los apropian indebidamente, habrán de ser sustituidos por otros.

Al contemplar el rechazo de Jesús por parte de las autoridades judías, debemos evitar hacer una lectura antisemita del texto, y leer en él más bien una llamada a la responsabilidad para nosotros mismos. El pueblo de Israel, pueblo sacerdotal, representa a la humanidad entera, por lo que el contenido de esta parábola ponemos aplicárnoslo a nosotros mismos, creyentes en Cristo de cualquier tiempo y lugar.

La viña del Señor es el mundo, lleno de belleza, armonía y recursos, y que Dios nos ha confiado para que lo cuidemos y desarrollemos, haciéndolo fructificar: frutos de la tierra, pero también frutos de justicia y derecho, de paz y fraternidad. Nuestra tarea es hacer del reino del hombre, el Reino de Dios, que la voluntad de Dios se realice como en el cielo, también en la tierra, y por la mediación de nuestra propia voluntad. La viña del Señor es un lugar de gracia: es una suerte estar y trabajar en ella, el salario que recibimos por este trabajo es también un don (cf. Mt 20, 1-16): “Hora de la tarde fin de las labores. Amo de las viñas paga los trabajadores de tus viñadores. Ahora que nos pagas nos lo das de balde, que a jornal de gloria no hay trabajo grande”. Es además un lugar de libertad: el Señor que nos confía su obra lo hace apelando a nuestra libertad; no somos unos siervos asalariados, sino hijos (cf. Mt 21, 28-32). Y, ¿qué hemos hecho de este lugar de gracia, libertad y responsabilidad, de la confianza que Dios ha depositado en nosotros? ¿No hemos tratado la viña que el Señor ha plantado con esmero como un coto cerrado de nuestra exclusiva propiedad, de manera desconsiderada, convirtiéndolo en un lugar de robo, mentira, violencia y muerte? No hace falta ser un catastrofista para acordar que este mundo nuestro está demasiado lleno de frutos amargos, que donde deberían crecer las uvas, abundan los agrazones.

También a nosotros nos dirige hoy Jesús una llamada que apela a nuestra responsabilidad: se nos ha confiado la causa del Reino de Dios, somos depositarios de una gracia que no es sólo para nosotros, sino para todo el mundo. Sintiéndonos agraciados por esta confianza y responsables de la viña del Señor, tenemos que apresurarnos a dar frutos en los tiempos debidos. ¿Qué frutos son esos? Como dice Pablo: el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo (Rm 14, 17); son los frutos del Espíritu: amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, fidelidad, mansedumbre, castidad (Ga 5, 22-23). En el texto de Filipenses que hemos escuchado hoy, Pablo nos habla de los frutos de la tranquilidad, la elevación del espíritu a Dios, la paz. Pero también nos enseña que un verdadero fruto de la vida evangélica es el don del discernimiento que nos abre sin temor a “todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito”, sin importar de donde venga. Bien fundados en la piedra angular que es el mismo Cristo, esa apertura desde la fe es también un fruto que tenemos que aprender a cultivar, pues sabemos que la viña que el Señor nos ha confiado debe dar frutos no sólo para nosotros los creyentes, sino para la vida del mundo, y que por todas partes es posible encontrar las semillas del Verbo.

Por fin, existen también “los tiempos” de la vendimia. No podemos dejar la rendición de frutos “ad calendas graecas”, remitiéndolos a un futuro indeterminado y lejano. Los tiempos de la salvación han empezado ya, pues Dios está actuando ahora en el mundo: nos ha enviado no sólo a sus siervos los profetas, sino a su propio Hijo, su Palabra encarnada; y a su Espíritu, que ora, habita y actúa en nosotros. El tiempo de la salvación es un “kairós”, un momento oportuno, que afecta a la Iglesia como tal, pero también a cada uno de nosotros, los creyentes. Hemos recibido el don de la fe, la responsabilidad de la viña del Señor. ¿Estoy respondiendo a esta gracia con los frutos adecuados a mi momento actual, a mi “kairós”?


Lectura del santo evangelio según san Mateo (21,33-43):

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?»
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.»
Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

Palabra del Señor

COMENTARIO.

A los oyentes de la parábola de Jesús, sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, la imagen de la viña les resultaría sumamente familiar. Son abundantes las referencias en el Antiguo Testamento a la vid o la viña del Señor para referirse al pueblo de Israel. Dos ejemplos los encontramos: en la primera lectura (Is 5,1-7), donde el profeta es testigo de la ingratitud de la viña, Judá, con el Señor; y en el salmo 79.

Jesús mismo utilizó la imagen reiteradas veces. Los episodios evangélicos de los domingos anteriores lo confirman. Cada pasaje abunda en lo que quiere destacar. El domingo pasado en la obediencia y desobediencia para trabajar en la viña; el anterior en la gratuidad desbordante del propietario para pagar a los jornaleros.


El relato de este domingo se detiene en la actitud del propietario y de los labradores. Podemos abordarlo como un asunto de “miradas”:

El propietario “mira” por su viña con una dedicación paternal. La descripción del evangelista va hilvanando verbos en progresión, provocando en la imaginación fácilmente una composición del itinerario de sus quehaceres: plantarla, rodearla con una cerca, cavar el lagar en ella, construir la casa del guarda, el arriendo a los labradores... Como a la niña de sus ojos, se prodiga en cuidados con su viña. Llama la atención que, tras tanto esfuerzo, la acción que continúa es “marcharse de viaje”. Dadas las atenciones anteriores, no cabe pensar que se despreocupe de ella. Quizás sea más acertado pensar en la confianza que pone en los labradores a los que les arrenda su propiedad, si no, tanto esfuerzo habría sido baldío. Luego el dueño ofrece su preciosa propiedad a unos trabajadores de los que se fía para que continúen con la labor que emprendió Él. Es preciso señalar que lo más esforzado del trabajo ya estaba hecho y las atenciones que requería la viña eran muy llevaderas. Pero el amo de la viña prefirió el arrendamiento.

Los labradores son contratados con miras de arriendo; es decir, de “no propietarios”, sino de trabajadores para una propiedad ajena. Pero la visita de los criados para recibir los frutos delata en ellos una mirada muy distinta, la de los que se creen dueños. Quisieron convertir el arriendo en posesión y vieron en los criados mandados por el verdadero propietario una amenaza contra su pretensión de propiedad.

“Al ver al hijo se dijeron: -Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia”. En el momento culminante de la parábola, vieron en el hijo un rival y, fijando sobre él una mirada de envidia, queriéndole arrebatar su condición para quedarse con su herencia. Despreciaron al padre, por querer quedarse con lo que no era suyo y maltratar a sus mensajeros; despreciaron al hijo, queriendo quedarse con lo que correspondía como heredero legítimo, y lo mataron.

Tras la despreciable actuación de los labradores, Jesús hace dirigir la mirada hacia el padre. No sólo había implicado delicadezas en su viña, sino que también había sido paciente con los labradores para dos veces a sus criados y finalmente a su propio hijo. Su mirada misericordiosa no se agota. “¿Qué hará con aquellos labradores?”. La respuesta viene de los sumos sacerdotes y los fariseos: Muerte para los malvados y nuevo arriendo a otros trabajadores diligentes. El evangelista ironiza con la contestación, pues aquellas autoridades judías se acusan a sí mismas (la identificación con los labradores homicidas va de corrido). Apartados unos, la viña será arrendada a otros trabajadores eficaces y fieles.
Lo decíamos al principio...Dios no tiene dueño.










Fuentes
Iluminación Divina
José María Vegas, cmf
Luis Eduardo Molina Valverde
José A. Pagola
Ángel Corbalán